Tecomitl, los nahuales y los ositos, leyenda y tradición en el Día de Muertos

• Para algunos vecinos los nahuales aún existen, aunque en menor cantidad. La presencia de estos seres extraños únicamente puede ser delatado por los de los perros, los que tienen la vista muy penetrante en comparación con la del hombre

Por Manuel Garcés Jiménez | Publicado en la Revista Nosotros número 21 | Octubre de 1999

Todos somos fugaces, todos nos iremos.

Por eso debemos respetarnos, por eso debemos trabajar,

Por eso debemos respetar y conservar las cosas de la vida:

La flor y el canto del cempoalxóchitl.

Narran los abuelos que décadas atrás y todavía hace pocos años en todos los pueblos del rumbo, vagaban los nahuales por las polvorientas calles, desafiando a la misma naturaleza, ya que se convertían en horrorosos seres con enormes ojos como si les brotara fuego. Comentan que adoptaban figuras en forma de perro o cerdos, y otros afirman que se convertían en asnos. Son hombres que tienen el poder sobrenatural de transformarse para realizar fechorías a todo aquel ingenuo que se le ocurre caminar en las altas horas de la noche.

En el caso de Tecómitl, pueblo de la jurisdicción de Milpa Alta, estos seres eran totalmente diferentes a los demás, dado que se caracterizaban por ser agudos y sumamente astutos, además de ser traviesos y hasta cierto punto alegres, llevando consigo el interés de espantar a sus amigos, mientras que a los enemigos les pateaban las frágiles y rústicas puertas de aquellos tiempos elaboradas a base de tejamaniles y varas de chinámiles; además, aterrorizaban a todo trasnochador, borrachín, parrandero y a uno que otro enamorado nocturno.

Contrariamente a estos nefastos seres, en las noches de Día de Muertos salen los «ositos», graciosos y chistosos disfraces imitando a este animal de cuatro pies creados por la imaginación de niños y jóvenes que se divierten para contrarrestar a los malvados hombres y sus facultades sobrenaturales.

Tradición antiquísima, ya los abuelos y sus descendientes bailaban durante la noche del día primero con el «osito» alrededor de fogatas donde las familias conviven durante esa noche.

Respecto a los nahuales, uno de tantos habituales habitantes del poblado, el señor don Joel Cruz, conocido entre los amigos como el «brujo», narra con la sonrisa en los labios una serie de anécdotas y leyendas de estos seres sobrenaturales, incluso argumenta que él mismo lo ha visto cruzar entre las espesas milpas en época de elotes. Varios de estos nahuales son sus mismos amigos de parranda, quienes hacían alarde de sus poderes a través de las travesuras cometidas en su presencia. Después de realizarlas se alejaban en medio de risotadas sarcásticas que se convertían en eco, misma que se perdía entre las sombras de la noche. Como respuesta le devolvía una ensarta de maldiciones y palabras altisonantes y retadoras.

Argumentan algunos vecinos que aún existen, aunque en menor cantidad.

La presencia de estos seres extraños únicamente puede ser delatado de inmediato por los aullidos y ladridos de los perros, los que tienen la vista muy penetrante en comparación con la del hombre, y por ello los corretean hasta perderlos entre la oscuridad. Los abuelos, de acuerdo a su creencia, se protegían y los ahuyentaban colocando dentro y fuera de sus humildes chozas algunas cruces de madera de ocote rociadas de agua bendita acompañada de la tonada: Cruz, cruz, que se vaya el diablo y venga Jesús.

Actualmente, comentan los vecinos de los pueblos aledaños que el pueblo de Tecómitl es la tierra de los nahuales, quienes argumentan que en tiempos inmemorables salían por las noches a «carrancearse» todo lo que producía la zona lacustre de Mixquic y Tetelco. Arrasaban con las coliflores, coles, lechugas, rábanos y pasto forrajero.

Cabe señalar que, efectivamente, los tecomiltenses se organizaban en la época de sequía para adquirir el alimento del ganado, dado que no contaban con zona lacustre como los pueblos colindantes al oriente. En enormes costales y ayates se recurría por las noches a la zona chinampera, principalmente en el paraje denominado el «rincón», donde de paso se apropiaban de las frescas verduras. Al amanecer, los chinamperos argumentaban: «Ya nos madrugaron los de Tecomitl, parecen nahuales, de noche arrasan con todo». De ahí el sobrenombre de nahuales, aunque no cabe la menor duda que la presencia de estos seres se extendió en todo Mesoamérica.

De acuerdo con la tradición del poblado, a partir del 29 de septiembre tienden a alejarse los malos espíritus, incluidos los nahuales, ya que los hombres nahualeros pierden sus poderes sobrenaturales. Es a partir de esta fecha cuando dejan el camino purificado para que los muertitos a través del permiso celestial puedan asistir a sus antiguos hogares a convivir con los vivos y poder disfrutar de las suculentas ofrendas colocadas en su memoria.

San Miguel fue uno de los siete arcángeles que derrotó al mal encarnado en el demonio, es por ello que las tumbas se adornan con una serie de flores, sobresaliendo el cempoalxochitl. Este arcángel es el defensor del pueblo, como lo indica su nombre, «¿Quién como Dios?», por lo cual los vecinos del barrio de Cruztitla lo celebran alegremente con una velada en la víspera donde se reparten tamales y atoles. Al día siguiente se escuchará en las alturas los cohetes acompañados de las campanas del vetusto ex convento que invitan a todos a rezar para desechar las cosas malignas y esperar con alegría a los «muertitos».

