Don Lupe, el cazador de zorrillos de la Colonia Santa Cecilia en los sesenta
Por Sergio Rojas
Cuando el olor a zorrillo comenzaba a circular en el ambiente y era percibido por la chiquillería que jugaba en la calle de la incipiente colonia de Santa Cecilia en aquel Tláhuac de los años sesenta, todos sabían qué personaje se acercaba, sólo era cuestión de esperar a que cruzara el canal de Arroyo Serpentino para que acabara de llegar.
Entonces, rápidamente los chamacos corrían a buscar un lugar desde el que pudieran ver a prudente distancia, con las manos bien puestas sobre la nariz y la boca como para que la fetidez no se les colara a las entrañas, el paso de aquel hombre que solía cargar hasta doce o más zorrillos pendiendo de una gruesa vara recargada sobre sus hombros.
Se trataba de don Lupe, un vecino que salía temprano de su casa y se iba al cerro Tetlamanche –o también conocido como de Guadalupe, en la Sierra Volcánica de Santa Catarina–, caminaba sobre milpas y herbazales de lo que poco tiempo después sería la colonia Selene, hasta llegar a las faldas del emblemático cerro en el perímetro de San Francisco Tlaltenco.
Nadie de aquellos chiquillos, hoy personas de la tercera edad, recuerda si por esos rumbos don Lupe tenía tierras que labrar, lo cierto es que antes de que el sol cayera sobre el horizonte, este personaje regresaba a casa y era muy fácil advertir su presencia a más de cien metros de distancia.
Una vez que don Lupe pasaba sobre la desolada calle y llegaba a su domicilio donde se despojaba de su aromática carga, los menudos testigos de la anécdota volvían a salir poco a poco de sus escondites para retomar sus juegos.
¿Cómo hacía para atraparlos?
Al ser un animal de hábitos nocturnos, lo más probable es que don Lupe dejara trampas dispuestas cerca de las madrigueras de los zorrillos y ya con la luz de día él llegaba para disponer de ellos
Pero, ¿qué hacía con tanto zorrillo?
Cuentan que el platillo predilecto de don Lupe era precisamente el de zorrillo, y que su esposa, doña Regina, se los preparaba como a él le gustaban.
Pocos saben que el zorrillo ha estado en la cocina de compatriotas mexicanos, así ha sido en el Valle del Mezquital, donde la técnica mayormente utilizada tiene origen prehispánico y es la cocción en hoyo de tierra.
En el pueblo de Santiago de Anaya cada Viernes Santo se organiza el festival gastronómico del Valle del Mezquital, uno de etsos manjares lo constituyen los tacos de carne de zorrillo.

Tras removerle la piel y las glándulas de las cuales secreta su insoportable y característico olor, el zorrillo es bañado generosamente en un adobo de chile y achiote, envuelto en hojas de maguey, la carne se pone a cocinar a las brasas en el hoyo de tierra durante una noche.
Además de su ligero sabor ahumado, dicen quienes lo han comido que la pulpa del zorrillo tiene un marcado sabor a tierra.
Pero las propiedades de la carne de zorrillo no se circunscriben a la gastronomía, según el Diccionario Enciclopédico de la Medicina Tradicional Mexicana, la carne seca del zorrillo se utiliza para atender reumas, sífilis e intoxicación de la sangre.
Locatarios del mercado Sonora recomiendan untar el sebo de zorrillo en caso de dolores reumáticos, mientras que en Pátzcuaro, Michoacán, se utiliza para sanar afecciones de la piel. Los totonacos de Papantla, Veracruz, utilizan la grasa del zorrillo, previamente calentada, en aplicaciones locales para curar granos, hinchazones y problemas reumáticos. Los nahuas de Santa Ana Tlacotenco (Milpa Alta), utilizan el sebo de este mamífero, considerado de calidad caliente, aplicándolo sobre la parte afectada para curar y prevenir los daños físicos causados por la brujería.
Pero de vuelta con los zorrillos del Tetlamanche o Cerro de Guadalupe, cabe decir que hasta la fecha incursionan en lo que el hombre les arrebató con la mancha urbana. Todavía es posible percibir su fuerte olor alguna noche y sorprendentemente varias cuadras «adentro» (con relación a la distancia de lo que alguna vez fue suelo de conservación), en la Colonia Selene. No crea usted que se ven por la calle o en las azoteas de las casas como cualquier gato, no, pero estos animalitos se las ingenian para llegar hasta los traspatios y jardines a merodear lo que hace cuatro décadas fueron llanos y sobre ellos se enseñorearon los antepasados de su especie.
Al momento en que uno sale al jardín interior el fuerte olor a zorrillo permite suponer que éste anda todavía por algún rincón, lo que obliga a las mascotas, perros o gatos, a recluirse en lo que tengan por aposento.
Finalmente es la característica de una demarcación como Tláhuac, estar ubicada en los límites de la mancha urbana y lo que aún es suelo rural, un suelo dizque de conservación que cada vez se ve más acotado por los intereses de fraccionadores y la complicidad de los políticos. ♦
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Lecturas recomendadas:
En este pueblo mexicano todo lo que corre, se arrastra o vuela va a la cazuela

Hoy todavia de vez en cuando se detecta el olor a zorrillo en las inmediaciones del metro Tlahuac. Cabe apuntar que la comida prehispanica o comida del campesino incluia al tlacuache, tuzas, viboras. El conejo y el armadillo eran platillos de alcurnia. Se citan estos por el refran citado al final, En regiones áridas del pais es –con frecuencia– ser unico aporte de proteina animal. No dudo que en otros tiempos, en estos parajes tambien lo fuese. Así vivieron nuestros ancestros. Historias del abuelo.
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