Memoria histórica de San Juan Tlilhuaca, en algún tiempo ‘lugar de brujos’
San Juan Tlilhuaca, uno de los 27 barrios de Azcapotzalco, conmemora a su santo patrono, San Juan Bautista, los días 23 y 24 de junio, cuando además de las lisonjas religiosas, los habitantes gozan de su comida típica y de sus costumbres.
Durante siglos se ha enriquecido la tradición de la celebración pagano-religiosa, y si bien los orígenes de la festividad remiten a una costumbre traída de Europa por tratarse de un santo en la religión católica venerado en todo el mundo, ahora se sabe que en el México prehispánico la fecha del 24 de junio también tenía que ver con una serie de rituales en honor a Xochipilli, deidad del horizonte cultural en Mesoamérica.
Según los códices Borbónico y Tudela, Xochipilli correspondía a ozomatli (décimo primer signo de los días en el calendario nahua). También era conocido como el «Señor de las flores», pero lo más importante es que la representación de ese dios pintado de rojo y con apariencia de mono, es que era venerado en los caminos como si se tratara de una procesión.

Transcurrieron los siglos y esa imagen de la deidad prehispánica dejó de ser uno de los íconos de la cultura autóctona, una vez que se impuso la celebración de San Juan Bautista, no sólo como parte de una fecha –el 24 de junio–, sino como pilar de una institución como es la Iglesia, ya que es precisamente el templo edificado en el siglo XVII en Tlilhuaca, el que echa por tierra y sepulta el culto tepaneca por la diosa Xochipilli.

A decir del arqueólogo José Antonio Urdapilleta, uno de los cronistas de Azcapotzalco, el caso de San Juan Tlilhuaca es digno de mencionar porque se trata de una población con una anécdota muy interesante, pues una vez que ese lugar cayó en manos de los aztecas en 1428, se estableció una guarnición militar que originó una división entre sus habitantes.
Ese problema se vio acentuado con la llegada de los españoles, dejando fraccionada a la comunidad por las creencias y santos a venerar, de manera que podían reconocerse dos pueblos: San Juan Mexicano y San Juan Tepaneca.

Desde entonces, y hasta principios del siglo veinte, los tepanecas le rendían culto a San Juan Bautista el 24 de junio, mientras que los mexicanos veneraban por su parte a San Juan Evangelista, cuyo aniversario se celebra el 27 de diciembre.
Durante siglos, mexicanos y tepanecas se enfrentaron tratando de resaltar, cada uno, la fiesta de su santo patrono, para ver cuál predominaba en ambas comunidades.

Esa lucha de creencias y rituales terminó a principios del siglo pasado y, a partir de la década de los 40, aproximadamente, ambas fiestas se fusionaron en una sola para dar lugar al día de San Juan Bautista.
María Elena Solórzano Carvajal, también cronista de la demarcación, refiere que San Juan Tlilhuaca, cuyo nombre significa «lugar de lo negro», por mucho tiempo fue conocido como el «lugar de los brujos», aunque, dice, «nunca han sido hechiceros, sino curanderos muy hospitalarios», por lo que no hay una analogía con el significado del pueblo y sus habitantes.

Los preparativos de la celebración comienzan entre seis y ocho semanas antes, lapso en el que los colectores desfilan casa por casa, recaudando fondos para sufragar los gastos de la propia fiesta y los contratos en los que se involucran al menos tres bandas de música, una tradicional y dos modernas, así como los trabajos por encargo encomendados a los coheteros que son ya una tradición.
Pirotécnicos, músicos y una serie de animadores conviven en la víspera con los habitantes del lugar y, durante el desarrollo de la festividad, con el repique de campanas a partir de las 5:30 horas se llevan a cabo una serie de actividades en las que no pueden faltar las tradicionales Mañanitas a San Juan Bautista.

Posteriormente, la imagen del santo patrono San Juan Bautista sale de la iglesia en un altar construido ex profeso para realizar la procesión por el pueblo, dividido en diferentes sectores o altares.
Las estaciones o altares –entre ocho y 10– son adornados con flores y veladoras, y en cada uno de ellos se realiza una pequeña ceremonia. Tras recorrer algunas calles el santo retoma su camino para volver al templo, aposento que lo resguarda celosamente hasta el próximo año, cuando nuevamente tenga que salir a realizar su peregrinar.
Los pobladores, hospitalarios por tradición, ofrecen atole, café y tamales para convidar a los asistentes en la iglesia, quienes posteriormente se retiran para regresar después a la Misa Mayor. ♦


Deja un comentario