La escenificación de la Semana Santa en el pueblo de Iztapalapa
Por Ángel de la Rosa Blancas
Introducción
En el primer apartado se transcribe una referencia documental que nos demuestra que en 1782 ya se llevaba a cabo la representación de la Semana Santa en el pueblo de Iztapalapa, años atrás de lo comúnmente difundido, en 1843.
Por lo mismo, el documento nos lleva a plantear dos cosas: la obligación que tenemos de hacer una investigación documental meticulosa a fin de conocer, en lo posible, la fecha de inicio de la representación en Iztapalapa, por un lado, y por el otro, reafirmar que a partir de este año nuestros ancestros tuvieron una razón fundamental para seguirla escenificando: ofrecerla en honor al Señor de la Cuevita en agradecimiento por haber erradicado el cólera morbus que se en el pueblo en 1833, como así lo señala la leyenda.
En el Segundo Capítulo se hacen aclaraciones a las versiones de Jorge de León Rivera, cronista de la delegación Iztapalapa. La primera es en aquella en la que a partir de supuestos «deduce» que Benito Juárez «protegió» la representación de la Pasión; sólo existe la carta que le envió José María Suárez Suárez al presidente desde Mexicaltzingo en 1867, mediante la cual le informó y solicitó su intervención en las «…irregularidades cometidas por el párroco del pueblo de Ixtapalapa, fray Antonio Sánchez (…) en la escenificación de La Semana Santa». Además de que no hubo respuesta a ésta, tampoco existe leyenda alguna en la comunidad que hable sobre algún tipo de intervención de parte de Benito Juárez en la escenificación.

Esto nos lleva a considerar ficticia la versión del cronista, cuya pretensión fue el de estar a la altura de la leyenda, ésta sí, presente en nuestra memoria colectiva que nos dice que estando Emiliano Zapata en el pueblo de Santa María Aztahuacán, prestó los caballos de su ejército a fin de que se realizara la escenificación en la época revolucionaria.
La otra aclaración es a la versión en la que sostiene (que) en la zona aledaña al Santuario del Señor de la Cuevita se «preserva» parte del «vergel» de Cuitláhuac.
El jardín al que se refiere el funcionario de la delegación es una obra contemporánea, financiada por nosotros, los vecinos de los Barrios, a iniciativa de la autoridad eclesiástica del lugar en 1963.
Para corroborar lo antes afirmado, se anotan crónicas de nuestros vecinos que dan constancia que antes de esa fecha era un lugar pedregoso, árido, y hasta 1940, parte de ese espacio era utilizado por quienes asistían a presenciar la escenificación del Vía Crucis que en ese entonces se realizaba en el atrio del Santuario.
Por lo tanto, este «vergel» no es parte de aquel que Hernán Cortés conoció el día que pernoctó en el pueblo de Iztapalapa, en 1519.
En el último apartado se escriben relatos de vecinos del pueblo relacionados a sus vivencias durante la escena de la crucifixión de Cristo el Viernes Santo en el Cerro de la Estrella, en la que comúnmente hacía viento, llovía, y ocasionalmente era acompañado de estruendos y granizo, formándose instantáneamente un escenario natural a «semejanza» del que se presentó cuando Jesús de Nazareth fue crucificado en el Gólgota.
La concurrencia de los fenómenos naturales podrían considerarse como hechos fortuitos, circunstanciales, que no tienen ninguna relación con la escenificación de uno de los pasajes bíblicos más dramáticos; debemos tener en cuenta que se presentaban en forma repentina, durante un tiempo relativamente corto y en un momento determinado, en la crucifixión; a la vista de todos y en forma frecuente, indistintamente el día que cayera el Viernes Santo en marzo o abril, que llevó a que lo viéramos como «normal» hasta que dejó de presentarse, hace unos quince años aproximadamente.
Se escriben esas crónicas con el objetivo de que sirvan de fuente histórica en el estudio de sus aspectos social e ideológico, principalmente. A ellas, se incluyen los comentarios de nuestros vecinos relacionadas a las causas que les atribuyen su presencia; unas por razones divinas, otros más a «la capacidad mental» de quienes participan y al público que concurre en esos momentos, así como a las «fuerzas sagradas» de la época prehispánica, que ahí se encuentran, donde su expresión más reciente es la pirámide teotihuacana descubierta en el lugar que están asentadas las Cruces de la escenificación. Concepciones controvertidas, pero necesarias de tomarlas en cuenta.

Para elaborar la presente recopilación de crónicas, que sólo es una introducción al tema, se entrevistaron a vecinos y a ex funcionarios de la delegación Iztapalapa que en algún momento la presenciaron, representaron algún papel o fueron sus organizadores. También se entrevistaron a personas originarias de los barrios que se han ido a vivir a las tierras ejidales del pueblo y a aquellas que formaron parte de la indemnización por la expropiación de sus chinampas, a las colonias Leyes de Reforma y La Renovación, respectivamente, o que están ya viviendo en «otros lugares», que por motivos relacionados a sus raíces continuamente cooperan y asisten a celebrar sus mayordomías, peregrinaciones, y demás costumbres y tradiciones de la comunidad. En forma complementaria, se hace referencia a crónicas de periódicos que dan constancia de la manifestación de esos fenómenos.
Al margen del tema central de este apartado, se incluyen vivencias de vecinos que forman parte del escenario anual, con la finalidad de que conozcamos detalles de la escenificación que nos llevan a dar una idea del trabajo que representa una organización de esa magnitud, que se ha erigido emblemática del pueblo de Iztapalapa.
El objetivo general del presente trabajo, principalmente los relacionados a sus dos primeros apartados, es el de contribuir a un trabajo colectivo que tiene como propósito reconstruir nuestra historia escrita, que en algunos temas y periodos ha sido tergiversada o incompleta, tarea que debe ser asumida con la debida responsabilidad por quienes somos herederos naturales de ella.
Por último, agradezco al personal del Archivo General de la Nación por sus orientaciones y a los vecinos y familiares que en forma paciente y visiblemente emocionadas me comentaron sus crónicas con el orgullo que representa una responsabilidad en la escenificación heredada de sus padres, familiares, o con el de pertenecer a una comunidad con raíces comunes que en la representación, particularmente, encontramos identidad y sentido de pertenencia, en fin, a todos aquellos que han aportado un valioso apoyo para ese objetivo histórico, esperando haber sido fiel su transcripción en los términos y sentido que me lo comentaron.

Antecedentes de la representación en 1972
Las representaciones dramáticas en nuestro país tienen sus antecedentes en la época prehispánica, las cuales fueron adaptadas a las traídas de España, de las cuales resultó una forma escénica que fue utilizada en la conversión de la población nativa a la religión católica en los primeros años de la conquista y durante la colonia.
Un ejemplo de ellas, considerada la más antigua e ilustrativa, es la que se conoce indistintamente con los nombres del «Fin del mundo» y «Juicio Universal», presentada en 1533.
«Otra representación entre otras muchas hicieron en la ciudad de México. Los mexicanos del universal juicio, que nunca hombres vinieron cosa tan admirable hecha por hombres. La que al presente se me acuerda que fue una de ellas, que concurrieron ochocientos indios en representarla».
Bartolomé de las Casas. Apologética historia sumaria, Ed. UNAM. México 1967, p. 334.

Las escenificaciones escénicas tuvieron un arraigo muy importante en las comunidades conquistadas que para el caso particular de nuestro pueblo, los evangelizadores contaron además, con lo proclive de su población al culto religioso, de ellas existen importantes e ilustrativos antecedentes:
«Tienen como gobernador a DON AL(LONS)O AXAYACA señor natural del dicho pueblo, persona muy cristiana y de buen ejemplo y doctrina. En el dicho pu(ebl)o, que cae en la jurisdicción de Méx(i)co, está una capilla muy galana y bien formada, que es en la cabecera del dicho pueblo, donde el vicario reside (y) administra los sacramentos, lo cual se hace con mucho cuidado y policía de estos naturales. Y, en ciertos barrios del dicho pueblo, se celebra la fiesta de su advocación cada año, en capillas particulares para este ministerio. Llámase la capilla principal deste pueblo (de) la advocación de San Lucas Evangelista».
Francisco de Francisco. Relación de Iztapalapa. Relaciones Geográficas del Siglo XVI. Edición de René Acuña. UNAM. México 1986, p. 38 y 41.
La conversión del gobernante de ese entonces y contar con un edificio parroquial, y demás capillas, son evidencias históricas que nos llevan a confirmar que desde los inicios del virreinato ya había una importante presencia católica en el pueblo de Iztapalapa y pueblos aledaños, que siendo una más de sus manifestación la representación del Vía Crucis. De su realización en esos momentos da constancia un documento del último tercio del siglo XVIII:
«Se halla un pedaso de tierra nombrado los Terremotes…Este asi mismo corre por quenta de los Mayordomos, y de los que produce en sus arrendamientos, ministran al que tiene el cargo de Governador veinte e cinco pesos cada un año para ayuda de gastos que logra en los Pobres Apostoles la Semana Santa y dar de comer a su república algunas funciones que tienen».
Testimonio de la dilig(encías) practicadas sobre la haveriguacion de los bienes de la comunidad del Pueblo de Yxtapalapan –en 1782–. Archivo General de la Nación. Ramo Tierras. Vol. 2250. Exp. 8.
La referencia nos lleva a rectificar el dato que nos informa que la representación se inició en 1843, y nos obliga al mismo tiempo, iniciar una investigación documental a fondo que tenga como propósito conocer lo más cerca posible la verdad sobre este tema.
Con relación al cólera morbus que se presentó en el pueblo de Iztapalapa en 1833, tuvo sus orígenes en Asia y África, propagándose después en Europa e introduciéndose en nuestro país en este año. Fue de tal magnitud que en ese 21 de marzo, el gobierno del Distrito Federal publicó un Bando con el fin de que se tomaran medidas sanitarias que mitigaran los estragos de la epidemia. En el mismo sentido, el tres de agosto del mismo año, el Congreso General acordó instruir al Gobierno Federal, representado por Valentín Gómez Farías, «publicar el Decreto mediante el cual se ordena tomar providencias». (Archivo General de la Nación Ramo: Gobernación. Decretos y Circulares. Caja 160. Exp. 5. Año 1833).

