Día de Muertos | Cuentos de los abuelos de Milpa Alta

• El cronista Manuel Garcés Jiménez recopiló varias narraciones que han pasado de generación en generación entre pobladores

Por Manuel Garcés Jiménez | Revista Nosotros, Núm. 43 | Noviembre de 2001

Faltaron los tamales de la ofrenda

Un día dos de noviembre las señoras, que como ya es costumbre preparaban su ofrenda, estaban amasando la masa para los tamales cuando la comadre de una de ellas llevó bebidas alcohólicas para celebrar el Día de Muertos. Bebieron toda la noche junto con el esposo de la anfitriona, poniéndose «hasta las manitas», quedándose profundamente dormidas y sin los tamales. Para su sorpresa escucharon unas voces provenientes de la ofrenda, donde las visitas murmuraban: «Nosotros haremos los tamales». Y a continuación se escuchó cómo los preparaban. Sobresaltado, el dueño de la casa se levantó dirigiéndose a la cocina, viendo con sorpresa que todo estaba tal y como se había dejado.

Al día siguiente se arrepintieron de haber ingerido bebidas alcohólicas sin poder cumplir con los tamales y el atole que deberían haber colocado en la ofrenda para que los muertitos los disfrutaran.

La fruta de la ofrenda prohibida para los vivos

De acuerdo a las tradiciones del Día de Muertos, durante ese lapso de tiempo las personas grandes de edad, los abuelos, no permiten por ningún motivo que alguien ingiera contenido de la ofrenda.

Cuenta un joven estudiante que su papá a su vez le contó que días antes de la tradición, la mamá le prohibió tajantemente tomar alguna fruta o pan de la mesa. Pero como lo prohibido es lo que más causa inquietud, él y sus hermanos no pudieron controlar el interés de probar algo, por lo que esperaron la noche. Cada hermano se levantó sigilosamente para tomar una suculenta fruta, cuando de pronto sintieron que alguien les tomó la mano de la muñeca. Fue tanta la sorpresa y susto a la vez que gritaron con voz aterradora, lo cual despertó a toda la familia.

Ante tal hecho inusitado la mamá les dijo a todos sus hijos que lo que les había sucedido fue por tomar las frutas que en esos días le correspondían a los fieles difuntos. El padre comentó a su hijo que jamás lo volvieran a hacer por respeto a los difuntos que vienen de visita una vez al año.

Una piedra como ofrenda

A un señor del pueblo se le murió su esposa dejando huérfana a una niña de seis años de edad, de quien tenía la costumbre de visitar las ofrendas de los vecinos pidiendo su calavera. Al  ver ofrendas en cada hogar, un día cercano a la tradición de muertos le preguntó a su señor padre por qué él no acostumbraba a colocar ofrenda de su mamá como las demás personas. El papá que tenía un carácter demasiado fuerte le contestó que para qué ponía la ofrenda si sólo era un cuento de las personas que argumentaban que venían los difuntos el uno y dos de noviembre, al cual la niña le contestó que si no fuera así qué pasaría con su mamá si no encontrara nada en esos días. El señor molesto le contestó: Si acaso viene tu madre que se coma esta piedra, y pateó la piedra que había señalado.

El señor escéptico se fue al campo para realizar sus labores cotidianas. Ya en el ocaso del día, entre las sombras del bosque, vio cómo un grupo de personas que caminaba con un buen cargamento de frutas, agua, tamales, tortillas y copal, y al último iba su esposa cargando la piedra que había pateado. Asustado bajó de prisa del campo diciéndole a la niña que de inmediato fuera por el pan y todo lo necesario para la ofrenda, ya que había visto a su mamá cargando la piedra que puso en la mesa.

Desde ese hecho insólito jamás dejó de colocar la ofrenda con la comida, pan y frutas que gustaba la esposa.

