Improntas agustinas presentes en campanil de iglesia de San Andrés Mixquic

• Yace aún de pie la torre del campanario, tesoro arquitectónico que formaría parte del primer conjunto conventual que se hallaba, y el que quizás haya sido una de las edificaciones más tempranas erigidas por la Orden de San Agustín en la Nueva España

Por: Miguel Contreras Pineda* | Cronista de la Orden de San Agustín

El hombre medieval vivía efectivamente en un mundo poblado de significados, remisiones, sobre sentidos, manifestaciones de Dios en las cosas, en una naturaleza que hablaba sin cesar un lenguaje heráldico, en la que un león no era sólo un león, una nuez no era sólo una nuez, un hipogrifo era tan real como un león.

Umberto Eco

Por lo general, toda edificación religiosa construida en tiempos novohispanos suele poseer obras plásticas con algún tipo de simbología e iconografía que nos remite diversos mensajes pudiendo ser alusivos, metafóricos, alegóricos, figurados, imaginarios, representativos y emblemáticos. En la mayoría de las veces, estas piezas se encuentran a la vista directa del devoto y del público que visita estos lugares; en otros, su disposición dificulta apreciarlas a detalle, por lo que, en algunos casos, pasan desapercibidas. Este es el caso del campanil del templo consagrado bajo la advocación del Apóstol San Andrés en Mixquic, Ciudad de México, cuya singularidad también cobra notoriedad porque la torre no se encuentra adosada a su iglesia, sino que dista a unos cuantos metros de ella y de la cual, además, se podría mencionar que no cuenta con ninguna iconografía agustina a la vista, salvo por la fecha de 1620 que nos alude a la temporalidad agustiniana en la comunidad y que se encuentra inscrita en la fachada del templo.

Dicho lo anterior, yace aún de pie la torre del campanario, tesoro arquitectónico que formaría parte del primer conjunto conventual que se hallaba, y el que quizás haya sido una de las edificaciones más tempranas erigidas por la Orden de San Agustín en la Nueva España. Así pues, levantado con manos firmes, piedra por piedra y con el sudor de nuestros antepasados, se alzaría esta estructura. Si bien, entre uno de los propósitos de su constructor sería que el edificio tocara el cielo para así tener el control visual del territorio, también lo sería, desde luego, el lugar para alojar a sus campanas y con ello brindar un paisaje acústico.

Pero qué decir de estos instrumentos sonoros, pues como se sabe, ciertamente, poseen un lenguaje, el cual radica en las diversas formas de tañerlas, y es que a lo largo del tiempo, cuando nadie poseía un reloj, eran los toques de campana los que regían, es decir, los que marcaban las horas, pues daban aviso sobre hechos cotidianos del pueblo como convocar a las ceremonias que tendrían lugar en la iglesia, avisaban cuando había un difunto y, en ocasiones extraordinarias, hasta cuando se avecinaba algún conflicto o catástrofe. De ahí que, al escuchar su sonoridad, se le podía relacionar sentimental y emocionalmente con la población, ya que representaría desde júbilo, hasta tristeza pasando también por el asombro. Vale la pena señalar que los agustinos fueron una de las órdenes religiosas que propagaron el uso de estos instrumentos y sus diversos toques.

Pareciera increíble señalar que la importancia que guarda este recinto no radica propiamente en sus campanas, sino que ahí mismo, en la torre, se localiza una serie de improntas que nos podrían insinuar, entre otras cosas, una posible aproximación en la data de la edificación y a plantear qué y quiénes se encuentran plasmados en dicha estructura. Hasta el momento, no existe registro historiográfico que dé cuenta de cuándo y quién fue el arquitecto y el artífice constructor. Los registros que hay sólo se limitan a unas cuantas referencias lacónicas en torno a aquella primera edificación. Además de ello, tenemos que las numerosas restauraciones que ha sufrido este inmueble, principalmente durante el siglo XX, tanto por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), como por parte de los patronatos y mayordomías del pueblo, que a decir verdad de estos últimos, tanta ha sido su iniciativa que, en muchas ocasiones, han terminado por romper con la genuinidad y diseño del edificio, pues han modificado la disposición de estas obras plásticas (grabados en piedra), de manera que se pierde el sentido del mensaje que nos quería remitir su constructor.

