La Ciudad de México de 1900 a 1950
Por Baruc Martínez Díaz | Revista Nosotros, Núm. 104 | Julio de 2007
| Hablo de la ciudad, novedad de hoy y ruina de pasado mañana enterrada y resucitada cada día, convidada en calles, plazas, autobuses, taxis, cines, teatros, bares, hoteles, palomares, catacumbas, la ciudad enorme que cabe en un cuarto de tres metros cuadrados, inacabable como una galaxia, la ciudad que nos sueña a todos y que todos hacemos y deshacemos y rehacemos mientras la soñamos […] y se convierte […] en un manantial hecho de muchos ojos y cada ojo refleja el mismo paisaje detenido… Octavio Paz |
En las líneas que a continuación siguen se dará una breve panorámica histórico-geográfica de la Ciudad de México, comprendida ésta en los años de 1900 a 1950, lo que representaría la primera mitad del pasado siglo veinte. Sobre todo nos centraremos en algunos puntos que, para nuestro caso, resultan más importantes y serán el eje de nuestra interpretación histórica en la tesitura de un gran crecimiento urbano que experimentó esta ciudad a partir de las primeras décadas de la centuria pasada. Como ejemplo de esos puntos nodales mencionaremos: la población capitalina, la economía, gobierno, crecimiento urbano, dicotomía y lucha entre lo rural y lo urbano, y el esparcimiento de ese entonces, entre otras cosas.
Para el período histórico al que nos referiremos es menester decir que los conceptos Ciudad de México y Distrito Federal se empiezan a mezclar y las diferencias se van diluyendo conforme avanza el crecimiento urbano en ambos espacios, fundiéndose así en uno solo. Por ello, al tratar acerca de la Ciudad de México, en párrafos siguientes será muy común que utilicemos cualquiera de los dos conceptos o, bien, que nos refiramos a ellos de forma simultánea.


Pues bien, la Ciudad de México a principios del siglo veinte tenía un área urbana de 12 kilómetros cuadrados y una población total de 368 mil 698 habitantes. En esa época mantenía, más o menos, un crecimiento similar al del siglo XIX; sin embargo, a partir de la década de 1910 el crecimiento urbano se acentúa más y entonces se extiende el área alcanzando 13.7 kilómetros cuadrados y ya cuenta con 471 mil 066 habitantes dentro de su territorio[1]. Con el estallido de la Revolución el crecimiento tanto urbano como poblacional se elevó de manera considerable; si tomamos en cuenta que muchas familias adineradas, ante la violencia revolucionaria, decidieron huir de sus lugares de origen y se refugiaron en la Ciudad de México, por ofrecerles ésta mayor seguridad, entenderemos porqué en un período tan convulsionado hay un crecimiento urbano de grandes proporciones.


A lo anterior hay que sumar, asimismo, la emigración de pobladores vecinos a la Ciudad de México, sobre todo de las municipalidades del sur, las más rurales, pues sus pueblos fueron los escenarios de grandes y sangrientas batallas entre campesinos y federales. Al ser abandonadas esas comunidades sus pobladores buscaron a la Ciudad de México como refugio; muchos de ellos regresaron tiempo después a su lugar de origen, pero muchos también decidieron quedarse a vivir en la ciudad. Este factor también debe ser considerado de explicación en el eminente desarrollo urbano capitalino.
Para 1917 el área urbana estalló hasta los 62.6 kilómetros cuadrados y la población aumentó a 906,603 individuos. En 1928, ya normalizada la situación en el país, casi no se detectó aumento en el área urbana, la cual se conservó en 62.6 kilómetros cuadrados, no así la densidad demográfica que alcanzó 1’230,000 pobladores. Para 1941 la Ciudad de México poseía un área urbanizada de 99.2 kilómetros cuadrados y contenía 1’760,000 habitantes. Aun así, no es sino hasta la década de 1950 en que esta cifra casi se triplica y el crecimiento periférico de la ciudad empieza un proceso de metropolización. En esta fecha el área urbana ya es de 151 kilómetros cuadrados y sus habitantes son 3’170,193[2].


