De origen medieval, las celebraciones de todos los santos y de fieles difuntos

• Aunque las evocaciones a los muertos se remontan a tiempos incluso antes de Cristo, en México a partir de la Colonia tomaron una concepción propia al mezclarse con las costumbres indígenas, y con el paso del tiempo cambiaron la concepción religiosa que imperó en el antiguo occidente

Por Sergio Rojas* | Revista Nosotros, Núm. 98 | Noviembre de 2006

La conmemoración de los días de Todos los Santos y Fieles Difuntos el uno y dos de noviembre, respectivamente, tiene sus orígenes en los rituales traídos de España por los evangelizadores en el periodo colonial, cuyas celebraciones tuvieron su mayor auge durante el medioevo, ante el influjo de la iglesia cristiana sobre la población respecto a la existencia del purgatorio y el infierno.

Aunque las evocaciones a los muertos se remontan a tiempos incluso antes de Cristo, en México a partir de la Colonia tomaron una concepción propia al mezclarse con las costumbres indígenas, y con el paso del tiempo cambiaron la concepción religiosa que imperó en el antiguo occidente.

El Día de Todos los Santos, que se conmemora cada primero de noviembre, tiene su origen hacia el año 700 d.C., cuando la iglesia cristiana estableció este día para recordar a todos aquellos mártires que murieron siguiendo el ejemplo de Cristo, costumbre que se expandió por casi toda Europa.

Costumbres particulares en nuestra tradición de Día de Muertos luego de la fusión de dos culturas

Al respecto, Elsa Malvido, especialista en el tema del culto a la muerte, tras de explicar lo anterior dijo que esa fecha se destinó a los santos reconocidos cuyos nombres aparecen en el calendario católico, a los que se les asignó un día en particular para recordarlos.

En esa fecha, explicó, en cada casa se montaba el Altar de Todos los Santos; en la mesa se ponía la imagen del inmolado que cada familia devocionaba, y la comunidad cristiana visitaba cada una de las iglesias con un libro en mano para registrar los rezos que la gente había dedicado a algún santo, porque ello significaba un número determinado de indulgencias que el Papa daba a cada fiel por sus oraciones.

Lo anterior, detalló la investigadora de la Dirección de Estudios Históricos del INAH, respondía al temor que tenía la gente respecto a las creencias de irse al purgatorio o al infierno en el momento de morir; incluso en esa época, la Iglesia estableció una serie de medidas económicas, consistentes en la posibilidad de comprar indulgencias con el fin de impedir que el alma llegara al purgatorio o se estuviera mucho tiempo en él.

Cementerio de San Cristóbal, 1993

«El miedo movía la vida y la economía de los pueblos», apuntó Malvido, al especificar que la celebración del Día de los Fieles Difuntos fue implantado durante la época medieval, hacia el siglo X, cuando San Odilón, Abad de Cluny, en el año 998 designó el dos de noviembre como fecha para orar por las almas de los fieles que habían fallecido.

La tradición se expandió por todo el mundo. Ese día la gente iba a orar a las iglesias, era una de las pocas veces en el año que se hacían dos ceremonias y las misas se celebraban en ofrenda a esos muertos cuyos nombres se asentaban en una lista que se llamaba el Libro de los Muertos o Tira de los Muertos, dijo.

Con la llegada de los españoles a América, hacia el siglo XVI, esta tradición fue impuesta a los indígenas, y como resultado de ese mestizaje de tradiciones se originaron costumbres particulares.

Como parte de las costumbres españolas, indicó la historiadora, hacia la época de la Colonia en México se dispuso el vestir de negro, de piso a techo, las iglesias principales; en la puerta se colocaba un gran esqueleto de madera que daba la bienvenida a los visitantes y que los convocaba a reflexionar acerca de su muerte, mientras que en el atrio se montaba un túmulo funerario (pirámide cuadrada con calaveras, huesos pintados y versos).

«Con el paso del tiempo, cuando los muertos salen de los atrios de las iglesias para ser enterrados en los panteones civiles, el culto a los muertos se convierte en una festividad. En el siglo XVIII y principios del XIX, en la Ciudad de México la gente efectuaba un recorrido durante el cual visitaba cada una de las iglesias y terminaba en la Catedral Metropolitana, donde se celebraba la misa a Todos los Santos.