Con relación al primer punto, es necesario puntualizar lo dicho por Robert Ricard:

[…] Es sumamente difícil fijar la cronología de la diáspora apostólica y las fundaciones monásticas en la Nueva España. Los textos se hallan ayunos de indicaciones precisas, ya sea que se trate de correspondencias, de memorias, de crónicas semioficiales o de documentos administrativos. Algunas veces hacen punto omiso de la cronología, a veces se contentan con dar cifras redondas, apenas aproximadas… Al estudiar sus datos, fácil es llegar a la conclusión o de que se contradicen, o de que no se pueden armonizar… Aumenta a menudo la confusión, pues no podemos determinar a qué hecho se refiere precisamente la fecha que se nos presenta. No se precisa casi nunca si se habla de la primera instalación de los misioneros en determinado sitio, o del principio de la construcción de la casa la cual puede ser, además, o un suntuoso monasterio o una humilde residencia, o, finalmente, de la erección canónica del convento […] (Ricard, 1986: 138-139).

Cabe mencionar que la erección canónica del prístino conjunto conventual en Mixquic se dio en el año de 1555 (Sicardo, 1996: 135-136). También tenemos que el padre fray Alipio Ruiz Zavala citaría que en el Archivo de la Curia General Agustiniana se hallan ausentes varios textos en los que se registraban las actividades y documentación generada por lo priores generales, extraviados, según se cuenta, en el momento en que el archivo retornó de Francia, donde fue llevado cuando la invasión napoleónica de Italia. Justamente, entre los códices perdidos se encuentra el No. 16 que concerniría a la fecha de arribo de los primeros agustinos peninsulares a la Nueva España y años siguientes (Ruiz Zavala, I, 1984: 24).

Entre esa documentación perdida, quizás haya habido alguna que contuviera información acerca del primer conjunto conventual en Mixquic; por ello, para dar una posible respuesta de qué, quién, cuándo y por qué plasmaron cierta simbología e iconografía, tuve que recurrir a las crónicas de fray Juan de Grijalva (1580-1638), fray Diego de Basalenque (1577-1651), fray José Sicardo (1643-1715) y fray Matías Escobar (1690-1748), entre otras fuentes. Ahora bien, transcurrieron nueve años, respecto de las otras órdenes mendicantes (franciscanos y dominicos), para que los primeros hijos de San Agustín llegaran hasta estas tierras y, con ello, el principio agustiniano en la Nueva España. Se debe tener en cuenta que es menester segregar paso a paso y mencionar que los primeros siete frailes agustinos que arribaron a la Ciudad de México, el día sábado 7 de junio de 1533, fueron: como Superior el Padre «venerable» fray Francisco de la Cruz (+1536), fray Alonso de Borja (+1542), fray Jorge de Ávila (+1547), fray Juan de Oseguera (+1554/57?), fray Jerónimo Jiménez de San Esteban (1493-1570), fray Juan de San Román (+1581) y fray Agustín Gormaz o de la Coruña (¿1505/10?-¿1583/90?)  (Rubial García, 1989: 40) 1.

Tres meses después de establecerse en la ciudad, los religiosos partieron hacia sus lugares de labor apostólica. Primero fueron a Chilapa y Tlapa, no sin antes hacer una parada en Ocuituco. Para esta misión fueron designados fray Jorge de Ávila y fray Jerónimo de San Esteban, y para el pueblo de Santa Fe, fray Alonso de Borja. En lo que refiere a las gestiones de fundar convento en la capital se quedaron fray Francisco de la Cruz, fray Juan de Oseguera, fray Juan de San Román y fray Agustín de la Coruña. Es importante resaltar que fray Jorge de Ávila y fray Jerónimo de San Esteban, durante su itinerario, se detuvieron en el pueblo de Mixquic, de tal acontecimiento el padre Grijalva cita lo siguiente: «[…] llegaron al pueblo de Mizquic estos dos religiosos donde fueron muy bien recogidos y les pidieron que los tuviesen a su cargo y los quisiesen adoctrinar […]» (Grijalva, 1985: 37).

Es posible que esto aconteciera por el mes de septiembre (Contreras Pineda, 2020: 124-212). Luego de hacer este alto reanudaron su camino hacia Ocuituco, donde más tarde les darían alcance fray Juan de San Román y fray Agustín de la Coruña. Cabe mencionar que estos dos religiosos llevaban órdenes del padre fray Francisco de la Cruz de cómo celebrar la liturgia y la solemnidad que debía existir en los demás oficios divinos. Sin embargo, fue en Ocuituco donde, una vez reunidos los cuatro religiosos, acordaron cambiar de acompañante, de tal manera que se quedaron ahí mismo fray Juan de San Román junto con fray Jorge de Ávila; y para Chilapa y Tlapa los padres fray Jerónimo de San Esteban y fray Agustín de la Coruña, quienes llegaron a Chilapa el día cinco de octubre de 1533 (Grijalva, 1985: 39).

