La Villa de Guadalupe vista por extranjeros
Por Horacio Sentíes*
Desde hace mucho tiempo, las viejas crónicas y relatos de viajes despertaron en la mente de los hombres más intrépidos, la inquietud por conocer tierras fabulosas y extrañas, de paisajes exóticos y vestigios de civilizaciones pasadas.
México ofrecía a los viajeros, desde los inicios de la colonia, temas apasionantes: costumbres, ritos y razas; construcciones inexplicables envueltas en el velo del misterio de narraciones extraordinarias, y valía la pena conocer un país lleno de maravillas fantásticas.
Para el europeo las tierras americanas constituían el sueño romántico y el deseo ardiente de plasmar en tela los encantos y bellezas de una nueva idea, razón fundada para que personajes dotados de una gran cultura, valientes y temerarios, emprendieran travesías molestas, peligrosas y largas, dejando en cambio las hermosas notas de un diario de viaje, salpicado de aventura y leyenda.
En estos trabajos, un bello paisaje, una fotografía o una acuarela, despertaban la ambición y codicia por descubrir tierras nuevas, y así iniciaron su itinerario aventureros, científicos, religiosos, artistas y piratas en la ruta de las especies y las sedas.
Para estos viajeros, el legendario santuario de Guadalupe no podía pasar desapercibido, de tal suerte que el pirata inglés Miles Phillips, es el primero en captar el elogio de los merecimientos históricos de un lugar sagrado.
«A otro día, de mañana, caminamos para México, hasta ponernos a dos leguas de la ciudad, en un lugar donde los españoles han edificado una magnífica iglesia a la Virgen. Tienen allí una imagen suya de plata sobredorada, tan grande como una mujer de alta estatura, y delante de ella y en el resto de la iglesia hay tantas lámparas de plata como días tiene el año, todas las cuales se encienden en fiestas solemnes. Siempre que los españoles pasan junto a esa iglesia aunque sea a caballo».

Viaje a la Nueva España
Otro viajero, el napolitano Francisco Gemelli Carreri llegó a México en 1697 y publicó sus notas de viaje en seis volúmenes titulados Giro del Mundo, traducido al español por José María de Agreda y Sánchez como «Viaje a la Nueva España», donde narra las apariciones guadalupanas y cómo esta peregrinación es hoy la más devota.
«Llevan los mexicanos ricos dones con los cuales se está fabricando la iglesia bien grande, de tres naves sostenidas por ocho pilastras, y no será poco lo que aún se tenga que gastar para terminarla. En el altar mayor de una pequeña iglesia en que al presente está colocada la dicha imagen, es de plata e ingeniosamente trabajado. Hay allí otros altares en que se celebran muchas misas con las limosnas que a ese fin se reciben todos los días. Cercano a dicha iglesia está el lugar de la quinta aparición en el que hay un gran manantial de agua; y no muy lejos, sobre la montaña y en donde el indio cogió las rosas, una devota ermita».
Lógicamente en el relato se refiere a la construcción de la colegiata, al Pocito y a la capilla del cerrito.

Veneración de la divina imagen
El religioso capuchino Francisco de Ajofrín, natural de la provincia de Castilla, residente en el convento grande de La Merced de la Ciudad de México, fue un hombre muy inquieto y gran observador, redactó su diario de viaje por orden de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide realizado en la América Septentrional el año de 1763, importante manuscrito contenido en una obra de siete volúmenes con el título «Tolle et lege», donde relata las cuatro imágenes más célebres de la ciudad: en el oriente Nuestra Señora de la Bala, al poniente Nuestra Señora de los Remedios, al sur Nuestra Señora de la Piedad y al norte Nuestra Señora de Guadalupe, de la que nos relata su portentosa aparición y describe su santuario.
«Se venera esta divina imagen a una legua de distancia de México a la banda del norte, en el camino real para el puerto de Veracruz y España, en el mismo sitio donde se apareció al dichoso indio Juan Diego, y en cada uno de los sitios donde se apareció hay un templo, siendo el principal donde se venera la portentosa imagen. Es magnífico este templo, de arrogante arquitectura; en los cuatro ángulos se levantan cuatro hermosas torres de una misma hechura, y en medio, superando a todas, se eleva la cúpula o media naranja, que forman un agradable aspecto. Tiene tres naves muy capaces y adornadas de ricas y suntuosos retablos; pero el mayor excede en grandeza, hermosura y riqueza a los demás, como que es el depósito y relicario donde se venera la Divina Reina, Emperatriz y Señora de todo lo creado, María Santísima de Guadalupe.
»En el primer cuerpo del retablo hay un magnífico y costosísimo trono de plata sobredorada, fabricado con el mayor arte y primor, donde está colocada la sacratísima imagen de Nuestra Señora, con un cristal delante, el que tiene dos llaves: una reserva al Arzobispo de México y otra el Abad de la colegiata, y no se abre sino rarísima vez y a personas constituidas en dignidad. Todo alrededor de la capilla mayor y la crujía o barandillas que desde dicha capilla mayor y el coro, son rejas de plata labradas a martillo y de mucho costo.
»Para el debido culto a la divina imagen hay suficiente número de canónigos, racioneros, capellanes, colegiales y demás ministros, que componen una insigne, ilustre y real colegiata, gobernada por su Abad. Para el pasto espiritual de los vecinos e infinidad de personas que acuden al santuario a impetrar favores de María Santísima, hay también sacerdotes, confesores y demás oficios que componen parroquia. Apenas hay día en que no concurran muchos pueblos de indios a ofrecer donecillos a su Madre. Llevan sus danzas de inditos o inditas, vestidos a su usanza con vistosos plumajes, y al son de arpa, violines, rebeles y otros instrumentos bailan delante de su Reina con arte y concierto aquellas danzas antiguas, tan inocentes como devotas. Me enternecía mucho ver la simplicidad y candidez de estas pobrecitas gentes y con qué amor veneran a su querida Madre y Señora de Guadalupe.
»El pueblo, que se intitula con el mismo nombre de Nuestra Señora de Guadalupe, va cada día aumentándose en vecindad y edificios, aunque el terreno es corto, estrechándose por una parte el río de Tlalnepantla, que va a desaguar a la laguna de Texcoco, y por otra los cerros vecinos al santuario.
»Desde México hasta el dicho pueblo de Nuestra Señora de Guadalupe hay una magnífica calzada en línea recta, levantada del piso común más de una vara, la que sirve para la comodidad de los pasajeros y para los desagües de las lagunas, que suelen crecer tanto que inundan todo el terreno, como hemos visto con asombro en estos años, en que casi igualaba a la calzada. A proporcionada distancia tiene varias pirámides, en que están esculpidos los Misterios del Santísimo Rosario en piedra mármol y adornados con imágenes de varios santos tallados en la piedra, que llaman Chiluca. Como al medio de la calzada hay tres magníficos arcos que hacen foro con las imágenes de los Reyes de España en tiempo de su construcción: la del Señor Felipe IV, mirando hacia el santuario, y la de Carlos II, a la ciudad».

