La leyenda del Tepozteco en el Señorío de Malacachtepec Momozco

• Los vecinos de Tecómitl olvidaron rencillas con pueblos aledaños y optaron por construir la iglesia convento con sus propios recursos humanos y materiales y con apoyo de pueblos como Ixtayopan y Tulyehualco

Por Manuel Garcés Jiménez* | Revista Nosotros, Núm. 52 | Agosto de 2002

Existe una leyenda del Tepozteco que es narrada entre los habitantes de Milpa Alta, cuyo origen es el resultado de la evangelización realizada por los abnegados franciscanos en las tierras del Señorío de Malacachtepec Momozco o Malacateticpac Momozco.

Dicen las crónicas que al llegar a estos lugares los seráficos evangelizadores, además del bautismo, de inmediato motivaron a los habitantes a sumarse para la edificación del primer convento en honor a la Virgen de la Purísima Asunción de María, inmueble que fue levantado durante 40 años, aproximadamente, en el centro de los cuatro barrios, Santa Martha, San Mateo, La Concepción y la Santa Cruz.

Ante tan titánico proyecto los habitantes de los pueblos circunvecinos se mantuvieron dispuestos a colaborar en su construcción –incluyendo a los vecinos de Tecómitl–, los cuales participaron arduamente bajo la condición de que, terminado el convento, todos los habitantes de los pueblos de la alta milpa apoyarían de la misma manera en la construcción del siguiente convento, que estaría ubicado precisamente en San Antonio Tecómitl, en honor a San Antonio de Padua.

Tuvieron que pasar los años para que los vecinos vieran terminada su edificación, hasta que finalmente el convento fue terminado, pero con el costo de muchas vidas de indígenas como consecuencia de los trabajos forzados y la severa desnutrición que los asolaba. El trabajo se desarrolló con las espaldas de los naturales cubiertas de llagas, las que adquirían durante el traslado de piedras volcánicas para levantar las grotescas paredes, además de transportar el tezontle para las bóvedas, de llevar el agua desde los veneros de Noxcalco y el Tulmiac para la revoltura de cal con tierra amarilla, cargar las vigas de los árboles talados en el monte para bóvedas catalanas, así como el acarreo de la cal viva proveniente del valle de Puebla.

Terminado el majestuoso inmueble religioso de Milpa Alta, los evangelizadores le recordaron a los habitantes tanto de Milpa Alta como de los pueblos ahora aledaños, que tendrían que cumplir con su promesa. Es decir, tenían que bajar a Tecómitl para dar inicio con el segundo convento del señorío de Malacachtepec Momozco tal y como se había acordado. Posiblemente por el trabajo forzado que se había realizado durante años, y tras de tomar en consideración que no existía maquinaria especial para la construcción, estos se negaron a pagar el favor.

Indignados los habitantes de Tecómitl por no ser correspondidos en el trabajo recíproco llamado «compaleguis», de inmediato se organizaron y partieron en procesión rumbo a Tepoztlán, hoy estado de Morelos, llevando en andas a los venerables ancianos del lugar. Durante los días que tardaron en atravesar el bosque del Chichinautzin, los acompañaron teponaztles, flautas y quema de copal, y se dirigieron al Cerro del Tepoztécatl (Tepozteco).

Cuando llegaron al pueblo de Tepoztlán, de inmediato ascendieron a la cúspide del cerro donde se encontraba en su aposento el supremo Tepoztécatl, se acercaron a él en forma ceremoniosa con danzas y música, y le entregaron algunos regalos de su lugar de origen, como chiles criollos, tomates, calabazas, capulines, tunas, elotes y pulque, todo como muestra de respeto hacia el Señor que veneraba el Ometochtli.

Al frente del grupo de tecomiltenses se encontraban los respetables ancianos, quienes le explicaron al venerable Tepozteco lo que había sucedido, que era el hecho de considerar como una ofensa la falta de reciprocidad en el trabajo que los habitantes de los pueblos no pudieran cumplir con su palabra, al negarse a la construcción del segundo convento en la parte alta del cerro. Indignado, el Tepoztécatl los citó en fecha determinada, a un costado del convento de Milpa Alta, para comprobar lo narrado.

Semanas después, el Tepozteco cumplió su compromiso. Llegó y verificó los hechos ocurridos y, de inmediato, reunió a los ancianos del pueblo ofendido para proponerles que la única solución era bajar el inmueble de ;ilpa Alta al pueblo de Tecómitl. Para ello, solicitó que se construyera un enorme arco o botarel, dirigido exactamente hacia el pueblo que se localiza en la parte baja del valle (a un kilómetro y medio aproximadamente sobre la planicie). Dicho arco le serviría al Tepoztécatl como una asa gigante para jalarlo con zacatón trenzado con la ayuda de Ehécatl, dios del viento.

Terminado el enorme botarel, que aún se puede admirar en todo su esplendor, todo indicaba que el Tepoztécatl estaba listo para realizar otra de sus hazañas, como lo había realizado al subir las enormes campanas de la catedral de la Ciudad de México.

Dice la leyenda que estando el Tepoztécatl o Tepozteco a punto de cumplir su compromiso, surgió entre los habitantes de Tecómitl una discrepancia, pues ahora no sabían dónde se colocaría el convento de Milpa Alta al tener un suelo arenoso y anegado en época de lluvias, ocasionada por el agua de las barrancas que fluyen de la parte alta en época de verano. Unos opinaban que no era el apropiado y, otros más, consideraban que fuera en las faldas del Teuhtzin.

Al no llegar a un consenso, los vecinos concluyeron en dejar todo en santa paz y optaron por construir el convento con sus propios recursos humanos y materiales, con el apoyo voluntario de dos poblados: Ixtayopan y Tulyehualco.

Durante la construcción se fueron sumando otros pueblos como Tlacotenco, Tepenahuac, Miacatlán y Tecoxpa. Como muestra de agradecimiento, el convento y la parroquia se convirtieron en la Cabecera de Doctrina para los poblados que apoyaron su levantamiento.

Al respecto, los ancianos aclaran que por ese motivo la iglesia-convento de Tecómitl es más pequeña que la de Milpa Alta.

Y como esta leyenda existen otras, más o menos parecidas, pero de lo que sí podemos estar seguros es que el botarel se trabajó artísticamente, con piedras labradas pegadas con cal natural revuelta con jugo de nopal, y que aún quedan, como mudos testigos, de un hecho jamás consumado por el Tepozteco. ♦

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* Fotografías de la colección del profesor Manuel Garcés.

Revista Nosotros
Portada número 52 de la Revista Nosotros de agosto de 2002

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