Tradiciones de Tlalpan en ‘Leyendas del viejo San Agustín de las Cuevas’

• Incluimos un relato que nos transporta al mundo indígena de los pueblos de Tlalpan

Revista Nosotros, Núm. 79 | Abril de 2005

Eliseo Moyao, jefe delegacional en Tlalpan, presidió la presentación del libro Leyendas del viejo San Agustín de las Cuevas y cuentos para el atardecer, del cronista de Tlalpan, Salvador Padilla Aguilar, y ante más de 250 personas señaló que la importancia fundamental de la labor que realiza el autor del libro es la de dar testimonio de las tradiciones y la cultura de la demarcación, por ello la obra es una aportación importante para la cultura.

Página 35 del número 79 de la edición impresa de la Revista Nosotros

«Las leyendas, anécdotas e historias acerca de la delegación Tlalpan, permiten que sobreviva la cultura», apuntó Moyao.

El libro presenta 23 leyendas surgidas de la rica tradición tlalpense, referidas al mundo novohispano. Sobresale la historia denominada «El jardinero de la Casa de las Campanas», que se desarrolla en una de las fincas importantes de San Agustín de las Cuevas, que fue el nombre original del pueblo de Tlalpan.

Otra historia es «La tragedia de la casada infiel» y «Las versiones de una llorona local», las cuales se basan en las tradiciones indígenas de antaño.

Asimismo, se incluyen relatos modernos, como es el caso de «El espectro de la floresta y el fraile del viejo claustro». Otras leyendas se refieren al célebre bandido Isaac Mendicoa, apodado el «Tigre del Pedregal», personaje de quien, aún ahora, se cuentan múltiples episodios, ya que son muchos olos narradores que atestiguan haberlo conocido.

«Cuentos para el atardecer» contiene dos fábulas producto de la imaginación del autor. La particularidad común de ambas radica en que sus personajes centrales son mujeres que viven sus vidas entre la locura y la muerte, en los pueblos tradicionales de México.

Salvador Padilla Aguilar, quien cuenta con una amplia trayectoria académica y diversas publicaciones, entra las que destacan San Agustín Tlalpan, historias y tradiciones de un viejo pueblo, y Desarrollo urbano-regional y efectos demográficos en los municipios principales del estado de Guanajuato, señaló la importancia de las leyendas, debido a que reflejan la sociedad de su tiempo y transmiten diversos valores aún vigentes.

En la presentación del libro estuvieron personas del medio periodístico y literario, como Yuriria Contreras, productora de Radio Red, así como Jorge Legorreta, cronista de la delegación Cuauhtémoc y ex delegado de esa demarcación.

Leyendas del viejo San Agustín de las Cuevas

«La tragedia de la casada infiel»

«La doncella de la Casa de las Campanas»

«La casona de los espantos»

«El demonio del viejo camino»

«El fraile del viejo claustro»

«El espectro de La Floresta»

«El hidalgo de la capa negra»

«La mujer de la media noche»

«La decapitada de la hora del alba»

«El hombre transparente»

«El inquisidor de Ocozotla»

«La mujer de luto»

«La piedra encantada»

«La callejuela del diablo»

«La triste historia del niño marinero»

«Las misteriosas procesiones del atrio de San Agustín»

«El fantasma del marqués»

«Don Antonio y el marqués»

«La aparecida de la calle de Las Campanas»

«La princesa del Xitle»

«La leyenda del Hueytépetl»

«El sanguinario Tigre del Pedregal»

«En la jaula del Tigre»

A continuación, presentamos el primer relato de la obra.

La tragedia de la casada infiel

Bien puede haber puñalada sin lisonja, mas pocas veces hay lisonja sin puñalada

Francisco de Quevedo

Debajo de la mata florida siempre está la serpiente escondida.

Del refranero popular

En el México rural, no es extraño encontrar historias que, como la narración de Eva en el Paraíso, vinculan mujeres con serpientes. El siguiente es uno de esos relatos, transportado al mundo indígena de los pueblos de Tlalpan.

El episodio permite, además, evocar el antiguo refrán «chico el pueblo, gran inferno»[1].

La tragedia de la casada infiel

Allá por la tercera década del siglo XX, un muchacho indígena de La Magdalena Petlacalco regresó a su pueblo, tras larga ausencia, casado con una virtuosa y joven mujer. El recién llegado, que amaba sin reservas a su esposa, era un agricultor muy dedicado. Se dirigía a sus labores desde la hora del alba y retornaba de ellas al atardecer. Su mujercita cuidaba su hogar con esmero. Desde muy temprana hora regaba y barría el patio de su casa. Luego, prodigaba cuidados a su pequeño huerto, llevaba el almuerzo a su marido, preparaba los alimentos, cosía y tejía. Cuando su hombre regresaba del campo, la joven lo recibía con emoción y cariño. Juntos pasaban el resto del día disfrutando los atardeceres de La Magdalena. A su dicha pronto se añadió el nacimiento de su primogénito.

