El grafiti y la pinta, formas de expresión urbana que a la mayoría molesta
Por José A. Cabello | Revista Nosotros, Núm. 36 | Marzo de 2001
El graffiti* o «la pinta» han quedado marcados en la historia actual de nuestro país y del Distrito Federal, a pesar de ser reprimidos o aniquilados, ya que prueba inevitable de ello es el debilitamiento de la sociedad civil, puesto que del hecho dan cuenta las siguientes pintas, las cuales son muestras contundentes de cada momento que se vive en esta ciudad: «Alto a la militarización en Chiapas», «Policía tortura y asesina», «No al uso del condón», «No al horario militar de verano».
En la Ciudad de México el graffiti es el surgir de la expresión callejera en la década de los 90, afirma Sandra Warman Reséndiz, licenciada en Periodismo y Comunicación Colectiva e investigadora de este fenómeno en la capital del país.
En tanto que Federico –joven vecino de la delegación Xochimilco, quien se dice ser un artista en el arte del graffiti – comenta que «las paredes limpias no dicen nada; y en cambio, las pintas son una forma de comunicarse, expresarse ante la necesidad social e individual que se busca satisfacer por cualquier medio».

Y explica: «El graffiti mantiene cierto desarrollo que aunque ha integrado estilos externos, se está en la búsqueda de un estilo propio».
Mientras que para distintas autoridades de las delegaciones Tláhuac, Xochimilco e Iztapalapa, ésta es una práctica no válida, pues irrumpe en el desarrollo social de las comunidades al «rayar» los anuncios o paredes que pagan un impuesto o que tienen el permiso para anunciarse.
Sobre el tema, Warman Reséndiz considera que los paisajes de las grandes metrópolis –y por supuesto las diferentes delegaciones políticas del Distrito Federal–, sufren a diario vertiginosos cambios, los cuales acontecen en unas cuantas horas o, incluso, en unos cuantos minutos, sea esta la propaganda, la publicidad, las señales de tránsito, los nombres de las calles, comerciales, tiendas, escuelas, son los más comunes.
Sin embargo, especifica, entre estos géneros de la proyección visual urbana de comunicación se encuentra uno, que por su aparente intrascendencia termina por restarle importancia, el graffiti.

Porque, continúa, el graffiti es una forma de expresión urbana, que pretender hacer públicos los nombres, los hechos, las ideas y sentimientos a través de mensajes gráficos plasmados sobre un muro. Se caracteriza por la rapidez y la espontaneidad en su realización, lo cual implica clandestinidad, protesta y trasgresión.
Por lo que, el término graffiti se entiende como sinónimo de grabado sobre cualquier superficie. En la actualidad la palabra adquiere un matiz urbano y se le asocia a los mensajes consignados sobre cualquier inmueble de los que componen las grandes ciudades. Los términos graffiti o la pinta, son los que mejor manifiestan una mayor comprensión del fenómeno.
«No importa cómo se le llame, lo cierto es que el graffiti es un medio alternativo de comunicación que se da al amparo de la marginalidad y la prohibición», puntualiza Warman Reséndiz, egresada de la facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
Joan Gari, por su parte, define este fenómeno de la siguiente manera: «Llamamos graffiti a un código o modalidad discursiva en el que emisor y receptor realizan un particular diálogo –desde el mutuo anonimato– en un lugar en donde no está permitido, construyendo con diferentes instrumentos un espacio escriturario constituido por elementos pictóricos y verbales en ósmosis y amalgama recurrente»[1].
Cabe recordar que en décadas pasadas, el graffiti era de uso exclusivo de la subcultura «chola», por un lado, con el llamado placazo; y las bandas, por otro, cuyo graffiti tenía más bien una función ritual de dominio.
Paulino, quien empezó a pintar desde hace más de nueve años, considera que en los noventa se dieron nuevos elementos que conforman el escenario del rayado urbano, como son las técnicas que se multiplican, se amplían y se comparten, apareciendo así los denominados crew o flotillas, que son graffiteros que han posibilitado la creación de grupos, para trascender la denuncia y el ataque. «Y a su vez intentar crear un estilo artístico propio», adelanta.
Angélica, con apenas 20 años de edad, coincide con lo anterior al expresar que se habla, aunque de manera muy general, de aquellos grupos que han tomado el pincel entre sus manos, para manifestar su inconformidad en los muros. Y explica: «La mejor muestra de esto es la de los tres movimientos estudiantiles de los que la Máxima Casa de Estudios del país ha sido testigo».
Al respecto, Warman Reséndiz, especialista en el tema, plantea que en la sociedad existen individuos o grupos sociales que no aceptan determinados valores de la cultura dominante, aún más existen quienes rechazan frontalmente a esta cultura en su conjunto y plantean una cultura alternativa, mejor conocida como contracultura.