Lo anterior nos lleva a considerar que si bien ya se realizaba la escenificación desde tiempos de la colonia, a partir del primer tercio del siglo XIX tuvo una razón fundamental para los habitantes del pueblo de Iztapalapa: por iniciativa propia llevarla a cabo en honor al Señor de la Cuevita en agradecimiento por haber erradicado el cólera morbus en nuestra comunidad, como así lo refiere la leyenda.
Así mismo, la leyenda nos dice que fue diez años después de la erradicación del cólera morbus, 1843, que nuestros antepasados hicieron la escenificación en agradecimiento a la imagen del Santo Entierro, nombre con el que también se le conoce al Señor de la Cuevita; es de comprender, dado el estado de emergencia de esos momentos y lo difícil del restablecimiento de condiciones mínimas necesarias para sobrevivir, que no fue su voluntad retardar ese tiempo para nuevamente organizar la escenificación, ahora dedicada a esta Santa Imagen.
Después de aclarar la confusión que había respecto a las fechas, podemos concluir que, al igual que en varios puntos de la capital virreinal, en la etapa colonial se empezó a representar la Pasión y Muerte de Cristo en el pueblo de Iztapalapa, y a partir de 1843 a la fecha llevarla a cabo en honor al Señor de la Cuevita, al atribuirle a él el milagro de haber erradicado el cólera morbus en nuestra comunidad de ese entonces.
Aclaraciones al cronista de la delegación Iztapalapa donde deduce que Benito Juárez «protegió» la representación
El cronista Jorge de León Rivera escribió: «En repetidas ocasiones he escuchado en Iztapalapa, tradición oral acerca de la intervención de Benito Juárez en la representación anual con que se conmemora el fin de una epidemia de cólera morbus». Y esta «tradición oral», agregó, lo llevó a investigar el Archivo Juárez de la Biblioteca Nacional, dependiente de la UNAM, en donde consultó la carta enviada por el señor Suárez a Benito Juárez, el 30 de noviembre de 1867. (León de, Jorge. «Benito Juárez y la Representación de la Pasión en Iztapalapa». Revista Tiempo y Espacio, Año 1, No. 1, México 1997, marzo-abril p.p. 12-16).
La misiva tuvo, entre otros objetivos, toda vez que también aborda temas de otros lugares, hacerle del conocimiento al presidente: «los cobros excesivos que el párroco del Ixtapalapa, fray Antonio Sánchez, hacía por servicios eclesiásticos y en la escenificación de la Semana Santa”. Al mismo tiempo, solicitó su intervención en “estas irregularidades».

En la carta se observan anotaciones de parte Juárez que demuestran que le dio lectura, como así lo refiere el cronista: «La misiva contiene una apostilla del propio Benito Juárez, en la que agradece a Suárez, los documentos que la acompañan, queda enterado de lo que le manifiesta y advierte que tendrá presente sus indicaciones».
Con el fin ubicar el sentido de las anotaciones, en principio es necesario acotar: Las apostillas las anotó Juárez en todas las cartas que recibía, dejando constancia que las leyó, no exceptuando la que se le envió desde Mexicaltizingo, en ese entonces cabecera de Iztapalapa, pero su lectura no implicaba ni mucho menos lo comprometía a proceder como se le solicitaba; cuando consideraba que procedía alguna acción en concreto, él mismo la anotaba. Así se confirma al revisar en algunas de las cartas que se encuentran en ese archivo.
Jorge de León reconoce entre líneas que no existen el más mínimo indicio, no obstante deduce: «Conociendo el carácter del Presidente –las medidas adoptadas– debieron haber sido drásticas pero conciliadoras con las tradiciones locales», al mismo tiempo que señala: «Por su extraordinario interés para la Pasión de Iztapalapa, consigno el documento, esperando sirva para comprender mejor al patricio, que nunca fue un enemigo de la iglesia, sino que trató de impedir su injerencia en asuntos de orden civil».
Es de resaltar que el acierto del cronista es el haber remitido –sin anotar a quien– esa carta, pues tiene una gran valía histórica, por varios motivos: uno de ellos es el que conozcamos las irregularidades de la época en los temas ahí descritos. Sin embargo, es iluso si quiere pensar que con el sólo envío del documento sea posible valorar la postura del presidente. Y lo que más sorprende, que De León Rivera haya anotado líneas que poco o nada tienen que ver con el tema de la intervención que trata de insinuar que hubo.
Lo cierto es que gracias a José María Suárez Suárez, autor del comunicado, Benito Juárez se enteró de la existencia de la escenificación en el pueblo de Iztapalapa, que es la otra valía histórica del documento, para sólo hacer mención a ese tema.
Respecto a la supuesta presencia de la «tradición oral» relacionada a la «intervención» de Juárez, las opiniones de personas vinculadas por años a la escenificación, señalan que no hubo ni tampoco lo hay en la actualidad versión que se refiera a algún tipo de intervención de este insigne presidente en la escenificación. Entre ellas está la de quien en más de diez años tuvo una responsabilidad en la organización de La Pasión:
«De nadie en el pueblo he escuchado que Benito Juárez intervino o protegió la escenificación de Semana Santa. En el pueblo se tiene la leyenda que nos dice que Emiliano Zapata cooperó con la representación al prestar los caballos de su ejército».
Pedro Guillén Neria. Barrio Santa Bárbara.
Por su parte, Joaquín Buendía Villaruel –Barrio San Pedro– quien heredó de su padre, Carlos Buendía Rivera, la responsabilidad de arreglar la Segunda Caída –Allende y Cuauhtémoc, en los límites de los Barrios San José y San Pedro–, señaló:
«Alejandro Reyes –Barrio San José– nos comentó que su abuelo, Nabor Reyes Hernández, le dijo que Emiliano Zapata prestó los caballos para que se llevara a cabo la Semana Santa en nuestro pueblo en tiempo de la revolución. Aquí no hay ninguna leyenda o versión de que Benito Juárez haya intervenido en la representación».
Joaquín Buendía Villarruel. Barrio San Pedro.

Tampoco se ha encontrado siquiera un indicio de tal aseveración entre los descendientes de quienes han sido considerados verdaderos cronistas del pueblo de Iztapalapa; uno de ellos fue Manuel Maguey Cedillo, vecino del Barrio de San José, quien en vida se distinguió por su preocupación en el rescate de las costumbres y tradiciones de los Barrios. Otro lo fue Rafael Álvarez Pérez, el «Chicopas», profundo conocedor de la historia de Iztapalapa, teniendo en su haber la denuncia pública y oficial de la existencia de la zona arqueológica en el Cerro de la Estrella. Marcos Maguey Granados expresó no recordar que alguna vez su padre haya dicho que Benito Juárez intervino en la escenificación. Tampoco lo ha escuchado en la comunidad. A su vez, Guadalupe de la Rosa viuda de Álvarez, comentó que se acuerda que su esposo hacía mención que Zapata prestó los caballos en Semana Santa, pero no de otra personalidad.
Se puede decir que esa fábula del cronista tuvo como propósito estar a tono con la leyenda del Caudillo del Sur; en la comunidad contamos con los elementos históricos suficientes que han propiciado que demos por cierta la leyenda que se refiere a la ayuda que prestó Zapata a la representación. Uno de ellos es la constante presencia y comunicación de los zapatistas con los habitantes del pueblo.
«En la foto (1912) se lee ‘pueblo de Ixtapalapa’ la que nos ha servido para demostrar que somos el primer pueblo que puso una portada a la Virgen de Guadalupe en su aposento bendito. Por eso tenemos la exclusividad de poner cada año las portadas de adentro y fuera de la basílica. En la foto aparecen, debajo de donde aparece la portada, varios zapatistas que fueron a dar gracias a la Virgen por estar vivos. Además de sus cananas que se observan en la foto, se dice que también llevaron sus caballos llevando los petates y comida del pueblo».
Luis Hernández. Barrio San Pablo. De 1946 a la fecha encargado de elaborar las portadas florales en los Barrios de Iztapalapa.
«Los zapatistas de Santa María Aztahuacán venían muy seguido con doña Tiburcia Trejo, al fondo del Callejón del 57, Barrio San Pedro, donde vivió con su esposo Genaro Jiménez Reyes. Ella fue originaria de este pueblo. Él, de aquí. Ella era blanca y muy alta. Don Genaro también, y con bigote que hizo que lo confundieran los carrancistas con Zapata. Para salvarlo mi hermano y vecinos tuvimos que llevar pruebas y nuestro testimonio que era nuestro trabajador. Era tal su fortaleza que llegaba a levantar una mocheta él sólo… En una de esas se enteraron que iba a ver una boda a la entrada del Callejón del 57. Se casaba el tío Manuel de la Rosa Turcio con Rafaela Castillo. Al enterarse que venían los zapatistas a la boda todas las mujeres salieron de la fiesta y se vinieron a esconder a la casa de mi papá Margarito –última casa del Callejón– pues era un lugar rodeado de agua. Ya estando los zapatistas en la fiesta se les atendió muy bien. ¡Más nos valía! Pero a cada rato preguntaban por la novia. Después, aquí, que era la casa del abuelo Guadalupe de la Rosa, pusieron un pequeño cuartel, hasta con un cañoncito».
Rosalío de la Rosa Hernández.

«Una vez estando reunidos con el tío Demetrio Santos Morales donde ahora vivo, el tío Paz de la Rosa dijo que el lugar tenía historia porque a esta casa –4to. Callejón del 57– trajeron herido de bala a Herminio Chavarría, lugarteniente de Emiliano Zapata en Santa María Aztahuacán».
Abundio Ramírez Morales. Barrio San Pedro.
«Durante la Revolución Mexicana las representaciones de Semana Santa se suspendieron en Ixtapalapa y fueron restauradas a iniciativa de Emiliano Zapata».
La Prensa, 21 de abril de 1984, p. 45
Por otro lado, don Nabor Reyes Hernández, del Barrio de San José, en su carácter de testigo presencial: «Narro que cuando Zapata estuvo en el sur de la ciudad de México visitó Iztapalapa en días cercanos a la representación de la Semana Santa y se extrañó por qué no habían iniciado los preparativos para la escenificación. Al enterarse de que habían determinado su suspensión, de inmediato dio la orden para que reanudara la tradición». Fabiola Cancino. El Universal. Miércoles 27 de marzo de 1992.
«Como por 1914 o 1915, cuando estábamos en clases, varias ocasiones escuchamos tiroteos. Allá, en el Cerro de la Estrella, por el cerrito de La Muerte. Inmediatamente los maestros nos sacaban para que nos fuéramos a nuestras casas. Hasta donde me acuerdo, nunca se suspendieron las clases en forma definitiva. En esos años, una ocasión estaba un yaqui tirado, ya muerto. Estaba frente a la capilla del Santo Cristo, ubicado a un costado de la puerta principal de la escuela del jardín. Había en ese entonces varios yaquis en el pueblo. Solamente los llegué a ver en tiempo de la revolución. Se vestían muy diferente a nosotros. Pero no me acercaba a ellos, porque mi mamá me dijo que eran malos, que tenían malas costumbres y se robaban a los niños. Le platiqué a mi mamá del yaqui que estaba muerto y me dijo que no me preocupara por que los yaquis que morían aquí aparecían en su pueblo. Me decía mi papá que los zapatistas que estaban en Santa María Aztahuacán prestaron los caballos para la Semana Santa».
Santos Cedillo Tejeda. Barrio de San Pablo
El boletín de prensa del Comité Organizador de la Semana Santa del pueblo de Iztapalapa hace referencia a la intervención de Zapata, pero en ningún momento menciona que haya habido alguna de parte de Benito Juárez:
«Yo elaboré el primer boletín de prensa que fue en 1996. Como un hecho histórico anoté que Emiliano Zapata prestó los caballos para la escenificación de la Semana Santa en el pueblo».
Gersaín Frías Solano. Barrio San José

