Antonio del Conde, el mexicano que contribuyó con la Revolución en Cuba
Por Manuel Garcés Jiménez* | Revista Nosotros Núm. 84 | Septiembre de 2005
El «Cuate»
Uno de los pilares de ese movimiento fue Antonio del Conde Pontones, el «Cuate». Nació en Nueva York y se nacionalizó mexicano. Se sumó al grupo de intrépidos cubanos encabezados por Fidel Castro que se prepararon en el Ayaquemetl, cerro rodeado de encinos y oyameles, y que divide a los ejidos de San Antonio Tecómitl y Santa Ana Tlacotenco, en la delegación Milpa Alta.

En ese lugar se entrenó la guerrilla cubana antes de partir a la isla, en una zona donde los campesinos de San Nicolás Tetelco (en la delegación Tláhuac) se reúnen cada año en lo alto del Ayaquemetl los días 15 de mayo, para escuchar misa entre estruendosos cohetes en honor al santo de los labriegos, San Isidro Labrador.
Con Fidel Castro y Ernesto Guevara, entre otros expedicionarios, la vida de Antonio del Conde dio un giro de 180 grados al unirse con ellos y colaborar con quienes entrenaban en el Ayaquemetl. Fidel le puso el apodo de el «Cuate», pero también y debido a la clandestinidad lo llamó «Alejandro».
A sus 80 años Antonio del Conde habló por espacio de dos horas ante los integrantes del Consejo de la Crónica de la delegación Milpa Alta. Habló de cómo habían sido los años 50, cuando conoció a Fidel y al grupo de los insurrectos que más tarde derrocó al dictador Fulgencio batista, quien administraba la isla como el centro nocturno de diversión que significaba para el turismo estadounidense por el consumo de bebidas alcohólicas, drogas y prostitución.

En su libro Yate Granma, 26 de julio, el «Cuate» ofrece pormenores de su vida al lado del comandante Castro, dice también sentirse satisfecho de haber contribuido a la revolución cubana. «Sólo fui una pieza», dice.
El yate Granma fue una embarcación que originalmente se trató de una lancha torpedera, adquirida por don Antonio del Conde ya como lancha civil. Tuvo costo de 20 mil dólares y era propiedad de Schuylkill Products Company Inc., y vendida por una familia norteamericana de apellido Erikson.
Bajo la consigna de Fidel de, «si usted me arregla ese barco me voy a Cuba», y la sentencia de 1956 de que «si el ‘Cuate’ no me falla salgo, si salgo, llego, si llego y duro 72 horas, triunfo», Del Conde se dio a la tarea de repararla con el cambio de la quilla, que se encontraba rota y perforada por la polilla. Pero también reparó motores, aplicó pintura e hizo otras reparaciones importantes para la travesía, así como poner el botiquín, entre otras cosas, para que estuviera en condiciones de hacerse a la mar con 82 expedicionarios a bordo, tanto en la cabina, literas, camarote y pañol, tomando en cuenta que originalmente se trataba de un yate sólo para ocho o 10 personas como máximo.
La partida del Granma fue un momento difícil para Antonio del Conde, recuerda cuando con un fuerte abrazo Fidel le recomendó lo siguiente: «No haga usted caso si escucha o le dicen que me mataron, ya me han matado muchas veces. Siga mis instrucciones acompañando al Granma por tierra por si lo tenemos que abandonar en el caso de que fallen los motores…»
La travesía fue toda una odisea. «El oleaje estremecía la estructura del barco. Cuando iniciaron la travesía sobre aquel mar violento, los hombres, doblados sobre sí mismos como ovillos de lana, soportaban a duras penas el mareo y las náuseas. El argentino Ernesto Guevara aún no conocía la sonrisa de Camilo Cienfuegos. El ‘Che’ buscaba las ampolletas de adrenalina mientras sus pulmones se ahogaban de tanto retener la brisa. Se le hundían los ojos en un abismo insondable y opaco, con una palidez ascética y una sensación aletargada por la adrenalina que le inyectó Faustino. No soportaba las crepitaciones de los huesos y la piel en ese inhalar y exhalar desesperado como el jadeo de un perro viejo, agotado. Esbozó una sonrisa. Permanecía desvelado, mientras los otros dormían en un confuso ambiente de alientos y sudores. Olía a sal, aceite, pintura y vómito. El ayuno y los hedores mareaban la vista, ensordecían los oídos en agudos timbres y revolvían el estómago hasta los espasmos. El yate apenas avanzaba. Las vigas de madera parecían quebrarse a cada bofetada de las olas. El argentino volvió a sonreír en un gesto sutil, elegante y sin apuros. La sonrisa era su talismán, como una rebelión contra la inflamación de los bronquios, la timidez de sus pulmones. En los entrenamientos de Rancho Santa Rosa, donde disparó unos seiscientos cincuenta cartuchos y caminó los siete andares, realizó como castigo planchas disciplinarias por ‘pequeños errores al interpretar órdenes y leves sonrisas […]’ El viaje era una pesadilla, pero Ernesto prefería burlar los malestares y cansancios con esa distensión de los labios y el espíritu que nada podía evitar y que era su mejor carta de triunfo».
