Aureliano Urrutia, cercenador de la lengua de Belisario Domínguez
Por Manuel Garcés Jiménez
Primera de dos partes
¿Quién fue Belisario Domínguez?
Este espacio no es suficiente para valorar la vida del doctor Belisario Domínguez, fue creyente de que todo mexicano tiene el derecho a la libertad y de que cada quien lo que sus convicciones le dicten pueda ejercer su derecho a sufragar sin presiones, sin engaños y sin demagogia.
Vino al mundo el 25 de abril de 1863 en Comitán, Chiapas, su padre fue el señor Cleofás Domínguez, de ideas liberales y participante en la defensa de la ciudad cuando fue atacada por los conservadores, batalla en la que perdió una pierna.
Uno de sus biógrafos, Edgar Robledo Santiago, apunta que al concluir su educación primaria, Belisario marchó a San Cristóbal de las Casas, inscribiéndose en el Instituto Literario y Científico. Sus pasiones eran la biología y el estudio de las plantas medicinales de la región. Dice que en cierto momento de su adolescencia, Belisario Domínguez comentó: «Quiero ser médico para destruir por medio de la ciencia todas las brujerías y supersticiones que desde los tiempos remotos ha padecido nuestro pueblo».
En 1879, acompañado de su hermano Evaristo, Belisario Domínguez cruzó el Soconusco, se adentró en Guatemala por Quetzaltenango y en el puerto de Champerico tomó el vapor rumbo a Francia donde estudio nuevamente los niveles de secundaria y preparatoria en el Instituto Springer y el Instituto Chevalier, con el fin de estar en condiciones de matricularse en la Universidad de La Sorbona de Paris,
Diez años después, en 1889 se tituló con honores como médico cirujano y partero, realizó la especialidad de oculista y fue asistente del renombrado médico Pierre Carl Edouard Potain (uno de los fundadores de la cardiología en Francia). Posteriormente, regresó a su tierra natal, Comitán, Chiapas, en apoyo de sus paisanos.

En su pueblo estableció un consultorio en su domicilio y fijó días de consulta gratuita, inmueble que fue adaptado como museo y que en la actualidad lleva su nombre. pero entonces el consultorio era insuficiente para albergar a tanta gente que salía satisfecha al ser atendida por el generoso médico, amable y sencillo, que les regalaba los medicamentos sin esperar más que un «gracias doctor» a cambio. Cuando era necesario acudía al hogar del enfermo, ya fuera a pie o a lomo de caballo por los caminos de las rancherías, generoso, filántropo, humanista, precursor de la seguridad social. Un ejemplo vivo del cabal cumplimiento del juramento hipocrático.
Por cuestiones médicas de su esposa, Belisario Domínguez permaneció en la Ciudad de México durante la época en la que soplaban vientos de agotamiento porfirista con actividades de la dictadura en todo el país, por lo que en su estado, y con esfuerzos económicos, publica una hoja impresa llamada Chiapas. En 1904 distribuye el periódico El Vate, el cual contenía cuatro palabras que constituían el ideario de: V.- «Valor para decir verdades y señalar errores». A.- «Alegría del prestar servicios en beneficio del pueblo». T.- «Trabajo incesante para realizar sus tareas profesionales», y E.- «Estoicismo como dominio de sí mismo, fortaleza para resistir los embates de la vida, los golpes físicos y morales». De esta publicación sólo pudo editar cuatro números.
A principios de 1906 abrió una modesta farmacia con el nombre de «La Fraternidad», volviendo con las consultas gratuitas. En 1911 incursionó en la política y fue presidente municipal de Comitán.
Belisario Domínguez se adelantó a su tiempo. Defendió la autonomía municipal, la administración libre de su hacienda, la aplicación de los principios democráticos, impulsó la educación y pregonó con el ejemplo la honestidad de los funcionarios públicos.
La visión política e, incluso, jurídica, se atestigua al contenido en el artículo 115 constitucional que a la letra dice:
«Nuestros pueblos tendrán un progreso efectivo cuando los ayuntamientos sean integrados por ciudadanos conscientes y de buena voluntad. Cuando los municipios libres, maniatados por la odiosa tutela, manejen sus propios fondos, invirtiéndolos en el impulso de la instrucción pública, implementando sus deberes cívicos. Cuando cada ayuntamiento se preocupe por tener expeditas sus vías de comunicación, proteja la agricultura y procure volverse por sí misma, sin esperar como limosna el apoyo del gobierno del estado, y mucho menos del federal».