Despreció a la suegra en vida y muerte

Cuenta una abuelita de Milpa Alta que un tío suyo tenía su suegra que había fallecido desde hacía algún tiempo.

Llegó el Día de Muertos y su esposa le pidió algunos dineros para la compra de frutas, pan y flor para la ofrenda. El señor, muy molesto, se negó comentando que los muertos no llegaban. Resignada, su esposa sólo le pidió para la compra de flor de cepoalxochitl y ceras para alumbrar el panteón donde se encontraban sus seres queridos, entre ellos su suegra.

Molesto, se fue al campo a cortar espinacas. Al oscurecer se dirigió a donde estaba su carreta; al acercarse escuchó que venía bastante gente platicando, unos contentos, otros tristes. Los primeros con tamales, fruta y pan, y los tristes por no llevar nada entre las manos.

Ante tal visión se le quitó lo incrédulo y colocó la ofrenda que alumbró  el panteón donde descansaba la suegra.

El muerto que no pudo llevarse a la bisabuela

En aquella época, cuando no existía alumbrado público, la bisabuela visitó a la abuela y comenzaron a platicar y la charla se prolongó hasta rebasar el tiempo que acostumbraban dedicar a sus encuentros, de tal manera que llegó la media noche.

—Me retiro, hija –dijo la bisabuela.

—Mejor quédate, ya es demasiado noche, además está muy oscura la calle.

Sin medir las consecuencias la bisabuela se levantó de la silla tejida de tules y salió encorvada por los años, apoyándose en el bastón de bejuco que había conseguido en la última visita al Señor de Chalmita. Inmediatamente la abuela se dirigió a su hija la menor.

—Vamos a dejarla porque hay demasiados perros por estos rumbos y varios de ellos muerden.

La caminata se realizó con lentitud sobre la tierra suelta de la calle, al cruzar la barranca sintieron que les caía arena fría; sin palabra alguna continuaron el camino en silencio, porque nadie dijo nada, presintieron algo sobrenatural, pero se aguantaron ante el temor de que pasara algo.

Al entrar al otro barrio donde estaba la choza de la bisabuela empezaron a aullar los perros.

—Caminen más aprisa y no te espantes –argumentaba.

Por fin llegaron a la casa y de inmediato la bisabuela trató de encender un cerillo de doble cabeza. Sólo chispas salían de aquel fósforo. Trató de prender otro, lo mismo le sucedió. Ante la desesperación la anciana dijo con firmeza.

—¡Con una chingada, desgraciado, si me vienes siguiendo lárgate!

Terminando de decir las majaderías empezó a aullar nuevamente el perro en la esquina más cercana. La abuela abrazó de inmediato a la bisabuela para ayudarle a abrir la frágil puerta de madera, hasta acostarla en su pequeña cama de tablas.

Comentó la abuela de más de cien años que lo sucedido fue en las postrimerías del Día de Muertos.

El hombre de pocas pulgas

Comentaba un abuelo que gustaba de asistir a las fiestas de los pueblos circunvecinos de Milpa Alta, que en una de tantas pachangas regresaba a su casa como a las dos de la madrugada, en eso venía caminando entre las sombras de la noche cuando vio a escasos veinte metros a una mujer vestida de novia. Cabe señalar que este hombre era de pocas pulgas; es decir, muy valentón, por lo cual no se intimidó y continuó su camino hasta estar a unos seis o siete metros, cuando en un abrir y cerrar de ojos desapareció con un quejido estremeciéndose todo su cuerpo, como si alguien se quejara con la boca en una olla grande de barro.

Argumenta el abuelo que al día siguiente amaneció con manchas moradas en todo el cuerpo.

—Es la Llorona (la Mictlancihuatl) que anda vagando sólo para asustar a los vagos y borrachos trasnochadores como yo –dijo–. Por eso hay que acostarse temprano –recomendaba a sus hijos y nietos. ♦

Portada 43 de la Revista Nosotros correspondiente al mes de noviembre de 2001

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