Una ventana al mundo comca’ac o seris, pueblo del desierto de Sonora
Los comca’ac o seris estuvieron a punto de ser exterminados como cultura después de la expulsión de la isla Tiburón, en Sonora, en 1905. A este intento de genocidio siguió una lenta recuperación demográfica y cultural en ese mismo lugar.
En 1922, Harvey Davis fue enviado al noroeste mexicano por la Fundación Heye, para recolectar artefactos etnográficos y fotografiar lo que estimaba «culturas a punto de desaparecer»; ahí, registró las dificultades de este proceso de reorganización comca’ac, la llegada de los misioneros protestantes y la adopción generalizada de pangas y artes de pesca occidentales.

Algunos de sus trabajos fotográficos integran la exposición «Una ventana al mundo comca’ac», del fotógrafo, dibujante y empresario estadounidense Edward Harvey Davis (1862-1951).
Las impresiones que el fotógrafo regaló al doctor Gastón Cano Ávila, y que actualmente están bajo resguardo en el Archivo Fotográfico del Instituto Sonorense de Cultura, se podrán admirar en el pasillo de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia ubicada en el Museo Nacional de Antropología, del cinco al 15 de octubre, con motivo de la Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia.
Acerca del nombre konkaak
Los seris se llaman a sí mismos Konkaak o comca´ac, que en su lengua significa «la gente». El término seri proviene en cambio de la lengua yaqui y significa «hombres de la arena».

Su territorio como pueblo nómada
Actualmente habitan en dos localidades de la costa desértica del estado de Sonora: Desemboque, municipio de Pitiquito, y Punta Chueca, municipio de Hermosillo.
Periódicamente y de acuerdo con los ciclos de pesca, radican también en diversos campos pesqueros distribuidos a lo largo de su territorio de aproximadamente 100 km de litoral. El territorio konkaak comprende un área aproximada de 211,000 ha al nivel del mar, y está integrado por una parte continental y por la isla de Tiburón.

Antecedentes históricos
El territorio konkaak tenía –hasta antes de la llegada de los españoles–como límites naturales el mar, las cadenas montañosas y el desierto de Encinas. Sobre la costa desértica, hacia el sur, limitaba con el Río Yaqui, al norte con el desierto de Altar, al este llegaba hasta Horcasitas y al oeste, además de la costa, ocupaba islas cercanas como Tiburón, San Esteban, Patos y Alcatraz. El área que recorría el grupo abarcaba lo que actualmente son catorce municipios de Sonora, pues era un pueblo nómada cuya movilidad giraba en torno a los recursos acuíferos y a los ciclos de la flora y fauna básicos para su supervivencia.

Se presume que en la época prehispánica estaban organizados en seis bandas, divididas a su vez en clanes. No existía jefe de clan ni de banda, y sólo era nombrado para cumplir tal función el individuo más capacitado en épocas extraordinarias, como la guerra, así como en tiempos difíciles de escasa recolección, caza y pesca. La mujer tenía un papel económicamente importante, pues se encargaba de la recolección que garantizaba el sustento diario, por lo cual estaban organizados en clanes de estructura matriarcal.
Por su cultura, los konkaak eran la antítesis de lo que necesitaban los españoles: su territorio no era fácilmente aprovechable, no tenían riquezas acumuladas, no producían lo suficiente para hacer redituable la conquista y eran inútiles como mano de obra para cultivar y servir, ya que desconocían esas actividades. Por ello, los seris conservaron durante más tiempo que otros pueblos indígenas, su autonomía y su cultura.
Durante el periodo colonial, los contactos más estables se dieron entre los seris y los jesuitas, quienes intentaron concentrarlos en pueblos para evangelizarlos y enseñarles labores agrícolas. Ninguno de sus esfuerzos tuvo éxito y los seris siempre regresaron a la vida del desierto, por lo que fueron considerados como un grupo belicoso, dedicado al pillaje, robo y matanza del ganado de los blancos. ♦
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Con información de INAH e Instituto Nacional de Pueblos Indígenas
Todas las fotografías aquí mostradas fueron tomadas por Edward Harvey Davis y pertenecen a la colección Gastón Cano Ávila, en resguardo del Instituto Sonorense de Cultura

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