«La contracultura abarca una serie de movimientos y expresiones, usualmente juveniles, colectivos, que rebasan rechazan, se marginan, se enfrentan o trascienden la cultura institucional o dominante», dice José Agustín[2].
Además, afirma, «en la contracultura el rechazo o la cultura institucional no se da a través de militancia política, ni doctrinas ideológicas, sino que, muchas veces de una manera inconsciente se muestra una profunda insatisfacción»[3].
En sí, la contracultura genera sus propios medios y se convierte en un cuerpo de ideas y sueños de identidad que contiene actitudes, conductas, lenguajes propios, modos de ser y de vestir, y en general una mentalidad y una sensibilidad alternativas a las del sistema. Por eso la contracultura también se conoce como cultura alternativa o de resistencia[4].
Por eso es que nosotros –dicen los graffiteros–, en cada muro garabateado ofrecemos al observador una imagen que encierra pensamientos, sueños y posibles recuerdos de nosotros; quienes comparten así las vivencias de su realidad. «Se trata de una demanda y necesidad, de una nueva forma de imagen, de dibujos y signos, comprensión que se deriva de la reflexión de cada uno de nosotros», coinciden.
Respecto a los temas que tratan están los relacionados con diferentes sucesos, ya que pueden ser a nivel local, nacional e incluso internacional, como el narcotráfico, la violencia y la guerra; en breve; es decir, los motivos, los símbolos y los diseños de los graffiti son diferentes entre sí, aunque en el fondo buscan dar un mensaje común: no a la agresividad social.
Esto y otras aseveraciones las plantea Warman Reséndiz al decir que los graffiteros presentan, por lo regular, más sus problemáticas que propuestas de solución a las mismas.
A pregunta expresa de Nosotros, acerca del porqué de la selección de las paredes, Warman Reséndiz explica que esto simplemente es el canal más fácil para dirigirse al pueblo, y en donde la lectura va a ser más común, pues de esta manera la pared se torna en un órgano informativo que proclama distintas demandas.
Porque, continúa, el graffiti en México es probablemente, de todos los medios de expresión, el más libre y espontáneo, aunque es cierto que el fenómeno surge y sobrevive haciéndose latente cada vez más; por lo regular nace en la oscuridad nocturna, pero su presencia es evidente a la luz del día.
Asimismo, el graffiti marca e ilumina la cultura contemporánea urbana, decora la vida de la ciudad con gran variedad de significados y estilos.

«De cualquier forma, sea cual sea el mensaje, lo más seguro es que irrite al común de la gente, por su carácter espontáneo y atrevido», especifica.
La pinta, otro fenómeno
De igual forma tenemos la pinta que se mantiene por fuera de los circuitos institucionales o comerciales, y a la circunstancia particular de recortes en la expresión ciudadana por parte de las instancias gubernamentales, hacen que la pinta en México pueda aceptarse como otra fuente de opinión pública; es decir, los vínculos de la pinta en la denuncia política y social son naturales, explica Warman Reséndiz.
Al mismo tiempo, señala que el graffiti de tipo político –mejor conocido como pinta–, es uno de los medios de comunicación predilectos por organizaciones políticas por lo general situadas a la izquierda del sistema, para dar a conocer sus idearios.
Aunque especifica que no sólo las organizaciones usan las paredes políticamente, también existen grupos culturales e independientes, o simplemente, individuos que encuentran en este medio una posibilidad para manifestar sus puntos de vista.
Y cita como ejemplo las siguientes: «Justicia en el caso Posadas»; «Dos de octubre no se olvida»; «Cuando la historia no se puede escribir con tinta, escríbela con la punta de un fusil».
Por eso es que la pinta –externa– es un elemento de lucha contemporánea, una lucha que habla de infinidad de masacres, contra el presidente, contra el gobierno, contra el alza de los precios y contra el transporte, entre otras.
¿Se puede afirmar que las pintas son las expresiones de un pueblo que registra su descontento en los muros de su ciudad?
El graffiti o la pinta en la Ciudad de México, como en el resto del mundo, juega un papel movilizante y permisivo, ya sea empleado por estudiantes, obreros, grupos políticos, cholos, chavos-banda, oner’s o taggers; es una práctica que se convierte en una búsqueda de la verdad, la identidad y el sentido. ♦
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* Término así en la publicación original.
[1] Joan Gari. La conversación mural. Ensayo para una lectura del graffiti. Edit. Fundesco, España, 1995, p. 24.
[2] José Agustín. La contracultura en México. Edit. Grijalbo, México, 1996.
[3] José Agustín. Op. Cit., p. 129.
[4] Ibid.


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