La felicidad de la pareja no pasaba inadvertida para el resto del pueblo. Con ello sobrevino la envidia de algunas mujeres del pueblo no tan dichosas en sus patrimonios. Éstas se percataron de que la muchacha, aunque dedicaba su tiempo a las labores de su casa y se ocupaba de su pequeño con gran esmero, desaparecía de su perpetua y vigilante mirada a eso del mediodía. Volvían a verla más jovial algunas horas más tarde. Acostumbradas a malpensar y malobrar, atribuyeron sus desapariciones y su posterior júbilo a un amorío secreto.

Las sospechas se convirtieron en murmuraciones y éstas en certezas. Al poco tiempo, todo Petlacalco tachaba de infiel a la esposa, mientras expresaba afecto y conmiseración por el marido engañado. Éste, por su parte, ocupado en sus actividades, desconocía los maliciosos díceres. Un día, la autoridad del pueblo solicitó cooperación para un trabajo agrícola comunitario. Durante la jornada, uno de los trabajadores, ignorando que su interlocutor era el esposo ultrajado, le reveló con desenfado lo que todo mundo comentaba de su mujer. Él lo escuchó sin decir palabra. Incrédulo en primera instancia, la daga de la duda terminó por anidar en su alma. No comentó nada a la muchacha en los siguientes días. Pero su actitud, antes cálida y solícita, se enfrió de repente, con lo que la joven tuvo que soportar en silencio el inexplicable desamor de su cónyuge.

El joven agricultor, consumido por los celos y la humillación, se abandonó a la tristeza. Mas un día decidió tender una celada a los amantes para sorprenderlos. Así, a muy temprana hora de la madrugada se ocultó entre la fronda de un capulín, fingiendo ir a sus labores.

Desde su escondrijo observó la rutina mañanera de su esposa. Al verla tan hacendosa, su amor renació por un instante. Pensó que una mujer tan dedicada a su hogar no podía ser infiel. Sin embargo, a eso de las doce, escuchó un silbido y vio cómo ella se apresuraba a terminar sus labores y entraba apresuradamente a la casa. Los celos volvieron a corroerle el corazón.

El joven aguardó largo rato en el árbol. Esperaba que su esposa saliera de casa o que el intruso entrara. Nada de eso acaeció. No tenía lógica lo 0ue pasaba, reflexionó, ya que no había visto a nadie acercarse.

Entonces escuchó el llanto de su hijo. Como el lamento se repitiese varias veces, imaginó al pequeño desvalido y a su mujer abandonada a lascivos placeres. ¿Cómo había entrado el otro? Pronto lo sabría.

Bajó del árbol. Entró a su casa. Le enfurecía la ladina hipocresía de su pareja, pero más le dolía el descuido en que tenía a su hijo. Eso no lo podía perdonar. Machete en mano, penetró como tromba en el dormitorio.

Su sorpresa fue enorme. En el lecho conyugal, como en estado de sopor, yacía la joven. En su regazo, un enorme zincuate[2] estaba prendido a sus desnudos pechos mientras el animal daba su cola al bebé para que mamara de ella. Contempló la grotesca escena un breve instante. Su reacción no se hizo esperar. De un solo tajo, partió en dos al reptil. Éste emitió un postrer silbido y murió. Con el ruido, la madre despertó. Sorprendida por la prematura aparición de su marido, le refirió, apenada y aún adormilada, que estaba amamantando a su hijo y se había quedado dormida.

Al instante, el campesino comprendió todo. Recordó las fantásticas historias que, desde su niñez, le había narrado su abuela sobre cómo los zincuates encantaban y adormecían a las mujeres que daban pecho a sus críos y succionaban la leche materna en perjuicio de los pequeños. Avergonzado y lloroso, la abrazó tiernamente.

La muchacha no fue la misma desde la muerte de la serpiente. Como si hubiera perdido un ser amado, lloró con gran desconsuelo por días y noches. A pesar de las atenciones de su esposo, cayó enferma, sin que el afligido agricultor pudiese encontrar cura para su mal, y murió de tristeza. Algunos ancianos de Petlacalco creían que el zincuate había sido su nahual[3]. Por esa razón, explicaron, la desaparición del animal le había causado tanta melancolía y desasosiego.

Todo Petlacalco sintió pena y callado remordimiento por los injustos juicios que habían culminado con la muerte de la inocente muchacha. Desde entonces ésta, afirman los vecinos, se aparece con frecuencia, blanca sombra flotante, por las inclinadas callejuelas del pueblo, a eso del anochecer, para recordar a los habitantes del lugar que la lengua, arma afilada, es capaz de desencadenar desgracias irremediables. ♦


[1]  Leyenda reescrita sobre la base de la publicada originalmente en Noti-Tlalpan, periódico tradicional de Tlalpan.

[2] Zincuate, palabra náuatl. En muchas narraciones del México indígena, es frecuente la historia de la serpiente que se alimenta con el pecho de las madres en período de lactancia.

[3] Nahual, ente de la narrativa del México mágico que es, por turnos, hombre o animal, y protege a personas a él asignadas por la divinidad.

Deja un comentario