¡Recuerdos maravillosos! La vida en San Salvador Cuauhtenco en los años 60*
Por María Esther Mérida González
En el caminar del tiempo, me detengo, recordando el año 1958 en el cual conocí a Cuauhtenco; en el atrio de la iglesia no olvido las estampas más hermosas que forman la historia de estos maravillosos recuerdos, admiro el frente de su templo, el panteón que lucía orgullosamente las lápidas esculpidas con las más distinguidas obras artísticas de las manos de artesanos del pueblo, en donde descansan los restos de los abuelos, la barda que limitaba a éste, los arcos que posee. Los fresnos frondosos que, en la calle, proyectan sombra y, en cuyo ramaje anidan multitud de aves que en la madrugada elevan sus cantos y gorjeos al cielo, y se convierten en los relojes que despiertan al campesino avisando que es hora de ir a trabajar las milpas o irse a trabajar a los talleres de la gran ciudad.
Imagínense a esta hermosa provincia del sur del Distrito Federal en la Delegación de Milpa Alta; y que allá acurrucando en la falda del Cuautzin al pueblo de Cuauhtenco teniendo a su espalda el Cerro del Tulmiac, ambos rodeados de grandes ocotes y de oyameles que lucen su ramaje como penachos de variados colores con sus tonalidades desde el verde tierno hasta el amarillento.
El pueblo de Cuauhtenco, por las chimeneas de sus viviendas dejaba salir el humo de sus tlecuiles de las hornillas de sus fogones, y en sus patios dejaba escuchar no sólo el trinar de los pájaros, sino el rebuznar de los burros, el mugir de las vacas, el relinchar de los caballos, el maullar de los gatos, el berrear de los becerros y el ladrar de los perros. ¡Paisaje auditivo que por desgracia se ha perdido!
Los niños lloraban unos en sus hamacas colgadas de las cumbreras de sus casas esperando que la madre les diera de comer, otros jugaban en el patio o en la calle, los juegos tan hermosos de sus épocas que se fueron.
Los campesinos trabajaban el campo llevando a sus hijos para enseñarles el arte de arar la tierra para tirar las semillas en el surco donde nacerán las plantas del maíz, del fríjol, de las habas, de las calabazas, de los chilacayotes, de las verduras.
Los campos cultivados eran escuelas abiertas de la agricultura en donde niños y jóvenes adquirieron el conocimiento de los diferentes tipos de tierra y las características de las semillas que deben sembrarse en surco y observar el proceso de germinación, de las mismas. La rotación de los cultivos para obtener mejores frutos y buena cosecha, así como el recoger o cosechar con la satisfacción constante del campesino y su familia.
Observar que tanto el bosque como todas las plantas evitan que los campos se deslaven con la lluvia, y que con sus raíces sostienen las capas terrestres evitando la erosión del suelo y cómo, al caer las hojas de los árboles, comienza el proceso de transformación de éstas y al pasar algún tiempo se convierten en tierras fértiles útiles a la agricultura; situación que obliga a la reflexión acerca de la importancia que tienen los bosques para la clarificación del oxígeno que respiramos humanos y animales.
Los abuelos enseñaban a los niños a conocer las plantas medicinales, alimenticias, venenosas, las de ornato y diversidad de las que dan belleza a los campos, así como las que perfuman nuestra atmósfera. Se les exigía a los niños y jóvenes que colaboraran en todas las actividades del grupo social al que pertenecen, actividades agrícolas, ganaderas, de colaboración social, de ayuda mutua de trabajos de cuadrillas o de equipos de cooperativas, así como deportivas, culturales, sociales entre otras más. Todo se hacía con gusto y con el deseo de vivir mejor y progresar.
Los hogares eran escuelas de trabajo y de acción donde las niñas aprendían el arte de bordar de moler a metate, de echar tortillas y de hacer frijoles y salsa de molcajete para que comiera toda la familia. Las cocinas de las casas se convirtieron en talleres donde se aprendía la hechura de dulces de frutas de temporada, y conservas de tejocote, de manzana, de pera, de capulín y de ciruelo. Las cocinas fueron talleres útiles para la vida de la mujer de Cuauhtenco donde se aprendían recetas para preparar el sabroso mole, los tamales, el atole, entre otras comidas propias de la alimentación del pueblo.
