Cuentos de la tradición | «La madre de Dios y el hombre de las dos caras»
Por Juan Crisóstomo Medina Villanueva* | Revista Nosotros, Núm. 56 | Enero de 2003
Un hombre fue al monte a recoger la leña y como no era su deseo el matar a ningún árbol, ya fuera uno muy joven o ya fuera un gran oyamel, caminó tanto que fue consumiendo lo que su esposa le había preparado. Cuando agotó el agua para beber, encontró un árbol que por ser tan viejo había muerto y se encontraba tirado. El hombre empezó a cortarlo. Por ser un trabajo muy duro, sudó tanto que moría de sed y se preguntó a sí mismo: ¿Qué haré? Recordando entonces un lugar llamado Tulmiac (lugar del agua de los tulares) donde brotaba un agua hermosa y limpia. Se encaminó hacia allá.
Cuando llegó al Tulmiac vio a una hermosa mujer de cabellos del color de los granos de maíz amarillo que los lavaba en el agua que se deslizaba sobre él. Ante tan bien formada y bella mujer, el hombre no podía creer lo que miraba, por lo que se talló los ojos y, lentamente, se fue acercando a tan majestuosa señora, cuando levantó la cara con una hermosa mirada que parecía resplandecer que, luego luego llenaba de una paz espiritual.
El hombre quedó encantado, ni siquiera se movía, ni siquiera emitió una palabra, hasta que la señora le dijo:
—Yo soy María de la Asunción, hacía mucho tiempo que te esperaba porque tú eres el hombre puro, ya que tú no matas ni árboles ni matas animales, ni haces daño a los hombres. Yo agradezco a Nuestro Señor cuando hay hombres como tú. ¿Por qué te llaman tus hermanos el de las dos caras?
El hombre no creía que ella supiera cómo la gente del pueblo lo llamaba.
—No te espantes y siéntate a mi lado –le dijo, y el hombre comenzó a hablar.
Ni siquiera la saludó, sino que le preguntó:
—¿Tú eres el demonio? Se dice que te conviertes en lo que más desea el humano en su corazón.
La señora le respondió:
—De mí nació el hijo de Dios y soy la madre de todos ustedes. En tu corazón, como de una semillita, nacerá tu amor a Dios.
El hombre se tranquilizó y le respondió.
—Así me llaman porque llevo una vida honesta y respetuosa para con todos, y se dice que posiblemente en casa con mi esposa y mis hijos soy muy malo. Dios sabe que eso no es cierto. Yo amo a mi esposa y a mis hijos, y ya me voy, sólo vine por un poco de agua para beber y tengo que vender la leña que he cortado para que mis hijos tengan alimento.
Luego la señora lo detuvo mientras le decía:
—¿Ves esta alfombra de flores? Levanta los pétalos y mételos a tu morral. Cuando llegues a tu casa pónselos en el regazo a tu mujer y ésta será tu comida y no te faltará mientras tú vivas. Deja toda la leña que has cortado y escucha lo que te voy a encargar. No tengo casa entre ustedes y quiero que me la hagas en el lugar llamado Chicomoztoc (lugar de las siete cuevas). Yo quiero una casa grande donde todos ustedes, mis hijos, quepan cuando me visiten, cuando sea mi fiesta, que será el corazón del caserío. Y como no hay agua para hacer las paredes de piedra y lodo, con tu pie harán tu huella y el agua te irá siguiendo. Habrá agua mientras haya trabajo y cuando se concluya vendrás aquí al Tulmiac, y con una penquita de maguey cerrarás el pequeño arroyuelo, para que no vengan los gachupines y los lastimen. Cuando llegues a Malacachtepec Momozco (lugar rodeado de cerros como túmulos funerarios, ahora Milpa Alta) reunirás a la gente y les dirás lo que te he mandado y en verdad desde hoy tendrás dos caras, eso permitirá que no te tropieces mirando hacia delante.
Mientras le punzaba su mano en la cabeza y con la otra su espalda, le dijo:
—Cuidarás dirigiendo el agua.
Pasó a dejar lo que había trabajado y haciendo la huella del pie derecho y alargándola, empezó a seguirlo un delgado arroyuelo, ya por en medio del bosque y aun subiendo los cerros, el agua lo seguía; también cuando bajaba, cuando pasaba sobre la arena negra, la arena no la absorbía, el agua sólo pasaba sobre ella. Tampoco por donde había arenilla roja, ni por los pedregales. El agua no se introducía por entre las piedrecitas. Las golondrinas y muchas otras avecillas volaban por donde pasaba el agua, las mariposas y abejas también mitigaban su sed y se podía observar cómo el agua brindaba el aliento de vida.
Cuando llegó a Malacachtepec reunió a toda la gente y empezó a contar lo sucedido, unos no creían lo que el hombre decía y otros aseguraban:
—¡Está borracho!
Mientras otros más exclamaban:
—¡Alguien lo trastornó con mentiras!
Cuando escuchó todo eso les dijo:
—Esta agua me ha venido siguiendo desde el Tulmiac donde nuestra bella madre, aquella que quiere vivir entre nosotros, me envió para decirles lo que les he informado.
Se escucharon algunas risas y él volvió a decirles:
—Como no me creen, vean.
Y quitándose el sombrero volteó la cabeza para mostrar su segunda cara, y todos se sorprendieron y comenzaron a hacer caso al mandato.
Empezaron a limpiar el lugar de tierra amarilla, ahí mismo donde se denomina Chicomoztoc –lugar donde se encuentra la Parroquia de la Asunción– y dieron inicio con la obra. Cuando el de las dos caras vio a su mujer entre la multitud, la llamó y le dio el morral diciéndole:
—Ve a casa y dales de comer a nuestros hijos con esto que la Señora me regaló.
La esposa abrió el morral y vio que dentro había sólo pétalos de flor y comenzó a sonreír. El de las dos caras le llamó la atención.
—Has lo que la Santa Madre nos ha mandado hacer.
Cuando llegó a su casa y volvió nuevamente a abrir el morral vio que las flores se habían convertido en tortillas, picaditas, saladitas de manteca, tortillitas rellenas de frijol, tamales y otros ricos alimentos. Los niños junto con su madre empezaron a comer y como era mucha el hambre que tenían se atropellaban las manos por sacar alimentos del morral, mientras que éste no se vaciaba, pues no dejaba de haber mucho más y más. Al ver aquello la mujer dio gracias a la madre de Dios y con lágrimas en los ojos pidió que la perdonara, pues ya tenían muchos días de ayuno.
Desde ese día y muchos más que después vinieron, no faltó que comer en la casa, y entonces con loo que ganaban por su trabajo compraron ropa a sus amados hijos, que ya tenían todo lo necesario, así como para su aprendizaje.
Mientras hubo trabajo en la iglesia no faltó agua, tampoco la comida en la casa del Ontexayaque mientras vivió.
Este relato lo escuché de mi madre, Francisca Villanueva Rojas. ♦
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* Integrante del Consejo de la Crónica de Milpa Alta.


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