La Santa Inquisición, castigo, martirio, tortura y hoguera a herejes

• La vida de Tomás de Torquemada dio inicio como confesor de los reyes Isabel y Fernando, al convencerlos para que se instaurara el Tribunal se convirtió en el primer Inquisidor General

Por Manuel Garcés Jiménez*

Fue la Santa Inquisición el núcleo del castigo, el martirio, la tortura y de la hoguera desde los primeros siglos de la fundación de la Iglesia universal en España e Italia, hasta su desaparición en 1820 en la Nueva España, organización dirigida por papas, obispos y cardenales con el apoyo de reyes durante el siglo IV, creyendo que su sacrosanto debería ser en exterminar las herejías, por lo que Constantino y sus sucesores dictaron leyes civiles contra la herejía por considerarlas crímenes que se pagaban por medio de severos e inhumanos castigos con la confiscación de bienes.

El alto clero, los papas, obispos y arzobispos, tuvieron en sus manos el poder directo de castigar corporalmente a los herejes imponiéndoles las penas más severas como la flagelación, el destierro y la deportación, hasta llegar a la quema de los cismáticos. ¡Así era tan ciego el fanatismo religioso en Europa de aquellos tiempos y, en menor medida, hasta el México independiente!

En España, con el advenimiento del pontífice Inocente III en 1198, se sostuvo el sistema adoptado por la Iglesia. Unos meses antes de su muerte, fue autorizado que el fraile Domingo de Guzmán fundara una Orden destinada a predicar con más fuerza en contra de la herejía. El Papa accedió a ello con júbilo, lo cual Domingo de Guzmán impuso la regla de San Agustín y la Milicia de Cristo.

Pedro Mártir de Verona fue tenido y aclamado Patrón y tutelar de todos los Tribunales de la Santa Inquisición. | Fotografía: AGN, Inquisición vol. 1517, exp. 8, f. 75.

El Papa Honorio III, sucesor de Inocencio III, quedó satisfecho de la conducta del fraile Domingo de Guzmán, a quien le autorizó la propagación de esta orden en todos los Estados de la cristiandad. Tempo después, los frailes dominicos pronto estuvieron instalados en España e Italia, siendo España donde se estableció oficialmente la inquisición en el año de 1232, aunque se tiene conocimiento que ya existían antecedentes desde el año del 1221, donde ya se manifestaban varios síntomas de herejía, lo cual el Papa Honorio se vio obligado a decretar una encíclica contra los herejes en Italia, logrando que el emperador Federico II le diera más fuerza de poder a los inquisidores.

En la época de Gregorio, éste lanzó su bula de excomunión contra todos los herejes en el año de 1231, cuando España se encontraba dividida en cuatro estados cristianos: a) el de Castilla, y después no tardaron en unirse los reinos mahometanos de Sevilla, Córdova y Jaén; b) el de Aragón, cuyo soberano fue nombrado monarca de los reinos de Valencia y Mallorca; c) el de Navarra y, por último, d)  el de Portugal. En esos estados ya existían conventos de frailes dominicos, debemos suponer que ya operaba la inquisición anterior a 1232.

Cabe señalar que instaurada la inquisición en Cataluña, el obispo de Tarragona celebró un concilio provincial en el que se determinó la forma de proceder contra los herejes y las penitencias canónicas a imponer según el caso.

Alentados y protegidos por el rey de Aragón y el rey de Francia Luis IX, los inquisidores se dedicaron ardorosamente a la búsqueda minuciosa de herejes, y  de las cenizas de los que ya descansaban en paz, fueron violadas de las tumbas de muchos sedicentes herejes donde los huesos se entregaban para ser arrojados a las hogueras.

Durante las ejecuciones y los destierros se les confiscaron los bienes que llegaron a ser cuantiosos. A mediados del siglo XV, a la inquisición le empezaron a faltarle víctimas, por lo que bastaba una leve sospecha para que un desdichado ciudadano fuese objeto de persecución, juicio, tormento y hoguera.

Una de las torturas más comúnes y que se aplicaban a supuestos herejes para lograr una confesión

Cabe señalar que Castilla tuvo inquisidores generales nombrados por el Papa Bonifacio IX. Cuando un fraile era nombrado inquisidor lo anunciaba el rey, el cual al instante ordenaba a todos los tribunales del país que el nuevo inquisidor debía ejercer su cargo y que se le proporcionaran toda la ayuda posible, que les dieran alojamiento con todas las comodidades necesarias para el desplazamiento de pueblo en pueblo.