Las niñas aprendían a tejer, a bordar a deshilar a manejar La máquina de coser para confeccionar prendas de vestir, y donde aprendían a transformar la leche en quesos, cremas y dulces, para alimentar a la familia. Los Cuauhtenca desde entonces cultivan grandes ideales de belleza cultural, son hombres y mujeres virtuosos que además cultivaban su personalidad de grandes caballeros puntuales, decentes, hospitalarios, pulcros, alegres, emprendedores y progresistas.
La familia Cuauhtenca transmitía a sus hijos las costumbres, los usos, los modos de vivir con armonía, las tradiciones, los hábitos, las normas morales, las reglas de conducta, la religión, la lengua, el náhuatl y el castellano o sea la cultura en general de este rincón de la patria.
Son afortunados por vivir en este paraje maravilloso que formó la naturaleza que bien semeja un balcón a través del cual se disfruta el panorama de la Ciudad de los Palacios, un mar de luces que por las noches alumbra, y por el día contempla el panorama del volcán Popocatépetl, del Iztaccihuatl, del Teuctli, del Teocan y del Cuautzin que de sus riscos y peñascos bajan las águilas con sus alas abiertas majestuosamente y los búhos y las aguilillas, que cantando vienen con parvadas de pájaros, de calandrias, de tigrillos, carpinteros, cuicacochime y chupamirtos. ¡Que hermosos paisajes se observaban y hoy sólo se conocen por el recuerdo!
Escuchar las campanas de la iglesia a las siete de la tarde, para anunciar la hora de la oración, y darle gracias al señor todo poderoso por la vida, por el sol, por las flores, por los niños, por los hombres. Observar que los ancianos donde se encontraban ahí se quitaban el sombrero y levantaban los ojos al cielo extendiendo sus brazos y elevando una oración a su dios.
La familia encausaba la personalidad del niño, futuro ciudadano, haciéndolo participar en la solución de algunos problemas y necesidades, a través de un proceso de socialización desarrollando actitudes mentales de reflexión con un espíritu crítico, respetando sus gustos y preferencias. Deseaban tener hijos con una formación integral físicamente, inteligentemente aptos para resolver problemas de la vida, moralmente sanos y socialmente útiles a todo grupo social al igual que así mismos.
Las normas morales de conducta de una familia exigían a sus hijos lavarse las manos antes de comer y después de cualquier alimento. Evitaban dejar la cuchara dentro de la taza o sonar el plato con la misma durante la comida o meter el cuchillo a la boca. Se exigía a los jóvenes lavarse la cara, peinarse, vestirse correctamente y bañarse con frecuencia. Es incorrecto rascarse la cabeza o la piel en público, escupir, arreglarse las uñas, limpiarse los dientes, utilizar palillos, masticar el bolo alimenticio con la boca abierta, al igual que realizar sonidos de absorción cuando se bebe, así ordenaban los mayores
Se evitaba que los jóvenes se recargaran en el respaldo de la silla sosteniendo a ésta con las patas traseras de la misma y meciéndose en ellas. Se prohibía quitarse los zapatos, poner los codos sobre la mesa cuando se tomaran los alimentos. ¡Consejos que tenían que obedecer los hijos!
Cuando se toman los alimentos, decían los mayores, deben sentarse correctamente cerrando las piernas, colocando la mitad del antebrazo sobre la mesa, no bostezar, y les decían que las cualidades morales más importantes que tenían que practicarse en la familia eran:
- Bondad
- Justicia
- Valor
- Serenidad
- Firmeza
- Constancia
- Perseverancia
- Humildad
- Lealtad
- Templanza
- Confianza
En su conjunto, marcan la personalidad de los hombres y, desde luego, toda esta información se compartía teniendo el tlecuilli como centro de calor y de enseñanza. Porque desde ahí se completaba la información diciendo las reglas que tiene que seguir el niño para protegerse:
- No tirar cáscaras de fruta en el piso.
- No subir a las ramas de los árboles solo por travesura.
