Opinión | ¿Tienen alguna importancia las egotecas?
Por Efrén Camacho Campos
Cada que voy a consulta médica, lo cual últimamente es recurrente, llego con anticipación a la hora establecida, pero nunca o casi nunca los médicos me atienden según lo acordado con la recepcionista, razón por la cual trato de instalarme lo más cómodamente posible en la sala de espera, hojeando alguno de los libros inconclusos que tengo o simplemente me pongo mis audífonos a escuchar a Silvio, a Joan Manuel o a Alberto Cortez, a efecto de que el tiempo de espera se haga menos tedioso. Sin embargo, en este impasse, es complicado abstraerse de las personas que van llegando al consultorio y, al igual que un servidor, repiten el mismo patrón.
Una vez que llega el añorado turno, rápidamente repaso mentalmente mis achaques, para poder explicarle adecuadamente al médico sobre mis dolencias. Sin embargo, mientras el galeno captura en la computadora los datos que le proporciono, generalmente doy un rápido recorrido por el consultorio, tal vez buscando elementos, como podría ser el equipo médico y quirúrgico de que se dispone, el acomodo de los muebles, la sensación de higiene que inspira la instalación, pero generalmente me topo, a espaldas del profesional de la salud, con innumerables diplomas de asistencia a cursos, conferencias, sin dejar de mencionar el título profesional, así como los de estudios de especialización. Y entonces, me pregunto sobre los posibles efectos que producen estos reconocimientos en los pacientes, los cuales seguramente son positivos, por lo que concluyo que es bueno que los sanadores tengan, lo que en términos coloquiales se conocen como egotecas.
Para precisar un poco, una egoteca es el «espacio construido, a través de una colección de reconocimientos y distinciones de sí mismo, con el afán de satisfacer el ego personal o grupal», por lo que la reflexión pudiera parecer algo trivial, pero si miramos un poco más a fondo, los que padecemos alguna enfermedad y tenemos que acudir irremisiblemente a una consulta, estamos esperanzados en que el doctor sea atinado y nos ayude a recuperar la salud y, consecuentemente, al observar las citadas egotecas, como en mi caso, sentimos confianza al acudir a tal o cual médico.
Sin embargo, es un hecho que lo de exhibir dichos reconocimientos y diplomas, es consustancial al ser humano, quien necesita de la motivación, día a día, a efecto de satisfacer sus necesidades de autorrealización, autodesarrollo y autosatisfacción.
Idalberto Chiavenato (Introducción a la Teoría General de la Administración, 4ª. Edición, McGraw-Hill Interamericana, S.A., Colombia, 1997) hace referencia a la pirámide de Maslow, también conocida como jerarquía de las necesidades humanas, la cual es una teoría propuesta por el psicólogo estadounidense Abraham Maslow. Esta teoría «describe las necesidades humanas básicas y su jerarquía, desde las más básicas hasta las más avanzadas», cuya representación es la que se muestra a continuación.


Luego entonces, la pirámide de Maslow forma parte de lo que se denomina Teoría del Comportamiento en la Administración, donde el énfasis se enfoca en la gente, es decir, se fundamenta en la conducta individual de las personas, es decir, en la motivación humana. «La teoría de las relaciones humanas considera al hombre como un animal complejo, dotado de necesidades complejas y diferenciadas, que orientan y dinamizan el comportamiento humano en dirección a ciertos objetivos personales. Una vez que una necesidad es satisfecha, surge otra en su lugar, en un proceso continuo, que no tiene fin, desde el nacimiento hasta la muerte de las personas»[1].
Y ustedes ya tienen instalada su egoteca en la mejor pared de su casa, tal vez sea un buen momento para desempolvar los reconocimientos y diplomas, así como las fotografías más icónicas que se hayan tomado a lo largo de sus vidas. Total, no cuesta mucho hacerlo. Felicidades y a seguir motivándonos para alcanzar diariamente nuevos objetivos, que es ahí donde está el sabor de la vida. ¡Hasta la próxima! ♦
[1] Chiavanato, p. 520.

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