Cuando un inquisidor daba la absolución, se le reconciliaba imponiendo las siguientes penitencias: todo el día de Todos los Santos, la Navidad, la Epifanía y la Candelaria, así como los domingos de la Cuaresma, el reconciliado acudiría a la catedral para tomar parte en la procesión, en camisa, descalzo y los brazos en cruz; sería azotado por el obispo o el cura, salvo el Domingo de Ramos. Esta penitencia debía durar tres años, sólo cuando era ligeramente sospechoso; cinco años si era fuertemente sospechoso, y siete para los violentamente sospechosos.

Durante el siglo XIV apareció el peor y nefasto inquisidor de España, el fraile Tomás de Torquemada, fue la época cuando los judíos mantenían las riquezas y los cristianos católicos no podían competir con ellos, inclusive llegaron a ser sus deudores, lo cual el Papa Sixto IV y el rey Fernando V establecieron en España la moderna inquisición a fin de poder castigar y confiscar las propiedades de los judíos.

Hoy en día aún se perciben síntomas de la Inquisición en regímenes políticos contra la libre expresión

La vida de Tomás de Torquemada dio inicio como confesor de los reyes Isabel y Fernando, su esposo, quienes se oponían a un nuevo tribunal; al convencerlos, Tomás de Torquemada se convirtió en el primer Inquisidor General, por lo que fue proclamado el 2 de enero de 1481, declarando a todos los emigrantes convictos de herejía,  enviándolos bajo escolta a Sevilla, secuestrando todos sus bienes materiales bajo pena de excomunión, además de la confiscación de sus tierras, entre otras cosas.  

Con Torquemada, el Santo Oficio comenzó sus más crueles ejecuciones. A cuatro días después de su instalación en Sevilla, ya habían sido quemados seis condenados,  dieciséis sufrieron la misma suerte unos días más tarde y, en menos de seis meses, unos trescientos nuevos cristianos habían padecido la prueba del fuego; otros sesenta y nueve estaban condenados a prisión perpetua… y todo esto sólo en la ciudad de Sevilla. En otras partes de la provincia fueron entregados a la hoguera; en ese mismo espacio de tiempo lo fueron más de dos mil más fueron quemados, y diecisiete mil sufrieron diversas penas canónicas.

Con estas horripilantes muertes se dio a conocer la bula del Papa Sixto IV en el año de 1483, dando lugar a nuevas medidas, entre las cuales se contaba el decreto por el que la inquisición adquiría la forma de tribunal permanente con un jefe al que debían someterse todos los inquisidores en general y en particular.

Al respecto, el fraile Tomas de Torquemada tuvo bajo su mando a todas las provincias de la corona, como la de Aragón y de Castilla con los inmensos poderes confirmados por el Papa Inocente VIII y sus sucesores.

La inquisición llevó a cabo el acto de fe, pero, ¿qué significaba un auto de fe? El Santo Oficio tenía por costumbre celebrar dos clases de auto de fe, el particular y el general.

El auto de fe particular tenía lugar varias veces al año en fechas fijas como el penúltimo Viernes de Cuaresma, y otros días determinados por los inquisidores. El número de víctimas en estas ejecuciones era menor.

Imagen de la Santa Inquisición

Los de auto de fe generales se celebraba al menos considerado como espectáculo para las grandes ocasiones, como el advenimiento al trono de un soberano, su casamiento, el nacimiento del heredero  y los aniversarios de días memorables donde la Inquisición festejaba para los reyes católicos. Un mes antes del fijado para el auto de fe general, los miembros de la inquisición se dirigían en procesión con un estandarte desde al palacio del Santo Oficio a la plaza mayor donde se celebraría la ejecución. El día de la ejecución, a las siete de la mañana, el rey, la reina y toda la corte, salía a los balcones. A las ocho, la procesión surgía del palacio de la Inquisición y se dirigía a la plaza con el siguiente orden:

Cien hombres carboneros armados con lanzas. Éstos tenían el derecho a figurar en la procesión porque eran los que proporcionaban la madera (leña) destinada a quemar a los herejes. Continuaban los frailes dominicos precedidos por una cruz blanca. En el desfile aparecía el estandarte de la inquisición de damasco rojo bordado, por un lado el escudo de España y en el otro una espada desnuda rodeada  por una corona de laurel, todo presidido por los grandes hombres de España y familiares de la inquisición.

Durante el desfile se encontraban los que debían sufrir penitencia leve quienes marchaban delante con los pies descalzos y la cabeza descubierta, ataviados con un sambenito[1], de tela tosca, una cruz de San Andrés en el pecho y otra en la espalda. 