El rocoso y árido cerro del Tepeyac
El norteamericano Joel Roberts Poinsett al venir a México en 1822 en misión importantísima para ensanchar las fronteras de su país a costa de nuestro territorio, en sus notas sobre México también nos legó sus impresiones.
«En la tarde fuimos a caballo a la magnífica iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, construida en el cerro rocoso y árido del Tepeyac, a corta distancia de la ciudad. Pasamos por una hermosa calzada empedrada, construida en un principio para represar las aguas del lago de Texcoco, además de servir como carretera. En la época de la conquista había cuatro de estos diques que conducían desde la ciudad hasta tierra firme. Cortés dice que tenían dos leguas de largo, y que su ancho era de dos lanzas.
»Las que nos son conocidas son las Calzadas de Tepeyac (Guadalupe), Tlacopan (Tacuba) e Ixtapalapa. Humboldt supone que la otra llegaba hasta Chapultepec.
»La iglesia de Guadalupe, que posee una milagrosa imagen de la Virgen, está ricamente ornamentada. Encontramos a un sacerdote sentado cerca del altar, ante una mesa cubierta de medallas de plata con la Virgen, las que vendía a un precio alto, como talismanes para llevarlos colgados al cuello de los fieles. En un enorme infolio se relata la historia de este milagroso descubrimiento del cuadro, pero no pienso leerla nunca. Nos contaron que se apareció a un campesino, y le ordenó que comunicara al arzobispado, pero se asustó por la pompa y esplendor que rodeaba al prelado, por lo que se retiró sin acatar las órdenes de la Virgen. A su regreso nuevamente se le apareció la visión, que le reprochó su desobediencia.
»Pidió alguna señal para demostrar que su misión era de carácter divino y al día siguiente halló la estéril peña de Tepeyac cubierta de hermosas flores. Se le ordenó que las recogiera, que las presentara al Arzobispo, y que contara lo que había visto. Logró que se le dejara entrar al arzobispado, y cumpliendo las órdenes que le dieron presentó las flores y dijo dónde las había recogido. Una vez corroborado el relato se lo creyeron inmediatamente; se dirigió una procesión al Tepeyac y fue descubierta la imagen de la Virgen. Sin más esperar se construyó el templo, dotándolo con munificencia, y la pintura ha hecho y sigue haciendo muchos milagros. A corta distancia del templo hay una capilla y un manantial de agua mineral».

La Ceres mexicana
La «Guía del Panorama de Burford», basada en el libro Six Month’s Residence and Travels in México, escrito en 1824 por William Bullock, nos da también una idea de lo que fue en ese tiempo el santuario.
«Calzada de Guadalupe.
»En la árida roca de Tepeyac, a la que conduce la calzada, se alzaba antiguamente el templo de la Ceres Mexicana, Tonantzin, sitio en donde hoy se yergue la magnífica iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe. Esta iglesia guarda una imagen milagrosa de la Virgen.
»La Virgen se apareció a un campesino, a quien ordenó que diera cuenta al Arzobispo de la visión que había tenido. Por temor de presentarse ante tan alto prelado, el campesino no cumplió con su misión. La Virgen se le apareció de nuevo; él le pidió que le diera alguna señal para poder corroborar el acontecimiento, y al día siguiente, encontró que el árido cerro estaba cubierto de bellísimas flores, algunas de las cuales llevó entonces al Arzobispo. El suceso, así comprobado, fue inmediatamente creído; se formó una procesión a la roca en donde se halló la milagrosa imagen, y se erigió para alojarla la actual ricamente dotada iglesia. A corta distancia, hay una fuente de agua mineral y una capilla».
Carlo Christian Sartorius, de nacionalidad alemana, hijo de un ministro de la iglesia protestante, desde niño recibió una sólida ilustración y llegó a ser catedrático universitario. El año de 1824 llegó a México con un amigo y se dedicaron con ahínco a la minería, y poco tiempo después a la agricultura en la hacienda ‘El Mirador’, cerca de Huatusco en el estado de Veracruz, siendo además un gran científico. Publicó dos libros: Importancia de México para la emigración alemana y México, paisajes y bosquejos populares, ilustrado con dibujos de Moritz Rugendas, familiar de grabadores y pintores.

