A mí también me tocó ser ferrocarrilero y aplaudo el regreso del tren
Por Efrén Camacho Campos
Para nadie resulta fácil abstraerse cuando escuchamos en la radio alguna vieja canción de nuestra otrora adolescencia, como es el caso de No te cases con un ferrocarrilero (Never Marry A Railroad Man), la cual fue un éxito del grupo Shocking Blue, cuya melodía me hizo recordar que no fui precisamente un rompe corazones, sino más bien que en los denominados años mozos, también fui un ferrocarrilero, más por azar que por convicción.
En esos años de formación universitaria, buscando alguna oportunidad de adquirir experiencia y, asimismo, por qué no decirlo, a esa edad «te parece que el mundo es una manzana», llegué a la estación Buenavista. Sí, esa, donde ahora se ubica la Biblioteca Vanconcelos (José Vasconcelos Calderón). Frente a ella, destacaba –y aún lo hace– un edificio triangular de color blanco en su totalidad, con grandes vidrios –dicen los que saben que de un estilo conocido como arquitectura moderna o art nouveau–, donde en la década de los 70 albergó la Torre de Ferrocarriles Nacionales de México (FNM), ya que ahí se ubicaban las oficinas administrativas. Su construcción inició en 1968 y finalizó en 1970. En la actualidad es parte de las oficinas del ISSSTE. Este edificio, visto desde las alturas asemeja una Y, o bien, «al mirarlo de frente da el aspecto de un libro abierto».
Al llegar a piso 8, Departamento de Relaciones Públicas, busqué al jefazo, septuagenario, agradable y bonachón, a quien no sin cierto temor le expresé mi interés de que se me brindara una oportunidad para practicar lo aprendido durante mis clases de periodismo. Creo que le caí bien, porque sin mucho dudarlo me preguntó si podía empezar al día siguiente. Imaginen mi sorpresa.
Tal vez, al continuar con esta lectura, alguien podría pensar o decir «muy interesante», bajo la connotación que María Félix dio a su respuesta cuando la entrevistaban y, para no decirle «me vale madre», simplemente espetó esas palabras.
Bueno, pues con todo y ese riesgo, aquí voy con la historia. Al iniciar mis prácticas profesionales, como marcan los cánones, me presentaron con el personal de la oficina y me sorprendió que la mayoría –varones, ninguna mujer– podrían ser mis abuelos. ¿Sería una especie de premonición de la desaparición de los ferrocarriles durante el gobierno de Ernesto Zedillo? Porque durante el periodo de 1996 a 1998 este presidente privatizó el sistema ferroviario mexicano, por la cantidad de «1,400 millones de dólares» y tiempo después, el ahora defensor de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, «es socio de la empresa ferroviaria estadunidense Kansas City Southern, e integrante del consejo de administración de la empresa ferroviaria Union Pacific».
Con esa medida de privatización, se cerraron los Ferrocarriles Nacionales de México, empresa mexicana creada por Porfirio Díaz en el año de 1907 y, por consecuencia, se echó por el caño una forma de fomentar la actividad económica y comercial del país; pero no solamente eso, se envió a la calle a 15,500 trabajadores ferrocarrileros.
De acuerdo al portal sinembargo.mx, del 28 de febrero de 2019, en nota de la periodista Dulce Olvera se dice que las «las líneas concesionadas cubrieron 22 mil 130 kilómetros de vía, el 84 por ciento de la red ferroviaria, y el 95 por ciento del sistema ferroviario nacional a finales de la década de los 90; el personal empleado era de 15 mil 500 personas y se contaba con mil 220 locomotoras y 254 mil carros de carga, de acuerdo con el Instituto Mexicano del Transporte (IMT).
Para 2017, la infraestructura ferroviaria en México suma un total de 23 mil 366 kilómetros de vía en operación, de acuerdo con la Agencia Reguladora de Transporte Ferroviario (ARTF)».
Aquí en Aguascalientes, donde radico, el estado tiene una larga historia ferrocarrilera, ya que según fuentes de información «la máquina de vapor traería al estado de Aguascalientes nuevas ideas y nuevas formas de organización social. Los ferrocarriles se introdujeron en esta entidad en 1884, para comunicar a la ciudad con el centro y norte de la República, y seis años más tarde con el Golfo de México, todo dentro de la Compañía del Ferrocarril Central»1.
Eventualmente, coincido con viejos trabajadores ferroviarios, con quienes tengo el privilegio de platicar acerca de esta actividad, a la cual pertenecí poco tiempo. No dejan de añorar esa etapa de su vida, de la cual fueron arrancados de tajo y, sin embargo, aplauden que el actual gobierno haya vuelto a poner en la mira otra vez a los ferrocarriles, como un elemento de desarrollo regional, con la puesta en operación del Tren Maya y el Tren Interoceánico del Istmo de Tehuantepec, pero lo único que lamentan es que, tal vez, no vuelvan a ver el auge ferrocarrilero en tierras hidrocálidas.
Finalmente, como es ya costumbre en mis colaboraciones para Nosotros, recuerdo otra excelente novela de la maestra Elena Poniatowska, El tren pasa primero, en la cual aborda el tema sobre el movimiento ferrocarrilero mexicano. ¡Hasta la próxima! ♦

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