Dos reflejos… Narraciones con motivo de Día de Muertos
Por Felipe Rangel Cordero
Para mi hermano Héctor.
Sólo él sabe lo que vio.
Loa madre toma la bolsa y unas cuantas monedas y se dispone a enfrentar, como cada día, la aglomeración del mercado. Mira, resignada, el techo de tiznadas vigas y cartón percudido como buscando el glorioso cielo.
—Apúrense con sus tareas –repite, mecánica, como cada vez que sale a buscar qué comer. Los tres chiquillos se miran y esbozan una sonrisa cómplice–. No me tardo, ¿eh?
—Sí mamá. Ya lo sabemos –pronuncia, como una letanía bien memorizada, la niña, que es la mayor de los tres.
—Cuando acabemos, ¿podemos salir a jugar a la calle un ratito? –pregunta sonriente el menor. Sus manitas tienen aferradas unas tijeras y el recorte a medias de un reloj.
—Bueno, pero sólo un momento –responde la madre. Se detiene y duda. Se vuelve–. Mejor no, otro día será.
Sin decir más sale a la calle y toma dirección hacia el congestionado centro para ver qué puede comprar con tan poco dinero. Aspira fuerte llenando sus pulmones del aire seco de marzo.
El trayecto es largo y a esa hora el sol cae a plomo, otorgándole una claridad inusitada a todas las cosas. El pueblo es viejo, aunque algunos sectores ya comienzan a dar paso a la modernidad pujante. Los grandes caserones poco a poco van adquiriendo olor a antiguo y la pintura de las fachadas se descascara a la intemperie. La mayor parte de las viviendas tienen fundamentos de ladrillos de adobe, con nuevos recubrimientos, y algunas ya ostentan techos remozados de láminas de cartón y vigas, o de cemento. Todo eso contemplaba la mujer antes de llegar al mercado.
—Ay, Dios mío. Creo que con esto nos alcanza –dice mientras mira las doce monedas bien alineadas en la palma de su mano.
…
Cuando Rosa se quitó el anillo matrimonial y lo puso en la charola del altar, sabía muy bien que nunca más podría volver a portarlo. No. Nunca más ese diminuto aro de oro deslustrado circundaría su dedo, ni daría seña a los demás que ella era una mujer casada. O, mejor dicho, lo fue.
Desde que su esposo murió en el trágico accidente ferroviario, en Veracruz, Rosa se había resignado a portar su anillo de mujer casada, pero viuda, con todas las de la ley.
Aunque era una mujer joven y bella, sin duda, se había propuesto no conocer hombre alguno, y guardar el luto respectivo. Qué fueran a decir sus parientes políticos: todo ese barullo de gente criticona y mordaz que nada más iba a visitarla con ínfulas de dudoso afecto, quizá más apremiados por saber de los terrenos y bienes que Genaro dejó intestados.
Antes del accidente, Rosa y Genaro eran la pareja perfecta, a ojos de todos. Aunque no tuvieron hijos, podía verse a leguas que no los echaban de menos, pues algo en la sonrisa de la gente dice cosas que palabra alguna podría nombrar. Sin embargo, Rosa siempre mantuvo la esperanza en Dios, en pos de algún bebé que viniera a sellar con broche de oro esta vida de amor y atenciones a la que siempre la acostumbró Genaro.
—No te preocupes, mi cielo –le decía él con ternura, mientras revisaba un mapa del estado de Veracruz, donde próximamente iniciarían sus vacaciones–. Cuando volvamos buscaremos un buen médico, si quieres.
Ella, en su silencio y genuino enamoramiento repetía para sí misma un «sí» mental, y solía olvidar esas charlas, de tantas. Hacía una pausa y ponía dos cucharaditas más de azúcar a su té.
—Qué bien hizo don Porfirio al inaugurar este tren –fue lo último que dijo él al terminar de revisar el mapa y aflojarse los tirantes para dormir.