Corte marcial a la Virgen morena
Carl Christian Sartorius también nos dejó una imagen bien definida de lo que era el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe.
«Celebramos hoy la fiesta de nuestra querida Señora de Guadalupe, la divinidad tutelar del país cuya imagen brilló esplendorosa sobre la bandera de los nativos en sus luchas contra los españoles.
»Cuenta la tradición que en el siglo XVI la Virgen se apareció a un indio, en la montaña del Tepeyac, a una legua de México, y le dio como señal una guirnalda de flores. Y cuando el incrédulo obispo se mofó del indio, la Virgen se le apareció por segunda vez y dejó caer el manto sobre él con su imagen impresa en colores tenues. El indio, Juan Diego, llevó esta última señal al prelado quien convencido, cayó de hinojos y la adoró. El papa reconoció el milagro y decretó que el 12 de diciembre se celebrara como fiesta en España y las colonias. Cien años más tarde se construyó una hermosa catedral en el sitio preciso donde ocurrió el milagro y el cuidado de la santa reliquia se encarga a los canónigos, regulares, quienes siguen gozando de pingües beneficios.
»Durante la guerra de Independencia los mexicanos proclamaron a su Virgen capitana de sus ejércitos; españoles, por su parte, a Nuestra Señora de los Remedios, una imagen milagrosa de la Virgen que los compañeros de Cortés habían traído de España y que se veneraba en una famosa capilla a seis leguas de México. Ambas Vírgenes eran el grito de batalla de los ejércitos contendientes y tan grande era la enemistad que en una ocasión los españoles formaron corte marcial a la Virgen Morena, la India, como la llamaban, condenándola a ser fusilada en efigie por traidora; si no me equivoco, la sentencia se llevó a cabo en las cercanías de Puebla. ¡Humoradas increíbles del ser humano del siglo XIX!»

Difícil estilo arquitectónico del edificio
El embajador inglés Henry George Ward, en su primer visita a nuestro país de diciembre de 1823 a febrero de 1824, como miembro de la comisión que su majestad envió para indagar el estado de los asuntos y negocios de México, a partir de su independencia anunciada al mundo desde 1821 por medio de los Tratados de Córdoba, sin dejar una idea muy favorable de la capital y sus alrededores nos dice lo siguiente:
«Con pocas interrupciones prevalece la esterilidad, desde la villa de San Juan Teotihuacán hasta el convento de Guadalupe, en el que la Virgen de Guadalupe, patrona de México, ha establecido su sede. Es difícil decir a que estilo arquitectónico pertenece este singular edificio, porque todas las pretensiones de uniformidad han sido destruidas por las capillas erigidas en la vecindad del edificio principal por los devotos más ricos de la Virgen, una de las cuales es muy sorprendente, pues fue mandada construir por alguien que quiso conmemorar haber escapado de un naufragio, y en consecuencia, se le ha dado en lo posible la forma de las velas de un buque.
»La avenida que va desde Guadalupe hasta las puertas de la capital está trazada sobre la línea de una de las antiguas calzadas mexicanas; es ancha, está pavimentada en el centro y tiene una hilera de árboles a cada lado; pero el suburbio a que conduce no corresponde de ninguna manera a su magnificencia. Es sombrío y está desolado, ya que la población indígena que anteriormente la ocupaba fue destruida por un mal epidémico, en tanto que su casa, construida meramente de adobe, se hallan enteramente en ruinas».
En su relato se refiere al santuario incluyendo la vela del marino y la forma de llegar a través de la Calzada de Guadalupe construida por Francisco Antonio de Guerrero y Torres para recibir al conde de Gálvez, arbolada con cuatrocientos álamos.

Viaje pintoresco por México
Durante el siglo XIX, nuestro país fue visitado por artistas de gran calidad, basta recordar a Claudio Linati, introductor insigne de la litografía, autor de un excelente trabajo: «Trajes civiles, militares y religiosos de México», publicado el año de 1828; el arquitecto alemán Carlos Nebel logró un bellísimo álbum, «Viaje pintoresco y arqueológico por la República Mexicana». Después llegaron Pedro Gualdi, Daniel Thomas Egerton, John Phillips y algunos más.
Gualdi, nació probablemente en Vergamo o Milán, Italia, y llegó a México en 1838 como escenógrafo, pintor y maestro de perspectiva, así como litógrafo que fue lo que le distinguió. Su obra «Monumentos de México. Tomados del natural y litografiados por Pedro Gualdi, maestro de Perspectiva», se vendió en la casa de los editores Masse y Decaen el año de 1841 con textos de J. M. Lara, con doce extraordinarias litografías y que en publicaciones actuales, incluye tres más de mayor tamaño que se localizan ahora en el Museo de la Ciudad de México.
En el Museo Nacional de Historia existen algunas vistas ejecutadas al óleo y entre los temas litografiados en relación con la Villa de Guadalupe, conocemos dos hermosas vistas: una del frente de la colegiata, y otra por el lado del poniente de la misma con escenas costumbristas de la época.