El crecimiento tan explosivo que sufrió la Ciudad de México no fue un proceso espontáneo ni aislado del entorno global. La estabilidad económica alcanzada en el Porfiriato, no obstante el cruento precio que costó, fue un episodio único en la historia mexicana; en el revolucionario siglo XIX nunca se experimentó una época de paz y bonanza como la porfiriana, por ello el crecimiento capitalino no podía desarrollarse de la mejor forma. Aunado a esta estabilidad económica tenemos que mencionar la inserción de México en el mercado internacional como un factor que ayuda a comprender la revolución urbana que se vivió en este espacio que llamamos Ciudad de México.
Asimismo, hay que tomar en cuenta que este crecimiento urbano se vio apoyado en un cambio de visión del uso de suelo y en la forma en que actuaron quienes promovieron esto; el promotor de colonias dejó de ser un ente individual y se convirtió en sociedades anónimas que actuaron usufructuando el valor del suelo-vivienda. Los antiguos terratenientes porfiristas invirtieron su capital en estos nuevos proyectos de colonización del suelo cercano a la Ciudad de México y, con el tiempo, de las zonas aledañas. Un ejemplo de estas sociedades anónimas fue el Centro General de Colonias del Distrito Federal, creado en 1907 por Antonio Quirós y ligado con grandes capitalistas cercanos al gobierno de Porfirio Díaz Mori[3].


De esta forma tenemos referencias que en el período comprendido de 1901 a 1926 se fundaron 64 colonias en el Distrito Federal; el número elevado de éstas nos habla del crecimiento urbano acelerado que trajo consigo esta nueva ideología del uso de suelo y los factores anteriormente citados.
Las primeras colonias fueron dedicadas a la clase alta mexicana, por ejemplo, la Roma, Condesa, Cuauhtémoc y Juárez; conforme pasó el tiempo también surgieron otras colonias que más bien fueron de obreros y populares, como Peralvillo, Chopo y Romero Rubio. Movimientos sociales como el inquilinario promovieron la formación de otras tantas de interés social y, con ello, contribuyeron de forma notable a la urbanización de la Ciudad de México.
Las primeras colonias, muy cercanas a la capital, unieron a la Ciudad de México con municipalidades aledañas como Tacuba, Tacubaya y Azcapotzalco; con el paso del tiempo también fueron incorporándose al área urbana municipalidades más alejadas como Xochimilco, San Ángel y Coyoacán.


El período comprendido de 1900-1930 fue de crecimiento interno de la Ciudad de México, pero el lapso 1930-1950 fue de crecimiento de la periferia del Distrito federal, incorporándose todo él a la misma ciudad. Ya después de la década de 1950 se forma el proceso de metropolización que conurbó al estado de México, pero ese ya es otro tema[4].
En lo que respecta al gobierno de la Ciudad de México debemos decir que en 1903 se decretó una división en 13 municipalidades par4a el Distrito Federal, una de las cuales era la municipalidad de México, que a su vez estaba dividida en cuatro cuarteles y gobernada por un presidente municipal. No obstante, la política porfirista fue la de restar su autonomía a los municipios y en la década de 1900 a 1910 quedó abolida la autonomía de la municipalidad de México y dependió directamente del presidente de la República. Pasado el tiempo varios presidentes quisieron devolverle su autonomía, empero, las más de las veces esto no fue posible, por lo que siguió dependiendo de los veleidosos deseos de los jefes de Estado.