Después iban los condenados al látigo, a las galeras y a los calabozos. A continuación, los que habiendo evitado el fuego con sus confesiones sólo serían estrangulados, los cuales llevaban un sambenito en el que estaban pintados las llamas y demonios; en la cabeza ostentaban un bonete de cartón de unos tres palmos de alto llamado coroza, pintado igual que el sambenito.

Todos los que debían ser quemados vivos marchaban en último lugar, vestidos como los anteriores, con la diferencia de que las llamas pintadas en su sambenito eran ascendentes. Todos los que iban a morir estaban acompañados por dos familiares y dos religiosas. Cada condenado llevaba en la mano un cirio amarillo.

Durante la procesión estaban los Consejeros de la Suprema, inquisidores y los clérigos que cerraban la marcha. El gran inquisidor iba al último, revestido con una sotana morada, escoltado por guardaespaldas.

Cuando la procesión llegaba a la plaza, un sacerdote empezaba a decir misa, el gran inquisidor descendía de su trono y tras ponerse una capa y una mitra, se aproximaba al balcón real para que el monarca pronunciara el juramento, por el que los reyes de España se comprometían a proteger la fe católica y a extirpar toda herejía y apoyar a la Inquisición.

Finalmente, un fraile dominico pronunciaba un sermón contra todas las herejías, después el relator del Santo Oficio empezaba la lectura de las sentencias a cada condenado. Al final de la lectura el gran inquisidor abandonaba su puesto pronunciando la absolución de los reconciliados; los condenados a perder la vida eran entregados al brazo secular conducidos al quemadero para sufrir la muerte.

A tales formalidades y ceremonias empleadas en tan bárbaras ejecuciones, tenían la osadía de llamar autos de fe, y a las que el rey y su corte acudían como a una gran fiesta.

Las acciones de Tomás de Torquemada realizadas en Castilla ocasionaron la irritación de los judíos de Aragón, es por ello que los habitantes de Zaragoza se conjuraron contra la inquisición, decidiendo sacrificar a dos inquisidores con el fin de asustar a los demás, por lo que fue herido el inquisidor Pedro Arbués, ocasionando su muerte el 17 de septiembre de 1485. Su memoria fue honrada con solemnidad por la Iglesia Católica, y estuvo a punto de ser considerado patrón de la inquisición y protector de los miembros del Santo Oficio, siendo beatificado en el año de 1664 durante el pontificado de Alejandro VII.  

La inquisición, no conforme con las prácticas llenas de terror a los que se les consideraban herejes, también centró su atención en los libros que fueron blanco de exterminio, por lo que Tomás de Torquemada se aprovechó de todas las ocasiones para extender sus derechos y su jurisdicción sobre los productos de la imprenta; para ello, en 1490 empezó por quemar las biblias hebreas en un auto de fe celebrado en Salamanca, con el pretexto de que estaban plagadas de errores del judaísmo.

En otro acto de fe, Torquemada ordenó que ardieran más de seis mil volúmenes que se habían calificado de peligrosos para el catolicismo, entre los libros existían obras de un valor incalculable. La insolencia de Tomás de Torquemada le llevó a destruir toda la biblioteca de don Enrique de Aragón, príncipe de sangre real, juntando así con su vandalismo a la literatura, la ciencia y las artes, con la teología y las prácticas y supersticiones de la hechicería.

La historia negra de la tiranía y la crueldad de Torquemada no tuvo límites, quedando además en la invención de los instrumentos de tortura como el potro, del goteo de agua, el estiramiento de huesos y músculos, de argollas, grilletes para cortes de manos y lengua.

Un cálculo aproximado dio unas diez mil doscientas personas muertas en la hoguera, seis mil ochocientas sesenta condenadas a otras penas, y en la confiscación de sus bienes unas noventa y siete mil trescientas noventa.

El abuso de Tomás de Torquemada, hizo posible todo lo anterior debido a sus inmensos poderes durante los 18 años que transcurrieron desde su nombramiento de Gran Inquisidor General de España, hasta el 16 de septiembre de 1498, día de su muerte.  

La Inquisición en la Nueva España

Durante el siglo XVI, cuando se consolida la invasión y conquista de América, trae aparejada la consolidación del poder de la corona española tras la caída de Granada y el fin del dominio musulmán en 1492. Siendo la Iglesia Católica la clave para legitimar y expandir esta autoridad en las nuevas tierras, al unificar a la vez los territorios bajo la corona de España. Consolidándose este poder más imperativo, se controlaba a la población no católica, especialmente a los musulmanes, judíos, gitanos y sus descendientes.