La vida en México tras residencia de dos años
De la escocesa Frances Erskine Inglis, más conocida como Madame Calderón de la Barca, es la correspondencia de 54 cartas dirigidas a su familia residente en Boston en los años de 1839 a 1842. La ilustre escritora, nacida en Edimburgo, esposa de don Ángel Calderón de la Barca, primer ministro plenipotenciario de España en México, según don Manuel Toussaint, citado en el prólogo de la obra por Felipe Teixidor, tiene la cualidad de que «ningún viajero, en ningún tiempo, ha hecho una descripción más detallada y más sugestiva de nuestro país… Se diría un naturalista que con potente microscopio analiza a los hombres y a las cosas. Pero conforme vamos penetrando en el libro, otras cualidades más humanas se nos ofrecen: en primer lugar, ese anhelo de encontrar todo lo bueno, ese corazón franco, siempre dispuesto a la sonrisa y a la emoción, esa sinceridad de juicio que habla de lo malo sin exagerarlo y está siempre dispuesto al entusiasmo discreto y fino que en una mujer culta puede sentir frente a la naturaleza, sobre todo.
»Los libros de viaje son, por lo general, o una caricatura desdeñosa o una sarta de falsos elogios aduladores. Muy pocas veces, como en este caso, sentimos la vida del que escribe, latiendo al unísono con las desventuras o dichas del país que visita».
Madame Calderón en su octava carta narra: «Esta mañana visitamos la Catedral de Nuestra Señora de Guadalupe. En un coche iban Calderón y el conde de la Cortina y la Señora Cortina y yo, en otro, guiado por el Señor Adalid, famoso por su pericia en el pescante.
»En un coche descubierto, tirado por hermosos caballos blancos, que aquí llaman frisones, y con este nombre llaman a los caballos norteños, así procedan de Inglaterra o de los Estados Unidos, los cuales tienen mucho más alzada que los pequeños y briosos caballos del país. Como de costumbre, nos acompañaban cuatro mozos armados, a caballo.
»Pasamos por suburbios pobres, en ruinas, sucios, y con tal promiscuidad de olores, y que sólo me atrevería a desafiar con aguas de Colonia. Después de salir de la ciudad, el camino no es muy atractivo, aunque en gran parte consiste en una ancha y recta calzada, con arbolado en ambos lados.
»En Guadalupe, sobre la colina de Tepeyac, estuvo en otro tiempo el templo de Tonantzin, diosa de la tierra y del maíz, deidad benigna que no quería víctimas humanas y contábase con sacrificios de tórtolas, golondrinas, pichones, etc. Era la protectora de los indios totonoquis. La espaciosa iglesia que ahora se levanta al pie del cerro, es una de las más ricas de México. Después de cubrirnos la cabeza con un velo, ya no se permite llevar sombrero en el interior de las iglesias, penetramos en este santuario, famoso en el mundo, y nos deslumbró la profusión de plata usada en sus adornos.
»La divina pintura de la Virgen de Guadalupe la representa con un manto azul cubierto de estrellas, túnica de rojo y oro, las manos juntas y sus pies sobre una media luna. La pintura es tosca, y el mérito de ella estriba únicamente en la aureola de su tradición.
»Visitamos después una pequeña capilla, cubierta por una cúpula, construida sobre una fuente brotante de agua hirviente, cuyas aguas poseen propiedades milagrosas; aquí compramos unas cruces y medallas tocadas al original de la imagen sagrada, y unas cintas blancas con las medidas de las manos y de los pies de la Virgen. Subimos, a pesar del fuerte calor, por un empinado camino hasta la cumbre del cerro, donde existe otra capilla, y desde el cual se goza de una bellísima vista de México; y también allí se ve una especie de monumento imitando las velas de un barco, erigido por un español en acción de gracias y en memoria de haberse salvado en un naufragio, lo que él atribuía a la intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe. Nos dirigimos luego a la población, para hacerle una visita al ilustrísimo Señor Campos, a quien encontramos revestido de sus ropas sacerdotales, y que parece ser un bondadoso viejito, no muy inteligente aunque creo que tuvo la honra de encumbrar a su primo, el Señor Posada, destinado a ser el Arzobispo de México. Lo hallamos tranquilamente sentado en un gran aposento, amueblado con austeridad y sepultado, aparentemente, entre grandes infolios, de tal manera que en el primer momento no se dio cuenta de que habíamos entrado.
»Advirtió calderón que de una de las paredes colgaba una imagen de la Virgen de Guadalupe, y apresuróse el Obispo a decirle que no respondía de la fidelidad de su parecido, pues Nuestra Señora no se aparece a menudo; mucho menos, sin duda, de lo que la gente supone.
»Y cruzando los brazos, y fijando la vista en el suelo, empezó a contar la historia de la milagrosa aparición, a corta diferencia, como sigue:
»En 1531, diez años y cuatro meses después de la conquista de México, el afortunado indio llamado Juan Diego, natural de Cuautitlán, fue al barrio de Tlatelolco a aprender la doctrina que allí enseñaban los frailes franciscanos. Al pasar por el cerro del Tepeyac, la Santísima Virgen se le apareció, y le mandó que en su nombre fuese a ver al Obispo, el ilustrísimo D. Fr. Juan de Zumárraga, y le manifestara su deseo de que le edificaran un templo en ese lugar.
»Al siguiente día pasó el indio por el mismo sitio, cuando la Virgen se le volvió a aparecer, y le pidió nuevas de su mensaje. Le respondió Juan Diego que, a pesar de todos sus empeños, no le había dado audiencia el Obispo. ‘Regresa’, le dijo la Virgen María, Madre de Dios. Obedeció Juan Diego las divinas órdenes; más no le dio crédito el obispo, diciéndole que era necesario alguna señal de la voluntad y deseo de la Virgen. Volviéndose con su mensaje el doce de diciembre, en que por tercera vez se le apareció la Virgen. Le ordenó entonces que subiera a la cumbre del desnudo cerro del Tepeyac, para que cortara las rosas que allí había de hallar y se las trajese. Obedeció el humilde mensajero, aunque sabía bien que la cumbre del cerro no era lugar en donde se diesen flores. Sin embargo, halló las rosas y luego empezó a cortarlas y las trajo a la Virgen María, la que, así como las vio, las cogió con su mano y otra vez las echó en el regazo de la tilma, diciéndole: ‘Vete otra vez, muestra estas rosas el obispo, y que vea en ellas mi voluntad y que tú eres mi embajador’. Juan Diego se puso en camino y se vino derecho para el Palacio episcopal, situado en el lugar que ahora ocupa el hospital llamado San Juan de Dios, y cuando se encontró en presencia del prelado, desenvolvió su tilma para mostrarle las rosas, y apareció dibujada en ella la milagrosa imagen, conocida por más de tres siglos.
»Luego que la vio el Obispo, quedose admirado y reverenciándola, la llevó en solemne procesión a su oratorio, y poco tiempo después se edificó este magnífico templo dedicado a la Patrona de la Nueva España. ‘De todas partes del país’, siguió diciéndonos el anciano obispo, ‘vinieron multitudes de gentes a ver a Nuestra Señora de Guadalupe, sintiéndose dichosos al poder fijar sus ojos en ella.
»‘¡Cuál ha de ser mi dicha, yo que puedo ver su graciosa majestad, cada hora y cada minuto de cada día! No cambiaría Guadalupe por ningún otro lugar del mundo, ni por tentación alguna, cualquiera que ella fuese’. Y el piadoso varón se quedó como transportado por un éxtasis. De la sinceridad de sus palabras no podía dudarse: y porque iban a empezar las oraciones de la tarde, le acompañamos a la catedral. Al salir, una viejita nos abrió la puerta. ‘Ten listo mi chocolate para cuando regrese’, dijo el Obispo. ‘Sí padrecito’, contestó la ancianita mujer, cayendo de rodillas, postura en la que permaneció por algunos minutos. Una vez en la calle, la vista del reverendo producía siempre el mismo efecto; todos caían de rodillas a su paso, como si pasase el viático, o sintieran estremecerse la tierra por un temblor. Llegados a la puerta de la Catedral, nos tendió la mano, o más bien su anillo de amatista, para que lo besáramos.
»Resonaba el órgano con atronadora majestad en el ámbito de la vieja catedral y por los ventanales góticos entraba la luz opulenta y deslumbrante de los rayos del sol poniente. La iglesia estaba llena de gente del lugar, pero especialmente de léperos, que pasaban las cuentas del rosario, y que de improviso, en la mitad de un Ave María Purísima, comenzaban a rebullirse, entre ellos y sus andrajos, y atravesándose en nuestro camino, nos acosaban con un por el amor de la Santísima Virgen; más si esto no fuera suficiente, recurren entonces a vuestras simpatías personales. A los hombres les piden caridad, ‘Por el amor de la Señorita’; a las mujeres, ‘Por la salud del pequeño’; a los niños, ‘Por la vida de su madrecita’. Y un sentimiento, mezcla de piedad y de superstición, hace que la mayor parte de la gente, las mujeres, cuando menos, echen mano a la bolsa.
»El conde de la Cortina me ha prometido mandarme mañana una caja de huevos de mosquitos, con los cuales se hacen unas tortillas consideradas como un bocado exquisito. Tomando en cuenta que los mosquitos son unos pequeños ‘caníbales’ con alas, la idea me produjo una sensación de repugnancia; pero pretenden que éstos, que vienen de la laguna, son de una especie superior, y no pican. En realidad, los historiadores españoles mencionan el hecho de que los indios comían pan elaborado con los huevos que un mosco llamado axayacatl pone en los juncos de los lagos, y que (los españoles) tenían por muy sabrosos».