De acuerdo con el padre Ruiz Zavala, en torno de la figura fray Juan de San Román, diría que también catequizó Mixquic y Totolapan (Ruiz Zavala II, 1984: 644). De ser cierto esto, se podría decir que este religioso tuvo presencia por estos lugares, quizás entre el mes de octubre de 1533 y hasta junio de 1534, año de celebración del primer capítulo de la Orden de San Agustín en la Nueva España. En suma, es importante fijar el principio de esta cronología, ya que como lo mencione anteriormente, durante el ínterin de 1533 y 1534 el padre fray Francisco de la Cruz, como prelado, empezó por girar órdenes desde un incipiente convento de México para que fuese replicado por todos los conventos de la Provincia fundados y por fundar.

Siguiendo esta cronología tenemos que en el primer capítulo de la Orden celebrado el día 7 de junio de 1534 en el pueblo de Ocuituco, resultó electo como vicario provincial Fray Francisco de la Cruz, quien a la sazón había sido únicamente su prelado. En ese capítulo se acordaría, entre otras cosas, que los padres en la Ciudad de México se quedasen en Ocuituco; es decir, fray Francisco de la Cruz y fray Juan de Oseguera. A Chilapa fueron los padres fray Juan de San Román y fray Agustín de la Coruña; mientras que fray Jorge de Ávila y fray Jerónimo de San Esteban pasaron a la Ciudad México. Se indicó que fray Alonso de Borja retornara al convento de Santa Fe (Grijalva, 1985: 50).

Sería a inicios de 1535 cuando, nuevamente, se reunirían los siete religiosos para celebrar el segundo capítulo de la Orden. El meollo del asunto era tratar cuestiones en pro de su ministerio, como exigir la presencia de un mayor número de frailes de su Orden en la Nueva España. El capítulo se celebró en la ciudad de México ante la presencia de la Audiencia Real, ahí mismo se designó a un religioso para ir a España a tratar personalmente aquellos asuntos. Fue elegido para tal cargo fray Francisco de la Cruz y quedó como superior provincial fray Juan de San Román durante el periodo comprendido entre el 15 de febrero de 1535, fecha de partida del Padre de la Cruz, hasta el 2 de julio de 1536, momento de su retorno (Ruiz Zavala II, 1984: 1).

Hay que mencionar que, durante la celebración de este segundo capítulo de la Orden, se acordó que, por no darse abasto en la administración de tantos pueblos, hubiese únicamente un religioso en donde antes había dos; de esta manera, fray Agustín de la Coruña retornó a las provincias de Chilapa y Tlapa. A Ocuituco fue fray Jerónimo de San Esteban, quien, desde ahí, se dispuso visitase Jumiltepec, Temoac, Zacualpan, Tetela, Hueyapan y Tochimilco. Asimismo, el fray Jorge de Ávila fue a Totolapan y de allí a Yecapixtla, Jantetelco, Xonacatepec, Tlayacapan, Atlatlahucan y Mixquic (Grijalva, 1985: 56).

Posteriormente, en el año de 1536, sucedió lo fatídico, a tan sólo diez días de su retorno a la Ciudad de México, el 12 de julio falleció el padre «venerable» fray Francisco de la Cruz o Seráfico Francisco, como le llamaría el padre Grijalva, todo ello por ser devoto de San Francisco de Asís, de la Santa Cruz y del culto mariano (Grijalva, 1985: 69). En consecuencia, los frailes agustinos se reunieron nuevamente para celebrar su tercer capítulo en la Ciudad de México, el 10 de agosto de 1536. Entre otras disposiciones, sería reconocido como Vicario Provincial el padre fray Jerónimo de San Esteban, quien a la sazón se encontraba en Ocuituco. Sobresale también la orden de que se guardasen inviolablemente los mandatos del padre venerable y que se prosiguiese con la recolecta, que los había fundado, sin dispensar ni alterar en cosa alguna (Grijalva, 1985: 75). Además, se acordó dejar Santa Fe e iniciar la evangelización en la «Sierra Alta», a la cual Robert Ricard llamó el «avance septentrional» (Rubial García, 1989: 112) que correspondería al actual estado de Hidalgo y la zona de la Huasteca (Ricard, 1986: 152, 156).