La implantación del catolicismo en América dio inicio en 1524 con el arribo de los primeros frailes evangelizadores franciscanos con fray Martín de Valencia, su primer comisario, quien también ostentó el título de juez inquisidor para garantizar la supremacía de la nueva religión y el destierro del paganismo. Fray Juan de Zumárraga obtuvo cargo similar al ser designado el primer arzobispo de México.

En 1571, Pedro Moya de Contreras fue designado como inquisidor cuando el Tribunal del Santo Oficio quedó formalmente instalado para ocuparse de los casos de blasfemia, herejía, judaísmo, luteralismo, y la práctica de brujería o cualquier situación que se considerara opuesta a la ortodoxia.

Una vez establecido formalmente el Tribunal de la Inquisición en América en 1569[2], se impusieron reglas de control para los alárabes.

La historia de las comunidades judías en Nueva España comenzó con el Edicto Real del 31 de marzo de 1492, por el que los Reyes Católicos confrontaron a la población hebrea de la Península Ibérica con una disyuntiva lapidaria: la conversión forzosa al cristianismo.

Al respecto, en Nueva España se siguieron procesos contra judaizantes, aunque únicamente doce fueron juzgados y reconciliados en el auto de fe el 2 de abril de 1635.

La Santa inquisición en la Nueva España es analizada durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Debemos hacer hincapié que el adjetivo de Santa es con el fin de poder justificar o esconder sus acciones negras entre la población, dejando huellas imborrables no muy gratas registradas en la historia de nuestro país.

Se tiene conocimiento que el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Nueva España fue establecido según real célula de 1569, por mandato del rey Felipe II. Su función principal era encontrar, censurar y castigar aquellos actos considerados contrarios a la fe, las buenas costumbres y la moral cristiana.

El tribunal era dependiente directo del Consejo de la Suprema y General Inquisición de España. Anterior a este decreto oficial, el obispo Juan de Zumárraga ya había establecido en 1536 el Santo Oficio de México en el Palacio Episcopal, tras haber sido nombrado inquisidor general apostólico para la Ciudad de México, por parte del inquisidor general de España y arzobispo de Sevilla, don Alonso Manrique.

Los delitos más perseguidos por el Tribunal eran la herejía y la brujería, aunque hay registrados muchos otros como la idolatría, la hechicería, la blasfemia, la poligamia, la bigamia, el amancebamiento, la adivinación, la superstición, la fornicación y la fautoría, entre otros casos. 

A este respecto, cabe recordar que desde 1215, el Cuarto Concilio de Letrán ordenó que los fieles se confesaran al menos una vez al año, ya que la clerecía conocía su utilidad como herramienta para procurar la salud espiritual de los feligreses. En España e Indias, los confesores debían notificar al tribunal del Santo Oficio y las audiencias episcopales si los penitentes cometieron herejía o algún otro delito contra la fe, lo que reforzaba su práctica judicial.

La disposición de la herejía facultó a los obispos para encargarse directamente de la averiguación y el castigo de los herejes al interior de sus diócesis, siendo los frailes dominicos y algunos miembros de otras órdenes religiosas que contaron con designaciones se les conociera como los inquisidores apostólicos de la Nueva España.

El tribunal del Santo Oficio de la inquisición de Nueva España fue establecido según real cédula de 1569 por mandato del rey Felipe II. Su función principal era encontrar, censurar y castigar aquellos actos considerados contrarios a la fe, buenas costumbres y moral cristiana. Asimismo, sucedía con los libros que circulaban o se imprimían en Nueva España para poder evitar la proliferación de ser considerados libros prohibidos. Este tribunal era dependiente directo del Consejo de la Suprema y General Inquisición de España. Anterior a este decreto oficial, el obispo Juan de Zumárraga ya había establecido desde el año de 1536 el Santo Oficio de México en el Palacio Episcopal, tras haber sido nombrado inquisidor apostólico para la Ciudad de México, por parte del inquisidor general de España y el arzobispo de Sevilla, don Alonso Manrique.

Los delitos más perseguidos por el Tribunal eran la herejía y la brujería, aunque hay registrados muchos otros como la idolatría, la hechicería, la blasfemia, la poligamia, la bigamia, el concubinato, la adivinación, la superstición y la fornicación.

Hacemos hincapié que el delito de blasfemia consistía en un discurso injurioso hacia Dios ya fuese directa e indirectamente; blasfemar implicaba ofender a Dios o a los santos religiosos. Los negros esclavos, después de los blancos, fue el segundo grupo más juzgado por la inquisición de estas tierras. La causa principal de blasfemia de la población negra esclava fue el ser librados de los azotes, los cuales a veces eran conjugados con otros castigos como pesos en los pies o quemaduras sobre la piel, en función del deseo morboso de lastimar de sus amos, aun cuando en ocasiones fuesen los mayordomos o capataces (a veces negros) los que tomaran la justicia por su mano, al ser los que aplicaban el azote.

