El hallazgo de una escultura de atlante en el Chichén Viejo
Una escultura con características de atlante es uno de los hallazgos recientes en la construcción más antigua de la zona arqueológica de Chichén Itzá, la cual por cierto abrirá sus puertas al público este sábado 2 de septiembre, y se suma a una ofrenda con cinco vasijas y una decoración a manera de ave.
La distinción de la escultura es que se trata de un personaje masculino que aparece con los brazos alzados, en acción de sostener un objeto, y es representado con un rico atavío compuesto por una cinta en la cabeza, un pectoral formado por cuatro hileras de cuentas de jade, orejeras largas y brazaletes.
Llama la atención que los rasgos de su rostro lo vinculan, estilísticamente, a «evocaciones huastecas», de acuerdo con arqueólogos del INAH, por cuyas dimensiones (90 centímetros de altura y 45 centímetros de ancho) estas esculturas formaban parte de los altares sosteniendo bloques de piedra esculpidos en forma de mesa, elementos ubicados en estructuras ceremoniales.
La escultura del atlante fue hallada durante las labores del trazo y prospección del camino que conducirá a Chichén Viejo o Serie Inicial, sección de la Zona Arqueológica de Chichén Itzá, en Yucatán. Se encontraba en un complejo habitacional, se suma a una serie de elementos que demuestran que hubo una importante base común entre la cultura de los mayas de Chichén Itzá, en los periodos Clásico Terminal y el Posclásico Temprano, y las del centro y noroeste de México central, aproximadamente en la mismas fechas, entre los años 800 y 1200 d.C., incluso después.
Durante los trabajos de estabilización del basamento y de cubierta del Templo de la Cruz Foliada, en el sureste del sitio, el equipo de investigación pudo comprobar que la edificación es anterior al 600 d.C. La localización de una ofrenda arquitectónica, consistente en dos vasijas, una de ellas con los restos óseos de dos neonatos, es quizás, un símbolo de la vida floreciente.
En el 2018, en el Palacio se halló un adorno nasal, tallado en hueso humano, propio de gobernantes y sacerdotes; y en otra parte de este complejo arquitectónico, en lo que fuera un antiguo depósito de agua, se dio con una ofrenda ritual quemada, compuesta por una cabeza de estuco y de restos cerámicos y líticos, y junto con ella el gran descubrimiento: una singular cabeza del joven dios del maíz.
Una nariguera que debió usarse para personificar al dios maya del maíz

Por vez primera en la historia de las exploraciones en la Zona Arqueológica de Palenque, en Chiapas, fue localizado un adorno nasal con una elocuente escena tallada, un atavío elaborado en hueso humano que portaban gobernantes y sacerdotes de esta antigua ciudad, durante ceremonias en que encarnaban a K’awiil, el dios maya del maíz y la fertilidad.
La extraordinaria pieza formaba parte de un depósito ritual colocado en el periodo Clásico Tardío (600 y 850 d.C.), para conmemorar la terminación de un edificio, una estructura sobre la cual se construyó la Casa C del Palacio.
Dicha pieza es de notable mérito estético por su composición; así como la firmeza, precisión y combinación de sus trazos de talla, ejecutados en apenas 6.4 centímetros de largo por 5.2 de ancho, y un grosor de 5 centímetros en la parte inferior, que va decreciendo hacia la superior.

El atavío fue manufacturado con la parte anterior de una tibia distal, con el fin de aprovechar la cresta que recorre la diáfisis del hueso. Como producto terminado, su propósito era que la cresta duplicara el eje de la nariz y se proyectara sobre la frente de su portador; además, que la cresta formara una línea divisoria de la escena del ornamento.
En la mitad izquierda de la pieza se grabó el perfil de un hombre portando tocado con la cabeza de un ave, muñequeras tubulares, collar de cuentas esféricas y una orejera con contrapeso; en el brazo izquierdo muestra el glifo maya ak’ab’, «oscuridad» o «noche», mientras el derecho se extiende y corta en la cresta, para continuar del otro lado de la pieza, donde sujeta un objeto largo y delgado.
A partir de donde el personaje toma el objeto, la banda está decorada con líneas verticales y un amarre en forma de cuadrete. En la parte baja se encuentra la representación de un cráneo humano sin mandíbula inferior, del que afloran extremos nudosos y huesos largos. La calavera está colocada sobre lo que parece un bulto de tela marcado con bandas cruzadas.

La cresta del hueso con que se elaboró el adorno nasal se presenta como el límite de un portal que el personaje cruza para comunicarse con los dioses y antepasados, escena común en el arte maya del periodo Clásico (250-900 d.C.).
A decir del director del proyecto arqueológico Palenque, Arnoldo González Cruz, «otro aspecto a resaltar es el bulto que carga el personaje. Los bultos funerarios eran una práctica común entre los antiguos mayas, los cuales están presentes en la iconografía».
La nariguera era parte del atavío de la élite de la urbe, debido a que aparece en varias representaciones escultóricas, como el sarcófago del Templo de las Inscripciones, el Tablero Oval de la Casa E y el Trono del Templo XXI, siendo portado por los ajaw Yohl Ik’nal, Sak K’uk’, Pakal I y Pakal II.

«Creemos que se utilizaba para personificar a la deidad del maíz, pues uno de los rasgos característicos de la divinidad es la forma de la cabeza extremadamente elongada y perfil que terminaba en punta, que parece emular a una mazorca, la cual se vuelve larga y estrecha conforme crece», dijo.
«Los palencanos buscaron reproducir la cabeza de este dios mediante la deformación craneal de manera intencional. La forma tabular oblicua y el uso del adorno nasal permitían cubrir el puente de la nariz, para que el perfil, desde la punta de la nariz hasta la frente, fuera una línea continua y casi recta», explicó.
Aunque faltan análisis para determinar los procesos de manufactura, el tipo de herramientas utilizadas e, incluso, la resina que fijaba el objeto al puente de la nariz, el arqueólogo concluyó con que su importancia radica en que «es un ejemplo de la sensibilidad artística maya, mientras que su mensaje iconográfico y conceptual ilumina creencias de los antiguos palencanos sobre el culto funerario y la existencia ultraterrena del ser humano». ♦




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