La Ruta del Sur. Emiliano Zapata en Xochimilco y las chinampas hoy
Por Rodolfo Cordero López | Revista Nosotros Núm. 84 | Septiembre de 2005
El cuatro de diciembre de 1914 las fuerzas revolucionarias de Doroteo Arango, que se hizo llamar Francisco Villa, acampadas en Tacubaya, y las de Emiliano Zapata Salazar en San Pablo Oztotepec y en los montes de Milpa Alta, en esa mañana fría de los últimos días de otoño, se reunieron en el centro de Xochimilco, en las calles de 16 de Septiembre, frente a la parroquia de San Bernardino de Siena, hasta el atrio del santuario de la Virgen de Xaltocan. Ellos, los insurgentes del cambio violento, los protagonistas de una guerra entre mexicanos, villistas y zapatistas en contra de la dictadura porfirista, frente al mal gobierno, el representante de la infamia y de la explotación de las riquezas de la República Mexicana.
Pancho Villa y Emiliano Zapata se reunieron por un momento en uno de los salones de la escuela primaria de la curva, en el Barrio de San Pedro, donde daba vuelta el tren hacia la parada del Torito, camino a Tepepan y Huipulco, atravesando las milpas arenosas del Rancho del Olmedo y la Hacienda de la Noria. Zapata llegó acompañado de su hermano Eufemio, su primo Amador Salazar y su hermana María de Jesús con su hijito Nicolás. Francisco Villa con una pequeña escolta.
Estos revolucionarios se reunieron después en las instalaciones del Hotel Reforma de Xochimilco.
La historia dice que los niños de la escuela entonaron coros de bienvenida y una banda de aliento dio una serenata por ser un día de fiesta, y hasta alguien que, en las canoas engalanadas pasearon los dirigentes de la revolución maderista.
Zapatistas y villistas ocuparon el atrio de la parroquia de San Bernardino y todo el centro de Xochimilco.
Días después, en un desfile de guerrilleros, los de Zapata con sombreros anchos y cananas cruzadas en el pecho; los otros, los de Pancho Villa vestidos de uniforme color caqui, en una extraña columna, la caballada y el ejército de pie, avanzaron hacia la capital de la República, la Ciudad de México, para ocupar el Palacio Nacional. Allí se retrataron en la silla presidencial y salieron huyendo, cada quien hacia sus madrigueras: Zapata al estado de Morelos y Villa hacia el norte, abandonando el campo político sin que Villa cumpliera con los acuerdos de Xochimilco, en una más de las grandes disyuntivas que lleva la historia de México, habiendo triunfado la Revolución en 1910.
Posteriormente, vendría la decadencia de estos dos revolucionarios y resurgiría la lucha de intereses, de grupos y de políticos, originado por ventura, el constitucionalismo de Venustiano Carranza, que terminó en febrero de 1917 en Querétaro, con la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, y sus artículos 27, referente a la tierra, y el 123 a los derechos de los obreros mexicanos. Ahora, esas garantías ya fueron modificadas en contra de los postulados de la Revolución de 1910.
Lucha cruel y sangrienta de campesinos caídos en los campos del norte y del centro de la República.
Aquí en Xochimilco, los habitantes de la montaña, más presionados por las levas que se llevaban a golpes a los habitantes varones para engrosar las tropas del gobierno dictatorial, se fugaban de los soldados federales a las colinas del Cuauhtzin, hacia el estado de Morelos, en busca de las guaridas zapatistas para unírseles, así lo hicieron cientos de hombres de los pueblos de Xochimilco y Milpa Alta, y los mismos chinamperos; otros, cuidadosos de sus familias para protegerse, hacia la capital de la República.
En los barrios de Xochimilco todavía viven algunos de los hombres que supieron cómo, en el tronco del ahuehuete del Barrio de San Juan, los zapatistas amontonaron cientos de carabinas 30~30, fusiles, escopetas de chimenea, armas de fuego que se entregaron a quienes quisieran seguir la lucha por el agrarismo zapatista. ¡Tierra y libertad! El grito de guerra del zapatismo. Ese fue el grito de lucha que hicieron suyo los zapatistas, junto con otros lemas como el de «la tierra es de quien la trabaja», y otras sentencias más que habrían de sembrar en el campo mexicano la semilla del ejido, la semilla del reparto de tierras, la semilla del agrarismo que, asombrosamente, pocos frutos ha dado al pueblo de México.
