Cuentos para regalar. ‘Finalmente estoy divorciada’
Por Leonardo Rafael Zamora Lira
Jimena percibió el sonido del avión en el cielo, y por reflejo volteó al reloj luminoso de la video casetera.
¡Las 5:45 de la mañana! No podía creerlo: se había quedado dormida profundamente. Todo el día anterior creyó que esa noche no dormiría; incluso, se preparó mentalmente y decidió llevar algunas botellas de agua para ingerirlas y así estar lúcida durante la comparecencia ante la jueza que llevaba su caso.
Las 5:46, era muy buena hora; incluso, podría salir a caminar unos veinte minutos antes de bañarse. Quién lo dijera: ¡empezaba el día mucho mejor de lo que ella esperaba!
Tomó prestados los pants de su hermano, aunque le quedaban ligeramente holgados; se puso sus tenis y una gorra de su papá.
En menos de cinco minutos estaba lista, y después de asegurarse de llevar las llaves de la casa y el reloj con cronómetro, salió al frío de una mañana invernal, casi, casi entrada a primavera.
Era el 20 de marzo, el día clave en su vida. Era el día en que la jueza 28 de lo familiar dictaminaría sobre el juicio de divorcio que ocupara, durante dos largos años, prácticamente todas sus energías, pensamientos, sentimientos e ingresos.
Al empezar a caminar por la vereda ya sin pasto del camellón de la avenida que quedaba a sólo media cuadra de la casa de sus padres, recordó lo que le dijera apenas un par de días antes su abogada:
—Jimena, ya todo está en manos de la jueza; no podemos nosotros ni tu esposo hacer nada más, ya no hay discursos, alegatos, pruebas, estudios psicológicos ni ninguna otra cosa; ahora sólo es lo que la jueza decida. Si nos da la razón, prácticamente el asunto se acabó, pues, aunque se ampare la contraparte, he logrado averiguar que la jueza tiene un récord perfecto en cuanto a amparos. Sus sentencias están siempre tan bien sustentadas que no le han revocado ninguna; aunque esto quiere decir que, si no nos da la razón, quienes estaremos en problemas seremos nosotras, pues rara vez ha dado sentencias salomónicas. A quien le da la razón, lo apoya casi totalmente en todas sus peticiones, a menos que sean verdaderamente estrafalarias.
En ese momento Jimena se dio cuenta de que por eso había dormido de un jalón. Ya no podía hacer nada, lo que hizo bien o mal en los últimos tres años era lo que contaría. Hoy tan solo quedaba esperar.
A querer o no, recordó su época de estudiante, cuando esperaba sus calificaciones después de presentar los exámenes, y se dio cuenta que desde entonces tenía el mismo comportamiento: nerviosa y preocupada antes del examen, y tranquila para estimar y generalmente acertar sobre sus calificaciones.
Se sintió tan serena que pudo apreciar varias cosas durante la caminata. Era notable el número de personas que hacían ejercicio, a pesar de la hora tan temprana, y más notable que muchos de ellos eran señores y señoras de la tercera edad que caminaban y trotaban, principalmente; los jóvenes sí corrían, y varios de ellos llevaban sus mascotas. También notó que muchos se saludaban cortésmente, y que la sonrisa que se les formaba con el saludo la mantenían durante varios pasos.
En el extremo del camellón se encontró además con un grupo de tres caballeros que hacían ejercicios y platicaban animadamente.
El pasto a los lados del sendero estaba cuidado, y los marcadores de distancia cada 50 metros, que su papá había solicitado se colocaran hacía ya varios años, seguían en su lugar y bien pintaditos.
Sin sentirlo, llegó de regreso a su punto de partida; miró el reloj y se dio cuenta que habían transcurrido 22 minutos; suficientes, pensó.
Llegó hasta la puerta de su casa, y al entrar encontró a su mamá en la cocina, ya bañada y arreglada, preparándole su desayuno preferido, a base de fruta y queso cottage, y a su padre vistiéndose en su recámara mientras veía las noticias de la mañana. Al verla, volteó hacia ella, y jugando la empujó en dirección del baño dándole una cariñosa nalgada y recordándole que deberían salir a más tardar a las ocho y media de la mañana para estar con suficiente anticipación en el juzgado a las diez.
Cuando ya estaba dentro de la regadera, su papá entró al baño y le dijo:
—M’hija, tengo un buen presentimiento.
—Dios te oiga.
Le contestó, y en seguida pensó: Qué raro que haya invocado a Dios. En seguida se sonrió y se dijo a sí misma: «Esta vez requiero de todos los aliados posibles».
Enseguida, el agua caliente la relajó y recordó todo el juicio.
Recordó la sorpresa que se había llevado al recibir la notificación: ¿Qué necesidad había de separarse mediante un juicio, si podían divorciarse de común acuerdo?
Recordó su estupefacción al ver las supuestas pruebas de Facundo: ¿A quién se le ocurre hablar de que una mujer de un metro sesenta centímetros de estatura pudiera agredir a un futbolista de americano de más de uno ochenta? ¿Cómo es posible que se argumenten desatenciones cuando los dos cónyuges trabajan?
Recordó el coraje que hizo al ver las cartas de recomendación que varios excompañeros de trabajo le expidieron abonando la excelente conducta del susodicho. ¿Cuántas veces platicó con ellos, con ellos precisamente, de lo inestable que era Facundo? ¿Cuántas veces…?
Pero lo que más le dolía era que Facundo argumentara que se había resistido mañosamente a tener hijos. Solamente había sido un pensamiento en voz alta: ¿Qué te parece si nos cuidamos mientras terminas tu maestría?
Por fortuna, pensó en ese momento, no hay niños que sufran las tonterías de un tipo tan egoísta.
También recordó todos los alegatos y sobre todo las pruebas que ella aportó: los recibos de pago de ambos, que demostraban que en el trabajo ella ascendía más rápidamente que él, y que además su aportación económica era más alta. Los e-mails de sus amigos donde decían exactamente lo contrario que en las cartas de recomendación.
La carta del ginecólogo, donde daba cuenta de la visita que le había hecho para consultarle sobre su condición general, ya que «no estaba embarazada después de más de 18 meses de matrimonio».
Recordó la cara de la jueza la vez que Facundo alegó maltrato, y cómo le llamó la atención abruptamente cuando ella trató de puntualizar lo que él estaba diciendo.
Recordó la expresión de sorpresa de Facundo cuando ella pudo demostrar que varios de los trabajos que él presentó durante la maestría estaban hechos en la computadora de ella, y el suspiro cuando Jimena dijo que «Solamente le había ayudado, que él le había dictado». Lo que no percibió Facundo fue cómo la jueza levantaba las cejas, con lo que demostraba su duda sobre la aseveración de ella.
La llamada de su madre para desayunar la sacó de sus evocaciones.
Al comenzar a vestirse supo cuál sería la calificación.
Por primera vez en dos años disfrutó su desayuno desde el primer bocado de fruta hasta el último trago de café. ♦
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Leonardo Rafael Zamora Lira es autor del libro Cuentos para regalar,

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