Santiago Matamoros, el jinete con espada en su caballo blanco

• Es venerado en Acahualtepec (Iztapalapa), Zapotitlán (Tláhuac) y Chalco (México)

Por Rodolfo Cordero López* | Revista Nosotros, Núm. 62 | Agosto de 2003

Captura de la edición impresa
En memoria de Chepe
José Mendoza Romero,
el poeta cantor de Xochimilco,
hacedor de portadas enfloradas,
defensor del ejido y de las chinampas,
el cultivador de las costumbres
y tradiciones de Xochimilco.

El santo que más aterrizó entre los naturales de la América Central en las primeras décadas del siglo XVI fue Santiago Apóstol, el hermano mayor de Juan Evangelista, los «hermanos del trueno», así nombrados por su valor. Santiago habría de formar la Orden de Santiago donde ingresaban los hombres más valerosos y, como paradoja, los santiagueros en México son agrupaciones de danzantes, a veces vestidos con pantalones y chamarras de terciopelo, con capa roja y sombrero texano, empuñando el machete campesino; otras veces con el traje de los charros sombrerudos que ridiculizan a los combatientes a favor del cristianismo en contra de los naturales que cayeron defendiendo su cultura.

De no ser por este apóstol de Jesucristo, que reposa en el santuario de Compostela, España, la historia en México hubiera tenido otro cantar, otro destino. No fue así, y hoy es venerado estando en el olvido la conquista sangrienta de México Tenochtitlan, lucha que cubrió de heroísmo a los guerreros xochimilcas durante una semana de combates, del 15 al 20 de abril de 1521, siendo el 15 de abril cuando Hernán Cortés fue derribado a pedradas en la explanada que ocupa la parroquia de Santiago Tepalcatlalpan, y a punto de ser sacrificado en el adoratorio de Chililico, hoy Barrio de la Santísima Trinidad, sin poder evitar la derrota del señorío tenochca, la implantación del latifundismo, la explotación de los terratenientes y hacendados.

Santiago Matamoros aparece en el primer enfrentamiento que los españoles tuvieron en Contla, Tabasco, en el mes de marzo de 1519 –refiere Louis Cardaillac–, un misterioso caballero que daba ardor combativo a las huestes de Hernán Cortés. Jinete con espada y caballo blanco que con sus patadas y mordiscos causaba mucho daño a los enemigos.

El hijo del trueno

Al grito de «¡Santiago a ellos!», Hernán Cortés pasó sobre los guerreros heroicos de Tlaxcala, convirtiéndolos en vasallos del rey de España, en agosto-septiembre de 1519.

En mayo, durante la fiesta de Toxcatl, 1520, en Tenochtitlan, después de la matanza del Templo Mayor, el apóstol aparece con la virgen, echándoles polvo a la cara de los naturales para hacerlos huir y convertirlos al cristianismo.

El siete de julio de 1520 Santiago, el apóstol, se aparece en Otumba dentro de las tropas de españoles acosadas por los guerreros tenochcas, tlatelolcas, otomíes, quienes les arrojaban nubes de flechas con puntas de obsidiana, habiendo huido los españoles de México Tenochtitlan en aquella memorable noche triste para los aventureros, noche victoriosa para los guerreros mexicas y sus aliados. Pero el jinete de caballo blanco atacó a la ofensiva para salvar a ese puñado sediento de riquezas.

Santiago Apóstol

En 1521, Santiago Matamoros sigue a Hernán Cortés en el recorrido que hace por las sierras que rodean al altiplano para planear el sitio de México, y en su trayecto fueron quedando marcados los parajes que ocuparían después las capillas del cristianismo del siglo XVI: Santiago Acahualtepec, en Iztapalapa; Santiago Zapotitlán, en Tláhuac, y Santiago Chalco, en el estado de México. Después de tomar Cuauhnáhuac, Cuernavaca, el 14 de abril, Santiago Tepalcatlalpan y Santiago Chililico, en Xochimilco; Santiago barrio de Iztacalco y Santiago Tlatelolco, en la Ciudad de México. De esos lugares, en Tlatelolco, de la misma forma que en Tepalcatlalpan, Xochimilco, Hernán Cortés fue derribado de un macanazo. Fue salvado por el jinete de capa roja y espada en lo alto, que por cierto fue el Santiago valeroso, el mata indios de la historia, hecho que sucedió el 25 de julio de 1521, hazaña que se mandó labrar en el portón de madera del viejo templo de Tlatelolco, escribe fray Juan de Torquemada.