Como punto final hay que decir que el 31 de diciembre de 1928 se decidió abolir el régimen municipal del Distrito Federal y se creó para ello el Departamento del Distrito Federal, dividiéndolo en 13 delegaciones políticas que entonces eran: Azcapotzalco, San Ángel, Magdalena Contreras, Cuajimalpa, Tláhuac, Milpa Alta, Xochimilco, Iztapalapa, Iztacalco, Coyoacán, Guadalupe Hidalgo, General Anaya y la Ciudad de México. La figura de los presidentes municipales desapareció y fueron sustituidos por la de los delegados políticos que serían nombrados desde el organismo central. El gobernador del Distrito Federal cedió el paso al Jefe del Departamento del Distrito Federal, el cual era nombrado por el Presidente y podía ser removido en cualquier momento[5].
La mañana del primero de enero de 1929 los habitantes del Distrito Federal amanecieron perdiendo la autonomía y el derecho de elegir el destino propio de sus pueblos. En el Diario Oficial de la Federación se decretaba la abolición del régimen municipal y, por lo tanto, el fin de la capacidad de nombrar sus propios representantes. La centralización llegó a su máximo apogeo y las municipalidades jamás volvieron a existir en el Distrito Federal. Todo esto también contribuyó a la urbanización, pues los terrenos ubicados en diferentes delegaciones fueron ocupados para nuevas colonias por decretos del organismo del gobierno central de esta entidad federativa. Así pues, en muy pocos casos los pobladores pudieron decidir el destino de las tierras que sus padres habían defendido, resignándose a observar, sólo a observar, cómo se trastocaba el entorno en el cual habían vivido.


En lo que respecta al ramo de actividades económicas debemos aclarar que eran principalmente del tipo terciario las realizadas dentro de la Ciudad de México, es decir, transportes, turismo, hospedaje, negocios, entretenimiento y oficinas públicas, entre otros. No obstante, para la primera mitad del pasado siglo, la Ciudad de México era también el centro de comercialización agrícola más importante de todo el país, en él confluían todos los productos de regiones cercanas y aún las más alejadas para ser vendidas en diferentes mercados de la Ciudad de México. De hecho esto significó, a través de muchos años, una convivencia pacífica e, incluso, necesaria entre el campo y la ciudad: ambos se necesitaban; el campo proveía de productos a la ciudad y ésta le generaba ingresos a los campesinos por medio del comercio[6].
Ahora bien, de las zonas de montañas, cercanas a la capital, se extraía el carbón y la leña; de los valles cercanos, el maíz y frijol; de la zona chinampera, las hortalizas, legumbres y flores; y el pulque venía desde Apan, en el estado de Hidalgo. Todos estos productos eran transportados al centro de la Ciudad de México en canoa, un medio de transporte muy antiguo. Regularmente llegaban al barrio de Jamaica en el mercado del mismo nombre; ahí se efectuaba la comercialización de la producción agrícola. Es menester señalar que gran parte de estos productos eran trabajados en las municipalidades rurales del Distrito Federal, como son: Tláhuac, Xochimilco, Cuajimalpa, Milpa Alta e Iztapalapa, entre otras.


Sin embargo, al acelerarse el crecimiento urbano de la Ciudad de México, ésta invadió al campo y los terrenos de cultivo se vieron innecesarios ante la propuesta de crear nuevas colonias. La política de gobierno era completamente urbana y poco o nada le importó la desaparición de la agricultura en el Distrito Federal. Así los recursos para sostener un trabajo agrícola real, poco a poco les fueron arrebatados y los cedieron a las crecientes necesidades de la urbe mexicana. El agua que de hecho les pertenecía a los pueblos chinamperos, fue entubada y llevada hasta la Ciudad de México para consumo de sus habitantes.
Hablando precisamente del agua, sabemos que ya desde 1907 fueron entubados varios manantiales de la zona de Xochimilco[7]. El acueducto fue una obra eminentemente porfirista, pero que después de este gobierno se siguió usando para la extracción del vital líquido. Algunos de estos manantiales fueron los ubicados en los siguientes poblados: La Noria, Nativitas, Zacapa, Santa Cruz Acalpixcan y San Gregorio Atlapulco. Existió una planta de rebombeo en la Colonia Condesa, desde donde se manejaban todos los asuntos relacionados con el agua; por esos años se dejó de extraer agua del manantial de Chapultepec y se aprovecharon al máximo los de Xochimilco.