En la zona aledaña al santuario del Señor de la Cuevita se preserva parte del vergel del tlatoani Cuitláhuac
La otra aclaración a Jorge de León es a su trabajo donde escribió: «sólo se conserva parte del ‘Vergel de Cuitláhuac’ en la zona aledaña al Santuario del Señor de la Cuevita» («Cuitláhuac, invicto tlatoani iztapalapaneca». León, de Jorge, revista Iztapalapa fin de siglo. Ed. Delegación Iztapalapa. México, octubre 1991, número cero, pp. 6-129.
El jardín al que hace referencia el cronista se localiza en la parte oriente del Santuario y mide aproximadamente 80 metros de largo por 30 metros en su parte más ancha, reduciéndose a su extremo izquierdo en no más de un metro, donde dominan las piedras y las rocas volcánicas, las cuales dejan un espacio muy reducido a los árboles y plantas vegetales. Adjunto a éste, por la parte norte, se localiza un estanque para patos de un diámetro de diez metros, con una profundidad no mayor de 60 centímetros y, en su parte sur, su nivel más alto, está una palapa de tres metros de diámetro y una cascada que empezó a funcionar el año antepasado.
La versión de un vecino con años de encargado de la mayordomía del Señor de la Cuevita del medio pueblo de Axomulco, recuerda las condiciones y fecha de la construcción del jardín y de la compra del órgano del Santuario, ambos costeados con las aportaciones de los que fuimos «padrinos» de la obra, todos vecinos de los Ocho Barrios del pueblo de Iztapalapa, y auspiciada por la autoridad eclesiástica del lugar, que, «como si fuera ayer», recuerda:
«Fue el padre Antonio Herrera, que en el pueblo lo conocimos con el sobrenombre de nombre del ‘Águila negra’, quien nos encargó el trabajo de conseguir los padrinos para el órgano y del jardín del Santuario del Señor de la Cuevita, con una aportación de 500 pesos cada uno. Fuimos alrededor de trescientos padrinos, que por cierto los juntamos rápido entre los Barrios. El jardín se hizo a un costado del Santuario; había mucha piedra. La bendición del órgano y el jardín, con la presencia de todos los padrinos, fue a las ocho de la noche el 29 de septiembre de 1963».
Jesús Frías Castillo, Barrio de San José.
Con la finalidad de mostrarle que hasta antes de principios de la década de los años sesenta el lugar era totalmente «pedregoso» y «árido», se transcriben relatos de vecinos que conocieron el lugar antes de esos arreglos:
«Después de terminar la crucifixión, bajábamos por la parte posterior del Santuario para dirigirnos donde están actualmente las oficinas del padre. Ahí está una cueva, era muy grande, ya taparon parte de ella. Era tan grande, que cabían tres personas a caballo. Pero no era profunda, a unos metros terminaba. Ahí se cambiaba el que personificaba a Cristo, que salía ya cambiado y a caballo, para que no se dieran cuenta que era él. Era un lugar totalmente pedregoso, árido. Hacia la calle Estrella sembraban maíz».
Jorge Ávila Domínguez, Barrio La Asunción. Presidente del Comité Organizador de Semana Santa en Iztapalapa.
«Yo sembraba maíz a un costado de donde estaba la iglesia del Señor de la Cuevita. Cuando empecé tuve que quitar mucha piedra. Estaba muy seco todo. Eso fue como hace 40 años. La propiedad era de José María Villarreal Granados. Él donó el terreno para el kínder de Estrella».
Manuel Miguel Rosales Serrano. Barrio de San Pablo.

«Aquí todo es pedregoso. El jardín y donde está el estanque con patos, están instalados en la piedra volcánica del cerro».
Eric Sánchez. Encargado de la oficina del santuario del Señor de la Cuevita.
El señor Jesús María Rodríguez menciona que la idea de hacer algunos arreglos en la parte oriente de este lugar fue del padre Antonio Herrera (quien) «se obsesionó por crear un escenario en el atrio del Santuario que fuera propicio para la representación de la Semana Santa. Con jardines, estanques, paseo con sus bancas a la entrada del atrio, fueron resultado de una construcción escénica». (Rodríguez, Jesús María. Trono de Nuestro Señor de la Cuevita, edición particular, México, s/fecha. p. 30).
La razón de la presencia de piedra volcánica del Cerro de la Estrella, particularmente al lugar que nos referimos, obedece a que este punto orográfico es un volcán extinto de una antigüedad que data entre 40,000 y 60,000 años. Así lo explican, entre otros artículos: «El mundo subterráneo del Huizachtépetl» y «El sistema cavernario del Huizachtépetl», de Arturo Monter García, publicados en la revista Iztapalapa, Tiempo y espacio, número 6, editada por el Consejo de Fomento Cultural en Iztapalapa, A.C., en 2002, de las páginas 8 a la 14, y en el libro Huizachtépetl, Geografía Sagrada de Iztapalapa, editado por la delegación Iztapalapa en 2002, de las páginas 171 a la 202.
Otro aspecto importante a considerar del jardín y de un estanque prehispánicos ahí existente propiedad de Cuitláhuac, es el haber sido de grandes dimensiones, así lo atestiguan los conquistadores en sus crónicas refiriéndose al día que pernoctaron en los palacios del tlatoani, una día antes de su entrada a Tenochtitlán, el siete de noviembre de 1519. Así lo infirió Bernal Díaz del Castillo, quien escribió para la posteridad su testimonio de la magnificencia del lugar:
«Y desque entramos en aquella ciudad de Estapalapa, de la manera de los palacios donde nos aposentaron, de cuán grandes y bien labrados… Después de bien visto todo aquello, fuimos a la huerta jardín que fue cosa muy admirable verlo y pasearlo, que no me hartaba de mirar la diversidad de árboles y los olores que cada uno tenía, y andenes llenos de rosas y flores, y muchos frutales y rosales de la tierra, y un estanque de agua dulce, y otra cosa de ver, que podían entrar en el vergel grandes canoas desde la laguna por una apertura que tenían hecha, sin saltar en tierra, e todo muy encalado y lucido, de muchas maneras de piedras y pinturas en ellas que había harto que ponderar, y de las aves de muchas diversidades y raleas que entraban en el estanque».
Díaz del Castillo, Bernal, Historia verdadera de la Nueva España, Editorial Colección Austral, México 1984, p. 179 y 180.
Por su parte, Hernán Cortés describió, en no menores términos de exaltación que Bernal Díaz del Castillo, la suntuosidad de cuanto observó, entre ellos el jardín, ese día que descansó en el palacio de Cuitláhuac:
«Llegado a esta ciudad de Iztapalapa, me salió a recibir algo fuera de ella el señor y otro de una gran ciudad. Tiene el señor de ella unas casas nuevas que aún no están acabadas, que son tan buenas como las mejores de España. Tiene muchos cuartos altos y bajos, jardines muy frescos de muchos árboles y rosas olorosas; así mismo albercas de agua dulce muy bien labradas, con sus escaleras hasta lo hondo. Tiene una muy grande huerta junto a la casa y sobre ella un mirador de muy hermosos corredores y salas, y dentro de la huerta una muy grande alberca de agua dulce, muy cuadrada, y las paredes de ella de gentil cantería, y alrededor de ella un andén de muy buen suelo ladrillado, tan ancho que pueden ir por él cuatro paseándose; y tiene de cuadra cuatrocientos pasos, que son en torno mil seiscientos; de la otra parte del andén hacia la pared de huerta va todo labrado de cañas con unas vergas, y detrás de ellas todo de arboledas y hierbas olorosas, y dentro de la alberca hay mucho pescado y muchas aves de agua, tantas que muchas veces casi cubren el agua».
Cortés, Hernán, Cartas de Relación, Editorial Editores Mexicanos Unidos, México, 1988, p. 70 y 71.

Los anteriores testimonios mencionan en forma precisa que junto al jardín y estanque estaba el palacio de Cuitláhuac, formando todas ellas una unidad arquitectónica caracterizada por su armonía con su entorno natural, causándoles admiración y regocijo a los conquistadores.
El INAH reportó no haberse encontrado vestigio prehispánico alguno durante los trabajos de construcción de las «casas curales y la oficina parroquial» en la parte noreste de Santuario durante 1969, de los cuales estuvo al tanto, como así lo hace constar el oficio No. 0222 firmado por el arquitecto Carlos Chanfón Olmos, jefe del Departamento Monumentos Históricos fechado el 12 de mayo de este año.
De gran valía es este reporte oficial a fin de dispar toda duda que el jardín que se localiza a un costado del Santuario no es de la época prehispánica, en ese orden de ideas está el testimonio de un vecino de la comunidad, quien manifestó:
«Yo estuve presente durante el tiempo en que se construyeron las ‘casas curales’ que se localizan en la parte noreste del santuario, y al norte del jardín –del Santuario–. En los trabajos de excavación no se encontró nada. En otros lugares, como en la parroquia de San Lucas, en la iglesia de San Marcos Evangelista, se han encontrado vestigios en la propia construcción o en su entorno. Aquí nada».
Francisco Maguey Cedillo. Barrio de San José.
Además, los relatos de los conquistadores en ningún momento hacen mención que el jardín o demás construcciones, estuvieran localizados en alguna parte del Cerro de la Estrella; es entendible que hubiera sido una referencia obligada en sus descripciones si consideramos el trabajo técnico y humano que hubiera requerido la construcción del estanque o del palacio de Cuitláhuac en esas condiciones volcánicas, para hacer mención de dos obras contiguas al jardín prehispánico, como así lo hicieron de las obras más relevantes, que para el caso de Iztapalapa, además de las anteriormente referidas, hicieron lo propio de la calzada que lleva su nombre y el de la albarrada de Netzahualcóyotl.
Aunado a lo anterior, en las excavaciones de la construcción de la Línea 8 del Metro, a la altura del Santuario del Señor de la Cuevita (entre las estaciones Iztapalapa y Cerro de la Estrella) no hubo hallazgo que confirmara la existencia en la zona, ya no digamos del jardín, de los estanques o del palacio, siquiera de un vestigio prehispánico mínimo. Conclusión que se deriva del «Informe Final del Proyecto Arqueológico Metro Línea 8», 1991-1996, de la Dirección de Salvamento Arqueológico, del INAH, tomo I, volumen 1, capítulo II-capítulo III, México 1996, a cargo de la arqueóloga María de Jesús Sánchez Vázquez.
Sobre el mismo tema, en la investigación debemos tener en cuenta la poca profundidad del lago de Texcoco y determinar, en forma aproximada, hasta qué parte de la falda del Cerro de la Estrella llegaba; para tener un indicio debemos considerar la topografía actual, entre los referentes tenemos la «bajada» de nivel, muy pronunciada, que se observa en la calle de Lerdo y Cuauhtémoc, Barrio de San Pablo.
A lo anterior, hay que agregar los vestigios prehispánicos hallados en lugares distantes de las faldas del cerro, como son los casos de entierros en Hualquila, Pachicalco y Palacio, de los Barrios de Santa Bárbara, San Ignacio y la Asunción, respectivamente. (Salas Contreras, Carlos. Rescate arqueológico en el área central de Abasto Iztapalapa D.F. Tesis profesional. INAH, México, 1989, p.p. 154-159).