- No colgarse de los vehículos en movimiento.
- No tocar apagadores ni cables eléctricos.
- No jugar con cadenas y navajas-
- No meterse agujas clavos lápices o cualquier otro tipo de objeto a la boca.
- No entrar o penetrar en lugares que no son propios.
- No jugar a tirar piedras a otros, y todo se complementaba ordenando.
- Buenos modales y expresiones de cortesía.
- Dar las gracias. Muchas gracias. Muchísimas gracias. Mil gracias. Mis agradecimientos. Usted dispense. Perdone usted. Con permiso de usted. ¿Usted me permite? Tenga la bondad. Sea usted tan gentil. Como usted guste. No hay de que.
Funciones de la familia
Las funciones de la familia Cuauhtenca las podemos observar desde tres puntos de vista, desde el punto de vista biológico, económico y cultural. La función Biológica de la familia es procrear a los hijos, protegerlos, cuidarlos, vigilar su desarrollo físico y su crecimiento saludable.
En el aspecto Económico es responsabilidad del padre proveer los recursos económicos necesarios para la subsistencia de la familia, la madre en muchas ocasiones también contribuye económicamente en este aspecto.
En el aspecto Cultural es la familia la encargada de impartir la enseñanza de hábitos, de buenas costumbres sistemáticamente, «Preparación para la vida futura», a través de una educación armónica con el ejemplo de los padres por medio de algunos proverbios o reglas de conducta de personajes ejemplares, de consejos, de sugerencias, la familia es una institución solidaria, en ella se enseña y se practica la vida en común, la vida mutua, las tareas, se practica la solidaridad, la obediencia, la cooperación, la responsabilidad y el respeto . Se enseña a los hijos algunas prácticas solidarias.
Los padres vigilaban a los hijos para que saludaran con la mano a los abuelos. Al abuelo se le debía decir papacito a la abuela mamacita se les besaba la mano el tono de la voz de los niños era dulce cariñosa y atenta. Los abuelos contaban leyendas cuentos historietas, refranes invitados a los chiquitos a imaginarse los pasajes más importantes de una narración, les exigían escuchar atentamente.
Las obligaciones
Las obligaciones tenían que obedecerlas y sólo así se obtenían algunos derechos como miembros de una familia. Las normas de conducta dadas por el padre o por los viejos abuelos tenían que obedecerse sin excusa y sin pretexto. La hora de llegada después de haber salido, la selección de las amistades, el saber escuchar, el saber cumplir las reglas que más les convienen dentro de la familia.
No aceptan la falsedad, ni la hipocresía, los hijos tienen que ser tolerantes, pacientes, compresivos, humildes de corazón, sinceros y solidarios, solo de esta manera, se logra –decían los abuelos– formar ciudadanos útiles y de una fuerza moral suficiente para hacerlos triunfar.
2 de agosto de 2007. ♦
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Acotación al margen del presente artículo
Hace algunos días, al buscar un documento, la doctora en Educación de las Ciencias Ingenierías y Tecnologías por la UDLAP, Esther Caldiño Mérida, encontró en su computadora el presente trabajo que escribió su señora madre, María Esther Mérida González, en el año 2007 sobre el pueblo de San Salvador Cuauhtenco y sus pobladores, con el título de «¡Recuerdos maravillosos!»
El pasado 22 de septiembre se cumplieron siete años de haber trascendido de quien también fuera colaboradora de la Revista Nosotros, por lo que la doctora pensó conveniente en compartirlo con los lectores y lectoras de nuestra publicación. Sin embargo, debido a que esperábamos incluirlo en una de nuestras ediciones impresas los días transcurrieron sin que eso fuera posible, de ahí que lo hagamos hasta ahora.
Al enviarnos el texto, la doctora Caldiño Mérida nos escribió lo siguiente: «Estoy segura de que mi madre estará super contenta por saber que estoy compartiendo algo que escribió con tanto amor, sin duda alguna, para todos aquellos que la conocimos. Será hermoso recordarla al leer cada frase plasmada en este texto. Mamita hermosa en mi recuerdo siempre, honrándola con cada enseñanza que me heredo. ¡Todo con amor!»

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