Malechalía, fundadora de San Lucas Xochimanca, en el Valle de Anáhuac

• Se fundó en los tiempos de los xochimilcas y aztecas, y desde entonces la conocemos como Xochimanca

Por Esteban Gómez Belmont [Recopilación] | Revista Nosotros, Núm. 40 | Agosto de 2001

Allá en un rincón del Valle de Anáhuac, en el fondo de su costado sur, hasta donde llega la colina que se extiende desde los montes pedregosos del Chichinautzin y Cuantozinzin de la Sierra del Ajusco, se forma la meseta a cuyo oriente de ella está un pequeño lomerío desde el cual se domina todo el Valle de México con sus lugares más hermosos y legendarios, y le llaman el mirador.

Qué encantadora se ve desde aquella altura esta planicie indo-hispana de bellezas naturales, que contiene las huellas de una antigua civilización cuya existencia es como la de Egipto, Grecia y Roma, y que también se narra en leyenda, porque fue el pueblo más poderoso del nuevo continente, los aztecas, en otros siglos, y ahora sus culturas están fundidas en una. Este es el lugar más histórico de todo el continente americano.

Le llaman también el Valle de los Lagos, porque todavía existen parte de esos hermosos lagos que son Xochimilco, Chalco y Texcoco, que desde el mirador se contemplan como son, unos vergeles indios, aun cuando ya no son pequeños porque la civilización los ha ido reduciendo  en pequeños solares pobres, cuando antiguamente fueron unos amplios y espaciosos jardines de Nezahualcóyotl (coyote hambriento) y Moctezuma. Así lo narran los cronistas del siglo XVI, fray Toribio de Benavente o Motolinía; fray Bernardino de Sahagún, fray Gerónimo de Mendieta y Bernal Díaz del Castillo, entre otros.

Desde el mirador también podemos admirar la sierra pedregosa del Ajusco, que parece una gran trinchera del sur de la planicie azteca.

Y a lo lejos, en el oriente, se ve que nace una neblina azul celeste, donde destaca la sierra nevada en la cual destacan majestuosamente el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, que semejan dos enormes témpanos que flotan en las brumas de un celaje de color violeta que sólo tiene el cielo de la patria de las águilas aztecas.

Todas las partes se dominan desde el lomerío de esa gran herradura que forman los cerros volcánicos y las sierras que determinan el Valle del antiguo Anáhuac.

Al pie del mirador nace una loma plana como cuenca muerta situada entre una barranca y una cañada de pequeñas grutas por donde pasaba el antiguo camino carretero de Acapulco. En dicha loma se fundó una aldea pintoresca, desde los tiempos de los xochimilcas y aztecas, y a la cual y aún en este tiempo la conocemos con el término de Xochimancan, pero que más tarde, durante la época hispánica, la bautizaron con el nombre de San Lucas Xochimanca, que significa en náhuatl el lugar donde se ofrecen las flores.

Existe la tradición en esa aldea de que hubo un teocalli en el mirador, cuyas ruinas persisten en forma de pirámide a pesar de los siglos y del descuido.

Dicen que los xochimilcas eligieron esa cima para construir su templo o teocalli dedicado a la diosa de las rosas, Xochiquetzalli, y en el pueblo de los xochimanques, porque ellos eran los únicos que tenían la misión de ofrendar las flores a la diosa, y también porque hallaron en el mirador el ambiente poético del sitio para celebrar su culto con más alegría y reverencia, y con más belleza de color y de fragancia en una atmósfera pura y llena de contemplación.

En la cuenca muerta vivían los xochimanques del templo, sirviéndole al teocalli donde cuidaban los jardines sagrados.

Esos lugares se cristianizaron más tarde sobre las ruinas aztecas, entre la floresta de los xochimanques y sus mitos nahoas, pues allí construyó un baptisterio la orden franciscana, en la cuenca muerta; y en el mirador, donde está la pirámide, se colocó una cruz. Y con las mismas flores de los jardines sagrados del teocalli xochimilca y azteca ya derrumbado, se perfumó el bautisterio cristiano en ese nuevo tiempo cuando comenzó a forjarse la patria mexicana, como se funde el acero, pues así se hizo con el fuego de los encomenderos, y con el amor de los santos misioneros.

Esa antigua aldea de San Lucas Xochimanca ha crecido en estos últimos tiempos, la cual se extiende desde la meseta hasta la falda del Valle.

Por mucho tiempo quedó. Al comenzar la conquista española, con pocas gentes que habitaban miserables alrededor del santuario bautismal, porque casi más de la mayoría de ellos huyeron hacia la Sierra del Ajusco, a causa del Cocoliztli o peste, que hizo terribles estragos, y también por la terrible opresión esclavizadora de los castellanos y por las encomiendas.