Ya para finales de los 30 y principios del 40 fue entubado otro ojo de agua muy importante en la región sur del Distrito Federal: el Acuexcomatl, ubicado en el pueblo de San Luis Tlaxialtemalco. Al ser entubada el agua de los canales y lagos cercanos desapareció, condenando la Ciudad de México a los pueblos chinamperos a vivir en una terrible sequía que, hasta entonces, les era desconocida, aunque ya tiempo atrás, en 1896, les habían quitado el agua del Lago de Chalco, debido a los proyectos ambiciosos de Íñigo Noriega[8].
Por último, baste decir que para el año de 1942 se empezaron los trabajos para extraer agua de una forma más eficiente del Río Lerma[9]. Así es como la Ciudad de México ha tratado de sofocar la sed de sus famélicos habitantes.


Con respecto al transporte, debemos subrayar que lo novedoso de este siglo fue la introducción del tranvía eléctrico y que empezaron a circular en la primera década, es decir, de 1900 a 1910. En 1908 se inauguró la red de tranvías de la Ciudad de México a Xochimilco y, para 1912, ya estaba cubierto el tramo de México a Iztapalapa. El antiguo transporte de tranvías jalados por mulas coexistió con este eléctrico por un tiempo, pero en 1927 fue prohibido, pues se alegaba que era inseguro y poco eficiente[10].
También es bien conocido que la canoa, como ya mencionamos líneas arriba, fue un medio de transporte muy utilizado, sobre todo por los campesinos. En ésta transportaban los productos agrícolas de las zonas rurales y se podía llegar casi hasta el centro de la Ciudad de México en ella. Sin embargo, el entubamiento de los manantiales y la posterior desecación impidió el uso de la canoa y se soslayó su importancia en la vida cotidiana de esta urbe mexicana.


Los camiones de transporte colectivo fueron muy posteriores y sobre todo abundaron en la segunda mitad del siglo XX, pues hasta 1967 se constituyó el Sistema de Transporte Colectivo de la Ciudad de México[11]. Por esto mismo, y porque escapa de nuestros parámetros temporales, no nos referiremos a ellos.
En lo que respecta a las distracciones y vida cotidiana al interior de la Ciudad de México, debemos señalar algunos aspectos relevantes. Además del teatro y recorridos en parques públicos, hay ciertos eventos que sobremanera nos llamaron la atención. Uno de ellos fueron las constantes muestras de aviación y juegos de artificios en el aeródromo que estaba ubicado en la hoy Colonia Balbuena; en ellos se podían apreciar acrobacias con avionetas y éstas eran acompañadas por las espectaculares luces que producían los juegos pirotécnicos[12].


Otra de las opciones para recrearse en la Ciudad de México la constituyó el Hipódromo Condesa, donde se efectuaban carreras de caballos, sobre todo los fines de semana, y los pobladores de la Ciudad de México se deleitaban de esa forma. Asimismo, se efectuaban espectáculos con suertes charras como las manganas o los famosos piales. Esto dejó de realizarse en el año de 1927, pues fue fraccionado el hipódromo y se convirtió en la hoy Colonia Hipódromo Condesa[13].
Así pues, las presiones urbanas fueron removiendo muchas de las formas de distracción y, como dice el doctor Sergio Miranda, sus habitantes se fueron convirtiendo en islas y la Ciudad de México en un inmenso océano[14], en donde la convivencia comunitaria y el trabajo mutuo son impensables en el entorno urbano. Por ello, tal vez, Rockdrigo González, unas tres décadas adelante, planteaba este fenómeno recurrente en la Ciudad de México en su canción «Islas»:


Él llegó a la vida,
en un firme edificio de cemento,
de una antigua ciudad de concreto,
entre gente con cara de pavimento
y con sueños hechos de mal aliento.
Él creció en las calles
aprendiendo nacimientos de zorrillo,
conociendo sentimientos de ladrillo,
con miradas y colores de estanquillo
y con cuentos despojados de su brillo.
Ya que él:
nació en una isla,
en una isla mental,
y creció en otra isla,
en otra isla social
y murió en la gran isla,
en la gran isla mundial.
Y así fue que todo aislado
por aquí vino a pasar[15].