Una propuesta que debe tenerse en cuenta, máxime con los vestigios recién descubiertos en esta zona, es la de Ana María L. Velasco Lozano quien plantea la posibilidad de la ubicación del jardín Cuitláhuac II en el centro de Iztapalapa a partir del Mapa de Uppsala, de la época de conquista y atribuido a Alonso de Santa Cruz. (Velazco, Ana María. «El jardín de Iztapalapa», Revista Arqueología Mexicana número México 57. p.p. 26-33.)
Entre la población existen versiones sobre la ubicación de los restos de Cuitláhuac, transmitidos de generación en generación en nuestra comunidad, que representa otro punto de referencia de la posible ubicación de su palacio. Entre ellos se encuentran las siguientes:
«En la casa de Isauro Granados, de San Lucas, están enterrados los restos de nuestro rey Cuitláhuac. Una vez hablé con él, con Isauro. Tenía muchas relaciones. La hacía de periodista y arreglaba asuntos jurídicos, por lo que sabía de la importancia del tema. Yo creo que por eso quiso hacer las cosas solo, pero fue embrujado. Ahora ya son otros los dueños. Su nieto Miguel Ángel me comentó que una vez vio como en la casa de enfrente, propiedad de los Espinosa, sacaron dos camiones de vestigios arqueológicos. A lo mejor Miguelito exageró en el monto, pero sí hubo algo de cierto, de eso estoy plenamente seguro».
José Tomás Luna López. Barrio de San Ignacio
«Los señores de antes decían que en Comonfort y Porfirio Díaz estaba enterrado Cuitláhuac. Entre los señores que lo comentaban estaba don Casimiro Domínguez, que vive a un lado de la parroquia de San Lucas».
Pedro Guillén Neria. Barrio Santa Bárbara
Otro referente a considerar sobre la ubicación del jardín de Cuitláhuac, son los llamados «Ojos de agua» que se mencionan en las crónicas. A respecto el «Chicopas» decía:
«Es muy difícil saber dónde estaba el estanque que mencionan los conquistadores. Cuando se construyeron los lavaderos de Tlaquilpa, localizados en la calle de Lerdo casi esquina con Cuauhtémoc, Barrio San Pablo, se encontró una como alberca, pero nadie le dio importancia. Quedó a la vista una pared recubierta con estuco y de aspecto muy antiguo. Tenía escaleras, algo similar a lo descrito por Hernán Cortés cuando se refirió al estanque que había en el jardín de Cuitláhuac. Le comenté al ‘maestro’ de la obra que eso era un vestigio prehispánico. Él siguió su trabajo. La indiferencia fue algo similar a cuando a algún funcionario de la delegación o de antropología le decía el lugar donde había vestigios enterrados y su importancia».
Sobre el mismo tema, Asunción Rivas Romero, quien nació y vive en Lerdo y Cuauhtémoc, explicó:
«Ahí hubo un ojo de agua, era uno de los más grandes del pueblo. Ahí lavaban nuestras vecinas y familiares desde antes de que se construyeran los lavaderos públicos. Hace como sesenta años trataron de taparlo, para eso le echaron muchísimos bultos de cemento, y ni así lograron cerrarlo, salía mucha agua».
Al respecto, el doctor Francisco de Loya en su informe de 1580 anotó: «dicho pueblo de Iztapalapan (tiene) grande abundancia de fuentes muy apacibles a la vista, todas de agua dulce, con algunas arboledas, particularmente las casas y habitación del gobernador de dicho pueblo, donde hay unos estanques y recreaciones, diversidad de rocas y arboledas: que viene a proceder este estanque de cinco o seis fuentes manantiales que en él hay. (Loya de, Francisco. Relación de Iztapalapa. Relaciones Geográficas del Siglo XVI. Edición de René Acuña. México. Ed. UNAM. México 1986. p. 37)

Adjunto al informe está un mapa del pueblo de Iztapalapa de la misma época. En él aparece, al sur de la parroquia de San Lucas, una «fuente de agua» y el curso que tenía. Por la claridad del mapa, se deduce que el punto donde estuvo el «Ojo de Agua» es el mismo donde actualmente está ubicado el pozo que el gobierno de Iztapalapa instaló en años recientes. A esto hay que considerar a lo referido por Alonso Axayacatl en su testamento: el canal de agua y que sus casas estaban junto a la parroquia de San Lucas.
Es claro que esas fuentes documentales y las versiones de vecinos convergen geográficamente en el actual jardín y explanada Cuitláhuac, sitio donde fue descubierta una zona arqueológica en junio de 2007, de la mayor importancia para la historia de Iztapalapa, como así lo manifestó el responsable de las investigaciones en la zona por parte del INAH: «Los vestigios del Templo Mayor de Iztapalapa y las edificaciones prehispánicas que integraban esa plaza ceremonial culhua-mexica (…) datan de los años 1200 a 1500 d.C., así como varios elementos arquitectónicos, fueron detectados gracias al hallazgo de una plataforma piramidal de 35 metros de largo en la fachada oeste, además de cistas –huecos para depositar ofrendas– y parte del muro sur, que delimitaba la plaza de ese recinto ceremonial. El hallazgo reveló que era un recinto sagrado. Medirá alrededor de 120 por ochenta metros». (La Jornada, 2 de agosto de 2007).
Desafortunadamente sin la mínima explicación de lo ahí descubierto, el 27 de diciembre del año pasado fue reabierto el jardín Cuitláhuac, por lo menos por el momento.

El cambio repentino del clima durante la escena de la crucifixión
Por años, los protagonistas y cientos de miles de personas hemos sido testigos de la presencia anual de viento, lluvia, ocasionalmente rayos y granizo, y en consecuencia se oscurece en el momento más dramático de la representación, la crucifixión. Así lo atestiguan sus relatos:
«En los ocho años que interpreté a Cristo –de 1961 a 1968– en el momento de la escena de la crucifixión, siempre hizo un aire muy fuerte, que era acompañado por lluvia. Sólo duraba unos 30 minutos, o un poco más. Ahora ya ni llovizna. Para que se viera más real la interpretación, a los clavos les aumenté unos puntos de un centímetro de largo, y así, junto al brazalete, me los clavaron. Esto fue lo que provocaba el sangrado. Desde el segundo año que representé a Cristo y hasta la fecha, a partir del Miércoles de Ceniza al Viernes Santo, en mis manos y pies se empiezan a configurar las huellas de los clavos que en la escena de la crucifixión me pusieron hace años. Pasada la Semana Santa desaparece toda huella. La cruz, los clavos, la túnica, la cabellera, que siempre utilicé en la representación, me los obsequió el actor Enrique Rambal, que fueron los mismos que él utilizó cuando personificó a Cristo en la película El Mártir del Calvario (1953). Él tuvo la intención de personificar a Cristo en Iztapalapa, deseo que le fue negado por los organizadores, pues de acuerdo a nuestra costumbre, siempre debe ser interpretado por una persona originaria de los Barrios. Fue tal su intención de participar en la Semana Santa de Iztapalapa que él me preparó para la escenificación, lo que hasta la fecha le tengo agradecido».
Manuel Neri Mosco. Originario del Barrio San Pedro. Actualmente vive en la colonia Purísima I, Delegación Iztapalapa.
«Yo empecé a salir en la representación de Semana Santa en 1968. En ese año quien representó a Cristo fue Manuel Neri, ‘El Muerto’. Cuando lo vi en la escena, se me figuró ver a Cristo; hasta la fecha no se me olvida su rostro de ese momento, se quedó muy grabado en mi memoria. En este año hubieron dobles personajes, hasta del mío, que fue de Simón Pedro. De ahí se derivó un problema con don Martín Guillén, quien alquilaba el vestuario a los personajes de la representación».
José Luis Guillén Corona. Barrio Santa Bárbara.

«En 1968, el cronista Paco Malgesto –Francisco Rubiales– narró la escenificación del Vía Crucis del pueblo de Iztapalapa. En los instantes que se escenificaba la crucifixión exclamó: ‘Es maravilloso, increíble, que se nuble, que llueva. Esto le da un toque real a la representación. De verdad ¡Es algo inexplicable!’. Ese año hubo dos personajes de Cristo, dobles apóstoles, dobles vírgenes, debido a que dos grupos la escenificaron. Uno organizado por el pueblo. Lo integraban don Porfirio González Cedillo –Barrio de San Ignacio–, fue uno de los dirigentes más importantes e interpretó el papel de Capitán Romano; don Martín Cano era el presidente, Santiago Guerra y Luis Alvarado. Otro dirigente importante fue Antonio Rivas Martínez. También lo fue don Martín Guillén, que por cierto, a él le reclamaron por qué en 1974 0 75 había prestado el vestuario a los artistas profesionales y había permitido que éstos se infiltraran en los momentos de la representación, lo que les sirvió para filmar la película El Elegido. El reclamo fue muy fuerte. La otra representación, con el apoyo de la iglesia la organizó Antonio Hernández, que vivía por el panteón civil. Siempre hacía viento, tolvanera y llovía a la hora de la crucifixión. Recuerdo que en 1964 granizó muy fuerte que tapizó de blanco el cerro y la explanada».
Pedro Guillén Neria. Barrio Santa Bárbara. En 1969 y 1970 representó a Cristo, y durante diez años dirigió la Comisión del Grupo de las Vírgenes de la escenificación de la Semana Santa.
«Para interpretar los papeles, principalmente para los más importantes, se toman en cuenta su buena conducta, como hijo, como hermano, cristiano y ciudadano».
Martín Guillén. La Prensa. 29 de marzo de 1975. P. 39

«Siempre se hizo una tolvanera, llovizna y estruendos en el cielo cuando empezaba la crucifixión, pero más se arreciaba cuando el soldado romano nos clavaba su lanza. En 1978, hizo una lluvia y rayos, hasta uno de ellos mató a una persona en el cerro… Mi papá –Antonio Rivas– me platicó que también en sus tiempos en ese instante hacía mucho viento, llovía y rayos. Y que en una ocasión también un rayó mató a una persona en el cerro. Lo extraño es que en los últimos años ya no hace tanto aire, mucho menos llueve. yo tampoco estoy de acuerdo que la delegación intervenga en la Semana Santa debido a que es una escenificación del pueblo».
Carlos Rivas Fragoso. Barrio San Pablo. Representó a Cristo de 1977 a 1980.
«En forma coincidente, al igual que hace veinte siglos cuando fue sacrificado Jesús de Nazareth, los rayos surcaron el espacio, el cielo se tornó oscuro y la lluvia resbaló por su maltrecho cuerpo –de Carlos Rivas Fragoso–. En los últimos 35 años el fenómeno ha sido similar».
La Prensa. 25 de marzo de 1978. p. 2
«En el momento de mi ascensión a la cruz empezó a cambiar el clima; de una calma y sol resplandeciente y candente, rápidamente empezó a nublarse, con muchísimo viento y lluvia, a la vez que grandes estruendos provocados por rayos. Esto duró desde que me empezaron a subir a la cruz, que fue a las 3:30 de la tarde y a eso de la cuatro. Después regresó el sol y la calma. Esos cambios son inexplicables, enigmáticos. La Cruz que llevé fue hecha por mi primo Ricardo Carmona –Barrio Santa Bárbara–. Tuvo un peso de 105 kilogramos y como es costumbre, cada Tres de Mayo la llevo a misa, como así lo hacen quienes representamos a Cristo y de parte de los Nazarenos. En mi caso la llevo a la capilla del Barrio. Los demás la llevan a la misa al Santuario, o a las capillas de los barrios de donde son ellos. Últimamente un grupo la lleva a misa donde está la Cruz Papal, a la subida del Cerro de La Estrella».
Federico Ayala Orozco. Barrio Santa Bárbara. Representó a Cristo en 1990.

