El cautiverio de los animales en la antigua ciudad de Tenochtitlan

• El «zoológico de Moctezuma» es el tema del libro escrito por Israel Elizalde Méndez en el que ahonda sobre su cuidado y manutención al interior del reservorio descrito en las fuentes históricas

El vivario de la antigua capital mexica, referido como el «zoológico de Moctezuma», es un tema rico para explorar. Con el fin de sumar a su conocimiento y comprender la relación entre esta cultura y el mundo faunístico, el libro El cautiverio de los animales en la antigua ciudad de Tenochtitlan (2026) analiza los restos arqueológicos de 28 ejemplares exhumados en ocho ofrendas del Huei Teocalli.

La novedad editorial, autoría del arqueólogo adscrito al Proyecto Templo Mayor (PTM), Israel Elizalde Méndez, es resultado de las indagaciones realizadas en el marco de dicha iniciativa, fundada en 1978, por el investigador emérito del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Eduardo Matos Moctezuma, y dirigida actualmente por el arqueólogo Leonardo López Luján.

La Ofrenda 120 tenía entremezclados los restos de águilas y espátulas rosadas, con claros indicios de haber permanecido en cautiverio. Fotografía: Leonardo López Luján

Editada por la Secretaría de Cultura del Gobierno de México, el INAH y el Ancient Cultures Institute, con sede en San Francisco, Estados Unidos, la publicación consta de cinco capítulos en los que se explora la ubicación probable del vivario que, de acuerdo con el primer plano de la ciudad de Tenochtitlan, publicado en 1524 y asociado a Hernán Cortés, estaría detrás del recinto sagrado.

Israel Elizalde Mendez analizando los huesos de un felino. Fotografía: Erika Robles, cortesía PTM

Asimismo, propone una metodología para el estudio de los restos zoológicos prehispánicos, incluido un minucioso análisis de enfermedades óseas antiguas, enfocado a determinar si la fauna estudiada vivía en cautiverio, así como ahondar sobre su cuidado y manutención al interior del reservorio descrito en las fuentes históricas, espacio del que, hasta ahora, no existe evidencia material debido a la dificultad para realizar excavaciones en la zona, lo que permitiría verificar dicha información, acotó el arqueólogo.

Vista cenital de la Ofrenda 126, en la que se localizaron varios carnívoros que estuvieron en cautiverio. Fotografía: Tenoch Medina y Sergio Gaytán, cortesía PTM

De lo que sí hay testimonio, refirió, es de una amplia diversidad de restos de animales hallados en el Templo Mayor, a través de los cuales se pueden obtener evidencias directas del cautiverio. Se estudiaron restos de 28 individuos de las especies águila real y harpía, codorniz, jaguar, lobo y espátula rosada, recuperados de las ofrendas identificadas con los números 6,20, 99,120,125,126,134 y 141.

Los ejemplares analizados presentaron enfermedades articulares, infecciosas y traumatismos regenerados, «cuyo grado de afectación permitió inferir cómo pudo afectar la vida del animal si hubiera estado en libertad, y concluimos que era imposible que muchos de ellos hubieran sobrevivido en estado salvaje con esas lesiones o enfermedades», puntualizó.

Columna vertebral de un lobo con una enfermedad articular en estado avanzado. Fotografía: Mirsa Islas, cortesía PTM

En el libro también se describe el análisis de residuos de la dieta dada a las aves rapaces, y se deja abierta una línea de investigación que plantea que los lobos podrían haber sido reproducidos en cautiverio.

La novedad editorial corresponde al quinto volumen de la serie Reportes del Proyecto Templo Mayor y deriva del trabajo de tesis del arqueólogo Israel Elizalde, con el que obtuvo el grado de licenciado en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, en 2017, y que un año más tarde le valió una mención honorífica en los Premios INAH.

Huesos de las patas de un águila que presentaba una enfermedad infecciosa grave. Fotografía: Mirsa Islas, cortesía PTM

Cabe mencionar que en el artículo «Mar, tierra y cielo. El universo de los animales en el Templo Mayor», que aparece en la edición 196 de la revista Arqueología Mexicana, Leonardo López Luján e Israel Elizalde relatan que en la cosmogonía mexica los animales tenían funciones simbólicas en las ceremonias del recinto sagrado, entre las que destaca su utilidad como alimento de las divinidades.

Se asegura que eran vehículos para reconstruir cosmogramas y representar los diferentes niveles del universo concebido por los tenochcas, de ahí la importancia de mantener estos animales en la ciudad antes de las ceremonias religiosas. ♦

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