Ahora, el altar con sus adornos florales y perfumados, parecía una burlona mueca del destino. Como in trofeo sentimental a todos esos años de dicha inolvidable. Y esa foto en blanco y negro. Él, todo sonriente y elegante con su sombrero de copa y su bigote bien recortado, como diciéndole «Rosa, Rosita querida, y si fuéramos de paseo a…»
Con las primeras lágrimas empañando sus grandes ojos, cubrió el anillo con una mantilla de terciopelo, mientras repasaba suavemente su blancuzco dedo recién liberado y posaba su otra mano en su vientre esbelto y estéril.
El olor de las veladoras consumidas casi siempre la despertaban de su letargo, y entonces se levantaba del altarcillo con dificultad, a oscuras, para dormir en su lecho inmenso, entre un mar de edredones y encajes.
«¡Rosa, Rosita! ¡Ven! ¡Anda, apúrate, mujer!» Creía escuchar entre sueños, y se apostaba desesperada del primer vagón de aquel ferrocarril que ronroneaba en su mente.
…
Cuando la madre se fue, una carcajada común se desprende de los tres chiquillos, y prestos sacan sus acuarelas, pinceles, crayones y demás aditamentos de dibujo. Hojas de cartulina surgen de la nada, y en las manos ansiosas de los niños se convierten en motivo de solaz.
—A ver quién hace el mejor avión –dice efusivo el niño de edad intermedia. Tendrá unos once años.
—No. Mejor dibujemos una mariposa –contesta, dominante, la niña, y sin esperar resuelta ataca la cartulina con los primeros trazos de un insecto alado–. Vamos, que yo les gano.
El niño menor, sin atender la contienda verbal de sus otros hermanos, silencioso procede a trazar el boceto de algo así como un dragón. Es más bien un monstruo mitológico que alguna vez había visto en una de esas revistas que coleccionaba. Kraken, se llama el ente, y precisa gran detalle y un talento que el chico, con sus pocos años, ya empieza a denotar, a diferencia de sus hermanos.
—¡Oh! Está padre tu cosa esa –dice el otro niño, mientras mira, decepcionado, su nave-espacial-mariposa.
—Tonterías –la niña levanta su dibujo ante el «público conocedor» y arremete con más empeño y color las alas del lepidóptero–. Este dibujo sí que está padre.
El hermano menor continúa absorto en su boceto del monstruo, y cuando está terminado, procede a seleccionar los mejores tonos de acuarela para darle vida y plasticidad.
Determina que la piel del dragón tendrá un fondo gris, con algunos pequeños toques de blanco para dar la impresión de las escamas, y cerca de los pies, una mezcla de azul marino, verde y titanio, para simular el océano agitado.
—El Kraken era un monstruo marino que luchó contra Perseo –dice el pequeño artista mientras delinea las garras.
Los otros hermanos guardan silencio, pues saben, muy a su pesar, que su pequeño hermano incuba un talento que ninguno de los dos posee.
Cuando intenta obtener una mezcla adecuada para las escamas ventrales del titán marino, el chiquillo comprueba que el vasito de agua donde remoja sus pinceles se halla saturado, y es preciso cambiar el líquido.
—Ahora vengo. Voy por agua limpia al lavadero.
La niña y el otro chico no responden, y siguen, coloreando sus extraterrestres mariposas. En el dibujo del hermanito, coloreado a medias, el monstruo Kraken ataca a un invisible héroe volador, mientras con sus garras se sujeta de un peñasco.
…
El sonido parecido al agua corriendo de una fuente despertó a Rosa. La habitación estaba a oscuras y la incipiente alborada deslizaba sus primeras vetas de luz a través de las ventanas. En la penumbra, la chaqueta del marido difunto posada sobre una silla, deba la apariencia de que alguien la acompañaba en el cuarto, en sigilo.
Rosa se incorporó del lecho, imaginando todavía el paso de las grandes ruedas metálicas sobre los durmientes, y aquel pitido largo encerrado en su cabeza adormecida. Se calzó las pantuflas y se dispuso a ver qué podía ocasionar ese ruido acuático allá afuera.
Así, incrustado en las envolventes sombras, el altar con aquel severo Cristo y ese paraíso de flores a medio morir, prefiguraba un extraño encanto, olorizado por las ceras extenuadas, y mil y un sollozos vertidos igual número de noches sin dormir… La foto de Genaro, así, en medio de tan poca luz, resaltaba los tonos blancos y deformaba por completo su imagen, haciéndolo parecer un antiguo héroe griego.