Calaveras de azúcar. Fotografía: Mauricio Marat

»Una vez terminada la liturgia en las afueras de la Catedral, es decir en el Zócalo, el Ayuntamiento organizaba actividades como teatro, ópera, títeres, lotería y otras distracciones, evento que se le llamaba la Romería de los Muertos».

Ese mismo día, abundó Elsa Malvido, se realizaba un baile conocido como el Baile de las Calaveras, en el que no faltaban los vendedores de panes, dulces y frutas a las afueras de la iglesia. La fiesta se prolongaba hasta finales de noviembre o principios de diciembre, lo cual dependía del clima, porque si llovía la gente ya no asistía y por lo tanto no era rentable para los organizadores, dijo Malvido.

Reliquias, pan de muerto y calaveritas de azúcar

Otra de la tradición originada en la Edad Media, en el occidente europeo, fue la conservación de huesos, las vestimentas y objetos de los santos, que tomaron el poder de reliquias y que eran depositados en los altares de las iglesias cristianas. Como parte de esas formas en las que la Iglesia se allegaba recursos económicos, además de la compra de indulgencias, estuvo también la venta de reliquias y relicarios, con la creencia de que estos solían proteger a quien los portara contra males de la naturaleza, enfermedades, inundaciones y demás percances de la vida.

«En el caso particular de México –aseguró Malvido–, en la Catedral Metropolitana hasta la fecha son resguardadas las reliquias más importantes de toda la Nueva España, y cada uno de noviembre se abre la puerta del altar donde se conservan.

«Durante la Colonia, las calaveritas hechas en azúcar se vendían a las afueras de las iglesias, portaban el nombre de algún santo y cada persona compraba la del santo al que devocionaba; las calaveritas se adquirían antes de entrar a la misa, en la que el cura las bendecía y después las llevaban a las casas donde se colocaban en el Altar de Todos los Santos», precisó.

De lo anterior, refirió la especialista, surge en parte la tradición de las calaveritas de azúcar y el pan de muerto, aunque su origen se remonta siglos atrás cuando los difuntos eran sepultados en los pisos y atrios de las iglesias, y cada siete años se hacía la monda de los huesos, es decir, se sacaban los restos óseos y cada familia tenía que hacerse responsable de los mismos.

«Cuando eran sustraídos de las sepulturas, los huesos eran colocados en los osarios (lugar destinado en las iglesias o cementerios para reunir los restos), y con el fin de que no se confundieran con los de otros, los familiares ponían en los cráneos el nombre de la persona, y en los casos de desconocidos se le ponía una leyenda alusiva para que le rezaran y saliera del purgatorio».

Elsa Malvido indicó que los cráneos y huesos largos son parte de los huesos de un esqueleto que más resisten a la descomposición, de ahí que cuando se hacía la monda esas partes eran las más comunes para conservar.

Ofrenda

El origen del pan de muerto

El pan de muerto, por su parte, derivó a la celebración del Día de Todos los Santos debido a que en Europa solían reproducir en azúcar y harina los huesos de los seres inmolados. «En España o Italia, por ejemplo, en las pastelerías o dulcerías especializadas todavía se pueden encontrar piezas de este tipo. Algunos son de pasta de almendra o de harina común, e incluso se puede encontrar el pan con la figura del hueso del santo correspondiente a cada fecha del calendario católico», observó.

«Aun cuando el culto a los muertos de la Iglesia Católica tiene orígenes judaicos, en el occidente musulmán, durante el medioevo, judíos y cristianos convivieron ocho siglos respetándose y aprendiendo unos de otros (como fue el caso de la aportación de los islámicos, quienes dieron origen al antecedente de la creación de los cementerios fuera de las ciudades) hasta 1492, cuando con la toma de Granada se expandió el dominio cristiano. ♦

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* Periodista por vocación y convicción, egresado de la carrera de Periodismo y Ciencias de la Comunicación Colectiva de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Es autor de las novelas Tan cerca del infierno y Territorios de miedo. Dirige la Revista Nosotros desde febrero de 1997.

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