«Existe una película de la representación del año que salió Federico de Cristo. En ella se observa la lluvia y rayos en el momento de la escena de la crucifixión que iluminó un área muy grande, lo que le dio un paisaje natural a semejanza del momento de la crucifixión de Jesús en el Gólgota. Algo también inolvidable fue cuando la paloma que suelta el ángel terminada la escena donde los soldados romanos dan por muerto a Cristo, haya dado una vuelta y regresado, para posarse en la cruz donde estaba crucificado mi hermano. Desde el Cerro de la Estrella, viendo hacia el poniente, se veía con claridad que sólo llovía en este lugar, observábamos hasta donde llegaba la cortina de agua. En la Biblia se menciona que en el instante de la Crucifixión hizo viento, lluvia, rayos, tembló y hubo un eclipse. Y además, se rasgó el de velo del templo del Sinedrio –Sanedrín– por la mitad; Anás era el Sumo Pontífice del templo. En ese lugar, el Domingo de Ramos, Jesús corrió a quienes vendían las palomas, corderos, porque dijo que habían hecho de la casa de Dios una cueva de ladrones. Los animales debían llevar una seña de alguno de los sacerdotes que eran realmente los dueños de los animales ahí ofrecidos, argumentando que los demás no eran dignos para ser sacrificados. Aquí en Iztapalapa nada más falta que tiemble y se presente un eclipse total de sol. El eclipse total de sol aparece en la película Barrabas. Sobre el velo que se rasga, lo observamos en la película El Mártir del Calvario».
Sergio Ayala Orozco. Barrio Santa Bárbara.
«El Jueves Santo de 1989, en el Barrio de San Miguel nos agarró un aguacero, que tuvimos que refugiarnos en la capilla. Ese día nos acompañó el delegado, Marco Antonio Michel Díaz. Al otro día, el Viernes Santo, su esposa me preguntó si iba a llover, pues el día era muy bonito, sin nubes, le dije que sin duda, el Viernes Santo siempre ha llovido en el momento de la crucifixión, que hasta me había extrañado que el Jueves Santo había llovido con esa intensidad, pues más bien se caracterizaba esa noche por el frío, y en algunas ocasiones por una leve llovizna. En esta noche hacemos la representación de la Última Cena, La aprehensión de Cristo, principalmente. Lo dicho, así fue; el Viernes Santo como cada año llovió en el momento de la escena de Crucifixión. Todas las escenificaciones son inolvidables, pero sobre esos fenómenos naturales, existe una que llama mucho la atención, fue cuando salió Federico Ayala en 1990. En esa ocasión hubo tolvanera, aguacero, rayos que iluminaban todo el cerro, hasta tuve la sensación de que tembló en el área de la Cruz. En el periódico se publicó una imagen que muestra los momentos de crucifixión, que por alguna razón se abre el cielo y le cae en plena cara de Federico un rayo de sol. Sólo ese instante y con él. Muchas casualidades, ¿no? Ahora ya no se ve eso, a la mejor también es culpa de nosotros los dirigentes».
Jorge Anatolio Ávila Domínguez. Presidente del Comité Organizador de la Semana Santa en Ixtapalapa A.C., de 2008 a 2010.
«El Jueves Santo de 1989, cuando salió Alberto Dirvas de Cristo, nos cayó un santo aguacero que muchos de los nazarenos ya no salieron al otro día. Eso fue por la capilla de San Miguel, como a las siete de la noche. El año que salió Federico (1990) cayeron hasta rayos a la hora de la crucifixión. Después, al siguiente año (1991), también en ese momento hubo viento y lluvia a la hora de la crucifixión. Tanto fue así que por el aguacero se nos dificultó bajar a Alberto Buendía de la Cruz. Con Oscar Rodríguez Vargas –en 1992–, Juan Miguel Martínez García –en 1993–, y Francisco López Mosco –1994–, hizo viento, pero ya no tanto como otros años, y ya no hubo lluvia. Yo representé el papel de ‘Azotador’; para pegarles a Cristo y a la Cruz, desde los ensayos yo pedía permiso a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que tiene don Juan Cano en su casa, que es el lugar donde se hacen los ensayos cada año. Dejé de salir porque en los días de la Semana Santa, lo menos que me pasó fue un catarro muy fuerte, que para uno que sale casi encuerado y con el frío de la noche del Jueves Santo y el calor del Viernes Santo, es mucho. Otra ocasión, faltando dos días para el Jueves Santo me atropellaron. Hasta en Miércoles Santo estuve preso. Mejor di las gracias, porque además se llena uno de temor, de culpabilidad; durante el recorrido de la explanada Cuitláhuac al Cerro de la Estrella el Viernes Santo, a los azotadores y al que personifica al Judas, pero más a nosotros, la gente nos maldice o nos avienta lo que tiene a la mano. Pero también nos agrede después de este día, cuando nos encuentra en la calle. Un día, ya pasada la escenificación, una señora me dio dos cachetadas porque le había pegado a su Jesús. Me caractericé por pegarles de a deveras a los que representaban a Cristo, para lo cual utilizaba un látigo hecho de cueros. Hasta me llegaron a reclamar. Pero eso también les ayudó a los que representaban a Cristo, al reaccionar por el cansancio, más en la Tercera Caída donde ponen pasto mojado donde él cae, que con el cuerpo caliente que tiene en esos momentos hace que haya una reacción de relajamiento y le sea muy difícil levantarse con una Cruz que pesa más de 90 kilos. Hace como quince años empecé hacer la Corona de Espinas para los personajes de Cristo. Después me empezó a ayudar Fernando Neria. Para eso».
José Luis Rodríguez Martínez. Barrio San Lucas. Representó el papel de Azotador de 1990 a 1994.

«En las polvorientas calles de Ixtapalapa (…) el autóctono Cristo, marcha penosamente hacia el Gólgota imaginario, pasa la muchedumbre enardecida insultando a los verdugos y consolando al redentor».
La Prensa. Ocho de abril de 1950.
«Cuando representé a Cristo sólo hizo viento. No es que le reproche al ‘Gallo’ –José Luis Rodríguez– y a Alejandro –Ramírez–, pero me pegaban con ganas. Al ‘Gallo’ le agradezco el haberme regalado la corona de espinas que utilice en la escenificación. De esa ocasión tengo buenos recuerdos. Pero debo dejar claro que me sucedió un hecho reprobable: Fui golpeado por representantes del Comité de Semana Santa cuando acompañaba a mi hijo, quien representaba al ‘Niño Hebreo’, el Domingo de Ramos de 2007. Hasta me mandaron al hospital. Dos fueron procesados. En rechazo a esa actitud de los representantes, no me tomé la foto con los demás vecinos que han representado a Cristo, convocada por la delegación. Además, porque el delegado de Iztapalapa pretendió defenderlos».
Francisco López Moco. Barrio San Pablo. Representó a Cristo en 1994.
«Yo salí de Claudia en 1993. En el momento que empezaron a clavarle los clavos a Cristo, empezó hacer frío, viento lluvia. Vemos como normal los cambios del clima en esos momentos. Lo que llama la atención es que aun cuando las fechas de la Semana Santa cambian, son movibles, cómo es que coinciden los cambios de clima precisamente con la escena de la crucifixión en el Cerro de la Estrella».
Miriam Ramírez Saucedo. Barrio San Pablo.
«En días pasados comentamos en la casa que ya no se ven las tolvaneras en Semana Santa que se veían en otros años. Que probablemente se debiera a que ya está pavimentado. Pero tampoco llueve, mucho menos caen rayos. También platicamos que es increíble que sólo se observara viento y lluvia en la escena de la crucifixión, cayera en marzo o abril el Viernes Santo. Hace tres años, en la camioneta que nos llevó al Cerro de la Estrella para presenciar la bendición de la Cruz Papal, me senté junto al obispo Marcelino Hernández Rodríguez. Platicando con las religiosas que lo acompañaban comentó que él había tramitado el traslado de la Cruz que había bendecido el Papa Juan Pablo II en el hipódromo al Cerro de La Estrella, debido a que el pueblo de Iztapalapa estimaba al Papa y su población es profundamente religiosa».
Eulalia Ramírez García. Barrio de San Pablo. Representó a la Samaritana en 1975.

