Leyendas del cempoalxochitl… en día de muertos
Por Manuel Garcés Jiménez | Revista Nosotros, Núm. 64 | Noviembre de 2003
La tradición de Día de Muertos trae aparejada una diversidad de leyendas que se han transmitido a través de generaciones, muchas de ellas están relacionadas con las flores de cempoalxochitl, nombre que tiene como significado cempoalli, cuarenta, y xochitl, flor, lo que vendría a significar «flor de cuarenta flores». Estas leyendas en su mayoría se han perdido como resultado de la aparición de la televisión, dado que los abuelos las contaban en días que antecedían a la tradición, enriqueciendo esta manifestación cultural.
En estos relatos se cuentan los sucesos donde se mezcla la fantasía, el ingenio con lo real. Donde el hombre da rienda suelta a su imaginación empírica ante el misterio de la muerte.
Recordemos que en estos tiempos de política neoliberalista, el cempoalxochitl es el que da vida al muerto al ser colocadas en las tumbas y ofrendas. Sin estas borlas llenas de pétalos no sería vistosa la fiesta.
Partiremos en el sentido de que el tlalocan es el sitio donde se encuentra Tláloc, hermoso lugar con pájaros y flores en abundancia (posiblemente hayan sido cempalxuchiles). Ahí llegaban las personas que fallecían ahogados, hidrópicos u otra enfermedad relacionada con el agua. Al respecto, nos dice fray Bernardino de Sahagún y sus informantes indígenas que: «este lugar era de un verano constante y no faltaban los alimentos, además de ser un sitio de regocijo».
Una de tantas leyendas es la de poeta anónimo que describe un hermoso lugar lleno de flores y cuya traducción la realizó el padre Garibay y doña Carmen Cook de Leonard.
«Platico con mi corazón. ¿De dónde tomaré las flores hermosas y perfumadas? ¿A quién le preguntaré? ¿Acaso se lo preguntaré al pequeño colibrí, a ese chiquito, con su plumaje de piedras preciosas? O, ¿acaso se lo he de indagar también al zacuán mariposa? Pues ellos sí saben dónde brotaban las bellas flores perfumadas. Iré vagando por el bosque de siyates, donde cantan los pajarillos triviales tzinitzcan. O quizás vaya por la floresta de las garzas rojas. Ahí las flores se tuercen y se enredan entre las ramas, con el rocío bañado de sol, brotan alegremente. ¿Será ahí donde hallaré si se me aparecen, las recogeré en los pliegues de mi vestido y con ellas saludaré a los nobles del pueblo para dar gusto a los dioses».
«Oh, milagro, aquí ando, ya oigo su canto florido, y como igual lo replican los montes. Y es maravilla que en su cercanía corre el agua preciosa del manantial, con los colores turquesa de las aves. Ahí se lanza una y otra vez el canto; se repite la canción del cenzontle, el de las cuatrocientas lenguas, el de los pájaros remedones. A ellos les contesta el pájaro cascabel, incansable como sonaja de la danza, y tantos otros de precioso cantar. Ahí alaban a la tierra y sus vocecitas nos mecen con sus hermosos sueños».
«Le hablo al colibrí, le grito con toda mi voz. No os engaño, a vos a quienes el llanto ama. Ya nos sentamos para escucharlo, ya viene el precioso colibrí. ¿A quién buscas, tú cantor? Luego les contestó, me dirijo a ellos. ¿Dónde están las hermosas flores perfumadas, para que se esfumen las melancólicas tristezas de nuestros nobles respetados. Pronto me trinan: A ti, tú cantor, te enseñaremos el lugar en donde están las flores que llenarán de regocijo a nuestros compañeros, los nobles señores».
«Me llevaron a un valle, a una fértil tierra, al país de las flores, ahí donde el sol enciende el rocío; ahí veo todas las flores de preciosas fragancias, las hermosas flores cubiertas de rocío, donde en la niebla los rayos del sol pintan el arco iris. Ahí me dicen: Corta las flores, todas las que quieras, regocíjate con ellas, tú que eres cantor. Ya se las entregarás a nuestros compañeros, a los nobles señores que con ellas alegrarán la tierra».
«Y si recojo en los pliegues de mi vestido toda clase de perfumadas flores, que regocijan el corazón, que nos dan riquezas, y digo: Cómo quisiera que otros entraran aquí, que fuéramos muchos los cargadores de flores. Así es como lo he sabido, así es como puedo platicar de ellos nuestros amigos. Aquí siempre vendremos a cortar las abundantes flores lindas y a oír las tantas preciosas canciones, con las que alegremos a nuestros amigos en este mundo, y a los caballeros Águila y caballeros jaguar».
«Ya me he puesto el camino, yo cantor, para llevar las flores a los príncipes. Los he coronado con flores, los he adornado, las flores las he puesto en sus manos. Y luego canto una hermosa canción para que los nobles se alegren frente al Dios omnipotente, al que todo lo abraza, donde no hay esclavitud».
«Aquel que busca, al que invaden las penas. ¿De dónde las tomará, en dónde mirará estas bellas flores? ¿Encontrará acaso el camino al país de las flores? ¿Al país del sol, en donde no hay esclavitud, en donde no hay penas, en donde no hay inútil del mundo, ni cosas compradas, en donde sólo hay dependencia del Dios omnipotente, omnipresente? Sobre la tierra llora mi corazón, cuando recuerdo que, yo cantautor, miré el país de las flores».