A decir de Igor Cerdas Frías, acerca del establecimiento de las prístinas fundaciones agustinas que cita Grijalva, considera que no deben tratarse como fundaciones propiamente dichas, ya que el hecho de pasar por ahí no significaba el establecimiento formal de una doctrina (Cerdas Frías, 2018: 399-416). No obstante, vale la pena mencionar que Tetelco y Mixquic jugaron un papel sumamente importante y estratégico, tanto para el establecimiento de la Orden en la Nueva España, como para el «avance meridional» (Rubial García, 1989: 112), debe recordarse que era el único lugar que tenía la Orden en el Valle de México, pues como es sabido, los agustinos cuando llegaron a territorio novohispano traían el mandato de no fundar convento en la Ciudad de México por haber ya otros religiosos (franciscanos y dominicos). Acerca del establecimiento de los padres agustinos en Mixquic, el padre Sicardo nos sitúa dentro de la temporalidad en cuestión, 1533-1536, y dice lo siguiente:

…Las primicias que cogieron de su trabajo los primeros religiosos agustinos que salieron a sembrar la semilla del evangelio en este nuevo Orbe, fue en el pueblo de Mizquic, distante de México seis leguas, donde hicieron el primer bautismo, pasando a la conquista espiritual de la provincia de Chilapa, donde erigieron templo a la entrada de la calzada de dicho pueblo, en un paraje llamado Tetelco, que dista de él un cuarto de legua, consagraron dicha iglesia al glorioso San Nicolás de Tolentino… a los principios corrió a cargo de los ministros de Ocuituco; más viendo que la multitud de los Naturales habitaba en la laguna, trataron de edificar iglesia y convento en el paraje de Mizquic, donde fabricaron una iglesia y un convento con claustro alto y bajo, con un dormitorio cubierta toda la fábrica de madera, y lo que tiene de singular es el ser lo más de ella de una piedra negra hermosa a la vista…Tiene al lado de la puerta, a la parte del evangelio, en correspondencia a la portería, una capilla del Santo Sepulcro de Cristo, de la misma arquitectura de arquería de piedras negras y un cementerio muy capaz, todo guarnecido de tres hileras de piedra negras. Acabado el edificio se dedicó la iglesia al glorioso apóstol San Andrés, año de 1563… [..en la iglesia de Mizquic está en el techo del presbiterio, que se acabó año de 1563] pasándose al nuevo convento los religiosos, y el edificio antiguo permaneció hasta que con ocasión de la inundación de México del año de [15]89, por causa de haber cerrado las compuertas de Mexicaltzingo, creció tanto el agua de las lagunas de Chalco, que se inundó la población de Tetelco, y la iglesia empezó por esta causa [a] arruinarse, habiendo quedado al presente solo las paredes de ella… (Sicardo, 1996: 12).

De lo antedicho, sin lugar a duda, fray Jorge de Ávila y fray Jerónimo de San Esteban llegaron en un principio al pueblo de Tetelco; una vez ahí, tal vez, fundaron una ermita en la comunidad, modesta y pequeña, bajo la advocación de San Nicolás de Tolentino, para que luego de un efímero tiempo, reubicarse en el pueblo de Mixquic, confrontando la narración del Padre Grijalva (Contreras Pineda, 2023).

Ahora bien, fray Francisco de la Cruz fue un hombre de vida loable y de suma santidad; por ello, es aquí donde inicia el meollo de este estudio para divisar cómo, exprofeso, materializarían aquellas órdenes que dio el Padre de la Cruz a sus inferiores, no sólo para honrar la memoria de aquel santo, sino para dejar entrever a los frailes una de sus promesas emitidas en sus votos: la obediencia.

Como es sabido, una de las costumbres establecidas por los exploradores portugueses y tiempo después adoptada por los españoles, fue la de poner los nombres de Dios, de los santos y de los misterios de la religión a casi todo lo que iban encontrando a su paso, aquello era una expresión total de su religiosa piedad (Weckmann, 1994: 313-314). No se diga en la Iglesia Católica y dentro de ella, las órdenes mendicantes y congregaciones religiosas que han venerado a María con el título de Madre y Virgen y, a través del tiempo, han puesto bajo su patronazgo y protección con los más variados títulos o advocaciones, como fruto del amor de sus devotos (Correa Fernández, 2012: 641-660):

La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano (MC 56). La Santísima Virgen es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de ‘Madre de Dios’, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades… Este culto… aunque del todo singular, es especialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente… (Correa Fernández, 2012: 641-660).

Fray Jesús Miguel Benítez Sánchez señala que la Orden tomaría la devoción a la Virgen María como una de las particularidades propias de las órdenes mendicantes, cierto es que, desde que nació la Orden, la devoción a la Virgen fue indiscutible, así como su lugar destacado en la liturgia celebrada en las comunidades. Y es que, desde el principio, el papel de María es comprendido en tanto supeditado al del Hijo, único mediador, («el honor de la madre es de aquel que nació de ella»), y en consonancia con esta única mediación, es reconocida María como «abogada» o intercesora y mediadora.

