La escuela de piedra de Tecómitl. Recuento de luchas
Por León Granados Septién | Revista Nosotros Núm. 107 | Octubre de 2007
Al contemplar en el inicio del siglo veintiuno las múltiples edificaciones levantadas durante la explosión política e ideológica de los años 20 y 30, recién concluida la contienda militar, nos asalta la tentación de aceptar la versión oficial de la historia, de que los gobiernos emanados de la Revolución se propusieron crear el México moderno prefigurado en la mente de sus próceres, luego esos emitieron decretos y, providencialmente, se levantaron las construcciones y el país cambió.
Sin embargo, carece de firmeza tan obvio acercamiento, pues demostrado está que los cambios sociales y materiales arrancan con enorme esfuerzo. Dados los primeros pasos, las intenciones se ven retrasadas por un sinfín de obstáculos, algunos de ellos generados desde el propio seno del aparato gubernamental, además de sempiterna carencia de recursos económicos. Ya en el camino, algunos hombres claudican, otros abdican; la cruda realidad y la inmovilidad acaban por imponer su ley. Por tanto, si deseamos conocer cómo fueron conseguidos realmente semejantes logros, hay que penetrar hasta el fondo de las feraces agujas de los acontecimientos históricos, dejar la superficie para encontrar otras visiones, identificar a los realizadores, los promotores, los idealistas de la acción, quienes materializaron tan elevados propósitos.
Durante el mandato de Álvaro Obregón se proclamó la educación del pueblo como requisito preciso para acceder al desarrollo tanto tiempo esperado; a través de la encomienda al mejor José Vasconcelos, el del día de la creación, quien al conjunto de «ilustrar las conciencias», empieza la significativa tarea editorial, se organizan las dependencias educativas, se capacita intensamente a los menores para que, a través de la instrucción, se genere y divulgue el espíritu nacionalista mexicano. Pero primero sería necesario construir las escuelas, a fin de acoger a la masa necesitada del saber y del conocimiento.
En esos momentos de prueba, apareció en el país el binomio de los personajes «iluminados» y los grupos anónimos del pueblo, ambos ubicados más allá del arduo presente, coincidentes en la disposición utopista; ellos se entregaron a construir aulas, cercar solares, sembrar postes, plantar sombras, trazar deportivos, enderezar muros para preservar la memoria, convencer a los recalcitrantes y cumplir con los compañeros de la marcha. Uniendo las piedras y ladrillos de tantas edificaciones está la argamasa de sudor y sangre que posibilitó ese magno paso adelante.
La gestación
Un testimonio de ese esfuerzo colectivo se dio en el poblado de San Antonio Tecómitl, ubicado a las faldas de la Sierra del Ajusco, división natural entre el Distrito Federal y el estado de Morelos, a escasos 40 kilómetros del Zócalo capitalino.
Frente al reloj de la explanada de la plaza principal está desde siempre el austero convento de San Antonio de Padua, edificado en el siglo XVI por los franciscanos, quienes sellaron en la población entera con la huella de su típica arquitectura y la enseñanza del de Asís. Esa región era en los tempranos años 30 (y aún lo es ahora, a pesar de los vientos encontrados), agrícola, campesina de ocupación y náhuatl de origen, parcelada en ejidos generadores de maíz y algo de frijol, nopaleras interminables y algunos escasos terrenos de pastoreo, de cuenca lechera avara.
En aquellos difíciles años posteriores a la Revolución, en la región que abarca las hoy delegaciones de Xochimilco, Tláhuac Milpa Alta, la piedra volcánica del Tehutli (señor de señores) limitaba las propiedades y los corrales. Como estampas de otro siglo, las aguas verdosas del Canal Nacional todavía eran cauce para el tráfico de canoas y trajineras, transportes de los campesinos con sus atados de verduras y gramíneas, sus coloridos ramos de flores, todo ello con rumbo a los abigarrados mercados de Santa Anita y Jamaica, para alimentar a la siempre enorme y voraz ciudad capital.
Recién empezaba a trazarse una angosta serpentina enlazando los pueblos, separados entre sí, pero compartiendo una ancestral cultura común; recibían de esa manera los primeros destellos del progreso, con tanta frecuencia mencionado en los proyectos institucionales.
Ya funcionaban escuelas primarias en casi todas las poblaciones de la región. Por mencionar sólo algunas, estaba la de la cabecera de Milpa Alta; las de los pueblos como San Juan Tepenahuac, Santa Ana Tlacotenco, San Pablo Oztotepec y San Pedro Atocpan; en Tláhuac y en sus poblados como San Francisco Tlaltenco, Santiago Zapotitlán, San Juan Ixtayopan y San Andrés Mixquic; en el centro de Xochimilco y sus localidades de Tulyehualco, San Gregorio Atlapulco, Santa Cruz Acalpizca, y en Iztapalapa y sus asentamientos de San Lorenzo Tezonco y Culhuacán.