Con extraordinaria valentía cuestionó la organización administrativa de México:
«… es malísima, dada la tutela que los jefes políticos ejercen sobre los ayuntamientos, maniatados siempre por gobiernos centralizadores y absorbentes, y cohibidos por leyes despóticas e inadecuadas para el desarrollo del progreso».
A la caída del régimen de Porfirio Díaz siguieron años caóticos en los que el viejo régimen político y militar seguía vivo, la revolución política maderista no terminaba por cristalizar y su contenido social era poco claro, y los revolucionarios campesinos no veían los resultados de su lucha. Fue entonces cuando en febrero de 1913 sucedió la que conocemos como «Decena Trágica», diez días en los que militares porfirianos decidieron, con el apoyo de la embajada norteamericana, forzar el derrumbe del maderismo. El presidente Francisco I. Madero en un gesto de impotencia, ingenuidad y desesperación, designó como jefe de la guarnición de la ciudad de México al general porfirista Victoriano Huerta. En sus manos puso a las instituciones nacionales e, incluso, su propia vida.
La traición de Victoriano Huerta quedó como la muestra más ignominiosa de toda nuestra historia. Se alió con los golpistas, ordenó la detención del presidente y del vicepresidente José María Pino Suárez, exigiéndoles firmaran su renuncia. Los dos aceptaron hacerlo, pues creyeron que así se podría evitar el derramamiento de sangre.
Victoriano Huerta ofreció respetar la vida de los prisioneros y enviarlos en tren especial al puerto de Veracruz con todas las seguridades, para que se embarcaran en el crucero «Cuba» rumbo a La Habana, acompañados por el ministro de aquel país, Manuel Márquez Sterling.
A las 10 de la noche del sábado 22 de febrero de 1913, cuando Francisco I. Madero y José María Pino Suárez acababan de apagar las luces y se disponían a dormir en la intendencia de Palacio que les servía de cárcel, entraron el coronel Joaquín Chicarro y el mayor de rurales Francisco Cárdenas tomándolos presos.
A la puerta del Palacio Nacional esperaban dos automóviles en los que fueron trasladados a Lecumberri, cerca de la Penitenciaría, y frente a ésta fueron asesinados.
Una vez que la Cámara de Diputados aceptó las supuestas renuncias del presidente Madero y del vicepresidente Pino Suárez, Pedro Lascuráin[1], ministro de Relaciones Exteriores, quedó al frente de la Presidencia, pero sólo para nombrar a Victoriano Huerta ministro de Gobernación, y asegurarle la sucesión al cargo, como entonces establecían las leyes.
Cabe señalar que Victoriano Huerta ordenó detener y encarcelar a 83 diputados y el Senado tomó el acuerdo de suspender esa misma noche sus sesiones. Además, fueron asesinados otros representantes populares, entre ellos el diputado suplente por Oaxaca Edmundo Pastelín, al que se acusaba de ser el jefe de una conspiración contra el gobierno huertista; el diputado Adolfo Gurrión, acusado de encabezar un motín en Tehuantepec, y el diputado Serapio Rendón fue apresado y torturado por agentes del gobierno.
Mientras que el senador Gout, titular de la senaduría de la que Belisario Domínguez era su suplente, falleció en medio de esta vorágine, por lo que el 5 de marzo de 1913 el médico de Comitán rindió protesta como Senador de la República.
Su paso por el Senado fue corto, 217 días, suficientes para que su tránsito parlamentario lo llevara a la inmortalidad por entregarse en cuerpo y alma, literalmente hasta su muerte, a la defensa del derecho y de las instituciones.
Lo que más agredía la dignidad nacional fue que hubiera asumido el poder un chacal y asesino, demostrando que su presencia como senador no era la de un votante sumiso más que aprobaría con ceguera lo que se le pusiera enfrente, sino la de una voz independiente, viril, razonada, analítica, crítica y propositiva.
Fue por ello que se opuso a la propuesta de Victoriano Huerta de ratificar o ascender a generales traidores y sanguinarios como Félix Díaz[2], Aureliano Blanquet y Manuel Mondragón; al nombramiento del general Juvencio Robles como gobernador de Morelos por estimar que se violentaba flagrantemente la constitución, y a la petición del secretario de Relaciones Exteriores de que el Senado sancionara la autorización para que unos buques de guerra estadounidenses permanecieran en el puerto de Veracruz.
Entre tanto, los movimientos revolucionarios se extendían por todo el país, destacando la organización encabezada por Venustiano Carranza, gobernador de Coahuila, quien se rebeló contra la auto designación de Victoriano Huerta. Con ese objetivo se proyectó el Plan de Guadalupe, que dio origen a su derrocamiento redactado en la hacienda de Guadalupe, Coahuila, firmado el 26 de marzo de 1913.