Así pues, el culto a la Virgen María se extendió al ritmo de la labor apostólica de los agustinos. Durante la Edad Media y la Edad Moderna se mantuvo en los conventos agustinos el rezo en común, casi diario, de la antífona «Benedicta tu». Este oficio mariano no era exclusivo de los agustinos, pero en la Orden mantuvo tal significación que se consideró como propio. Diariamente y en comunidad se rezaba el Oficio Parvo, en honor de la Virgen, este rezo u Oficio de la Virgen era de obligación diaria para todos los regulares, además del oficio del día (Benítez Sánchez, 2012: 595-620).

Como hemos visto, la relación que guarda la Virgen María con la Orden de San Agustín es mucha y esta devoción en fray Francisco de la Cruz, se dejó entrever en la primera orden que diera a sus hermanos que llegaron con él, para que ellos la replicasen en los conventos que se habían fundado y por fundar:

Ordenó una entre otras cosas, que hasta hoy dura: que fue el tañer a la Antífona después de la oración donde se dicen las antífonas a la virgen santísima, y de la Cruz con sus oraciones y colectas, que es lo que en España se dice después de las completas antes de cenar… Escribió a los conventos que teníamos que todos guardasen esta misma orden; para que conformándose todos cobrase fuerza de estatuto de la provincia, y que se fundase sobre la cumbre de los montes santos de las demás Provincias. En todas partes eran recibidos y obedecidos sus órdenes como de prelado, y estimados como de un apóstol… (Grijalva, 1985: 47).

Pero, ¿cómo representarían aquella orden dada por el Padre de la Cruz? Quizás, el fraile arquitecto y artífice de la edificación mandaría en inicio, la construcción del campanario para después labrar y empotrar un bloque de piedra con el monograma de «Auspice María», definido por las letras entrelazadas «A» y «M», que significan «bajo la protección de la Santísima Virgen María». Éstas son rematadas por un símbolo vizconde o corona mariana, pues como sabemos, los reyes y reinas terrenales llevan consigo coronas como signo de su autoridad; de esta manera, se honraría a María como Reina del Cielo y de la Tierra, y que mejor desde esa altura, pues el lugar se presta para extender la protección de su manto sagrado. Ahí mismo se encuentran, a cada lado respectivamente, unas piedras grabadas con flores endémicas de la región que parecieran ser de la especie «dalia», conocidas también como Acocoxochitl (Figura 1).

De tal pieza y su disposición da cuenta Jesús Ángel Ochoa Zazueta:

El segundo cuerpo constituye el campanario, que también achaflanado, regularmente es convertido por los turistas en sitio de observación. Sobre el chaflán que da al cementerio, hemos localizado una fecha que en la relimpia del aplanado quedó a la vista. El dato está grabado o inciso sobre una piedra colocada especialmente. El trazo es uncial correspondiente al siglo XVI. La fecha que pudimos leer parece ser la de 1540, número coronado por un símbolo de visconde, ahí mismo, dando a la plaza pública, dos signos, el de María y el de las llaves apostólicas (Ochoa Zazueta, 1972: 134).

Figura 1. (Izquierda) Torre del campanario de la iglesia de San Andrés Mixquix, primeras décadas del siglo XX (Pérez Sánchez 2007: 18). (Derecha) Fotografía actual de la misma torre del campanario.

Ahí mismo, nos dice Ochoa Zazueta, se encontraba también empotrado un bloque de piedra labrado con «las llaves apostólicas». No obstante, habría que mencionar que hoy en día dicha piedra se encuentra colocada sobre un pedestal, no exprofeso para ello, sino más bien para hacer compañía a las piezas prehispánicas que se encuentran en el lugar. Pero ¿cuál es la importancia y significado de estas llaves? En primer lugar, debemos considerar que nos encontramos ante un símbolo religioso que representa la Santa Sede:

Jesús dijo a Simón:

Y yo te digo que tú eres Pedro, y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas ó poder del infierno no prevalecerán contra ella. Y á tí o te daré las llaves del reino de los cielos. Y todo lo que atares sobre la tierra, será también atado en los cielos: y todo lo que desates sobre la tierra, será también desatado en los cielos (Mt. 16,18-19).  Según la interpretación de los versículos 18 y 19 de la Biblia, Jesús elegiría a Simón-Pedro para que fuera la piedra sobre la cual edificaría su Iglesia2; es decir, establecería la comunidad de los seguidores de Cristo. Pero, además, la piedra sería aludida con las llaves apostólicas para referir la labor de Pedro y sus sucesores. Pedro es la piedra, el comienzo y cimiento manifiesto de la Iglesia que se apoya en el fundamento invisible que es el mismísimo Cristo, por lo tanto, la piedra simbolizaría solidez, estabilidad, permanencia y Pedro garantizaría la unidad y la comunión de la Iglesia que se extendería a través del tiempo y el espacio (Figura 2).