Otra más de estas distracciones de los citadinos la constituyó el paseo en trajineras por diversos canales aledaños a la urbe mexicana. Una opción era ir hacia Xochimilco, en la ya moderna red de tranvías, ahí podían abordar su trajinera y al ritmo de unos buenos mariachis pasear durante un buen rato; más tarde podían comer y ya en el ocaso del día regresar a sus hogares.
Esa imagen debió ser muy típica en el período que estamos estudiando, pues ya en el mural de Miguel Covarrubias se observa de un lado a los campesinos y del otro a los «catrines» que paseaban en las apacibles aguas de Xochimilco.
La otra opción la constituía el pueblo de Santa Anita Zacatlalmanco Huehuetl, ubicado en la delegación Iztacalco. Ahí se hacía la tradicional fiesta, en Semana Santa, del Viernes de Dolores o de Amapolas. En ella los paseantes podían pasear en trajinera, adornada con amapolas, y disfrutar de la celebración tradicional en ese pueblecito pintoresco cercano a la capital[16].


Más tarde, en la época del presidente Cárdenas, fue cambiada esta fiesta pasándose a llamar «La flor más bella del Ejido»; cuando se «acabó» el agua en Iztacalco decidieron pasarla a Mizquic, pero como estaba muy alejado de la capital mexicana, fue trasladada a Xochimilco, donde hasta la fecha se viene realizando.
Pues bien, en este breve período observamos un acelerado crecimiento urbano que, entre otras cosas, significó el trastrocamiento de un paisaje rural y una cultura centenaria que, poco a poco, fue desapareciendo o, al menos, modificándose drásticamente durante esos años.
En voz del doctor Sergio Miranda:
«La urbanización del territorio del Valle significó también el trastrocamiento de un medio natural, de un sistema de producción, de una forma de vida y de consumo ligada al campo. Cada vez fue más difícil para los agricultores del Valle disponer de agua para el riego de las milpas, pues las aguas de los ríos y manantiales se utilizaron crecientemente para el consumo de la ciudad o bien se entubaron para evitar inundaciones en ésta. La flora y fauna fueron aplastadas por el cemento y el tabicón. El clima se vio alterado por la invasión del pavimento y la desecación del lago. Los caballos y las canoas perdieron la batalla del transporte con el automóvil, el tranvía y los camiones. Estos y otros fueron los hechos que se vivieron en la capital cuando la ciudad invadió al campo»[17].