Sin embargo, al terminar el ciclo primario, los alumnos se percataban de que las únicas probabilidades de continuar su preparación estaban en la capital, a no menos de 40 kilómetros, y que había que recorrerlos en escasos y lentos transportes, y que la situación económica de las familias campesinas era, como siempre, precaria. Por consiguiente, la posibilidad de una mejor perspectiva era casi nula y los muchachos terminaban reintegrándose a las tareas del campo, como desde antaño.
Las trancas y las decisiones
El maestro Quintil Villanueva, a la sazón director de la Escuela Primaria de Tecómitl, llamada entonces República de Venezuela, consigna en sus apuntes sobre la Historia de la Secundaria diurna número nueve Teuhtli, cómo decididos a modificar ese destino ineludible, en el año de 1934 se reunieron la Sociedad Progresista, la Junta de Mejoras Materiales, el Juez de Paz, el Subdelegado, los miembros del Comisariado Ejidal y él mismo, para solicitar al Departamento del Distrito Federal a través de la delegación Milpa Alta, la edificación de una escuela industrial agrícola en el pueblo.
Aquí cabe un paréntesis para reflexionar sobre ese ya lejano año de 1934, cuando el poblado tendría apenas unos 1,600 habitantes (los censos de 1940 consignan 1,900), ellos ya habían sido capaces de crearse tales agrupaciones activas, entregadas a la lucha por mejorar las condiciones de vida de la población campesina. Sin duda, ese espíritu creativo y emprendedor campeaba en toda la renacida patria, que aún con las carencias resultantes de la apenas terminada guerra fratricida, o quizá a causa de ellas mismas, retomaba las causas sociales, en primera instancia, la educación.
El delegado de Milpa Alta acogió y apoyó el proyecto, pero no obtuvo la aportación del gobierno que, tal como siempre, no tenía dinero ni recursos materiales.
Fue entonces cuando el pueblo decidió asumir por su propia cuenta la construcción de la escuela, comenzándola el 27 de septiembre de 1934.
En los mismos apuntes, el profesor Villanueva consigna el brutal trabajo llevado a cabo por los campesinos durante «dos años largos como el infinito».
Terminada la diaria labor en sus parcelas, se presentaban a trabajar hasta media noche sobre el terreno de la loma de Tzalantzin obtenida por donaciones de vecinos y a través de compras simbólicas. Allí la labor consistía en disputarle unos cuantos metros al Tehutli, extraer de sus entrañas las gemas preciosas para la edificación de las aulas, en sembrar los cedros que delimitarían los jardines y las palmeras que embellecerían el acceso, empedrar las calzadas y corredores. Esta enorme tarea se realizaba a mano, la maquinaria eran picos, palas, barreta. Participó la Dirección de Obras Públicas del Departamento Central para elaborar los planos, mas la ejecución estuvo a cargo de los habitantes de Tecómitl.
El domingo del siguiente junio y ya avanzada la obra, la ventura recompensó ese esfuerzo, porque don Lázaro Cárdenas junto con un grupo de colaboradores transitó por la nueva carretera; el general observó la masa de laboriosas hormigas en trajín sobre el cerro, se detuvo a contemplar la obra, admiró cómo se estaba levantando la escuela y se conmovió ante el trabajo campesino. Tal impresión le causó el proyecto que de inmediato determinó una partida fuera del presupuesto con el fin de terminar las obras.
Esto se logró a finales de septiembre de 1937, se habían construido 10 salones, sanitarios, biblioteca, salón de actos y oficinas. El presidente Cárdenas regresó al pueblo a principios del año siguiente, esta vez acompañado de su familia, y aceptó la invitación para inaugurar la escuela el tres de marzo.
En esa memorable fecha, los habitantes de Tecómitl y de los poblados del sureste del Distrito Federal, recibieron la visita del gabinete presidencial, encabezado por el general; además de otro buen número de funcionarios de diversas dependencias. Se llevó a cabo la inauguración, tanto del edificio de la Escuela Industrial Agrícola como de otras obras de interés público.
Tan celebrado evento está reseñado ampliamente, incluyendo los textos de los discursos y los comentarios al respecto, en los diarios correspondientes al cuatro de marzo de 1938.
Sin embargo, por esa mexicana costumbre de inaugurar obras sin que se encuentren completamente concluidas, fue notificado a los pobladores que no había presupuesto y que por tanto la escuela no iba a funcionar, sino hasta más adelante.
Ante esa adversidad, los pobladores recurrieron a su probado espíritu de lucha y, encabezados nuevamente por el grupo promotor, concibieron el nuevo propósito a la medida de la situación: al no poderse establecer la escuela proyectada, la obra construida albergaría entonces a una escuela secundaria.
Llevaron la propuesta la Secretaría de Educación Pública, donde los obstáculos surgieron nuevamente. Nunca se había pensado establecer una secundaria en las regiones campesinas y, por tanto, no fue autorizada tan «absurda» petición. Esto resulta entendible ahora: los mismos censos de 1940 reportan un 42 por ciento de analfabetismo en toda la delegación de Milpa Alta.
Aun así, el grupo insistiría en su empeño, «rayando en la necedad», haciendo caso omiso de los trámites y las denigrantes antesalas. Finalmente, las autoridades educativas cedieron, autorizaron el funcionamiento de la escuela aunque de manera anormal: maestros y profesionistas de la región, bajo la dirección del profesor Villanueva, decidieron laborar gratuitamente hasta en tanto la SEP pudiera hacerse cargo de los salarios y demás gastos.