Figura 2. Bloque de piedra labrado con el símbolo de las llaves apostólicas, colocado sobre un pedestal en el jardín del claustro del exconvento en Mixquic

Por otro lado, a Pedro se le entregarían las llaves del reino de los cielos, símbolo de autoridad y responsabilidad sobre la casa de Dios. Las llaves le permitían abrir y cerrar, atar y desatar, admitir y excluir, además que tenía la autoridad de legislar, enseñar, juzgar, perdonar y bendecir en nombre de Cristo. También tenía el deber de cuidar, corregir, animar y consolar a los hijos de Dios. En síntesis, Pedro tenía la misión de asegurar, transmitir, proteger y proclamar el depósito la fe3.

De tal premisa, el Padre Grijalva señala que Fray Francisco de la Cruz emuló y gobernó como lo hizo el Apóstol Pedro:

De modo que desde México cuidaba de todo y obraba con todos. Parecióle al Padre venerable que era necesario el juntarse todos para comunicar así estas cosas, que se ordenaban a la fundación y reforma de la Provincia como para las demás materias que manejaban; porque aunque los frailes eran pocos, y los conventos solo cuatro, las Provincias que administraban eran grandes y las materias gravísimas. Hízolo a imitación de los apóstoles, que se juntaban muchas veces a conferir y determinar las cosas de la fé, y de las ceremonias: y es mucho de ponderar estas juntas de los apóstoles para que los prelados inferiores las imiten. Pues teniendo el apóstol San Pedro como cabeza la asistencia del Espíritu Santo, y teniéndolo ahora todos sus sucesores, porque es asistencia que se da al oficio, y no a la persona, con todo eso no determinan sin conferir y entender las materias. Y siendo así que los apóstoles todos tenían por particular gracia dada a la persona esta misma asistencia, con todo se juntaban para conferir entre si, y consultar a San Pedro su cabeza… (Grijalva, 1985: 48).

Tal vez sea que los mandatos dados por San Pedro se representarían exprofeso en un bloque de piedra, para que todo prior o superior de cada convento tuviese siempre presente que sería el sucesor del Apóstol y, con ello, el propósito de su misión. Una alusión más al príncipe de los apóstoles, la tenemos en la obra de fray Diego de Basalenque:

[…] Lo que hacían estos religiosos, es lo que hizo San Pedro, cuando estaba pescando, que le dijo Cristo: «Vete a tu puesto, hecha allí la red» y echóla, y fue tanta la multitud de peces, que ellos solos no podían sacarla, antes se les rompía la red; y dice san Lucas que hicieron señas a los de la otra nao, y les vinieron a ayudar. Así sucedió a los primeros ministros, que por mandado de Cristo echaron la red en lo de México, y en territorio de la Puebla; y era tanta la multitud de las almas que caían a ser bautizadas y sacramentadas, que no podían ellos solo sacar la red, antes se les rompía: Que es decir, que si Dios no los fortaleciera, y diera particular salud, murieran los cuerpos según trabajaban en la pesca […] (Basalenque, 1985: 62).

En lo alto de la bóveda claustral del campanario, ubicada en el primer cuerpo de este inmueble, se encuentra una pintura mural que nos refiere diversos conceptos iconográficos (Figura 3). Podría decirse que, dada la advocación al Apóstol Andrés, sería obvio que este personaje estuviera únicamente representado en el lugar. Sin embargo, tenemos que mencionar que el artífice de este mural remite diversos mensajes en torno al personaje central, ya que examinando a detalle la pintura, sus atributos y particularidades no del todo le corresponden al Apóstol mencionado, pues a él se le representa como un anciano, casi desnudo, cargando su cruz aspada o teniéndola a un lado, eso sí, fue el primero en ser llamado por Jesús (Cabral Pérez, 1995: 271). Debido a ello, podemos insinuar que no se trata de uno, sino varios personajes a la vez. Enseguida desglosaremos los atributos de esta pintura mural.

Figura 3. Mural sobre la bóveda claustral en la torre del campanario

El personaje central está rodeado por cinco seres alados; es decir, putti o angelitos infantes de un año aproximadamente. Éstos van desnudos, tres parecieran llevar unas pequeñas alas en la espalda, los otros dos una diminuta tela que les cubre parte de su cuerpo. Dado su carácter celestial y ubicación del mural, el pintor los representó flotando en el espacio; cabe mencionar que la representación de estos angelitos en el arte es para acompañar a la Virgen María y a Jesús, pues son considerados como guardianes de los lugares sagrados (Cabral Pérez, 1995: 200-201).