Pues bien, con esto concluimos, creemos que hemos logrado dar una visión y una explicación a este fenómeno histórico que hoy llamamos Ciudad de México. Para concluir sírvanos como epílogo la canción «Vieja ciudad de hierro», de Rockdrigo González.
Vieja ciudad de hierro
de cemento y de gente sin descanso
si algún día tu historia tiene algún remanso
dejarías de ser ciudad.
Con tu cuerpo maltrecho
por los años y culturas que han pasado
por la gente que sin ver has albergado
el otoño para ti llegó forzado…
¿ya qué?
Te han parado el tiempo
te han quitado la promesa de ser viento
te han quebrado las entrañas y el silencio
ha volado como un ave sin aliento
se ha marchado lejos
tu sonrisa clara y en tus azulejos
han morado colores que son añejos
y hoy ya no brillan más.
Capital de mil formas
de recuerdos que se pierden entre el polvo
de tus carros, de tus fábricas y gentes
que se hacinan y tu muerte no la sienten.
¿Qué harás con la violencia?
de tus tardes y tus noches en tus calles
y tus parques y edificios coloniales
convertidos en veloces ejes viales…
¿ya qué?
Te han parado el tiempo…[18] ♦
_____
Baruc Martínez. Huexöcalco, Ticic tlaxilacalco, Tláhuac altepec. Desde la «casa de los ahuejotes» en el «barrio» de Ticic, en el pueblo de Tláhuac. 3 de diciembre de 2006. Esperando la llamada prometida.
Bibliografía
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Gamboa de Buen, Jorge. Ciudad de México, una visión. Fondo de Cultura Económica, 261 p., México, 1994.
Gamboa Ramírez, Ricardo. «Campo y ciudad en México (1780-1910)», en Enrique Semo (Coord.), Historia de la Cuestión Agraria mexicana. El siglo de la hacienda 1800-1900. Siglo XXI, Centro de Estudios Históricos del Agrarismo en México, México, 1988.
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Gortari Rabiela, Hira de, y Regina Hernández Franyuti. La ciudad de México y el Distrito Federal, una historia compartida. Departamento del Distrito Federal, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, XV+219 p., pp. 180 y ss, México, 1988.
Miranda Pacheco, Sergio. La desaparición del municipio en el Distrito Federal, 1917-1929. Tesis de licenciatura en Historia, 341 p., Facultad de Filosofía y Letras, 341 p., Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1993.
Discografía
González, Rockdrigo. «Vieja ciudad de hierro», en Hurbanistorias. Ediciones Pentagrama, SA, 3’08, México. González Rockdrigo. «Islas», en No estoy loco. Ediciones Pentagrama, SA, 2’47, México, 1993.
[1] Jorge Gamboa de Buen, Ciudad de México, una visión. Fondo de Cultura Económica, 261 pp., México, 1994, p. 43.
[2] Ibid., p. 44.
[3] Sergio Miranda Pacheco. La desaparición del municipio en el Distrito Federal, 1917-1929. Tesis de licenciatura en Historia, 341 p., Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1993, pp., 253-254.
[4] Gustavo Garza. «Evolución de la Ciudad de México en el siglo XX», en Marco A. Michel (Coord.), Procesos habitacionales en la ciudad de México. Cuadernos Universitarios Núm. 51, 19-41 p., 21-22 pp., Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología, Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Iztapalapa, México, 1988.
[5] Véase Ricardo Álvarez Arredondo. Historia de las formas de gobierno de la ciudad de México. Una María Alponte (Intr.), Grupo Parlamentario del PRD, Cámara de Diputados, LVIII Legislatura, Congreso de la Unión, México, 2002, 118 p., pp., 42 y ss.
[6] Véase Ricardo Gamboa Ramírez. «Campo y ciudad en México (1780-1910)», en Enrique Semo (Coord.), Historia de la Cuestión Agraria mexicana. El siglo de la hacienda 1800-1900. Siglo XXI, Centro de Estudios Históricos del Agrarismo en México, México, 1988, 165-250 p.
[7] Hira de Gortari Rabiela y Regina Hernández Franyuti. La ciudad de México y el Distrito Federal, una historia compartida. Departamento del Distrito Federal, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, XV+219 p., pp. 180 y ss, México, 1988.
[8] Véase Trinidad Beltrán Bernal. La desecación del lago (Ciénega) de Chalco. Documentos de Investigación Núm. 29, El Colegio Mexiquense, México, 1998, 14 p.
[9] Op. Cit., Gustavo Garza, p. 33.
[10] Op. Cit. Hira de Gortari Tabiela y Regina Hernández Franyuti, pp. 180, 185 y ss.
[11] Op. Cit. Gustavo Garza, p. 34.
[12] Op. Cit. Hira de Gortari Rabiela y Regina Hernández Franyuti, p. 187.
[13] María del Carmen Collado H. «La colonia Hipódromo Condesa, entre caballos y fraccionadores», en Universidad de México, Revista de la UNAM, Núm. 599, diciembre, México, 2000, 3-8 p.
[14] Op. Cit. Sergio Miranda Pacheco, pp. 262-263
[15] Rockdrigo González. «Islas», en No estoy loco. Ediciones Pentagrama, 2’47, México, 1993.
[16] Manuel Garcés Jiménez. «Viernes de amapolas, nota primaveral de Xochimilco», en Ce-Acatl. Revista de la Cultura de Anáhuac, número 42, del 1 al 20 de abril de 1993, México, 23-25 p.
[17] Op. Cit. Sergio Miranda Pacheco, pp. 264-265. Las cursivas son nuestras.
[18] Rockdrigo González. «Vieja ciudad de hierro», en Hurbanistorias. Ediciones Pentagrama, 3’08, México.


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