«El viento empezaba después de la Tercera Caída y en plena crucifixión arreciaba con lluvia, y hasta truenos se han visto en el cielo. Con los clarines anunciamos que vamos en camino. Tocamos la marcha ‘dragona’, que es una marcha militar. Me comentó mi papá que la introdujo con algunos arreglos el señor Nabor Reyes de San José. En ese momento, nos ha dicho la gente, sienten un ambiente fúnebre. Cuando pasa el Cristo junto a ellos, he visto que muchos lloran, sienten como si fuera real. A los que golpean a Cristo les dicen y avientan de cosas. He observado que a medida que nos acercamos a las Cruces, vamos sintiendo nervios, pero no sólo nosotros, todos los que ahí estamos en ese momento; la misma gente empieza a cambiar, de una tranquilidad a ser más agresivos; a los mismos que vi en la explanada con su familia, riendo, contentos, después, en el Cerro cambia su carácter a enojados. Después de que sueltan la paloma, que es cuando expira Cristo, la mayoría de los caballos se alborotan, hasta los que traen los policías. Y cuando vamos de bajada, nuevamente todos en calma. Mi papá –Teófilo Perales Acevedo, Barrio San José– fue el encargado de Los Clarines por 23 años, hasta que falleció hace siete años. Ahora el encargado de los 18 que integramos el grupo de Los Clarines es mi hermano Alfredo».
Javier Perales Neria. Originario del Barrio San José. Actualmente vive en la Segunda Sección de Leyes de Reforma, Iztapalapa.
«De 1970 a 1973 representé el papel de Longinos, el que clavaba la lanza a quien representaba a Cristo –Mario Ubaldo–. De esos años, el del 72 la lluvia fue muy fuerte; me acuerdo que mi cuñada que salió de María de Cleofás, estaba bien empapada. Como por 1984 cayó un aguacero que ya no pude subir, pues la gente, principalmente la de otros lugares, empezó a bajar. Desde hace cinco años, junto con familiares y amigos hacemos la representación en La Magdalena Tlatlausitepec, estado de Puebla. La mayoría de los personajes son de aquí, de Iztapalapa, principalmente familiares».
Alfredo Mosco Reyes. Originario del Barrio San Pedro. Actualmente vive en la Primera Sección de Leyes de Reforma. Iztapalapa.
«Llovía y hacía viento en la mayoría de las veces. De 1980 al 87 representé el mismo papel que mi padre –José Guerra Serrano– de mi abuelo –Santiago Guerra– y mi bisabuelo –José Guerra–, el de Pilatos. De esos años recuerdo que el del 85 fue muy fuerte el aguacero. Como la Semana Santa la llevo en la sangre, hace quince años empezamos hacer la representación al pueblo de donde fue mi mamá, de La Magdalena Tlatlausitepec, Puebla. Los ensayos los hacemos en la casa de Alfredo Mosco».
José Guerra Pérez. Originario del Barrio San Miguel. Actualmente vive en el Conjunto Habitacional Las Américas, colonia La Albarrada, Iztapalapa.
Por su parte, vecinos de la comunidad tienen sus propias experiencias sobre esos fenómenos «extraordinarios» que ha creado en ellos una sensación de «real» la escena de la crucifixión. A sus experiencias, se mencionan también la de vecinos de los Barrios que anualmente en forma profesional o particular han cubierto la escenificación con su cámara fotográfica, en las cuales manifiestan que si bien en los últimos años ya no ha hecho el viento y lluvia, lo distintivo ahora es que el Sol ha mostrado un halo de esplendor visible y de un espectro no visto en otros días del año.
«Como por 1945, terminada la escena de la crucifixión, se presentó en el cerro un remolino con viento considerable y poco después, una fuerte lluvia, que hizo que nos atemorizáramos y bajáramos de prisa del lugar. Algunos llegaron a tropezarse con la piedra o resbalarnos con la arena. Abajo, el remolino hizo que se levantaran los manteados que cubrían los puestos. Al poco tiempo, volvió la calma».
Florencio de la Rosa Ramírez. Barrio de San Pedro.
«En el Viernes Santo de 1953 o 54, en los momentos que Poncio Pilatos –el señor Guerra– decía: ‘Si eres hijo de Dios…’ y que se caen las tablas del templete donde estaban. Como me encontraba a un lado me tiraron las tablas y sangré bastante. Hasta en el camino al cerro, la gente decía que no sabía montar, que el caballo me había tirado. En ese entonces el concilio se hacía el juicio, junto a la parroquia de San Lucas. Mi papá, que se llamó Pablo, era de los organizadores de las máscaras. Los aguaceros eran muy fuerte que no podíamos escondernos en las cuevas porque hasta allá iba el agua».
Leopoldo Jiménez Martínez. Barrio San Pedro. Representó al soldado de la esponja y otros dos años llevó el estandarte romano.
«Como por 1956, en Viernes Santo calló un aguacero que en ese entonces mi esposa todavía mi novia, quedó bien empapada. La acompañe hasta la calle de Toltecas y Ermita, Barrio Santa Bárbara, donde había una caseta de policía, para que tomara su camión. Lo que me llamó la atención que ahí estaba totalmente seco, no había caído una sola gota de agua».
Luis Hernández. Barrio San Pablo.

«En 1985 vino mi cuñada para ver la Sema Santa. Allá en el cerro nos cayó un aguacero en plena Crucifixión. Se puso el cielo muy nublado, muy feo. Ella se asustó y enfermó. Mi papá fue Clemente Morales Peralta, salía unas semanas antes en el Carnaval, después en la Semana Santa tocando el clarinete. También me acuerdo que nos decía que antes la Semana Santa se llevaba a cabo en el atrio del Santuario, para eso se ponía el templete al lado del olivo que está frente a la puerta principal del Santuario».
Francisco Morales Salvador. Barrio Santa Bárbara
«Como por 1966, estábamos en el Cerro de la Estrella viendo lo de la Semana Santa con un sol brillante, bonito, pero nada más empezó la crucifixión y empezó un ventarrón, con agua y granizo. Ni para donde correr. Paso un tiempo y otra vez el sol».
Isaac Cisneros Turcio. Barrio San Miguel. Presidente del Comisariado Ejidal del Pueblo de Iztapalapa.
«En una ocasión empezó a llover a la altura del Centro de Salud, le dije al señor José Guerra que qué íbamos hacer y me dijo, ¡a seguir! Estaban hechos para el trabajo de campo; no les importaba el estado del clima, frio o el calor extremo, mucho menos se iban a parar en ese momento que para ellos era más que una representación terrenal. Interpreté varios papeles, entre ellos el de capitán de los sayones».
Gersaín Frías Soriano. Barrio San José
«Un poco antes del 2000, fui a la representación de la crucifixión en el Cerro de la Estrella. Más bien me acerqué, pues vivo a la subida del cerro. Allá estaba cuando de un solesote de momento nos cayó un aguacero que todavía me acuerdo que todos corríamos por todos lados. Se puso bien nublado, con polvo y agua. Parecía la crucifixión como real. Como nos cuentan que fue en la realidad en esos momentos con Cristo Nuestro Señor».
José María Villarreal Rosas. Barrio San Pablo.
«Hasta hace unos diez años más o menos, a partir que el Cristo iniciaba la subida en lo que es propiamente el Cerro de la Estrella, Ermita Iztapalapa ‘baja’, se percibía una ola de calor que llegaba a ser insoportable. Por eso los que personificaban a Cristo no aguantaban la sofocación y se desmayaban. Y como en una película antigua, en el instante de la llegada del Cristo al lugar donde se encuentran las Cruces, los caballos se irritaban. Y todavía, pero era más anteriormente, algunos llegaron a tirar a sus jinetes. Los romanos cambiaban sus rostros y se transformaban en los malos. Era un caos total. En ese entonces, durante la escena de la crucifixión, el cielo se nublaba, se escuchaba el viento soplar fuerte, provocando tolvaneras y caía una lluvia tupida y rápida. Después de la escena de la muerte de Cristo salía el sol, se volvía una tarde preciosa».
Mario Guzmán Guillén. Barrio San José. Fotógrafo de la agencia española EFE. Quince años cubriendo la escenificación de la Semana Santa en el pueblo de Iztapalapa.

«Yo soy integrante de la Organización de Nazarenos del pueblo de Iztapalapa que en este año cumplimos 114 años de hacer la representación de la Semana Santa. Nuestra organización hace su recorrido por los Barrios y la colonia Leyes de Reforma, lo que antes le llamábamos ‘Los Ejidos’. Nuestras oraciones las hacemos en el Santuario del Señor de La Cuevita, siempre en silencio, orden, con devoción. En el recorrido del Jueves Santo de 1978, nos cayó un aguacero muy fuerte. Al otro día, el Viernes Santo, volvió a llover, tan fuerte que tuvimos que pedir posada en casa del señor Jesús Romero, en la Primera Sección de la colonia Leyes de Reforma. Siempre hacía viento y llovía el Viernes Santo a la hora de la Crucifixión en el Cerro de la Estrella, que la escenifica la otra organización del mismo pueblo de Iztapalapa. Es la más conocida y es la que lleva a cabo la Pasión y Muerte de Cristo en la explanada del jardín Cuitláhuac, en las principales calles de los Barrios y en el Cerro de La Estrella. Volviendo a ese Viernes Santo, las nubes tapaban los rayos solares, lo que hizo que se nublara. En los últimos años ya no se hace el viento o cae la lluvia. Decimos que eso se debe al mal comportamiento que tienen cuando están en la representación. Ahora el sol se pone como rojizo y aparece con una aureola».
José Isabel Aguirre. Barrio Santa Bárbara. Fotógrafo del pueblo de Iztapalapa. Varios años cubrió la escenificación.
«Era común que hiciera una tolvanera y lloviera. En 1990 tembló alrededor de las Cruces. Esto hizo que la gente que estábamos cerca de ahí retrocediéramos. Fue como si hubiera explotado un tanque de gas».
Antonio Ramírez Barrio San José. Obtuvo el primer y segundo lugar de fotografía en 1993 en el concurso de «150 Años, 150 Fotografías», en la categoría de aficionado, convocada por la delegación Iztapalapa.
«En dos o tres ocasiones vi el viento y lluvia en la crucifixión. Los noticieros también dieron cuenta de esos fenómenos. Lo raro es que lloviera en ese tiempo que es considerado de secas. Además, sólo en esos instantes. Mi tío Nabor Reyes Hernández, hermano de mi abuelo Tomás, tenía una gran lucidez mental, se acordaba bien que Zapata prestó los caballos para que se hiciera la representación. Se acordaba bien de lo que le comentaba su padre Valentín, quien nació en 1814».
Jorge Reyes Bravo. Originario del Barrio San José. Actualmente vive en la colonia Constitución, Iztapalapa.
«Cómo me acuerdo de las mojadas y entierradas que nos dábamos el Viernes Santo. Me da mucho gusto encontrarme con mi gente cuando voy a las mayordomías a Iztapalapa o a las peregrinaciones, como así fue cuando encontré a Florencio y a tu mamá en Totolapan, hace…».
Antonio Jiménez Rascón. Originario del Barrio San Pedro. Actualmente vive en Tlayacapan, Morelos.
«En el momento o inmediatamente terminada la crucifixión del Cerro caía un aguacero que se anegaban las calles y callejones. Pues no había drenaje en el pueblo. Al poco rato volvía el sol muy resplandeciente».
Higinio Neria Cano. Originario del Barrio San Pedro. Actualmente vive en la colonia Renovación, Iztapalapa.
«El que sucedan esos fenómenos naturales, como todos lo hemos observado tienen un causa, una explicación. Yo como creyente, considero que es un mensaje divino a través del cual el Señor agradece a todos los participantes y al pueblo que rememoren esos momentos de injusticia, y que al mismo tiempo es ejemplar al haber dado Cristo la vida por la humanidad, y sagrado al representar él al Hijo de Dios, que a la distancia de los años lo tengamos muy presente. Es un aviso que hasta los caballos sienten esa presencia. Llegué a Iztapalapa, a la calle de Tercer Anillo de Circunvalación en 1970».
Andrés Rosas Benuméa. Barrio Santa Bárbara.
«En 1980 fui a presenciar La Pasión y subí al Cerro de La Estrella. Observé que quienes participaban lo hacían con corazón. Al poco rato empezó a hacer viento, lluvia. Conmueve el realismo, que hasta lloré. Desafortunadamente ya no es así. Ahora les importa más salir en la tele que hacerlo con devoción. Soy originario del Distrito de Sol de Vega, rumbo a Juquilita, Oaxaca, en plena Sierra. A Iztapalapa llegué en 1978, a la calle de Cobos, Santa Bárbara, de guaraches, sin saber leer y escribir. Aquí en los Barrios me ayudaron mucho».
Francisco Martínez Cruz. San Juan Jalpa. Delegación Iztapalapa.
«Llegué a la colonia Santa María del Monte en 1965, a 50 metros de Las Cruces de la crucifixión de la Semana Santa, aquí en el Cerro de la Estrella. A la hora que empiezan a subir a Cristo empieza el viento y el agua. Ya no se hacen las polvaderones de antes porque ya hay muchos edificios. Pero el viento sigue presente, es tan fuerte que debo de reforzar bien el manteado que pongo cada año en la casa. Aquí hay duendes. Seguido escuchaba que algo caía de los árboles. Decía que eran perros, pero mi vecino me dijo que eran los duendes. Su esposa me comentaba que les daba de comer. Sólo una ocasión vi a dos. En esa ocasión estaba viendo el futbol, no tenía prendido ningún foco, no había más luz. Y le comenté a mi esposa que había unos niños. Eso fue un Miércoles Santo. Aquí en el cerro ocurren cosas muy extrañas…».
Rodolfo Balos Arraiga

