La batea de San Antonio Tecómitl y los contenedores de mazorcas
Por Manuel Garcés Jiménez*
Segunda de cuatro partes
Al continuar con la transcripción que publicó la Revista Arqueología Mexicana número 199 (julio-agosto) con el título: «La batea de San Antonio Tecómitl, un contenido ritual de mazorcas», tenemos que en la primera parte de este análisis se recuerda la vida de los campesinos del pueblo antes y después de la revolución. Establecimos que además de los terratenientes, existían los parceleros, los dueños de pequeñas propiedades.
La vida de los campesinos de la pequeña propiedad y su vida cotidiana fue de penurias, reflejado en su modesta vestimenta con el calzón y camisa de manta, huaraches (en ocasiones hasta descalzo) y sombrero de paja. Sus alimentos cotidianos fueron las tortillas, frijoles, salsa de molcajete, caldo de habas, nopales de campo (chamacueros), quelites, verdolagas, los hongos de temporada de lluvias preparados en ollas y comales de barro expuestas para su preparación en el tlecuil con leña del cerro y del monte. Y no podía faltar el pulque en los hogares.
Sus aperos de labranza estaban a la orden en el tlapanco; como el arado de una y dos manceras tiradas por animales de carga (caballos o mulas), la coa, el azadón, la hoz, el machete y el morral. El inicio de la siembra fue con la preparación del terreno con el abono orgánico o de corral, la siembra y la cosecha estaban bajo la fe religiosa a San Isidro Labrador, así como a la fiesta de la virgen de Nuestra Señora del Carmen, recordada el 16 de julio con ceremonia religiosa en el vetusto troje que fue utilizado como almacén de maíz de la hacienda de Santa Fe, durante el apogeo porfirista. En la actualidad, es el lugar adecuado para la veneración de la virgen del Carmen por los ejidatarios de Tecómitl. Ese día no pueden faltar los tamales con café, degustado en medio de estruendosos cohetones, para todos los asistentes, y esto es sólo una parte de la algarabía campesina.

La fe impulsa y aún sigue vigente hasta nuestros días, donde el campesino antes de tirar las tres semillas en el surco se persigna. Pero, ¿por qué tres semillas? Los abuelos con su sabiduría ancestral argumentaban: «Al crecer los maizales, una mazorca para la ardilla o el ratón, otra para el ladrón y la tercera para el patrón», tales fueron las medidas preventivas del campesino.
Continuamos con la transcripción de la publicación de la Revista Arqueología número 199, donde leemos lo siguiente:
«Al parecer, (Tecómitl) alcanzó una población de 1,000 a 2,000 individuos, posesionándose en la jerarquía regional por debajo de ciudades como Chalco, Xochimilco y Amecameca (de 10,000-12,500 habitantes) y de centros como Tlalmanalco, Mixquic y Tláhuac (de 2,250-5,000 habitantes), hoy sepultado parcialmente por la mancha urbana de San Antonio Tecómitl, ocupó un lugar estratégico entre la zona chinampera y las terrazas del somonte, en un modo de caminos de tierra y agua entre Chalco y Xochimilco».
Tecómitl antes de la llegada de los europeos
«Entre 1969 y 1972, el equipo de Jeffrey Parsons (1982) reconoció sistemáticamente la extensa región de Chalco-Xochimilco para comprender la evolución de las sociedades prehispánicas en el sur de la cuenca de México y sus interacciones con el medio. A su paso por Tecómitl (el lugar de la olla de piedra, quizás en alusión al muy circular cráter del Teuhtli), estos arqueólogos de la Universidad de Michigan definieron un total de cuatro asentamientos superpuestos, aunque con ciertos desfases. El primero y más antiguo de ellos (denominado Ch-TE-62) se remonta al periodo Formativo Terminal (o Preclásico Terminal: 50 a.C.~150 d.C.); se encuentra a 2,300 msnm y sus vestigios materiales se extienden en 4.3 ha. Al parecer, era un caserío de 50-100 habitantes. El segundo asentamiento, dista del periodo Clásico (150~750 d.C.); se extiende entre los 2,280 y los 2,320 msnm, abarcando 18.3 ha. Se trataría de una aldea pequeña y dispersa, con unos 180-360 habitantes. El tercero, perteneciente al periodo Tolteca Tardío (o Posclásico Temprano; 950~1150 d.C.), se localiza a 2,290 msnm y cuenta con escasas 2 hs. Todo indica que se reducía a un modesto caserío poblado por apenas 25-50 individuos.

