«Pájaro en el alambre». Relato de un Xochimilco con pasado brujeril
Por Felipe Rangel Cordero
Para mi primo Javier Gómez,
quien también sabe de esta historia, pero no todo.
Cuando Javier se dispuso a introducir la llave en el tosco candado, comprobó molesto que éste se hallaba oxidado y trabado.
—Pásame el azadón, primo.
—¿Cuál, el del mango medio podrido? –dije, tratando de acomodarme bien el sombrero para que la lluvia no moje mi cara.
Poco a poco, el crepúsculo va difundiendo su tinte sombrío en el mundo, y ya los murciélagos recortan el aire a la caza de insectos. El barro de nuestras botas nos hace trastabillar a la orilla del canal.
De un sólido golpe Javier casi arruinó el herrumbroso candado, consiguiendo así liberar la canoa de su pesada cadena, y desliza ya los dos recios remos de pino que ocuparemos para navegar de noche, con rumbo a la chinampa de su abuelo en la Laguna del Toro, a dar un paseo.
De un salto ambos nos instalamos en la vieja estructura de tablones inflamados por la humedad, empujando los remos contra el cieno del fondo del canal. Se percibe de inmediato el olor de plantas putrefactas, y una nube de mosquitos se levanta a nuestro paso, mientras removemos las aguas oscuras como la obsidiana. Llueve, y el frío permea nuestro rostro sudoroso y nuestro aliento, mientras, a los lados, en las casitas de madera que se hallan a la orilla del canal, varios perros nos ladran furiosos cuando pasamos despacio, pues allí es precisamente donde los lirios acuáticos más se aglomeran.
Espuman los remos cuando llegamos a la bocacalle de agua para dar vuelta a la izquierda y conseguir así librarnos de las molestas plantas. El nuevo derrotero es bastante amplio y el agua está lustrosa y uniforme. Cada vez llueve menos y el cielo descorre una veta color cobalto que da cierta claridad a la noche. Sin embargo, el ambiente es denso y el frío no mengua. Seguimos remando.
—Mira, parece que la luna saldrá.
—Sí, ya era hora.
Con nuestras linternas de mano alumbramos las orillas del acalote y las legendarias chinampas que los antiguos mexicanos usaran como campos de cultivo, mientras la canoa se desliza suave y silenciosa. De vez en cuando alguna serpiente riza la superficie del agua meneando su cabecita dragonil, y se sumerge en la oscuridad. A lo lejos resuenan los diabólicos graznidos de las pollas de agua, que levantan intempestivo vuelo rasante desde algún matorral de juncos, asustándonos primero y divirtiéndonos después.
—Mira, ¿qué es eso que se mueve allá junto al árbol?
—No sé. Espera, usaré mi linterna.
A lo lejos, sobre el pasto de la apacible chinampa, una figura contrahecha detiene su movimiento, y nos mira.
—Es un loro. Seguramente ha de haber más, pues los labradores suelen dejarlos libres para que pasten. ¿Puedes ver sus ojos brillando?
—Sí, de verdad que dan miedo. Allá hay más. ¿Los ves?
—Son vacas también.
El ruido de la ciudad hacía rato que se perdió, dando la sensación de que nos adentrábamos en un terreno irreal. Lo único que otorga cordura a este momento es el avión que cruza el espaciado cielo y las luces de una toerre de comunicaciones allá rumbo al poniente.
Seguimos remando plácidamente y con los sentidos alerta, pues de noche, entre los canales de Xochimilco, suceden cosas extrañas, que la gente rememora y cuenta a la luz de un fogón, en sus casas, entre tazas humeantes de café… Mi tío me platicaba de una mujer espectral con túnica blanca que rondaba los canales en una canoíta, y que era presagio de muerte para los desprevenidos que osaban mirarla… Todas esas historias hacían flaquear mi voluntad cuando era niño. Tal vez por eso la noche solía atemorizarme. Sin embargo, ahora que soy mayor, me siento atraído ante lo desconocido, aunque, lo digo con sinceridad, no creo casi nada de lo que me cuentan.
—Ya no llueve.
—Sí. Mira, la luna ha salido por completo.
La oblea lunar difunde, magnífica, su luminiscencia, concediéndole a la noche una ultraterrena mirada. Y es entonces, como un designio fatal que veloz cobró forma ante nuestros ojos expectantes, que una imagen fantasmal captura, obsesionante, nuestros sentidos: Allá, a la orilla de una chinampa, atravesado de árbol a árbol, un alambre sujeta toscamente lo que parece ser un pájaro. Más bien un manojo de plumas blancuzcas y ajadas por tanta lluvia que ha caído estos últimos días. Dudamos en acercarnos y ver de qué se trata. Sin embargo, yo empujo con el remo obligando a la canoa a proseguir. Ayudándonos de las linternas lo vemos por fin… Se trata de una lechuza muerta, creo yo, con las alas abiertas y maniatadas por el oscuro alambre; no tiene ojos y todo su cuerpo está mojado y torcido, el pico abierto y las garras prestas como para el ataque. Así como está, el pájaro parece un ridículo fetiche sin motivo alguno en esta fría noche. Hago intentos de alcanzar el cuerpo tieso.
—Espera. Mejor Vámonos y dejemos eso.
Javier parece atemorizado, y yo le lanzo una mirada con desdén que expresa por sí misma mi descalificación ante tu sentir.
—Oye, ¿qué te sucede? ¿Tienes miedo?
A lo lejos un relámpago retumba en la bóveda nubosa, y la lluvia retorna ligera.
—Mira, hay cosas que no comprendo pero prefiero dejarlas así como están –dice Javier con una voz apenas audible–. Alguien debió haber puesto eso allí por alguna razón, que ni tú ni yo entenderíamos.
—¿Estás tratando de decirme que ese pajarraco es algo así como brujería? ¡Vamos!
Extiendo mi brazo para coger al pájaro muerto. De pronto, mi piel, que hasta entonces permanecía bien resguardada bajo el impermeable amarillo, se ve penetrada hasta los huesos por un escalofrío húmedo y mortal, y mis brazos son atenazados por una incomprensible rigidez.
La luna es eclipsada por la grisácea pincelada de otra tormenta que se avecina, y un granizo aterrador se oye encima de nosotros cuando intento sacudirme la sensación que sujeta mis miembros… Javier grita algo que no alcanzo a comprender. El estertor de otro relámpago alumbra brevemente al mundo.
Como en un torbellino, miro el horizonte clandestino y el manto de agua espesa desde una altura inusitada. Los ahuejotes mecen sus lánguidos ramajes ante el inclemente viento. Una canoa se aleja presurosa, diminuta en medio de la agreste noche, y el ronco bramido de los toros se escucha en lontananza.
Llueve con gruesos goterones, y entre los apantles retorna el perdurable y monótono canto de las ranas. La noche cobija a sus criaturas y la razón se guarece más allá, próxima a las luces de la ciudad en vela. Los truenos fracturan el manto celeste, distantes, ajenos a todo entendimiento, y la humedad de la lluvia torna pesados y dolorosos los movimientos de mis extremidades. Una fría sensación cortante circunda mis alas y quebranta mis huesos… Las tirantes garras arañan los segundos que se van, tragados en la negrura vasta de un Xochimilco legendario, con un pasado brujeril… El pico se crispa y la garganta se atraganta de sinrazones. Los agudos graznidos que profiero se pierden en medio de la tormenta que no cesa. ♦

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