Esos cambios repentinos en el clima no fueron ajenos para nadie, que al igual que los vecinos, con asombro los reporteros de los medios de comunicación dieron cuenta de los sucesos extraordinarios observados en esos momentos, de los cuales se hace un recorrido breve de sus crónicas:
«Hoy, reunido, en este lugar del mundo: Iztapalapa. Aquí no se puede hablar de la gente, sino del gentío. La población creyente que vivía antes de la llegada de los conquistadores. Una religión antigua, un sentimiento indio, mexicano, lleno de flores y pulque y quesadillas y sufrimientos y luchas y sueños que tienen que ver con el cielo, que tienen que ver con la tierra. Comienza la lluvia».
La Jornada. Javier Molina. 14 de abril de 1990. p. 9
«Ante una multitud no menor de diez mil almas… Los medios de transporte resultaron completamente insuficientes, ya que, tanto tranvías como camiones, llegaban al lugar donde se desarrollaron los pasajes de la pasión y muerte de Jesús, materialmente abarrotados de personas. Desde que se inició el recorrido por las calles, se desató un aguacero como pocos, pero a pesar de esto, la gente continuó presenciando el acto».
La Prensa. 1946, p. 2
«Padre: perdónalos porque no saben lo que hacen, clamó Jesucristo, al tiempo que el estruendo provocado por un rayo surcó la tarde oscura de ayer y cantó el llanto de dos millones de personas que presenciaban La Pasión de Cristo en Iztapalapa… la lluvia arreció y la multitud permanecía silenciosa».
La Prensa. 14 de abril de 1990. p. 2 y 45
«Los martillazos se dejaron oír, la lluvia estaba en su apogeo. La gente permaneció arrodillada ante el cuerpo en agonía de Jesucristo. La lluvia cesó y surgió la claridad, un hermoso arco iris a las espaldas de Cristo –Mauricio Ubaldo Salazar–. El vía crucis había terminado».
El Universal. 17 de abril de 1976
«El candente sol que casi toda la escenificación había estado, en ese instante se ocultó –como ha ocurrido en años anteriores– para dar un toque de realismo y tristeza al evento».
La Prensa. 2 de abril de 1983, p. 20
«Se nubló y llovió en el descendimiento –Víctor Valle Martínez–. Y realmente el cielo se nubló y empezó a lloviznar, Cuestión divina o coincidencia, el caso es que así transcurrió la tarde de ayer».
La Prensa. 6 de abril de 1985. p. 21
«El viento sopló con mayor fuerza provocando una tolvanera, lo que le daba un toque de realidad al momento».
La Prensa. 2 de abril de 1988. p. 41
«…y el intenso viento se dejó sentir, indicación de la muerte del ‘Nazareno’ representado por José Oscar Rodríguez Vargas».
La Prensa. 18 de abril. 1992. p. 48
«Murió a las 15 horas –José Francisco López Mosco– y se nubló el cielo…»
La Prensa. 27 de marzo de 1994, p. 2
«…y como cada año que esto pasa –muerte de Cristo representado por Christian Ramsés Reyes León– otra ráfaga de aire se dejó sentir…»
La Prensa. 15 de abril de 2006, p. 2
El que ya no aparezca la lluvia y viento, por lo menos en los últimos años, los vecinos señalan que «se debe a que los actores ya no lo hacen con la fe y devoción obligada», y que el escenario haya sido aprovechado para fines ajenos a la esencia de la representación, algunos con una postura netamente política:
«Siempre llovió y relámpagos en el Viernes Santo en el Cerro de La Estrella. Mi hermano Miguel salió de pregonero, todavía se hacia la Semana Santa en el Santuario eso fue como principios de los años cuarenta. En esos días santos todos guardábamos luto. Las mujeres se vestían de negro. Había un gran respeto a esos días santos. Ahora hasta los nazarenos van abrazando a la novia o van tomando y hasta drogados».
Nicolás Cano Hernández. Barrio San Pedro.
«Antes, el aire era un aviso de la crucifixión. Después venía la lluvia y hasta rayos. Cuando nos quedábamos en la explanada, desde aquí se veía un torbellino muy grande con nubes que se opacaba la visibilidad hacia donde estaban las cruces, pero sabíamos que en ese momento estaban crucificando a Cristo. Ahora ya no sucede eso. A la mejor nos estamos portando mal».
Rey Flores Luna. Barrio San Ignacio. Encargado del Señor de Chama del «medio pueblo» de Atlalilco del mes de agosto.
«El Viernes Santo de 1964 –en ese entonces tenía 17 años– cayó una granizada que desaparecieron las banquetas, se taparon los caños. Siempre se hacía viento y lluvia en los momentos de la crucifixión a excepción de una vez que nos cayó en Jueves Santo. El llover y viento, lo que hacía que se nublara y obscureciera un poco, lo veíamos como normal. Ahora que ya no sucede así, nos preguntamos por qué. Extrañamos esos momentos».
Cruz Ramírez Ramírez. Barrio San Pablo. Veinte años representando al Soldado de la Esponja.
«En ese entonces hasta el cielo participaba. Era algo insólito, que hoy en día no sucede. Tal vez se deba a que los participantes ya no lo hagan con fe, con devoción. En otras palabras, ya no lo hacen con la esencia de la representación: el mensaje bíblico con el cual ellos deberían identificarse. Se siente como meramente teatral».
Mario Guzmán Guillén. Barrio San José.
«Hace cuatro años –2004– en el espacio de donde se escenificó la crucifixión se presentaron unas como esferas redondas, ovaladas. Considero que se presenta eso porque el cerro tiene una fuerza energética. Hay que tener presente que precisamente donde están las Cruces está una pirámide. Como si se hubieran puesto a propósito en ese lugar, pero no fue así, ya que hasta el año pasado se descubrió la pirámide. La energía de esa pirámide, espacio sagrado de la época prehispánica y la euforia de millones de seres concentrados en otro fin sagrado, es probable que sea la causa de que se presenten cambios en el clima en esos momentos. Pues es mayor su fuerza. La mente es poderosa».
Rolando Domínguez Quintanilla. Barrio Santa Bárbara. Representó a Cayo y Lictor en el 2000 y del 2001 respectivamente, y del 2002 al 2006, presidente de la Comisión de Honor y Justicia.
«La arqueóloga Myriam Advíncula descubrió en 2004 esta estructura, pero fue hasta hoy que se dio a conocer el hallazgo; 150 metros de largo por 18 metros de altura. Los investigadores hallaron en la parte superior de la estructura vestigios de varios altares, pues los asentamientos actuales destruyeron esa parte».
México-arqueológico, 5 de abril de 2006 (página web)
«Milenaria pirámide soporta la crucifixión de Jesús en Iztapalapa. Justo debajo de donde se escenifica la Crucifixión en Iztapalapa, está la estructura piramidal de mil 500 años de antigüedad. El montículo donde cada año ‘crucifican a Jesús’ era una pirámide. Recientes investigaciones en el Cerro de la Estrella, en Iztapalapa, han descubierto que el promontorio donde cada Semana Santa tiene su clímax la pasión de Cristo es una plataforma piramidal… tan ancha como la pirámide de la Luna en Teotihuacan».
La Jornada. 5 de abril 2006.
«Tiene en el poema de Sor Juana –Primero Sueño– la importancia reservada para la imagen de la pirámide, entendida al mismo tiempo como arquetipo geométrico, y como emblema de los del alma para conocer el Absoluto».
El Sol y la Pirámide. Poesía y Verdad en Octavio Paz, por Evodio Escalante. Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Azcapotzalco. Revista Iztapalapa Núm. 1. México, 1979. p. 69 y 70.
«Nadie sabía que estuviera una pirámide donde clavamos las cruces. Hace cinco años la delegación nos apoyó para que fueran fijas las cruces que nos sirven para poner la que trae Cristo, Dimas y Gestas. Se clavaron precisamente en donde está la pirámide, que es a partir de ese momento que nos damos cuenta que había una pirámide ahí. El Miércoles Santo, del 2004, cuando estaban haciendo la prueba con las poleas para tener la seguridad que las cruces –las anteriores a las actuales que son de concreto- aguantaran el peso, a todos los que estaban ahí se les calló la cruz, que hasta el trabajador de la empresa quedó inválido. Durante los 34 años que llevo participando, muchos de ellos de Caifás, siempre he notado que sólo llueve en Viernes Santo y a la hora crucifixión llueve y hace viento, como así me lo dijo mi padre que sucedía en sus tiempos. Aunque últimamente, en los últimos años ya no es así. Probablemente se deba a que ya que los que vienen de fuera no respetan nuestras reglas. Pues vienen de Tlaxcala, del Estado de México. Son tantos que vienen en camiones. Eso no quiere decir que los de acá nos portemos del todo bien. Máxime en los últimos años, en donde muchos de los representantes de la organización han estado envueltos en conflictos. A la mejor esto explique el por qué ya no sucede en el cielo lo que antes era común observar. Yo siempre les he dicho que la representación es cosa seria. En una ocasión llegó un joven a decirme que su tío Jorge Ávila le había dicho que le proporcionara un caballo. Como pude se lo conseguí. En los ensayos, a cincuenta metros de haberlo montado se calló del caballo y lo malo es que quedó enganchado de uno de los estribos. Pero en ese momento, gracias a Dios, el caballo se paró, como si se hubiera engarrotado, no se movió. Después me pidió perdón porque había mentido. Otro fue cuando un muchacho con tal de no ensayar siempre ponía como pretexto que no había podido asistir a los ensayos por haber ido a ver a su familiar que estaba enferma. En uno de es chocó en el lugar dónde decía ir. Los accidentes pasan todos los días, pero lo extraño, así lo considero, que es muy notorio lo que le suceden previo y en la Semana Santa…»
Francisco Ramírez Frías. Barrio La Asunción. Vicepresidente del Comité Organizador de la Semana Santa en Ixtapalapa del 2008 al 2010.
«En el 2002, la delegación no mandó quitar los automóviles del centro de Iztapalapa, como es su obligación, lo que hizo que por primera vez no llegaran los participantes a la misa del Domingo de Ramos, lo que propició que el Comité Organizador de la Semana Santa se manifestara en la sede delegacional. Considero que ya no se observen las tolvaneras y llueva como aviso divino, debido en mucho a la intromisión de la delegación en forma directa en la organización y no se limite a sus funciones, que es principalmente seguridad y vialidad, hasta ya parece más un evento de ella que del pueblo».
Jesús García Ávila. Barrio San José. Secretario de Prensa de la Asociación de Profesionales de Iztapalapa.