El 23 de septiembre de 1913 queda para la posteridad como el día en que Belisario Domínguez inicia el camino hacia el sacrificio a la democracia, cuando en un escrito concebido para ser leído en la más alta tribuna de la nación, el senador se dirige a sus compañeros de legislatura para exponerles la triste situación que vivía el país, denunciando frontalmente las atrocidades del dictador Victoriano Huerta.
El 16 de septiembre de 1913 ante el Congreso, el senador expresó:
«¿A qué se debe tan triste situación?
»Primero, y antes de todo, a que el pueblo mexicano no puede resignarse a tener por presidente de la República a Victoriano Huerta, al soldado que se apoderó del poder por medio de la traición y cuyo primer acto al subir a la presidencia fue asesinar cobardemente al Presidente y Vicepresidente legalmente ungidos por el voto popular; habiendo sido el primero de estos, quien colmó de ascensos, honores y distinciones a Victoriano Huerta y habiendo sido él, igualmente, a quien Victoriano Huerta juró públicamente lealtad y fidelidad inquebrantables.
»Y segundo, se debe esta triste situación a los medios que Victoriano Huerta se ha propuesto emplear, para conseguir la pacificación. Estos medios ya sabéis cuales han sido: únicamente muerte y exterminio para todos los hombres, familiares y pueblos que no simpaticen con su gobierno.
»… Estas palabras significan que Victoriano Huerta está dispuesto a derramar toda la sangre mexicana, a cubrir de cadáveres todo el territorio nacional, a convertir en una inmensa ruina toda la extensión de nuestra patria, con tal de que él no abandone la presidencia, ni derrame una sola gota de su propia sangre.
»En su loco afán de conservar la presidencia, Victoriano Huerta está cometiendo otra infamia; está provocando con el pueblo de Estados Unidos de América un conflicto internacional en el que, si llegara a resolverse por las armas, irían estoicamente a dar y a encontrar la muerte todos los mexicanos sobrevivientes a las amenazas de Victoriano Huerta, todos menos Victoriano Huerta, ni Aureliano Blanquet, porque esos desgraciados están manchados con el estigma de la traición, y el pueblo y el ejército los repudiarían, llegado el caso.
»Me diréis, señores que la tentativa es peligrosa porque Victoriano Huerta es un soldado sanguinario y feroz, que asesina sin vacilación ni escrúpulo a todo aquel que le sirve de obstáculo. ¡No importa, señores! La patria os exige que cumpláis con vuestro deber, aun con el peligro y aun con la seguridad de perder la existencia. Si en vuestra ansiedad de volver a ver reina la paz en la República os habéis equivocado, habéis creído en las palabras falaces de un hombre que os ofreció pacificar a la nación en dos meses y le habéis nombrado presidente de la República, hoy que veis claramente que este hombre es un impostor inepto y malvado, que lleva a la patria con toda velocidad hacia la ruina, ¿dejaréis por temor a la muerte que continúe en el poder?»
Como en todos los tiempos de la vida política, existen serviles intereses de la dirigencia senatorial de entonces que le impidieron a Belisario Domínguez hacer uso de la palabra y leer su discurso en la tribuna el 23 de septiembre. Se vio en la necesidad de buscar una imprenta que imprimiera su escrito para poder entonces distribuirlo entre el mayor número de senadores.
El 29 de septiembre Belisario Domínguez llevó su discurso a la imprenta, y al leerla a los impresores les dio temor por represalias del gobierno huertista de imprimir su discurso. A punto de salir de la imprenta, una voz femenina, la señorita Hernández Zarco, le dijo discretamente: «Señor, déjeme usted su manuscrito, yo lo imprimiré a escondidas. Dígame donde debo entregar las hojas mañana temprano».

El impreso fue distribuido donde la gente se enteró de la conciencia, la luz de una lección cívica extraordinaria donde se enteraron que el doctor Belisario Domínguez a nada le temía y estaba dispuesto a enfrentar con entereza las consecuencias de su decisión.
Las represalia no se hizo esperar, fue un día 7 de octubre de 1913 cuando el doctor Belisario Domínguez fue sacado violentamente de su cuarto del hotel Jardín donde se hospedaba, por los secuaces de Victoriano Huerta. Fue llevado en automóvil al panteón de Coyoacán, en donde fue sometido a tormento y cobardemente asesinado de un balazo en la espalda y dos tiros de gracia. Su cuerpo fue desnudado e incinerado sin la lengua que le había cercenado Aureliano Urrutia.
