La Michoacana, historia de éxito. La primera paletería abrió en Tocumbo
Revista Nosotros, Núm. 131 | Febrero de 2009
La historia de las paleterías La Michoacana comenzó en los años 40, cuando Rafael Malfavón, conocido en su pueblo como «Garrapatillo», abrió la primera en Tocumbo, Michoacán, para lo cual ofreció empleo a conocidos del lugar, quienes en un cajón de madera salían a vender las paletas en las rancherías de los alrededores. Uno de ellos fue Ignacio Alcázar, quien posteriormente emigró a Guadalajara en busca de mejor suerte, y tiempo después llegó al Distrito federal, donde inauguró su primera paletería.
Debido a la detallada elaboración de las paletas, éstas fueron del agrado de niños, jóvenes y adultos, por lo que el negocio basado en el sentido común y el esfuerzo diario, surgió como historia de éxito.
Como referencias para establecer el negocio y generar altas ventas, Rafael tomó lugares de alta concentración como escuelas, iglesias y parques. Para sorpresa del nuevo comerciante, el establecimiento comenzó a reportar ganancias y, obligado por el exceso de trabajo, llamó a su hermano Luis y a su amigo Agustín Andrade, para que le ayudaran a expandir el negocio.
Fue Luis Alcázar quien comenzó, de manera formal, la ampliación de sucursales e invitó a familiares y paisanos para que se integraran a la empresa, primero como empleados a los que, después, se les vendían las neverías a precios accesibles, en pagos sin intereses y contratos de palabra.

Así comenzó en los años 60 el auge de estos expendios con la primera generación de trabajadores y propietarios, hasta llegar a la década de los 70 en que se consolidan como la cadena más grande del país en su giro, al ocupar los territorios de Monterrey, Guadalajara y Puebla, entre otras ciudades.
Después de años de triunfo llegaron los tiempos difíciles cuando tuvieron que enfrentar, como millones de mexicanos, la crisis de los 80. Ante ese desplome, los propietarios se vieron en la necesidad de redoblar esfuerzos y, al contrario de lo que muchos pensarían, abrieron más sucursales en la Ciudad de México y en diferentes partes de la República.
En ese proceso, por cada paletería que tenían los dueños, abrieron cuatro más para obtener las mismas ganancias que antes, lo cual derivó en un expansionismo sin precedentes, suceso que generó empleos y la necesidad de contratar trabajadores de diferentes estados y que ya no solamente fueran originarios de Tocumbo.
Los préstamos de capital para abrir sucursales a conocidos, amigos y familiares, fue una práctica que terminó cuando Luis Alcázar fue asesinado en su casa, al parecer, por un deudor.
Preferidas de mango y fresa en el norte o de mamey, zapote y plátano en el sur, las nieves y paletas de La Michoacana están presentes en todos los estados del país desde los años 40, por lo que se han convertido en toda una tradición gastronómica y en un ícono de la identidad nacional.
Por cualquier punto del Distrito Federal o de cualquier otra entidad, uno puede ver estos establecimientos en cada barrio, pueblo o colonia, y aunque cada una de ellas varía en el nombre, siempre hacen referencia al estado de las corundas y morelianas.
Ha sido tal el éxito de esas paleterías ya no solamente em territorio nacional sino también en el extranjero, que su historia fue objeto de estudio por parte de investigadores del Colegio de Michoacán, donde Martín González de la Vara tituló su investigación como La Michoacana. Historia de los paleteros de Tocumbo, publicado por dicha institución en 2007; posteriormente, el Instituto nacional de Antropología e Historia ese mismo año galardonó al autor en los Premios INAH en la categoría de Divulgación a Trabajo Publicado.
Y es que la historia de La Michoacana es un fenómeno digno de estudio por sus diferentes aristas que lo caracterizan, desde la organización empírica hasta las redes de cooperación que los propietarios han tejido. «Se puede hablar de una empresa de éxito inigualable en nuestro país», mencionó en entrevista González de la Vara.
«En la segunda generación de propietarios se perdieron en gran medida los lazos de cooperación entre los tocumbeños, cuestión que a la fecha se intenta recuperar», comentó.
Es también dicha generación la que se preocupa más por la imagen de sus productos y establecimientos, por lo que acuñan la muñequita de color rosa como el símbolo distintivo. Sus envases impresos, la renovación y adecuación de locales, así como la mayor variedad de sabores son algunas evoluciones que ha tenido la marca.
La diversificación de sus nieves depende de los lugares donde se venden, por ejemplo, al norte del país es más solicitada la de mango, mientras que en la parte sur, las preferidas se inclinan por las de mamey, zapote y plátano. Asimismo, los precios varían en cada zona, si en ciudades como Monterrey y Guadalajara la bola de nieve cuesta diez pesos, en lugares como Chiapas y Oaxaca vale ocho.

Pero sus alcances no se limitan al territorio mexicano, la presencia de los sabores congelados de La Michoacana tienen más de 20 años de derretir los paladares de norteamericanos; en Estados Unidos, las entidades con mayor concentración de mexicanos cuentan en la actualidad con estos negocios.
Naciones como Guatemala, Costa Rica y Panamá, también disfrutan de estos productos y se tienen planes para que en un futuro próximo lleguen a países del viejo continente. Para Gonzalez de la Vara las paleterías La Michoacana se han convertido en ícono de la identidad nacional.
Al respecto, el autor cuanta la anécdota acerca de un grupo de personas que aterrizó, luego de un vuelo en helicóptero, en los límites de la frontera entre México y Guatemala, sin saber en qué parte de territorio y en qué nación se encontraban, pero fue gracias a una paletería de La Michoacana lo que les permitió corroborar que se encontraban en territorio mexicano. ♦


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