Anecdotario de viajeros extranjeros
Ernest de Vigneaux, descendiente de una familia honorable de Bruselas, graduado de médico en la Universidad de París, integrante de un grupo de 400 mercenarios, bajo las órdenes del aristócrata filibustero francés Conde Gaston de Rouseet de Boulbon, en la segunda expedición al estado de Sonora con fines aparentemente mineros, trataban de independizar ese reino, pero fueron derrotados por el general José Yáñez el año de 1854, y un consejo de guerra condenó a muerte al conde, siendo fusilado el 12 de agosto de ese año.
Don José Iturriaga de la Fuente, en su «Anecdotario de viajeros extranjeros en México siglo XVI-XX», apunta que Vigneaux «nos dejó reseñas del pulque y sus cualidades, del sistema hidráulico de Huehuetoca, de la Virgen de Guadalupe y de la de los Remedios, de la Catedral y del Zócalo, en fin, del canal de la Viga, de Chapultepec». De la Villa dice: «Todo eso parece ser muy incoherente y no lo es: la disposición del conjunto hace de estos caprichos arquitectónicos, un capricho armonioso».
«En el camino de ese santuario al centro de la Ciudad vio –según la cita de Iturriaga– una multitud de mulas cargadas, un carruaje más moderno y cómodo que todos los que he encontrado hasta hora, un fraile a caballo, un lancero corriendo de servicio, se cruzan conmigo sucesivamente.
»El pobre defensor de la patria va mal montado y peor equipado, mientras que detrás de él avanza una cabalgata de rancheros ostentando todo el fausto del traje nacional. Calzonera de piel de gamo o de terciopelo con profusión de bordados, galones y otros adornos de plata, sostenida por cordoncillos que vienen a fijarse a pesados adornos del mismo metal puestos a los lados, junto a la corona.
»En el puente de Tlalnepantla, adonde llegué al alba, tomé el chocolate obligado de una fonda en la que todo estaba revuelto. A la voz de la vieja fondista, una multitud de criadas de bronceada tez, de grandes ojos negros, de pelo trenzado y de formas muy pronunciadas, se pusieron a barrer, rociar y ponerlo todo en orden.
»Por todo justillo usaban una camisa bordada y la mayor parte de ellas llevaban enaguas de colores fuertes, con cenefa de seda al estilo de los adornos etruscos. Todo esto tiene sabor local.
»Muchos caminos sombreados de árboles se cruzan en Tlalnepantla; yo tomo uno que flanquea el río de este nombre. Reunido al Azcapotzalco, este río desagua en el lago de Texcoco, pasando por la ciudad de Guadalupe, hacia la cual me dirijo. Algunos tipos originales animan el cuadro: son indios que llevan a México carbón, leña, aves, legumbres; hombres y mujeres de todas las edades pasan encorvados bajo su carga. Cestas de carbón, jaulas de gallinas, haces de verdura, hasta niños demasiado chicos para ir a pie, todo esto va a la espalda asegurado con una correa o faja ceñida a la frente o al pecho; como los bueyes, cuya misma fuerza tiene esta gente, así como también la plácida indolencia.
»¡Cosa extraña! A medida que uno se acerca a la capital de México, el soberbio menosprecio de los conquistadores a la raza conquistada se manifiesta más. Los indios del valle de México han sido civilizados tanto menos cuanto más cerca se hallan del centro del mismo.
»Casi conservan intactas la fisonomía y las costumbres de sus antepasados…
»Desde ahí (la capilla del cerrito de Nuestra Señora de Guadalupe) una parte del valle se muestra a la admirada vista, con sus lagos, sus ciudades de techos planos erizados de campanarios y cúpulas, sus villorrios flotando en la verdura, sus caminos arbolados, sus cerros volcánicos y sus cadenas de azuladas montañas, que dominan el Popocatépetl y Iztaccíhuatl y el cerro del Ajusco.
»Entonces siente uno la misma embriaguez con la que los soldados de Cortés bajaron de la sierra de Ahualco hacia ese paraíso terrenal.
»La emoción, pero una emoción expansiva y dulce, dilata el corazón.
»Ningún viajero puede sustraerse a esa emoción; todos acaso han sentido el deseo momentáneo, fugitivo como el relámpago, de plantar ahí su tienda y acabar ahí sus días, entre los inefables goces que produce la contemplación de esa naturaleza.
»Dos vías conducen al pie de la montaña; la una es una trampa suave, el accidente; la otra, al oriente, es una escalera rápida entre dos murallas de festoneadas crestas. Dos caminos enlazan igualmente a Guadalupe y México, caminos paralelos e inmediatos; el uno es de piedra y es el más estrecho y antiguo; el otro es de terraplén flanqueado por árboles. A la derecha e izquierda se extienden los potreros o tierras de pasto inundadas en parte durante la estación lluviosa».