La misión fue cumplida hasta el último momento donde participó un mexicano que hoy vive satisfecho por su intervención en el proceso histórico dentro del marco del materialismo histórico de la humanidad.
El camino a la Revolución Cubana
Hace ya varios años, cuando adolescente, escuché de adultos decir que habían visto en el monte a un grupo de extranjeros armados, en las tierras que otrora pertenecieron a la hacienda de San Miguel, localizada en el pueblo de Ayotzingo, municipio de Chalco, estado de México; los veían ascender hacia la parte alta del cerro donde realizaban prácticas de tiro, precisamente en los límites entre los ejidos de los pueblos de Milpa Alta con el cerro denominado Ayaquemetl.
Todo lo anterior me parecía producto de la imaginación de los campesinos del pueblo; sin embargo, motivado por aquellos relatos y por el rumor de que podría tratarse de guerrilleros, recuerdo que me di a la tarea de buscar información al respecto, cuestión que jamás 4en mis doce años de estudiante pude aclarar, aunque cada día que pasaba un pedazo del rompecabezas se confirmaba por las declaraciones de personas involucradas en la historia de la región.
Sin perder el objetivo, por suerte al paso de los años el misterio quedó develado: efectivamente, esos personajes que en su momento fueron extraños a los ojos de los campesinos fueron los jóvenes Fidel Castro Ruz, su hermano Raúl, el novel doctor argentino Ernesto Guevara de la Serna, Alberto Bayo, veterano de la Guerra Civil Española, y Camilo Cienfuegos, entre otros cubanos (con excepción de Guevara y Bayo) sedientos de justicia y libertad para su pueblo, en ese entonces sojuzgado bajo la bota de Fulgencio Batista, quien al tomar el poder el 10 de marzo de 1952, acabó de tajo con la Constitución cubana de 1940. El movimiento rebelde era apoyado aquí en México por el general Lázaro Cárdenas, y los futuros combatientes entrenaban para tomar por asalto la isla.
En estos últimos años, por azares del destino me hice amigo del arquitecto Pedro Elizalde Xolalpa, quien vive en el pueblo de Ayotzingo, precisamente muy cerca del rancho San Miguel donde acampaban aquellos revolucionarios cubanos. A su vez, él me presentó a uno de los hombres que fue clave para la guerrilla cubana con la adquisición de las armas y la compra del yate Granma, Antonio del Conde, el «Cuate», apodo que le piso Fidel para la clandestinidad.
A partir de esta amistad, las puertas de la verdad se fueron abriendo con detalle a través de las lecturas cubanas que el «Cuate» me ofreció. Cada línea de estos textos nos acercan a cómo fue el asalto al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953, considerada como la segunda fortaleza militar del tirano Fulgencio Batista, cuyo resultado fue la captura de Fidel y algunos de sus compañeros un primero de agosto de ese año en la Sierra de la Gran Piedra. En su autodefensa, Fidel pronunció su alegato conocido como «La historia me absolverá».
La historia de Fidel en México dio inicio en 1954 con su arribo a Veracruz y, de ahí, posteriormente al Distrito Federal donde comenzó la organización con alguno de sus compatriotas para liberar a su país. Sus primeras prácticas tuvieron lugar en el gimnasio de un ex luchador mexicano que se ubicaba en la Calle Bucareli, donde les enseñaban diariamente defensa personal, cómo golpear al oponente en las carótidas falsas, las rodillas y todo eso, además de cómo se le quitan las llaves –de luchador por supuesto– a un hombre y otras mañas.
«El entrenamiento duró como dos meses. Después el general Bayo y el ‘Che’ Guevara alquilaron un rancho en las cercanías de Chalco que se llemaba San Miguel. Lo de Santa Rosa se lo pusieron para desvirtuar, por la marca de la leche y el queso que ahí se producía. Ahí se fue a otra clase de entrenamiento, más bien para la supervivencia a la intemperie; estaba uno 24 horas en el cerro, sin tomar agua y casi sin comer».
Don Antonio del Conde, dueño del Granma, dice que en el rancho San Miguel había cientos de cabras a causa del queso que ahí se producía; ese inmueble hoy está a punto de derrumbarse por el paso de los años, tanto por la incuria de sus dueños y las inclemencias de la naturaleza que han sido los factores de su lamentable deterioro. El libro Huellas del exilio. Fidel en México, contiene un relato acerca del rancho, alquilado el 10 de mayo de 1956, propiedad de Erasmo Rivera Acevedo, cuyos vetustos muros fueron mudos testigos de la planeación de la Revolución Cubana.
«La historia del rancho es muy bonita, data de hace más de cien años. Don Erasmo era un indígena de guaraches, muy trabajador; su padre, el abuelo de mi amigo, era un indígena de calzón blanco –decir indio de calzón no es discriminación, es la forma en que vestían los mexicanos– y guaraches, no hablaba bien, yo lo conocí. Una hija de un rico de Tenango se fijó en él y se casaron, sus padres españoles tenían ganado; entonces empezaron a hacer queso con la marca Santa Rosa. Lo interesante de esto es que el queso lo traían en lanchas hasta el mercado de La Viga, en Ciudad de México. En aquella época llegaban vías fluviales hasta la ciudad».