«Pues así digo. En verdad la tierra no es un buen lugar. En verdad, el lugar hacia donde vamos es diferente, allá es donde está la felicidad. ¿Para qué es buena la tierra? En verdad, es otro el lugar donde termina la vida. Ojalá allá afuera, allá con los poderosos pájaros cantará, allá me deleitará, me regocijará con las hermosas flores, con las flores perfumadas que alegran el corazón, que en lindos jardines nos extasiásemos con sus dulces fragancias, nos embriagaremos con sus arrebatadores aromas. ¡Ojalá!»[1]
Otra leyenda prehispánica que nos hunde en lo más hermoso del México antiguo es la siguiente:
«Atlanquatli –águila de agua–, gloria de la raza por su bravura y orgullo de noble guerrero, digno de ser llamado hijo de Yaoquizqui –guerrero–. Sus hazañas en honor de a Huitzilopochtli lo hacen merecedor de vestir el traje verde y lucir bandera de listas rojas y blancas, aderezadas con el penacho de quetzal».
«Amaba a Cazauhquixochitl –flor amarilla–, modelo de castidad y virtud, y nadie mejor que ella para ser su esposa, había recibido exquisita educación, conocía los sagrados deberes del hogar y nadie como ellas para orar y hacer penitencia, confeccionaba admirablemente la tortilla blanca, los totopos y tlacoyos, labraba y bordaba suntuosos manteles para los dioses».
«Las pedidoras irían a la casa del Yaoquizqui Teunochtli a pedir la mano de su hija. La ilusión, la esperanza y la vida de Atlanquahtli dependóa de este sencillo pero trascendental acto».
«Al padre de Cozauhquixochitl negó la mano de su hija al joven Águila del agua, ya que tenía el firme propósito de hacer a su hija esposa del noble Aococoxochitl –flor de pino–, Caballero Serpiente».
«Un solo recurso le quedaba al joven para vencer la hostilidad de Yaoquizqui y nuevamente se fue a combatir al enemigo, resuelto a morir o conquistar el traje de Caballero Águila, y con esta decisión en su mente partió».
«Cuando al fin retornó al ejército de flor amarilla éste buscó entre los guerreros triunfadores a Arlanquahtli, pero no lo encontró. Desde hacía muchos días su amado habitaba la casa del Sol. Se encontraba entre los elegidos en su lugar de maravilla, jardín inmortal en donde las flores nunca se marchitan y en donde no existe la noche y el día».
«La joven fue llevada a la casa de su odiado prometido y ahí el enlace quedó consumado».
«Toda esperanza de salvación había muerto en el corazón de Cozauhquixochitl. En su desolación y desamparo no le quedaba más que implorar la clemencia de sus diosas protectoras».
«Tonatiuh –dios del Sol–, permite a Atlanquahtli bajar a la tierra para salvar a su amada».
«La desdichada joven suplica ser convertida en paloma o en magnolia, y ensangrentadas las púas de maguey con el rojo líquido de su sangre».
«Sacerdotes, amigos y parientes la buscaron por todas partes inútilmente. En ningún lugar se le encontró, pero a todos sorprendió ver un sitio solitario del monte, una planta hasta entonces desconocida, en cuyo extremo se abría una flor amarilla, una maravillosa flor con apariencia de una flor de oro. ¡El cempoalxochitl!»
«Atlanquahtli, en forma de colibrí, se posa sobre ella, dejando caer en el trémulo cáliz, unas gotitas de agua celeste que llevaba en el pico, y batiendo sus brillantes alas, parecía que acariciaba a la sencilla flor».
«¡Oh, milagro! La flor sencilla de escasos pétalos color de oro, prodigiosamente multiplicó sus pétalos de oro para semejar una preciosa borla del áureo metal»
Leyenda mestiza del cempoalxochitl
Otra leyenda con matices españolizadas es la siguiente, cuya cuna proviene del estado de Tlaxcala.
Cuenta que la princesa Tecuelhuatzin, hermosa hija del viejo cacique Xicotencatl, cultivaba en sus jardines de Tizapan, en la República de Tlaxcalla, toda clase de flores, pero las que más apreciaba eran esas amarillas rojizas llamadas cempoalxochitl, porque tenían los cambiantes colores del sol, del mediodía al atardecer, y porque era predilecta ofrenda en las tumbas de los desaparecidos.
Cuando los españoles llegaron a Tlaxcala, el hermano de Tecuelhuatzin, el general Xicotencatl Axayacatzin o el joven, midió sus armas con los forasteros, pero fue derrotado; y entonces la República indígena tuvo que pactar con Hernán Cortés, ofreciéndole sus ejércitos para ir a tomar a Tenochtitlan. La princesa, según la costumbre indígena, fue entregada a Cortés como un presente, y éste la regaló al capitán Pedro de Alvarado.
«Tecuelhuatzin fue bautizada con el nombre de María Luisa Xicotencatl y se desposó a la usanza indígena con Alvarado, a quienes los indígenas llamaban, por ser rubio de color, Tonatiuh o el sol. La princesa lo amó mucho, porque vio en él la representación humana de las flores»[2]. ♦
[1] La leyenda se obtuvo de una investigación realizada por Carmen Cook de Leonard con el título de «Las Otra leyenda prehispánicaceremonias de la muerte en México», trabajo mecanografiado con fecha de 23 de octubre de 1989.
[2] García Rivas, Heriberto. Dádivas de México al mundo. Ediciones Especiales de Excélsior. México, 1995, p´. 64.


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