El 25 de marzo de 1530, cerca de Tonalá, en Tetlán, en la batalla del Cerro de la Reina, durante el enfrentamiento de las tropas de Nuño de Guzmán y los indígenas tonaltecos, aparece Santiago para dar ánimo a los europeos.

En el Cerro de Sangremal de Querétaro, en la conquista de los chichimecas, el 25 de julio de 1531, conquista de la ciudad de Querétaro por el cacique Fernando de Tapia, otomí por nombre Conin, a Santiago Apóstol lo vieron los combatientes en el aire, flotando, aguerridamente, enarbolando una cruz roja y resplandeciente que dieron respiro a los aventureros hispanos que casi se rendían en la batalla.

Y así en otros muchos lugares, hoy pueblos o ciudades, el apóstol del trueno dejó su efigie de jinete defensor de quienes establecieron en las cenizas del pasado de México el virreinato español y sus capitanías.

El 25 de julio es ahora una fecha que transformó aquellas batallas del siglo XVI en celebraciones paganas, costumbristas. Curiosamente, al visitar los templos católicos dedicados al apóstol Santiago, vemos llegar al pueblo a rendir pleitesía al bravo jinete bíblico, pero también al caballo blanco, de mucho respeto, por las maldades que hacía, solía decir José Mendoza Romero, «Chepe». Ese caballo salía de la capilla por las noches y se comía los elotes de las chinampas cercanas a Chililico, era inconfundible por sus cerdas blancas resplandecientes a la luz de las estrellas. Alguna vez desató tremendo aguacero, un diluvio, por no vestirlo con sus prendas que habían sido prestadas por lo milagrosas. El poder de la espada del santo era codiciada por los jóvenes del barrio de la Santísima Trinidad, que no faltó un joven decidido que le arrebató la espada, pero fue castigada su osadía por la ley. Tanto era el temor que inspiraba el caballo blanco que alguien sugirió caparlo, quitarle sus partes nobles porque ofendían a la gente.

En Chalco, los devotos del caballo de Santiago Matamoros le llevan alfalfa y se la aprietan en el hocico. En Tepalcatlalpan, los devotos cumplen sus promesas llevándole cañuelas de maíz en elote, con tres mazorcas. En Zapotitlán le danzan los concheros, tocan la chirimía y queman en su honor tres o más castillos que llenan de luces multicolores el cielo de ese pueblo, en tanto las bandas de aliento tocan lo mejor de su repertorio musical, así como en todos los atrios los templos en ese día, el 25 de julio.

Fiesta de procesiones de preces, de música pueblerina, de juegos mecánicos, de cohetería en salvas y luces de los castillos, las canastillas y de los bazucazos que se abren en el espacio cubriéndolo con sus cascadas de colores que huelen a pólvora, y de las comidas tradicionales que hacen olvidar la historia del origen de México.

Por el orden que da la grandeza de aquellas celebraciones, diríamos que la mejor fiesta es la de Zapotitlán, por la abundancia de fuegos artificiales y sus bandas musicales. Seguiría Chalco, por su procesión, su feria, su mercado y las numerosas ofrendas de panes con forma de flores enormes. Tepalcatlalpan, su feria, sus fuegos artificiales y la abundancia de comida tradicional. Chililico, feria de barrio viejo, con castillo, banda de viento y comida tradicional. Acahualtepec, su feria, sus fuegos artificiales, sus danzantes. Tlatelolco, sus concheros. Iztacalco, feria de barrio con música de aliento, como en todas estas celebraciones del catolicismo pagano que nos dejó el tiempo ya añejo del origen de nuestra patria.

Posdata.- José Mendoza Romero, el narrador de leyendas, el carpintero constructor de canoas, el chinampero hasta el último aliento de su vida, murió el 13 de junio de este 2003, a la edad de 84 años. Le sobreviven su esposa Enedina, su hermano Leobardo, su hermana Ángela Mendoza Romero; sibrinas y sobrinos. El barrio de la Santísima Trinidad, en Xochimilco, lo despidió con las esculturas de la Virgen de los Dolores de Xaltocán y del barrio de San Lorenzo, al ritmo de una banda de música de viento y el estallido de una salva de cohetes. ♦

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* Cronista de Xochimilco

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Bibliografía:

Revista La aventura de la historia. Año 3, Núm. 33, julio de 2003, España.

Portada 62 de la Revista Nosotros del mes de agosto de 2003

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