Sólo hasta después de haber pasado muchos años, casi dos siglos, iban las gentes de otros pueblos y de las montañas a ese bautisterio, para recibir las aguas bautismales y los medios de satisfacción. En cierto día llegó un matrimonio con una niña mestiza, quienes venían procedentes del pueblo cercano llamado Santiago Tepalcatlalpam; la llevaron sus padres para que recibiera el sacramento bautismal y le pusieron el nombre de Rosalía; su apellido fue Ramírez, que era el de su padre, y ningún adoptivo.

Al llegar a la vida de la juventud, esta criatura contrajo nupcias con un español llamado Hipólito Martínez, y como era una ferviente católica, quiso fundar su hogar cerca del santuario donde fue bautizada, para que resurgiera la aldea con sus costumbres de antaño.

Ahí levantó su casa y nacieron sus hijos, y en torno a su aposento se refugió más gente que también levantó sus chozas, porque en ese lugar halló protección y paz.

Poco a poco fue formándose la renaciente aldea en aquella cuenca antigua, encajando sus chozas, y esa nueva gente se expandió entre los abruptos cerros para tener solares con maíz, frijol, olivos, nopaleras, duraznos, higueras y plantas de flores.

Porque aún sobrevivía entre los franciscanos del santuario la tradición azteca y xochimilca de la floresta y de los jardines sagrados, que entonces ya eran del bautisterio, y cuando la aldea de San Lucas Xochimanca ya estaba algo más poblada, desde lejos y más desde el Valle semejaba un campamento espartano por su posición estratégica; o también parecía un paisaje de Navidad por su aspecto romántico.

El área que correspondía a la aldea, con sus nsolares, fue reducida a una pequeña extensión debido al surgimiento del latifundio, en la época de mla dictadura porfirista, dejándola en la vil miseria. Sólo tenían cerros pedregosos y terrenos deslavados que transformaron sus moradores en lugares fértiles, así como pequeñas lomas para un corto pastoreo.

Ese era el único patrimonio de los xochimanques en aquel tiempo de latifundismo que siempre los oprimió, por lo que eran pobres y llevaban la vida de una existencia de cruel miseria y un dolor de los más amargos que sufre la humanidad. Su agricultura era raquítica, y la otra ocupación que tenían eran los viajes que hacían a Tierra Caliente para la compra venta de frutas tropicales, azúcar y alcohol de contrabando.

Algunos dedicábanse a la caza en los montes de las sierras del Ajusco y Chichinautzin, y muy pocos fueron peones en las haciendas que se encontraban en las orillas del pueblo y de los porfiristas, a las que llamaban de los amos.

Sin embargo, en medio del dolor y de la miseria que soportaban sin esperanzas, sin reniegos y siempre como parias hasta en la época de la tiranía, los xochimanques se dedicaban a la música después de sus labores arduas ensayando sus sones y sus canciones rancheras; y las mujeres cuidaban con esmero las flores de sus solares así como a sus propios hijos, y también a sus aves canoras.

Con ese estoicismo y amor vivían cantando su dolor y su miseria y al contemplar sus rosales y sus frutos, revivían su tradición y recordaban su pasado con amor y tristeza, por su historia, por los espaciosos contornos que poseyeron y que el latifundio de la Hacienda de Olmedo les despojó, y por la tiranía que en pleno siglo veinte oprimíales con crueldad.

Esa era su queja, con una expresión paternal hacia la memoria de la nueva fundadora de la aldea que desde en vida le llamaron Malechalía, como ahora y siempre así la recuerdan y la recordarán las generaciones venideras del pueblo de San Lucas Xochimanca.

Rosalía fue su nombre y porque fue la madre fundadora del pueblo, por eso la llamaron y la llaman Malechalía. Y en aquellos tiempos de opresión decían los xochimanquenses: «¡Ah!, si viera Malechalía esta vida que llevamos con tanta pobreza y humillación».

Pero el 20 de noviembre de 1910 estalló la Revolución Mexicana, lucha armada que surgió después de acontecer tragedias, temor y hambres por culpa de los larifundistas y de su jefe, el dictador, quienes eran los únicos dueños de las riquezas nacionales y dueños del poder. Luego de haber muerto varios xochimanquenses en esa jornada histórica, al fin triunfó la gesta revolucionaria del pueblo hambriento y tirzanizado, como fueron esos aldeanos de Xochimanca, por mucho tiempo obedientes al yugo de los déspotas y a la miseria debido a la impotencia de sus fuerzas. Quizá obedecían a esas leyes viejas y reaccionarias que predominaban en esos tiempos; sin embargo, cuando surgió el hombre que hizo despertar a los proletarios de la nación, que hasta entonces eran parias, fue como se hicieron rebeldes de primera fila los xochimanquenses. ♦

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