Al cumplirse un año de su sacrificio, el 7 de enero de 1914, sus restos fueron sepultados en el Panteón Francés de la Ciudad de México. Años después, mediante el decreto del 15 de diciembre de 1930, el Presidente Pascual Ortiz Rubio dispuso que en homenaje a la memoria del senador Belisario Domínguez, se declarara día de luto nacional el 7 de octubre de cada año, debiendo izarse a media asta la enseña nacional en edificios de la federación y de los estados.
Su nombre quedó para la posteridad cuando el 21 de noviembre de 1934, a la ciudad de Comitán se le adicionó «de Domínguez», en justo homenaje a su hijo predilecto, héroe del valor civil, nacido en ese lugar 81 años atrás.
En mayo de 1938, los restos fueron exhumados para ser depositados en el panteón de Comitán, en su entrañable Balún Canán.
Respecto a su muerte, para la mayoría de analistas, historiadores y quienes conocieron a la familia del doctor Aureliano Urrutia, oriunda de Xochimilco, éste fue coautor de la muerte de Belisario por órdenes de Victoria Huerta, cortándole la lengua al sentirse ofendido por el discurso impreso en contra de él y sus esbirros.
A la fecha, hay quienes argumentan que lo del corte de la lengua a cargo de Aureliano Urrutia es un mito, y Cristina Urrutia Martínez, nieta del doctor Aureliano Urrutia desmiente lo realizado por su abuelo[3]:
«La publicación de sus discursos, la forma en que posteriormente murió y la consecuente disolución de las Cámaras, han dado lugar a uno de los grandes héroes de la historiografía nacional. Miles de páginas se han escrito en torno a Belisario Domínguez. Periódicos, revistas, monografías y biografías se volcaron a analizar las virtudes del senador que se opuso al tirano. Bien merecida tiene la fama este médico chiapaneco fiel a sus principios. Sin embargo, la manera en que se produjo su muerte ha dado lugar a un mito que envuelve al héroe en un misterio aún más profundo»[4].
La autora hace énfasis en una versión copiosamente difundida después de la muerte de Belisario Domínguez por Luciano Alexanderson Joublanc, mediante una novela histórica donde el autor narra su muerte:
«Con un filoso bisturí, de un solo tajo, le cercena la lengua, después de abrirle la boca y extraérsela con instrumentos especiales. Con brutalidad es empujado sobre una cubeta de peltre blanco, para que no manche de sangre el piso, la cual brota a raudales de aquella boca que jamás podrá articular palabra alguna»[5].
La nieta de Aureliano enfatiza que la muerte quedó aclarada en el mes de agosto de 1914, cuando los agentes de la policía de Victoriano Huerta confesaron que el crimen fue como antes se había relatado, es decir, que desmienten lo del corte de la lengua.
Nos queda claro que en la muerte de Belisario Domínguez estuvo involucrado el médico xochimilca Aureliano Urrutia, que éste acabó con la vida de un verdadero símbolo, un emblema del Senado mexicano, pero también del valor civil y la decisión de hacer uso del derecho a expresarse libremente.
Fue en el año de 1918 cuando se comenzaron a realizar sesiones solemnes en la Cámara Alta para conmemorar la memoria del senador Belisario Domínguez y en 1930 la Cámara de Diputados impulsó un proyecto para declarar el 7 de octubre día de luto nacional con la lectura del discurso escrito por Belisario Domínguez y recordar su trágica muerte.
A principios de 1953 (a 40 años de su sacrificio), Adolfo Ruiz Cortines promulgó el decreto expedido por el Honorable Congreso de la Unión por el que se creó la Medalla de Honor «Belisario Domínguez» del Senado de la Republica, para premiar a los hombres y mujeres mexicanos que se hayan distinguido por su ciencia o su virtud en grado eminente, como servidores de nuestra patria o de la humanidad.
Es a partir de esa fecha que se otorga la medalla, máxima presea civil de nuestro país como el máximo galardón que se concede a un mexicano o mexicana distinguido. Tiene en su anverso el Escudo Nacional y las inscripciones «Estados Unidos Mexicanos» y «H. Cámara de Senadores». En el reverso luce la efigie del doctor Belisario Domínguez y la solemne frase que dice y resume todo:
«Ennoblecido a la Patria. 7 de octubre de 1913».
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* Presidente del Consejo de la Crónica de Milpa Alta
[1] Personaje que estuvo como presidente aproximadamente 40 minutos.
[2] Personaje político, sobrino de Porfirio Díaz
[3] «Aureliano Urrutia, del crimen político al exilio». Cristina Urrutia Martínez
[4] El subrayado es nuestro.
[5] Ibídem, pág. 196.

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