Continúa un símbolo de perfección y, por lo tanto, de Dios, se trata de un círculo con su corona, la cual alberga alrededor de cuarenta peces. Hay que mencionar que el pez es uno de los símbolos más famosos cristianos, pues representa al mismo Jesús, ya que el anagrama IXTIUS, está conformado por las iniciales en griego de la frase «Jesucristo Hijo de Dios Salvador». Por otro lado, los fieles de la Iglesia son los «pececillos»4, ya que Jesús ordena a los Apóstoles ser «pescadores de hombres» en lugar de peces (Cabral Pérez, 1995: 102-146).

Acerca del personaje principal podemos decir lo siguiente: está representado hasta las rodillas, el aspecto es de una persona joven, con una larga cabellera y una barbilla prominente, dando más la certeza de ser el rostro de Cristo, que de cualquier otro. Asimismo, se encuentra tomando con su mano derecha una cruz de San Andrés, semiespada, tal vez porque el pintor no quería representar la letra inicial de la palabra Cristo en griego «X», para que a su vez pudiese plasmar en él a otro o más personajes. Detrás de su cabeza un círculo o disco; es decir, un «nimbo» que le da poder al personaje, aunque debemos señalar que no es un poder material o terreno, sino espiritual y divino. Por otro lado, sujeta con su mano izquierda un libro cerrado, destacando que es el de la Palabra, la Enseñanza Sagrada y el aprendizaje. Por último, el personaje está vestido con una túnica típica de los Apóstoles, además de una capa (Cabral Pérez, 1995: 156, 81-84, 133-134).

A saber, pareciera que el arquitecto que mandó labrar la piedra con el símbolo de la Santa Sede fue el mismo que realizó el mural, ya que fusionando y ajustando las imágenes, resulta que coinciden casi a la perfección. Cabe mencionar que en cuestiones geométricas y para el dibujo técnico, aunque se desconoce la razón de semejanza, tanto de las llaves apostólicas como de lo que sería la mitad de la cruz de San Andrés, son dos formas semejantes. Aún más, examinando a detalle la pintura, pareciera que el ojo o cabeza de la llave se une a uno de los brazos de la cruz; por ello, se podría decir que surge otro personaje, San pedro sosteniendo las «llaves apostólicas». En el mural, la Iglesia o la Santa Sede como la comunidad de los seguidores de Cristo, es representada por peces al interior de la corona circular. En el bloque de piedra, la corona sólo abarca un poco más del semicírculo, quizás no fue completada por las características de la roca (Figura 4).

Figura 4. Detalle del bloque de piedra labrado con el símbolo de las llaves apostólicas

Al mismo tiempo, cuando se quita todo y únicamente se deja al personaje central, pareciera remitirnos a un Cristo pantocrátor a un «Todo Poderoso”, en el que los dedos de su mano derecha formarían el signo IC XC, que significa «Bendecido en el nombre de Jesús». Incluso, el protagonista pareciera haber sido realizado bajo los cánones de belleza establecidos durante el Renacimiento, pues existe demasiada semejanza con el filósofo griego Platón; la diferencia de éste es que su dedo índice de la mano derecha apunta al cielo, además que es uno de los dos personajes centrales de «La Escuela de Atenas» del pintor Rafael Sanzio (1483-1520) (Figura 5).

Figura 5. (Izquierda) Pintura mural de San Andrés Mixquic. (Derecha) «La Escuela de Atenas»
Stanza della Segnatura, Palacio Apostólico del Vaticano en Roma, Italia

Pese a todo, y aunque no está relacionado directamente con el campanil, existe un mapa con la data de 1532 (Figura 6). Este dato es un tanto anacrónico, ya que la fecha no corresponde al año de establecimiento de los primeros agustinos en la región. No obstante, este plano contiene improntas agustinas que señalarían, de alguna manera, su territorialidad en la zona. Destaca la sigla «A», inicial de la Orden de San Agustín, representando desde ermitas o capillas modestas, hasta una iglesia, todo ello determinado, quizás, por el tamaño de la letra (Figura 7). Sobre el autor de este mapa se podría decir que fue un fraile agustino quien pudo elaborarlo a mediados del siglo XVI.