«Pienso que ya no llueve en ese momento debido a que ya no es una representación netamente del pueblo. Ya la delegación se ha metido hasta en la organización interna. Recuerdo que como por 1993 en el patio de Culturas Populares, en la delegación Coyoacán, se hizo una presentación del vestuario y de la historia de la Semana Santa por parte de la delegación Iztapalapa. En ese entonces, Florentino Castro era el delegado. Él mandó a poner la escenografía y canalizó muchos recursos de la delegación para la Semana Santa. De ahí a la fecha, cada vez más la delegación se mete en la organización. Ahora ella convoca a los organizadores; les dice en que momento reunirse y hasta controla los gafetes, cuando la organización, como representante del pueblo, debería definir y coordinar las tareas a realizar».
José Manuel Pérez Alvarado. San Miguel. Secretario de Participación Ciudadana de La Asociación de Profesionales de Iztapalapa.
«Judas (Tito Domínguez Cerón) portó durante la escenificación el moño tricolor, símbolo del repudio al desafuero. Luego comentó a los medios que así como estaba a punto de cometerse una injusticia con Jesús, también en el país se está en vísperas de presenciar otra con el gobernante capitalino».
La Jornada, 26 de marzo de 2005.
«Campaña antiaborto en pleno Viacrucis… En lo que parecía iba a ser un acto meramente católico y aprovechando que asistieran más de 1.4 millones de personas a la CLXIV representación de la Pasión y Muerte de Jesús en Iztapalapa, un grupo de personas que se encuentra contra la despenalización del aborto en la ciudad de México, desplegó una manta en donde se exigía el derecho a la vida de las personas, y dijo estar contra las reformas en ALDF al Código Penal y la Ley de Salud».
La Prensa, 7 de abril de 2007, p. 2.
Durante muchos años la escenificación se realizó en el atrio del Santuario del Señor de la Cuevita, algunas, pocas frente. Las razones fueron debido a que cada vez más concurría más gente a presenciarla, otras, las menos, porque así se dejan entrever en las versiones y notas periodísticas, por conflictos entre la iglesia y los organizadores.
«Yo salí de Cristo en 1932. La representación se iniciaba en la parroquia de San Lucas y la crucifixión en el atrio del Santuario. Que yo recuerde no hacía viento o lluvia, esto empezó desde que se lleva a llevaba a cabo en el Cerro de la Estrella».
Florencio Cano Vázquez. Barrio San José.
«Aún tenemos que esperar. La multitud ve con devoción el simulado ‘Calvario’. Este es un templete: dos vigas verticales, dos horizontales apoyados en la parte superior de la barda que circunda el templo. Las dos vigas sobresalen y tienen otras atravesadas, formando dos cruces. Son en las que horas después, se simulará la crucifixión de Dimas y Gestas. En medio de aquel tapanco, otra viga sobresale un poco, allí quedará el Señor».
La Prensa, 23 de marzo de 1940, p. 12.
«Familias enteras almuerzan del otro lado de la barda que limita el Panteón con el atrio del templo ¡Huele a pulque! El edificio del templo de las Tres Caídas es de estilo romano».
La Prensa, 1940, p.12.
«En un año pusieron el templete sobre el camino real, lo que hoy es Ermita Iztapalapa, frente al Santuario del Señor de la Cuevita, entre Cuauhtémoc y Ayuntamiento. Después me enteré, ya grande, se debió a las diferencias entre el Comité Organizador y la Iglesia. En ese entonces tenía siete años (1930) y me acuerdo bien porque estando viendo la representación en este lugar, cerca del templete, sin darme cuenta un caballo se acercó junto a mí y con una de sus manos, como descansando, me piso una de mis botas ‘mata víboras’ que ese día estrenaba. No me dolió tanto el pisotón como mi bota. Mi papá Patricio –Ramírez Corona– tenía su pulquería en Cuauhtémoc e Hidalgo, ‘La Reyna Xóchitl’. El Viernes Santo nos mandaba a recoger los jarros, pues en la pulquería no cabía tanta gente. Pero cuando íbamos a recogerlos los clientes decían, ‘¡ah, sí!, tu jarro’, y lo dejaban caer al suelo empedrado. Eso sí, nada más venía el aguacero y la tempestad, y bajaba la venta del pulque».
Ceferino Ramírez Juárez. Barrio San Pablo.
«Antes era común que se hiciera un gran ventarrón durante la crucifixión en el Cerro de La Estrella. Me acuerdo que cuando tenía como ocho años (1946) mi papá Mariano Ramírez Frías –Tercer lugar en los cinco mil metros planos en los juegos Centroamericanos efectuados en El Salvador en 1933– me trajo al panteón del pueblo en un Viernes Santo. En ese entonces él era su administrador. Ese día, muy temprano, los señores se metieron a este lugar para cortar ramas de fresno y cedro, que les servían para sus puestos de pulque, que se ponían a lo largo de la calle del panteón. Un puesto muy grande era el que se ponía cada año fue el de Ayuntamiento e Hidalgo, donde ahora está el puesto de periódicos. Eso fue hasta que era ya joven. En 1950 salí de apóstol San Bartolomé».
Guillermo Ramírez Ávila. Barrio La Asunción. Administrador del panteón del Pueblo de Iztapalapa y encargado de la Virgen de Guadalupe del medio pueblo de Axomulco.
«Como por 1950 me dieron la cuerda para jalar la Cruz a una viga que se ponía en el Cerro de la Estrella. Estando en la Cruz el que representó a Jesús, María su madre, que fue representada por Josefina Hernández, se abrazó de él y sentí muy pesado todo, se había desmayado ella. Al poco rato el viento, los truenos y el agua. Era poca la gente, no se necesitaban de gendarmes como ahora. Abajo, donde había un enramado, había pulque, y al lado su ‘marquesote’ se servía para el curado. Antes de hacerse en el cerro, en unos años se hacía la representación frente al Santuario, en lo que hoy es Ermita a la altura de la zapatería Canada, donde había uno como montecito, otras, que fue en la mayoría de las veces en atrio del Santuario…»
Jesús Frías Hernández. Barrio San José.
«La fiesta, que es titular de Ixtapalapa, comienza a prepararse desde enero y los gastos se cubren por cooperación, pues el costo llega hasta la suma de tres mil ochocientos pesos. Dos fábricas juntas dieron quinientos pesos; Patricio Ramírez, camionero, pulquero, dueño de edificios de apartamentos en México, dio veinticinco pesos, y la línea de tranvías otros veinticinco; lo principal lo juntamos en el mercado y durante algún tiempo, así como en las tiendas; la gente un peso. Comienza a nublarse y la tolvanera se desata».
La Prensa, 9 de abril de 1955. p. 18.
«No menos de diez mil personas concurrieron ayer al cercano pueblecito de Ixtapalapa, en donde año con año, y en contra de la opinión del párroco del lugar, presbítero Miguel Espinosa, se lleva a cabo la representación, con toda la viveza posible, de la pasión y muerte de Cristo se lleva a cabo este acto no solamente en contra de la opinión del párroco, sino que el alto clero de México, en visita de hace ocho meses. Se recomendó a los fieles la supresión de esta fiesta, pero ni esto, ni el hecho de que la misma diócesis ha tenido al pueblo entredicho, ha logrado que desaparezca la costumbre de efectuar esta representación, en la que toman parte los vecinos más caracterizados. En el jardín frontero a la parroquia, llamada Iglesia de San Lucas de Ixtapalapa, se han levantado dos tablones. El de la derecha, destinado a Poncio Pilatos, Caifás, Anás y sus colaboradores. Siguiendo la doliente marcha hasta producirse la tercer caída, ya en las pequeñas faldas conocida con el nombre de ‘El Calvario’ y la ascensión se inicia».
La Prensa, 12 de abril de 1941. páginas 12, 15 y 18.
«Habla el Arzobispo sobre la parodia de la Pasión. Pide se acaben los actos paganos que todos los años se celebran en Ixtapalapa. El señor Arzobispo de México, doctor Luis María Martínez se ha dirigido a la parroquia de Ixtapalapa, instruyendo al párroco de la misma a fin de que este exhorte a los fieles de esa población, para que se desistan de celebrar la Semana Santa en la forma que lo venían haciendo desde hace muchos años consintiendo la solemnidad en una orgía de escándalos y borracheras. Que no celebren parodias de la Pasión en los templos. No se trata de que dejen de celebrar sus fiestas en el exterior del templo, cosas en que la Iglesia no interviene para nada, pero sí de que se mezclen los festejos paganos con los religiosos en el interior de la iglesia de Ixtapalapa».
La Prensa, 27 de marzo de 1948, p. 16.
Ese pedimento no sólo fue para el pueblo de Iztapalapa como se consta en la siguiente nota:
«La representación de las Tres Caídas que en años anteriores celebraban los indígenas en Viernes de Dolores en Santa Anita fue prohibida por orden expresa del señor Arzobispo de México, Pascual Rivas. Vemos a muchas personas que se fueron al histórico lugar, que resultaron chasqueadas al enterarse que las ‘Tres Caídas’ no iban a representarse a lo natural como en épocas pasadas».
La Prensa, 19 de abril de 1930, p. 20.
No obstante esa oposición, nuestros antepasados y las generaciones actuales tienen el compromiso de seguir representando La Pasión y Muerte de Cristo, que no debemos olvidar siempre con el signo divino, el aire y la lluvia:
«Aunque ayer hubo algo de desorden durante la escenificación de la Pasión y Muerte de Jesucristo, en Ixtapalapa, la representación no se suspendió. Había tensión entre los organizadores de la escenificación, todos los vecinos de Ixtapalapa, por la oposición que encontraron desde hace días del sacerdote Antonio Herrera. La escenificación de la Pasión se inició a las 13:00 horas, bajo un sol abrazador, en el atrio de la iglesia de San Lucas, construida en 1534, la tercera que se edificó en América Latina.
Sin embargo, a las 15:26 horas, cuando Jesús –Pedro Guillén Neria– subía al Gólgota, el astro rey se escondió. El cielo se nubló y se ennegreció, estaba casi negro, cuando el Hijo de Dios en la cruz exclamaba con voz que parecía un susurro, ‘Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen’, y media hora más tarde, entre truenos, el cielo empezó a llorar. Empezó a llover».
La Prensa, 5 de abril de 1969, p. dos y 40.
«La subida del Cerro de La Estrella es penosa y, por fin en la cima se hace la simulación de que se le crucificará. Al terminar la función no resistimos la tentación de entrevistar al Pilatos, José Guerra, hombre como de sesenta años de edad.
¿Está usted enterado de que el señor Arzobispo prohibió este acto?
-¿Lo prohibió?
-Sí
-¡Ah, pues no lo sabía! Además yo no lo organicé; me ‘lavé las manos’».
La Prensa, 1942, p. 2 y 23. ♦
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Abril de 2009

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