Cabe señalar que los vecinos de Milpa Alta y el estado de Morelos ese día 29 se dan a la tarea de colocar en cada puerta una cruz florida de pericón para celebrar el triunfo del bien y dejar el camino abierto a los Fieles Difuntos; es la víspera para los últimos días de octubre y los primeros de noviembre.

Los tecomiltenses lo manifiestan adornando los sepulcros con flores de cempoalxochitl, veladoras o ceras encendidas. Con treinta días de anticipación, todo indica que estar prestos a recibir a los que se nos adelantaron.

Durante esos treinta días previos al Día de Muertos los nahuales no aparecen, por lo tanto se aceleran las cosechas de maíz para los tamales, las calabazas para el dulce en tacha, los chilacayotes, las habas se recogen para las ofrendas, mientras que el frijol aparece en los tejados y azoteas colgando como trofeos de la cosecha del año.

En épocas ancestrales se acudía al trueque o a la venta de los excedentes de las cosechas para adquirir otros elementos y complementar la ofrenda. Por lo regular se recurría a los tianguis de Malacachtepec Momoxco. El sábado era el ideal ya que acudían los vecinos y comerciantes de los doce pueblos. En menor cantidad los lunes y miércoles.

Otros asistían los viernes a Chalco o los martes a Ozumba. Este último era el lugar para adquirir las ceras de panal de abeja elaboradas en el pueblo de Tlayacapan. De Xochimilco, Mixquic, Tetelco y Tezompa llegaban los alelíes, terciopelos y la nube. Desde antaño a nuestros días se ha utilizado el cempoalxochitl cultivado por los campesinos del lugar.

Desde tiempo atrás ha sido algarabía con la participación de la familia. Comentan nuestros padres que hace algunas décadas los jóvenes se dedicaban con antelación al acarreo de leña directamente del monte para los tamales y fogatas. Los niños, con la ayuda de los mayores, elaboraban los faroles en forma de estrellas de carrizo y cubiertos de papel de china, otros raspaban los chilacayotes hasta convertirlas en auténticas calaveras artísticas para «calaverear». Mientras que las abuelas y las señoras molían el maíz azul en el metate para el pinole o el nixtamal para tamales y tortillas.

Para fortuna nuestra, todavía en ciertas personas del pueblo continúan con estas acciones hogareñas cargadas de una enorme tradición; las tortillas hechas a mano, los tamales, el atole de pinole, el chocolate, la calabaza en dulce, elotes y chilacayotes hervidos, esquites… y los niños pidiendo calavera con su chilacayote.

Todo indica que ya nadie se acuerda de los nahuales, son totalmente ignorados, ya que a su vez surgen los graciosos «ositos», seres bonachones representados por dos jóvenes que, agachados y cubiertos por una sábana blanca (por lo tanto se considera que por graciosos y de blanco se les conozca con ese nombre), están listos para bailar la noche del día primero de noviembre en cada una de las fogatas donde conviven los vivos con sus muertos, tradición que aún perdura.

Con esto se contrarrestan las acciones de los nahuales, ya que el jolgorio se desborda. Entre risotadas y truenos de cohetes y el humo de las «lumbradas», los osos se dedican a imitar a ciertos personajes del pueblo que se caracterizan o se caracterizaban por ser «célebres», ya sea por mal hablados o por otro hecho singular, sin dejar de imitar al borrachito, al panadero, o al perro alzando la patita.

Cabe señalar que las leyendas en muchas ocasiones pueden sobrepasar a la imaginación como el caso de los nahuales, casi transformadas en historia como es el caso de Tecómitl. Al respecto el fraile franciscano Bernardino de Sahagún los describía como seres comunes en la época colonial. Mientras que los «ositos» de Tecómitl datan de tiempos inmemoriales.

Termina la Fiesta de los Muertos y los niños disfrazados de osos quedarán nuevamente en el olvido durante el resto del año, mientras que los nahuales volverán a hacer de las suyas. ♦

Portada de la edición impresa de la Revista de Reflexión y Difusión Nosotros, número 21, correspondiente al mes de octubre de 1999
Manuel Garcés Jiménez, presidente del Consejo de la Crónica de Milpa Alta

Manuel Garcés Jiménez. Nativo de San Antonio Tecómitl, fundador y presidente del Consejo de la Crónica de Milpa Alta de 2002 a la fecha, ha sido vicepresidente de la Asociación de Cronistas de la Ciudad de México durante dos períodos, participando en cinco libros: Memorias, 5a Reunión NacionalLa Ciudad de México y la Revolución en 1914Tlacuilos (crónicas sobre los barrios del Distrito Federal), Lo que en el corazón está, en la boca sale (crónicas acerca del patrimonio intangible de la Ciudad de México), y 690 años de la Ciudad de México (memoria del Primer Congreso de Crónica).

Fue nombrado Custodio Voluntario del Patrimonio; en 1992 obtuvo el primer lugar (por Tecómitl) en el concurso Historias de mi Pueblo, coordinado por el Centro de Estudios Históricos del Agrarismo en México (CEHAM). Colaborador en periódicos como ExcélsiorEl Sol de México y El Azotador; y en revistas como NosotrosRescate EcológicoXochimilco Ayer y Hoy y Crisol Mágico. Es autor de los libros Conoce la historia de México I, y El zapatismo en Milpa Alta, del Chichinautzin al Zócalo. Ha dictado varias conferencias en distintas delegaciones de la Ciudad de México.

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