Con respecto a la praxis de la marca de fuego, es importante señalar que se definía como una señal carbonizada colocada principalmente en los cantos de los libros mediante un instrumento metálico candente. Cabe mencionar que dicha práctica se encontró acogida en las bibliotecas conventuales y en instituciones religiosas dependientes del clero secular (Marcas de fuego, 2015). No obstante, es necesario mencionar que, aunque no propiamente se utilizó como una marca de fuego, la letra «A», correspondiente a la Orden de San Agustín, se empleó también en documentos, tal es el caso del mapa de San Andrés Mixquic del año 1532. Los lugares donde está colocada la inicial «A» representan una Iglesia o capilla y son San Andrés Mixquic, Ayotzingo, San Pedro Tezompa y San Nicolás de Tetelzingo. Los tres restantes no los he podido transcribir dadas las condiciones del documento. Debe mencionarse que todos estos lugares son circunvecinos a la comunidad de Mixquic.

Figura 6. «Mapa, San Andrés Mixquic y San Andrés Tetelzinco; Chalco. D.F., y estado de México (1186)», 1532, Anónimo. AGN, Mapas, Planos e ilustraciones (280) / MAPILU / 210100/1244; Tierras, vol. 167, exp. 10, f. 17

Sirva de ejemplo, la sigla «A», inicial de la Orden de San Agustín y marca de fuego en algunos ejemplares que se encuentran digitalizados en el Catálogo Colectivo de Marcas de Fuego de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (Marcas de fuego, 2015) (Véase Figura 7).

Figura 7. Ejemplo de marcas de fuego con la letra «A» que alude a la Orden de San Agustín

En resumen, se podría decir que el primer conjunto conventual que hubo en Mixquic se edificó, quizás, entre 1533 y 1536, siendo una de las construcciones más tempranas de los agustinos en la Nueva España. Este lapso concuerda con la data propuesta por el historiador y estudioso de la Orden Federico Gómez de Orozco (1891-1962), quien señalaría como posible fundación del convento el año de 1536, siendo Vicario Provincial fray Jerónimo de San Esteban (Gómez de Orozco, 1927: 40-54).

Acerca de las improntas representadas en la torre del campanario, como el monograma de la Virgen María, pudiéramos decir que se trata de la representación gráfica de las órdenes que en inicio diera fray Francisco de la Cruz, primero como prelado y luego como Superior Provincial de la Orden. Por lo que respecta a las llaves apostólicas en el bloque de piedra y el mural de la bóveda claustral del campanil, decimos que, desde luego, sería realizado por un mismo artífice, cuya firma o estilo se halla en ambas obras plásticas. Además, supo remitir diversos mensajes, jugando con nuestra perspectiva a través de los principios matemáticos y la geometría en sus creaciones. Quizás, los conocimientos de este artista evidencien una visita previa a la Santa Sede y, visto el diverso arte sacro, lo emuló en un convento de la Nueva España. Más aún, es posible que haya tenido contacto con artistas del Renacimiento o simplemente haya seguido los estándares estilísticos de la época para su obra.

Por lo que toca al mapa, es un plano para ubicar un terreno en litigio ante la corte con la finalidad de que extiendan los títulos de propiedad, pero también es un mapa de territorialidad agustiniana, pues la letra inicial «A» nos señala los lugares como ermitas o iglesias destinados para la labor apostólica de la Orden. ♦

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Notas:

«…las columnas de la tercera institución religiosa de nuestro país» (Cuevas, 1986: 200).

Diferenciaremos Iglesia con letra mayúscula inicial como la agrupación de todos los bautizados, recordando la Jerusalén celestial, el reino de los elegidos, la Iglesia paradisíaca, el microcosmos y el alma humana. Se considera también como la Esposa de Cristo y Madre de todos los cristianos. Escrita toda en minúscula es el templo físico donde se celebra la práctica religiosa. (Fernández, González, Maquivar, Ramos, Villafuerte, 2015:142).

Pedro el Apóstol. ¿Por qué Jesús le entregó las llaves del cielo? Disponible en línea: https://www.youtube.com/watch?v=CAS6dG6zdBQ

Fray Mathías Escobar O.S.A., refiere como peces a los naturales de Chilapa y Tlapa, que no habían entrado a las redes hasta que llegaron los primeros padres agustinos a esas tierras. (Escobar, 2009: 152).

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*Acerca del autor: Licenciado en Historia y Arte por el Instituto Cultural Helénico, integrante de la Asociación Interdisciplinaria para el Estudio de la Historia en México. Cronista, ponente e investigador de la Orden de San Agustín, con énfasis de su presencia en los pueblos de San Andrés, Mixquic; San Nicolás de Tolentino, Tetelco y Santa Catalina, Ayotzingo.

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