—Oh, Dios mío. Dios mío –desde el quicio de la puerta, Rosa, temblando, lo descubrió por fin.
…
El pequeño toma, abstraído, el vaso de plástico y se dirige al gran lavadero. Allí vierte el agua sucia y grisácea en el desagüe, y abre el grifo para abastecerlo de nuevo. Mira caer ensimismado el plateado chorro, y piensa que tal vez podría intentar dibujar a la princesa Andrómeda, tal y como está en la revista.
Ya surtido el recipiente, se encamina de vuelta al cuartucho, donde sus hermanos siguen contemplando su gran obra, para después fingir, indiferentes, retoques en sus esperpentos de mariposa.
Entonces, justo a medio paso, al mirar de soslayo el otro cuarto que era la pieza que toda la familia ocupa para dormir, la mira… Primero con fascinación, después con susto.
En el pequeño cuarto que al mismo tiempo es empleado para las tareas escolares de los niños y comedor familiar, los dos hermanos ya casi terminan sus coloridos insectos.
—Mira, el mío quedó más bonito –el niño se ufana de su creación.
—Ah, ¿sí? Pues mi mariposa es más real. No parece planta carnívora como la tuya, je, je.
Ambos niños pronuncian tal o cual cosa de sus respectivos dibujos, hasta que a la niña le parece que su hermano menor ya se ha tardado mucho con el agua. Sin más se levanta de la mesa y se asoma hacia el enorme patio de cemento.
Allá, en dirección a donde está el gran lavadero y la pileta, mira a su hermano de pie, petrificado, con el rostro demudado por un hecho que no alcanza a comprender su infantil criterio.
—¡Ven, vamos a ver qué le pasa a nuestro hermanito!
Ambos niños salen presurosos hacia donde se halla el más chico y comprueban su extrema tensión y mudez. Respira con dificultad, sujetando férreamente sus pinceles y el vaso de plástico. Su rostro mira fijamente al cuarto contiguo.
—¿Qué pasa, niños? ¿Qué están haciendo? –En ese momento la madre que regresa del mercado, observa a los tres niños trenzados de las manos, buscando romper una inercia que los tiene sujetos a algo anormal.
—Mamá, mamá. Es nuestro hermanito. No se puede mover.
Rápidamente, la señora sujeta de las axilas al chiquillo y lo levanta en vilo, dándole ocasionales bofetadas para que reaccione. Lo abraza. Cuando éste recobra cierto movimiento, comienza a llorar desconsolado. Balbucea algo comprensible a medias.
—La… la señora. Allá en… en el cuarto.
Las miradas se dirigen extrañadas hacia el cuarto de dormir. La habitación, más grandes que la otra, de un mamposteado rústico de piedra, con techo de láminas de zinc y vigas gruesas, parece normal. Las camas están sin hacer y algunos zapatos están dispuestos aquí y allá, sin orden.
—Allí estaba. Una… una señora… –el pequeño llora desconsolado y se refugia en los brazos de su madre–. Iba caminando y no tenía pies. Estaba vestida de blanco…
…
Rosa hace intento de salir de la habitación. Pero se detiene al constatar el aire helado de la medianoche, que penetra su camisón de organdí. Apenas puede creer lo que está allí, ante sus ojos… «Lo siento, señora, debido a una complicación en su matriz usted no va a poder tener hijos». La voz del engreído galeno se vuelve a incrustar martilleante en su mente. Más tarde los murmullos de los odiosos parientes… «Vaya, ahora resulta que ni hijos podrá tener». «Y entonces, ¿quién se quedará con las cosas de Genaro?»
Ella sonríe y disipa esos recuerdos que la han martirizado tantos años. Dos lágrimas ruedan por sus mejillas mientras el aire mece su larga y hermosa cabellera.
Por fin algo bueno le ha sucedido. Un regalo inesperado y tanto tiempo anhelado.
Allí, en medio del patio de lozas de barro, cerca de la pileta, parado y titubeante, un niño translúcido que sostiene un vaso con agua y unos pinceles, la observa atónito. La mira, primero con fascinación, luego con miedo. ♦
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Octubre, 2006

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