Opinión | Autismo y flúor

• Desde hace más de 30 años en Matamoros, Tamaulipas opera una planta de una empresa titular de la concesión para la explotación y extracción en México de la mina de fluorita más grande del mundo, con cuyo mineral produce ácido fluorhíridco (HF) y gases refrigerantes

Por Dr. Adán Echeverría-García

Desde el 2003, el científico V. Bradshaw-Black publicó el texto titulado «Autism: causes unknown or causes ignored?», en el que hace un repaso histórico respecto de la condición autista, señalando que el autismo, condición caracterizada por el ensimismamiento y el aislamiento social, descrito en 1930 como un nuevo tipo de trastorno mental por Leo Kanner, y algunas condiciones asociadas similares como el síndrome de Asperger, el trastorno por déficit de atención, la esquizofrenia y la hiperactividad, se reconocen como estados autoinmunes tóxicos que se manifiestan en síntomas psicológicos y físicos y tienen algunos desencadenantes reconocidos, que requiere considerar varios aspectos: desde la toxicidad por elementos inorgánicos potencialmente tóxicos, la deficiencia de ácidos grasos esenciales, la intolerancia y la alergia a la leche de vaca están particularmente implicadas; hasta el daño producido por el uso de fluoruro. El investigador se siente preocupado porque para él, «nunca antes habíamos tenido un historial tan espantoso de condiciones que afectan a los niños».

Ya para 2019, Anna Strunecka y Otakar Strunecky en República Checa concluyeron en su trabajo titulado «Chronic Fluoride Exposure and the Risk of Autism Spectrum Disorder», que es clara la alta prevalencia de trastorno del espectro autista en países con fluoración del agua, así como en áreas endémicas de fluorosis y sugieren centrar la prevención del trastorno del espectro autista en la reducción de las cargas de flúor (F) y el aluminio soluble (Al3+) de la vida diaria.

Todo lo anterior es interesante para una ciudad como Matamoros, Tamaulipas, que a aproximadamente dos kilómetros del Río Bravo (aguas arriba de la planta con la que la Junta de Aguas y Drenaje –JAD– surte del preciado líquido a la población de la ciudad), justo en la carretera hacia la ciudad de Reynosa, desde hace más de 30 años existe una planta de una empresa titular de la concesión para la explotación y extracción en México de la mina de fluorita más grande del mundo, con cuyo mineral produce ácido fluorhíridco (HF) y gases refrigerantes, dentro de la cadena de valor de los fluoroquímicos. Y digo que es interesante porque justo en Matamoros, Tamaulipas, la prevalencia de infantes con trastorno del espectro autista se ha visto incrementada en los últimos 20 años.

Es por ello que, si consideramos la deficiente praxis en la potabilización del agua que realiza la JAD, así como la poca inspección en el ámbito ambiental de los límites máximos permisibles de los diferentes elementos y compuestos orgánicos e inorgánicos que terminan en el aire, suelo y agua, producto de las actividades empresariales así como domésticas, todo aquello abona para que el agua del Río Bravo presente niveles no tolerables para el consumo humano, que pueden incidir en diferentes tipos de afectaciones, como las que en esta columna se discuten.

Necesario es considerar no solo las cantidades de flúor que las plantas dedicadas a su explotación, como de todas las que hacen uso de este elemento químico y sus compuestos, pueden estar siendo lanzados al ambiente; sino hay que considerar aquellos productos del día a día que lo contienden y con los que estamos igual en contacto, y tratar de reducir su consumo e ingesta, al menos cuando podemos controlarlo, como el flúor presente en los distintos productos de la higiene dental. Existen ya dentífricos libres de flúor que podríamos utilizar. Sin dejar de lado, la vigilancia a las empresas que desarrollan los fluoroquímicos, como la planta en cuestión.

Nada perdemos con exigir la documentación que evidencie que cumplen con todas las normatividades ambientales. ♦

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