Las esculturas en bronce del duranguense Guillermo Salazar González
Por José Eduardo López Bosch Trejo*
Todos hemos visto cientos, tal vez miles de esculturas en bronce, que inmortalizan a los personajes en ellas representados, pero esta vez tuve el honor de ir al taller de un escultor que, con su exposición, era a la vez el evento cultural que engalanaba el XXXIV Congreso Nacional de Cronistas de Ciudades Mexicanas.
Todo visitante a la Ciudad Capital, ha visto la estatua de Carlos IV, que en el devenir de su historia, ha cabalgado por varios lugares y calles de la capital, desde el Zócalo a las calles de Bucareli y Avenida Juárez, para al fin dirigirse, al parecer definitivamente, mudándose a la Plaza Tolsá, nombre que nos recuerda a ese arquitecto y escultor, maestro de la Academia de San Carlos, de la Nueva España, que construyó varios edificios, como el Palacio de Minería y el edificio de la Tabacalera, entre otros y creó esta escultura que los mexicanos siempre le llamaron «el caballito», la que no han destruido, a pesar de que representa la oprobiosa dictadura colonial, por ser una verdadera escultura maestra del arte universal, fundida en una sola pieza, a pesar del volumen de la misma.
Sabemos que las esculturas ecuestres siempre representan gran dificultad para sus creadores, porque su configuración plástica debe de estar muy bien equilibradas, en todos los sentidos, por eso llaman más la atención que otro tipo de esculturas; como el «Zapata», en la entrada de Cuernavaca, al que tuvo que ponérsele un tronco o piedra en la panza del caballo para que no se cayera o desnivelara la famosa estatua ecuestre; el «Villa» de la Alameda del Sur, en la Ciudad de México, o el «Morelos» de Yautepec; entre otros, y también el «Villa» de Durango, esculturas que se encuentran a la entrada de esas ciudades.
Y es a propósito de esta escultura y otras que ha creado el escultor duranguense Guillermo Salazar González, al que conocimos personalmente en este evento anual, en la ciudad que es «Villista de Corazón», en donde se le respeta y reconoce su sacrificio[1], heroísmo y patriotismo del patricio, en su permanente lucha por la liberación de los pobres, la mejora de sus condiciones de vida y la superación cultural de esa población, que desgraciadamente con la década de los gobiernos de la derecha, se ha duplicado en nuestra Patria.
Durante la visita a su taller de fundición, con su amena y prolifera charla, me permitió complementarla como entrevista al artista, en donde constaté casi una veintena de piezas en bronce, algunas muestras en yeso y en plastilina profesional, de obras que están en proceso y dibujos y bocetos de sus próximas obras que realizará, por encargo de particulares, instituciones y gobiernos, tanto locales como extranjeros.
Recrearse con la visión de la obra artística de Guillermo Salazar fue un placer tan excelso, como aquel concierto privado que bondadosamente me dio el violinista mexicano Adrian Justus, en Aguascalientes, después de la entrevista que le realicé para una publicación universitaria.
Ahí, en el taller y espacio anterior a la fundición, que maneja su hijo, del mismo nombre, pero con el segundo apellido, Flores, de su señora madre; espacio lleno de luz y arte, por las múltiples esculturas que mantenía ahí, entre los 13 bronces, para la exposición del Congreso de Cronistas, platicamos largo de su actividad y trayectoria artística, de su desarrollo y de su amor a su tierra, por lo que se ha mantenido ahí, por poco más de seis décadas, creando y difundiendo las figuras históricas, principalmente, o populares, como «La Soldadura», «El herrero» y «Los niños», entre otras, que complementan los grupos escultóricos que realiza para instalarlos en instituciones, universidades, plazas y edificios públicos, tanto de su ciudad como de su entidad natal y estados vecinos, así como en diferentes lugares de la República y del extranjero, entre los que destaca la que tiene en el Vaticano, cerca del famosísimo «Cristo» del gran maestro Siqueiros.
Esculturas que inmortalizan héroes y personas, que nos recuerda la historia, como esas excelentes obras del general don Guadalupe Victoria, primer presidente de México; también las diferentes representaciones del general Francisco Villa, a pié, a caballo, en bustos y de cuerpo entero, o recreando la leyenda del Centauro; la de Martín López, hijo adoptivo de Pancho Villa; la del periodista don Francisco Zarco; de indígenas, o la del carbonero, que cuando la intervención francesa evitó, con su intervención, la derrota de San Luis Potosí; la de Damián Carmona, y las soldadescas, que siempre acompañaron a nuestros revolucionarios; entre otras muchas y muy creativas esculturas, desarrolladas en el devenir de su prolífica y magistral historia artística, de la plástica escultórica.
Historia artística que inició cuando era niño, en sus natales parajes de Poanas, cuando desde sus seis cortos años, en los momentos que descansaba, por haber ayudado a las labores campesinas, que realizaba con su padre, y pasaba a recrearse, golpeando con el cincel, las piedras, dándoles formas y creando figuras, con lo que ensayaba su creatividad.
Su integración al mundo del arte se realizó cuando nuestro artista descubrió aquellas difíciles épocas, en las que había que sumar a la creación el ingenio y el conocimiento científico, para manejar los distintos materiales que empleaba, como el barro, en el que se esculpían algunos modelos escultóricos y se rivalizaba con la humedad y las temperaturas que rodeaban su material, con el que se trabajaba, para evitar que se cortara o desbaratara, como decimos los legos.
El desarrollo, perfeccionamiento e incursión en la profesionalización de la vida artística, lo ha obligado a cambiar materiales, según «los cánones de la Academia y la práctica», como la utilización actual de la llamada «plastilina profesional», que si bien requiere de cuidados y atenciones especiales, son muy diferentes a las de antaño, porque permite un manejo más libre y desarrollado, que facilita la elaboración de las «maquetas» y «modelos» antes que éstos pasen a la fundición.
Así, dejamos testimonio de esta visita al taller de Guillermo Salazar González, mente inteligente y creativa, que no sólo rinde homenaje al arte, sino a los «personajes » de su tierra natal, manteniendo, fomentando y difundiendo la identidad duranguense.
Nos deja ver la representación de sus personajes y haciendo sentir la sensibilidad de la obra, como una síntesis interpretativa de las historias que pasan por la destreza de sus manos, a las que da vida y movimiento, en esas representaciones de sensibilidad en bronce, que atrapan, para la eternidad, emociones y sentimientos, dentro de su original creación artística. ♦
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- Cronista delegacional de Tláhuac. Murió el 26 de marzo de 2015. Fue colaborador de la Revista Nosotros desde su fundación en febrero de 1997
[1] De su asesinato en Parral.

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