Parecido a las praderas de Saona
Monthieu Fossey nos dejó una muy original descripción:
«De México a Tuxpan pasando por Papantla.
»Regresamos de nuevo y tomemos por la calzada que va hacia el norte de México y que está en dirección opuesta a la de Ixtapalapa que es lo que se sigue para llegar directamente a Tlalpan. Esta calzada no tiene más de una milla de longitud. Nos conduce primero al pueblo de Guadalupe donde se encuentra el santuario de la Virgen Milagrosa, patrona de todos los mexicanos…
»Pasando este lugar comienza una gran llanura arenosa que se extiende por seis o siete leguas a lo largo del lago de Texcoco.
»Blanqueada por las florescencias salinas parece una pradera de las orillas de Saona durante un chaparrón del mes de marzo. De allí como también desde el otro lado de Guadalupe se puede ver a los indios ocupándose exclusivamente de recoger la sal para venderla en el mercado. Nunca he visto nada tan miserable ni tan horrible como esas aldeas; cada choza, mal construida con adobes, se confunde con los terrenos que la rodean; nada verde, ninguna vegetación alrededor».
Era natural que Mathieu Fossey incluyera en su relato la extracción de la sal, ya que todos los pueblos de la zona norte estaban enclavados en el agua, eran pueblos isla que se dedicaban a la extracción de sal y tequesquite además de la pesca y la agricultura y por eso tenían el nombre de acuerdo a sus trabajos: San Bartolomé de las Salinas. La Magdalena de las Salinas, Salinas de Tlatelolco, etc.

