La encrucijada. No debemos perder la ruta en la defensa de México
Por Germán Muñoz Díaz
¿Qué tuvimos que hacer para llegar a este punto? México se desdibuja. Otrora tierra luminosa, hoy sólo deja pasar una penumbra de grises por las ventanas de su realidad. Nunca fue la nación de la Justicia, pero había un anhelo. Siempre altiva, la moral colectiva nos identificaba en la esperanza y la razonada aspiración de ser mejores. En el país de la inspiración, de la belleza que se expresa de todas formas nos enfrentamos a un lienzo desconcertante. Es el lienzo de la realidad que tiene en vez de formas y colores como los de Tamayo, la marca ominosa de una suciedad insoportable… la suciedad de la ignorancia, la violencia y el resentimiento de un hombre que no capitula de ninguna forma en su afán de destrucción. El voluntarismo de ese hombre pequeño y resentido, produce una debacle colectiva que me hace sentirme extraño en mi tierra. Muchos lo siguen y de ahí la desgracia. A ese país en el que nací y me dio todo, no lo reconozco más.
Vuelvo los ojos al pasado y sopeso el contraste. Vengo de una generación formada mayoritariamente en la escuela pública, donde la clase de Civismo era asignatura obligatoria; donde se rendían honores a la Bandera y la enseñanza delineada en los contenidos del programa educativo y en el esfuerzo que inicio Jaime Torres Bodet con Martín Luis Guzmán y otros, se volcaba en contenidos de los libros de Texto Gratuito que hoy se reemplazaron por libelos de locura dignos de una clínica, además de supina ignorancia. Mis maestros fueron en su mayoría, gente comprometida con el ministerio que habían abrazado. Nada que de lejos se pueda parecer con las hordas «magisteriales» cuyo signo es el chantaje político y el peso abrumador de la destrucción, la intimidación y el crimen literal.
No me explico tampoco la violencia cotidiana de los 80 o 90 muertos al día sin que nadie se horrorice con el registro de un país que, de otra forma, sería catalogado como un país en guerra, y más propiamente en un país en estado de guerra civil. El pobre Emiliano se hizo visible por la coyuntura, pero, ¿cuántos Emilianos no han sido quemados en la pira demencial encendida por la veta más atávica que acompaña el rencor, el descontrol político y la debacle de la moral de toda la nación? México es la arena regada con la sangre de al menos 10 mujeres al día muertas a manos de salvajes que disfrutan de la mayor impunidad.
Los que saben y son expertos en Ciencias Sociales hablan de una crisis mundial del Liberalismo y las democracias. El mundo está hecho una mierda, cierto, pero lo que pasa en México es de otra dimensión y yo sólo quiero entender si hay espacio aún para la esperanza.
El próximo 2 y el 3 de junio, los mexicanos nos enfrentaremos a la encrucijada que decide el futuro del país y de todos nosotros. Alentar la continuidad del desgobierno populista de una facción reaccionaria, retrógrada como el del régimen de Morena, no sólo es anti[1]patriota, es suicida. Debemos rescatar al país y darle un nuevo rumbo. Unirlo, unirnos por encima de nuestras diferencias. Xóchitl puede estar lejos del ideal, pero la responsabilidad histórica de este momento no recae solamente en sus hombros. Es a todos los mexicanos a quienes nos toca dilucidar el futuro de nuestras instituciones y libertades.
Claudia Sheinbaum está en las antípodas de este propósito. No nos equivoquemos. En ello nos va la vida y el futuro de México. Acopiemos fuerza, serenidad y la voluntad colectiva de recuperar la fibra moral que hace a México grande. El 2, pero también el 3 de junio y los días subsiguientes dediquemos el peso de nuestra participación al voto, pero también a su defensa. Tomemos la ruta correcta y nos perdamos a México en la encrucijada. ♦

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