¿Qué quedó de esa lucha que arrastró a miles de mexicanos? Zapata había recibido el mando de los ancianos del estado de Morelos para la recuperación de sus tierras como pueblos originarios. Zapata se entregó a la lucha por la recuperación de las tierras de las que habían sido despojados a favor de las grandes haciendas, donde el nativo, originario, convertido en peón, supo de la explotación de su trabajo, de su tierra, de su riqueza natural. Por ello, se entregó con valentía a la lucha revolucionaria, siguiéndolo el pueblo hambriento de justicia y pan.
Sin embargo, hoy a 95 años del inicio de esa guerra (1910) que iniciara Francisco I. Madero, los postulados de la Revolución van siendo reformados por los políticos convenencieros, los que diciéndose revolucionarios poseen la tierra a fuerza del despojo. Por aquellos que manipulan las necesidades de los pueblos y esconden sus ambiciones de caciques, diciéndose señores de la esperanza. Dejándoles a los descendientes de campesinos la opción de irse a los Estados Unidos como desterrado de su patria, porque en México, la tierra, el agrarismo del pueblo, ha fracasado o, a cambio, arrastrar su desventura de parias en nuestro país, con un sueldo mínimo como limosna de los falsos revolucionarios quienes jamás olieron el humo de la pólvora.
La lucha sigue. Zapata ya no vive. La tierra yace estéril, sin los surcos que produjeron los grandes maizales y de otros frutos que conoció Zapata en Xochimilco. El ejido se abandona. La chinampa se invade y se siembra de casuchas, de infortunio, ya no produce alimentos, ahora produce líderes y delincuentes hambrientos de tierra y de dinero, protegidos por los gobernantes embusteros, sedientos de poder como caciques de pueblo. Es urgente que se rescate el ejido. Es necesario que se rescate la chinampa del dominio de los gobiernos incapaces. Es preciso que la ley se aplique a quien despoja y vende la tierra que no es suya. Es urgente que esa tierra, única, fértil, benéfica, se proteja y se haga producir, pero primero debemos eliminar a los gobiernos populistas, ejecutantes de la mentira, de sinvergüenzas, aquellos gobernantes que al descubrirlos, Zapata ya los hubiera ejecutado por traidores a su pueblo.
La lucha sigue. En nuestros días, Zapata ya fue doblemente acribillado, primero en Chinameca por el tristemente célebre militar Guajardo, y ahora, por todos aquellos que entregan su tierra a los fraccionadores, por aquellos que la venden y no la cultivan; por aquellos que siembran en los surcos los cimientos de la impunidad y del delito, por los contubernios. Por aquellos que teniendo la responsabilidad de proteger a la tierra, la comercializan y la dejan al mejor postor de sus favoritos.
México no es un país agrícola. En México predomina el desierto. No permitamos que se acabe la tierra agrícola que crearon, resguardaron, ampararon, atendieron y sembraron los pueblos originarios como Xochimilco. Luchemos por la protección de las chinampas.
En una ocasión, en las caballerizas de la Parroquia de San Bernardino de Siena, caminaba Emiliano Zapata. Entonces le preguntaron:
—Emiliano, ¿por qué se nos manda proteger a Xochimilco, si es un pueblo que no le vemos grandes residencias que cuidar?
Zapata los miró y respondió:
—Señores, Xochimilco es un pueblo rico, riquísimo por sus chinampas, por sus verduras, por sus maizales, por sus flores, ¡y sépanlo bien! Xochimilco es muy valioso por sus manantiales.
Los manantiales de Xochimilco ya no existen. Se los tragó la gran ciudad. No dejemos que sus chinampas desaparezcan. Zapata ya no vive, pero la lucha sigue. Y si Zapata viera lo que sucede con las tierras de cultivo del estado de Morelos en venta, y si buscara los manantiales de Xochimilco, quizá en las montañas del sur volvería a lanzar el grito de guerra, con el estruendo de los cañones rebeldes: ¡Tierra y libertad! ♦
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Fotografía: Zapatistas en Xochimilco durante un descanso. 15 de Agosto de 1914

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