Escenas costumbristas de México
Edouard Henri Thephile Pingret, natural de San Quentin Normandía, descendiente de una familia de la alta aristocracia protestante, se dedicó a promover el comercio, y como artista, siguió los principios trazados por los grandes maestros de la Academia de San Lucas en Roma y la técnica utilizada por Luis David; posteriormente viajó a París e ingresó al taller de Jean Baptiste Regnault y en 1845 se asoció con el pintor Edouard Luis Dubufe donde estrecha relaciones con artistas, políticos y empresarios del norte de África. En ese tiempo de acuerdo a la interesantísima biografía de Luis Ortiz Macedo, el príncipe Francosi de Joinville le aconsejó en 1850 que viajara a México en su representación para rescatar las propiedades de una compañía en la que él era el accionista mayoritario, y vía La Habana, llega a nuestro país por el puerto de Veracruz, donde es bien recibido por el francés Adrián Guillaumin, cónsul honorario en el Golfo de México. En 1852 expuso en San Carlos cuadros traídos con vistas de ciudades europeas, tipos populares y temas históricos.
Al año siguiente expuso escenas costumbristas de nuestro país, de las que conocemos dos hermosos trabajos, un óleo de la ceremonia cívico-religiosa presidida por Antonio López de Santa Anna en el interior de la colegiata de Guadalupe, litografiada por Murguía, y un tema que comprende en un primer plano a un ranchero fumando con las espuelas en la mano, y en las cercanías, la fuente que mandó construir fray Payo Enríquez de Rivera en el lado poniente de la vieja Basílica, y la capilla del cerrito.


La condesa Paula Kolonitz
Cuando Carlota Amalia vino de Miramar a México, entre las personas que le acompañaban estaban la condesa Paula Kolonitz, y llegan al país el 28 de mayo de 1864. La condesa permanece seis meses únicamente y narra sus impresiones de viaje en idioma alemán en la ciudad de Viena; posteriormente traducidas al italiano, y de este idioma al castellano por Neftalí Beltrán, con el título «Un viaje a México en 1864». Contiene el recibimiento de que fue objeto Maximiliano y Carlota así como una descripción muy viva de los paisajes de México, entre los cuales está la Villa de Guadalupe.
«Pero aprovechábamos las mañanas, que son siempre bellas, para hacer pequeñas excursiones, y así visitamos el convento de los Remedios, desde el cual, por estar construido sobre una altura considerable, se tiene una vista grandiosa; después fuimos al célebre santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, que se une a la ciudad por medio de un ferrocarril de vapor.
»En México se sube a los vagones en medio de una plaza donde no hay ni una barandilla, y ningún obstáculo los separa del lugar en el cual se mueven sin orden hombres y bestias. Nadie vigila la seguridad de los caminos ni de los habitantes. Es maravilloso que no haya que deplorarse desgracias diarias.
»Alcanzamos Guadalupe en poco menos de media hora. Está sobre el declive de un monte desierto y desnudo; el lugar es triste y solitario. El convento es grandísimo, la iglesia colegiata muy dotada y tiene una imagen de María bendita a la cual se recurre en las mayores necesidades, como protectora especial del país; se le atribuyen milagros y tiene alrededor una inscripción: ‘Non Fecit Taliter Omni Nationi’.
»Una capilla pequeña, con una cúpula de mosaico, fue levantada a poca distancia del convento; parece que esta agua contiene fierro, a lo que debe su reputación. Usándola, más de una señora gozó de la alegría de la maternidad. Tan eficaces como ésta se dice que son las termas del Peñón de los Baños, al pie de una roca aislada al sur de la Ciudad de México. Quisimos ver estos baños, pero la distribución y los muebles tenían el defecto de una condición primitiva».


Un México pintoresco
El francés Ludovic Chambon, a fines del siglo pasado escribe su obra «Viaje a un México pintoresco» y es bastante ameno ya que recoge infinidad de datos sobre culturas ahora extinguidas, costumbres que hasta la fecha se practican y nos da una idea muy clara de sus travesías por el interior de la República; nos describe claramente Campeche y sus fortificaciones para evitar la entrada de piratas, Tabasco y Chiapas, Yaxchilán y la Ciudad de México, sus paseos y alrededores, incluyendo los monumentos y tradiciones; y lógicamente se refiere al Santuario de Guadalupe.
«Antes de la guerra de Independencia, la Virgen de Guadalupe había ya tenido, en la historia de México, un rol de la mayor importancia. La destrucción de Tenochtitlan había desmoralizado completamente a los aztecas y a sus reinos feudales. Pero los recuerdos del glorioso pasado, los rencores de la derrota, y sobre todo, el apego al culto de sus ancestros, impedían a los vencidos unirse a los vencedores. Para poner fin a este estado de cosas, los monjes tuvieron la habilidad de urdir una pequeña aparición. En efecto, en 1531, once años después de la conquista, se presentó ante los pasmados ojos de un indio, Juan Diego, la Virgen con la piel cobriza y las lujosas ropas de las doncellas de la nobleza azteca, hizo brotar una fuente, exigió la construcción de un templo y, como prueba de su aparición, dejó su retrato pintado por ella misma y pétalos de rosas. Los indios abandonaron en masa al sanguinario Huitzilopochtli por el culto de la dulce Virgen María. ¡Y así nomás! Nada más fácil que eso. Créanme, no piensen que los religiosos son unos pobres imbéciles.
»A pesar de su conversión sincera, los vencidos continuaron, sin embargo, divididos en lotes entre los conquistadores, como ganado después de una razzia.
»El Santuario de Guadalupe es insignificante como arquitectura, e interiormente no se compara su esplendor con el de Lourdes. Varias personas me aseguraron que el monto de la recaudación anual era de $300.000 pesos. Se prefiere la moneda acuñada a los pendones bordados y los corazones bermejos».



