Don Porfirio Chimal García, el presbítero del escudo que humea
Por Orlando Zendejas | Revista Nosotros | Núm. 139 | Mayo de 2011
A mediados de los años ochenta del siglo pasado conocí al presbítero Porfirio Chimal –fue la casualidad que nos hizo coincidir–, ese día entré al templo dedicado a San Pedro Apóstol, ahí sentí la quietud de quien está feliz, él llevaba un maletín, yo escudriñaba el ex convento, me saludó y no se marchó; aunque no me conocía estuvo un buen tiempo platicando conmigo. Me comentó que se le había adelantado el reloj media hora, nos reímos. Platicamos sobre su ministerio, la fundación del pueblo y del templo y tantas otras cosas más. Era mayo u me invitó a las fiestas de junio. Conocí Tláhuac por cosas de trabajo. Soy arquitecto, pero de mi propio destino.
Ese año no pude regresar a Tláhuac. Retorné en 1992 en las fiestas del pueblo. Participé en la celebración o bendición de la restauración del retablo del Altar Mayor de la parroquia. Ese día aparte del padre Chimal, conviví con el cardenal Ernesto Corripio Ahumada y los feligreses del pueblo de Tláhuac.
Comí quesadillas de huitlacoche, de queso, de chicharrón y otros manjares.
Tomé pulquito y unos tragos de güisqui.

Me enteré de que mi paisano Severino Ceniceros participó en la formación de que Tláhuac fuera municipio y después delegación política. Por eso los de Tláhuac estamos emparentados con los de Durango… Mi estancia en la capital de la República por unas semanas en ese año, me las ingenié para estar varios días en la fiesta regional de Tláhuac.
En ese entonces el padre Porfirio Chimal era un joven de sesenta años; su mamacita de 84 años lo asistía junto con una sobrina morenita y de carácter alegre.
Para mí fue un grato participar en los días de fiesta del pueblo: las bandas de música, los concursos de aficionados, los bailes escolares, las misas de quince ministros… Todo un convite para el espíritu.
Un día de tantos el padre Porfirio me presentó al empresario Alejandro Durán Raña, organizador de estos festejos; lo felicité y él me contestó: «Hay varios colaboradores del pueblo, que a ellos sí hay que felicitarlos». Fue grato conocerlo, recuerdo su plática amena y su don de gentes.
La primera vez que escuché de las fiestas del pueblo de Tláhuac fue un día que estuve en Colima a principios de los años ochenta. Las charreadas, las corridas de toros, sus chinampas… Siempre quise conocer Tláhuac.
Un día del año 2005 a principios de diciembre lo visité en su parroquia de la Colonia La Nopalera, dedicada a la Virgen de Guadalupe. Cuando llegué estaba dando una plática a unos jóvenes y jovencitas que se iban a un retiro espiritual… Sólo pasé a saludarlo, pero me quedé dos días.
Ahora en este año lo quise saludar en su parroquia de la Virgen de Guadalupe y ya no lo encontré. Me dicen que ya se jubiló. Me imaginaba que los padrecitos no se retiraban de su ministerio. Él tiene mucho que enseñar a sus feligreses. Espero que siga predicando los Santos Evangelios hasta que Dios le dé fuerzas.
Desde estos escritos le mando un saludo a él, a su mamacita de ciento cuatro años y a toda su familia. ¡Salud!, mi buen amigo Chimal por llegar joven a los ochenta años de edad. Me dicen que a su cumpleaños asistieron sus más entrañables amigos. Como escribió San Mateo (11, 19): «Y su sabiduría quedó justificada por sus propias obras». ♦

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