Cabe señalar que no sólo la comunidad negra era denunciada y procesada por la Santa Inquisición, pues existen casos que fueron escandalosos como el del cacique de Texcoco Carlos Ometochtzin, nieto de Nezahualcóyotl, quien fue acusado de idólatra y dogmatizante; condenado a muerte. Ante su arrepentimiento, se le libró de ser quemado vivo por intervención directa del obispo Juan de Zumárraga.

La huella de los dominicos y la inquisición han sido parte de la historia de la Ciudad de México desde la llegada de esta orden mendicante en 1526 y la fundación de conventos y la edificación del Tribunal del Santo Oficio en 1732 en Santo Domingo, encomendada a los mismos frailes.

En esta obra de la inquisición destaca la combinación de tezontle y cantera, las formas mixtilíneas y ochavadas (es decir, la forma que resulta al recordar las esquinas de un cuadrado, brindándole ocho caras homogéneas) y la predilección por el orden clásico de sus columnas.

Su edificación es atribuido al arquitecto Arrieta quien nació en Real de Minas de Pachuca en el hoy estado de Hidalgo. Su llegada a la Ciudad de México fue en 1670 cuando contaba con tan sólo 14 años de edad. Su actividad arquitectónica se desarrolla entre 1691, fecha de su examen profesional como Carpintero de lo Blanco y Arquitecto de primer orden, falleció en el año de 1738.

Diseñó el inmueble con portada chata, es decir, con una planta cuadrada con una esquina ochavada, sello del arquitecto que, a su vez, brinda mayor protagonismo a la fachada que la integra a la plaza. Cabe mencionar que este proyecto no se correspondió con el original enviado a España para su aprobación, sino que cuando dio inicio la obra, en 1732, se decidió seguir un nuevo diseño, entre otras cosas, otorgándole mayor lucimiento al inmueble.

El Palacio de la Inquisición tuvo vida como tal durante casi dos siglos. En 1820, el Tribunal del Santo Oficio fue abolido y su sede abandonada por los inquisidores. En 1838, hubo un primer intento por conferirle un nuevo uso a través de una subasta pública; sin embargo, la leyenda negra de la inquisición aún manchada en sus muros, nadie se atrevió a adquirirlo. El inmueble pasó por muchos usos en la década posterior, desde sede del Arzobispado y de la Lotería Nacional, hasta Cuartel Militar. No fue sino hasta 1854 que encontró una renovada vocación como Escuela de Medicina, la cual duraría hasta el año de 1956, cuando ésta se traslada a Ciudad Universitaria como Facultad de Medicina.

Fue en este inmueble donde vivió y  murió uno de los personajes más destacados que pasaron por sus aulas, el poeta romántico Manuel Acuña, oriundo de Saltillo, Coahuila, quién se inscribió en la Escuela de Medicina el 31 de enero de 1868, pero continuó ejerciendo su otra gran pasión con fervor: la poesía. Ambas vocaciones, la médica y la poética confluyeron en los mismos muros, pues debió ser en su cuarto de estudiante donde escribió los versos de lo que se convertiría en una de sus más grandes obras, «Ante un cadáver».

Las crónicas de esos años establecen que fue en su dormitorio marcado con el número 13 donde finalmente se quitó la vida el 6 de diciembre de 1873, al ingerir cianuro de potasio.

Es recomendable visitar este museo donde se recorre la historia desde la época prehispánica, que consta de las salas del México Antiguo, Sala Alimentos, Sala Dioses, Sala Tzompantli, Sala Temazcal y Sala Herbolaria; las salas Siglo XVI, Siglo XVII-XVIII, Siglo XI y una botica del Siglo XIX, así como diferentes salas de especialidades en las que podemos encontrar la Sala de Ceras, con enfermedades dermatológicas y de trasmisión sexual, entre otras. ♦

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Bibliografía:

Calambria, Andrés Hernán. Los crímenes de la Inquisición. Fapa Ediciones, Barcelona, España, 2002.

Galland Camacho, Nuria. González Illescas, Verónica (Coordinadoras). Tiempos de Inquisición: herejes, infieles, brujas y hechiceros. Facultad de Medicina, Palacio de la Escuela de Medicina, UNAM, México, 2024.

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* Presidente del Consejo de la Crónica de Milpa Alta


[1] Aclaremos que el sambenito era un capotillo que se ponía a los penitentes como nota infamante.

[2] Felipe II emitió la Cédula el 25 de enero de 1569.

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