El indio sin plumas
Otro francés, Marc Chadourne, llegó a México en 1932 para visitar Michoacán, Oaxaca y Yucatán, incluyendo la Ciudad de México, y es el autor de «Anáhuac o el indio sin plumas».
El doctor Jorge Silva en su libro Viajeros franceses en México nos dice que «después de visitar los mercados Chadourne tiene la oportunidad de asistir a una fiesta frente a la Basílica de Guadalupe, que describe en sus rasgos mixtos, religiosos y profanos, haciendo de paso hondas reflexiones, indica: ‘Prodigiosa profusión de tipos y de trajes, cortejos fantásticamente disfrazados’, y dice luego: ‘La alegría aquí nunca es vulgar, los festejos nunca son pueriles, son juegos de adultos, fiestas graves’, agregando al fin: ‘Espíritu de antigüedad. Las fiestas paganas se continúan en las fiestas católicas… Aquella tarde la fiesta brotaba sencillamente del cielo sin más razón que su propio capricho, quitaba la pesadumbre de los corazones y producía un paroxismo de placer, que solamente logran alcanzar las almas por mucho tiempo oprimidas’».
Más adelante el doctor Jorge Silva se refiere a Leo Ferrero y sus comentarios sobre el problema religioso de México: «Describe como verdadero artista la Basílica de Guadalupe con todos sus fieles y el típico aspecto de los pueblos fuera de la Iglesia. Bella estampa del pueblo, llena de colorido». Habla también detenidamente de una «Catedral en la Aldea» con sus grandes riquezas, en una población «decaída y hambrienta», en una «miserable aldea» de casas sin pavimento ni ventanas, y donde «las gentes viven y duermen como animales» y termina: «Tendréis así una idea de lo que es la iglesia en México, y del lugar que ocupa en la imaginación de los indios».

El guadalupanismo mexicano
Para finalizar, el italo-mexicano Gutierre Tibón, venido a nuestro país en 1937, quedándose definitivamente desde 1940 hasta la fecha, es uno de los hombres que más ha querido a México. Como historiador, antropólogo y filólogo ha escrito muchas obras entre las que figura «México en Europa y en África», «Aventuras de los Aztecas en el más allá», «Aventuras en cinco continentes», «Historia del nombre y de la fundación de México», «Un país en futuro», «Aventuras en México, 1937-1983» y la «Enciclopedia de México», por no citar más.
Aventuras en México, 1937-1983 (Editorial Diana) sin lugar a dudas es un libro de gran contenido y significación para el que quiera incursionar en el guadalupanismo mexicano, el sincretismo religioso de nuestro pueblo y por supuesto Tonantzin-Guadalupe.
«Así como la Virgen de Guadalupe extremeña, la Virgen de Guadalupe del Tepeyac, nuestra señora de Lourdes y la Virgen de Fátima son distintas advocaciones de la misma madre de dios, Tonantzin es una advocación de la madre de los dioses en el México antiguo; igualmente lo son cihuacóatl, coatlicue, tlazolteotl, Chicomecóatl y la propia toci, ‘nuestra abuela’, que también es diosa terrestre lunar».
Analiza también el nombre de Guadalupe y las diferentes interpretaciones que los expertos en lengua náhuatl le dan y nos explica el origen de la Virgen de Guadalupe en Extremadura, España, remontándose a la época de Cristo. «Su autor fue San Lucas, conoció a la Virgen; como un auténtico retrato de María. En el siglo VI la tenía en su oratorio particular el Papa Gregorio el Grande.
»…Gregorio Magno, aprovechando la visita a Roma de San Isidoro, hermano de San Leandro, enviaba, a su viejo amigo, en prueba de cariño, aquella imagen milagrosa de la Virgen.
»Ciento diez años fue venerada la imagen en Sevilla, pero en 710, al ser invadida España por los árabes, los sacerdotes sevillanos, para salvar a su Virgen de la destrucción, la llevaron a un lugar agreste en la sierra de Extremadura, y la ocultaron en una cueva al pie de una áspera montaña, de la que bajaba un río que los árabes llamaron ‘Uad-al-hub’, ‘Río del amor’.
»En esta cueva, la imagen durmió más de seis siglos. Corría el año 1320; un humilde pastor de Cáceres, Gil Cordero, apacentaba su rebaño por aquellas peñas, cuando se le apareció la Virgen, quien le dijo que, levantando unas grandes piedras en aquel lugar se hallaba su imagen». ♦
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