A casi cien años de distancia, repitieron una brillante página de nuestra historia, cuando en 1853 maestros y médicos de la Escuela de Medicina de la Ciudad de México, aportaron sus conocimientos y voluntades sin cobrar un solo centavo, a fin de mantenerla funcionando, a pesar de los obscuros designios en contrario.
En esas condiciones, el 13 de abril de 1940 se llevó a cabo la inauguración oficial de la secundaria, esta vez sin boato alguno, con la sola presencia del delegado de Tláhuac, quien también era representante de la Confederación Nacional Campesina (CNC). Posteriormente, fue ratificada la apertura por un enviado de la Dirección de Segunda Enseñanza, quien por cierto sería más adelante el primer director oficial, el profesor Julio S. Hernández.
Todo ese 1940 se pugnó por sostener la viabilidad del plantel a través de la instrucción a 43 jóvenes provenientes de nueve poblaciones circunvecinas, incluidas algunas del estado de México como Chalco, Ozumba e Iztapalucan.
Y fue así que al finalizar el mes de noviembre, asistieron a los exámenes finales los responsables de cada asignatura, provenientes de la Dirección General de Enseñanza Secundaria; evaluaron y avalaron el trabajo realizado y el grado de aprendizaje de los alumnos; por tanto, a partir del año lectivo de 1941 fue reconocida oficialmente la escuela y pasó a llamarse Escuela Secundaria Diurna Número 9 «Tehutli».
La cosecha
A partir de ese histórico año, la escuela ha correspondido grandemente a los desvelos y afanes de sus fundadores. Es reconocida su influencia sobre las poblaciones vecinas, las cuales en un principio aportaron una buena cantidad de estudiantes; años más tarde contaron con sus propias secundarias, con lo cual se ayudó también a resolver la concentración de estudiantes que ya padecía la Número 9.
En cuanto a frutos directos, la madre nutricia ha otorgado miles de certificados de secundaria a los jóvenes estudiantes de 61 generaciones (hasta septiembre de 2007, fecha en que fue escrito el presente artículo), los cuales, de muy diferentes maneras, han tomado su lugar entre las fuerzas creativas y productivas de todo el país.
A la fecha existen en la escuela 20 salones de clase, dos laboratorios, una biblioteca, nueve talleres, un campo de futbol, tres canchas de basquetbol, un sistema de red y un auditorio. Alberga 980 alumnos en el turno matutino y 864 en el vespertino, el cual empezó a funcionar desde 1969. Asimismo, proporciona 184 plazas de empleo para personal docente y administrativo, entre ambos turnos. Es sede también de la inspección de la zona escolar.
Como corolario de este recuento de luchas y progreso, cabe mencionar que al cumplirse 40 años de la inauguración de la secundaria, se llevó a cabo una inauguración más; esta vez, del CECyT 15 «Diódoro Antúnez Echegaray», del Instituto Politécnico Nacional, la cual materializa uno de los designios del proyecto original: contar con un plantel educativo para favorecer las mejoras del nivel de vida de los habitantes de la región. La Vocacional está situada a 500 metros de la «secundaria de piedra» y viene a ser una encarnación de la imaginada Escuela Industrial Agrícola, promovida por el profesor Villanueva y los adelantados fundadores tantos años antes, y que ya habían vuelto a plantear desde 1965.
Adicionalmente, y como para perpetuar la memoria, a medio camino entre ambas instituciones se encuentra la Biblioteca «Profesor Quintil Villanueva Ramos», la cual es un reconocido modelo de funcionalidad. Tanto el local de la Biblioteca como el de la Vocacional, fueron donados por la comunidad de Tecómitl.
En este brevísimo recorrido a 70 años desde el estallido de un primer cartucho de dinamita en el Tehutli, es significativa la semejanza entre estos pioneros y otros pequeños grupos que a lo largo de la historia humana han encabezado naciones enteras y han revolucionado al mundo. Estos hombres nuestros, del sureste del DF, lucharon vigorosos y hombro a hombro con el pueblo, por alcanzar un ideal, su escuela de piedra, y no se arredraron ante los obstáculos que cruzaron su camino. ♦
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Pie de foto: Fotografía de 1938 de la visita que el ministro de instrucción Pública hizo a San Antonio Tecómitl para supervisar los avances de las obras de lo que más tarde serían las instalaciones de la Secundaria Diurna Número 9 Tehutli
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Fuentes de información:
Historia de la Secundaria Diurna Número 9 Teuhtli. Responsable: Carlos Villegas Yescas. Lito Impresos Panamá, SA. México, 1965.
Censos Económicos y Sociales de 1940. Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática.
Monografía de Milpa Alta. Gobierno del Distrito Federal, p. 67.
Diccionario de Historia y Geografía de México. Editorial Porrúa.
Archivos de la Secundaria Número 9, Tecómitl, DF.
Espiral de voces. Martha Robles. Difusión Cultural, UNAM.


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