«El rancho Santa Rosa o San Miguel se encuentra a unos 40 kilómetros de la capital y a 3 kilómetros del pueblecito de Ayotzingo, que está a 12 kilómetros de Chalco. Su propietario, don Erasmo Rivera Acevedo, fue visitado posteriormente por el general Alberto Bayo, acompañado por Ernesto Guevara, el ‘Che’. Hicieron un reconocimiento por la propiedad y el ‘Che’ situó dos campamentos en el monte, según le había indicado Fidel. Se adoptó el nombre de Santa Rosa para despistar».
«En pocos días comenzó a llegar el personal, se establecieron relevos en los campamentos de la colima y en la casa de vivienda».
«Por el rancho se pagó un alquiler de trescientos pesos mexicanos y la negociación la realizó el ‘Che’».
«Tenían varios burritos que servían para llevar agua y las provisiones a los campamentos en los cerros cercanos; el agua la recogían de un pozo que estaba al fondo, porque el pequeño pocito que se encontraba frente a la casa daba el agua salobre».
«El rancho constaba de 402 hectáreas. Allí se hacían caminatas nocturnas, prácticas de tiro, emboscadas, y se recibían clases teóricas impartidas por el general Bayo».
«Doña Esther López de Rivera y su hijo Raúl, no conocían la colaboración de don Erasmo, quien de joven había pertenecido a las fuerzas de Pancho Villa cuando la Revolución Mexicana».
Todo lo anterior me hace pensar que en esa región del sureste del Valle de México existe una infinidad de historias de las que surgen simultáneamente otras que superan la novela más desbordante de la imaginación, por lo que bien vale la pena que la historia regional la conozcan las actuales generaciones para que sus anales no sean simplemente tomados como una leyenda. Lo sucedido en el rancho de San Miguel, situado en la parte poniente de Ayotzingo (entrando por San Juan Tezompa) es apenas una parte del profundo estudio que debería ser realizado.
Lo sucedido en Ayotzingo es recordado también por habitantes de Milpa Alta, quienes veían cómo a temprana hora un grupo de hombres con acento extranjero llegaban cargando enormes y pesadas mochilas con cantimploras, linternas, cajas de balas y sofisticadas armas de fuego, quienes con el ansia revolucionaria ascendían al monte, específicamente al cerro del Ayaquemetl, el cual divide al poblado de Ayotzingo de los ejidos y pueblos de la región oriente de Milpa Alta.
¿Quién iba a saber que esos hombres de cara sudorosa y llenos de tierra entrenaban para liberar a la isla de Cuba de Fulgencio Batista, protector de los intereses de los norteamericanos más que de los cubanos? Ni mucho menos que ahí hubiesen 82 hombres que partieron de Ayotzingo con rumbo al Río Pantepec en Tuxpan, Veracruz, para después salir el 24 de noviembre de 1956 por la noche rumbo a la isla de Cuba para liberar a su pueblo. Y luego de que Lázaro Cárdenas intercedió por ellos cuando fueron perseguidos por las policías cubana y mexicana.
El papel que jugó Fernando Gutiérrez Barrios fue trascendental, hombre clave en los acontecimientos históricos relacionados con la detención de Fidel y sus compañeros; él estaba al frente de la Dirección Federal de Seguridad y era quien le comunicaba a Fidel, ya detenido, que conocían la existencia del campamento cerca de Chalco y le aconsejó la entrega pacífica para evitar muertes innecesarias. Al respecto, el tres de enero de 1982 Fidel Castro señaló al escritor Gabriel García Márquez lo siguiente:
«Extrañamente nos encontramos con un grupo de agentes honestos, sensibles, firmes, serios. El jefe de ellos era Fernando Gutiérrez, quien se hizo amigo de nosotros. Yo visitaba su casa. Gutiérrez Barrios es un hombre de principios éticos. Después él nos informaba para protegernos en nuestro intento de llegar a Cuba y luchar contra la tiranía. Y ya cuando estaba listo y le hice el regalo de unos aretes a su pequeña hijita, ya éramos amigos». ♦
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* Presidente del Consejo de la Crónica de Milpa Alta
Bibliografía:
Blanco Castiñera, Katiuska. Todo el tiempo de los cedros. Paisaje familiar de Fidel Castro Ruz. Casa Editorial Abril. La Habana Vieja. Ciudad de La Habana, Cuba, 2003.
Del Conde, Antonio. Yate Granma, 26 de Julio. México, 2000.
Guevara, Ernesto. Una Revolución que comienza. Documentos Históricos Mexicanos. SEP. México, 1988.
Hernández Garcini, Otto, y otros. Huellas del exilio. Fidel en México, 1955-1956. Casa Editora Abril. La Habana, Cuba , 2004.

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