»Para el periodo llamado Azteca Tardío (o Posclásico Tardío, 1350~1521 d.C.), se funda un cuarto asentamiento, éste de mucho mayores proporciones, por lo que Parsons supone que bien pudo ser la capital del señorío de Malacachtepec Momozco, mencionado en las fuentes históricas. Hay notica de que dicho señorío tuvo su propio linaje gobernante que formó parte de la esfera política de Xochimilco hasta la conquista de los mexicas en tiempos de Itzcóatl (1426-1440 d.C.). Cualquiera que sea el caso, Parsons y asociados ubicaron este sitio entre los 2,260 y 2,430 msnm, calculando una superficie de 99 ha. Está ausente la arquitectura cívica-ceremonial, aunque ésta pudo haber sido destruida cuando se edificaron las terrazas agrícolas que datan del periodo colonial.

»Al parecer, alcanzó una población de 1,000 a 2,000 individuos, posesionándose en la jerarquía regional por debajo de ciudades como Chalco, Xochimilco y Amecameca (de 10,000-12,500 habitantes) y de centros como Tlalmanalco, Mixquic y Tláhuac (de 2,250-4,500 habitantes). Ch-Az-282, hoy sepultado parcialmente por la mancha urbana de San Antonio Tecómitl, ocupó un lugar estratégico entre la zona chinampera y las terrazas del somonte, en un modo de caminos de tierra y agua entre Chalco y Xochimilco».
Una danesa en México
»Las reveladoras fotografías del momento escultórico objeto de este artículo fueron tomadas por Bodil Christensen (1896-1985), una fisioterapista oriunda de Dinamarca que se estableció en nuestro país en 1923, donde desarrolló una larga carrera (en la compañía sueca de telefonía Ericson (la cual se convertiría a la postre en Teléfonos de México). Christensen, quien adquirió la nacionalidad mexicana en 1940, dedicó su vida entera al estudio de los pueblos originarios, pasados y presentes (Weitlaner, 1988). Viajando principalmente en fines de semana y días festivos, logró documentar tradiciones milenarias en comunidades indígenas, muchas de ellas lejanas, así como edificios coloniales y monumentos arqueológicos prehispánicos (Christensen, 1939). Hizo un invaluable trabajo etnográfico en los estados de México, Puebla, Veracruz, Oaxaca, Michoacán, Jalisco y Nayarit, primeramente, con su hermana Helga Larsen (1891-1938) y posteriormente con su inseparable amiga Imgard Weitlaner Johnson (1914-2011). Armada de una libreta, una cámara fotográfica y un formidable arrojo, capturó instantáneamente de la vida cotidiana y ceremonial campesina, pero sobre todo de técnicas de producción tradicionales, la cerámica, el papel amate y la indumentaria.
El Wereldmuseum de Róterdam
»Los Países Bajos, atesora en la actualidad textiles, fotografías y notas de campo que Christensen reunió con grandes esfuerzos a lo largo de 50 años. Allí, el segundo autor de este artículo descubrió cuatro tomas en blanco y negro correspondientes a la Batea de San Antonio Tecómitl. Aunque ninguna de ellas está fechada, es posible reconstruir el momento gracias al diario inédito de Christensen correspondiente a los años 1933-1937. Tras largas pesquisas pudo concluirse que el 22 de octubre de 1934, el ingeniero noruego Ola Apenes (1898-1943) –compañero de Bodil en Ericsson– la visitó en su apartamento de la avenido 5 de Mayo esquina Isabel la Católica en la Ciudad de México para presentarle a los recientemente llegados integrantes de la Segunda Expedición Sueca en México: el arqueólogo Sigvald Linné (1889-1996) y el etnólogo Gösta Montell (1899-1975). El sábado 27, ambos expedicionarios regresaron a su apartamento para ‘ver fotografías y escuchar para México’.
»Los intereses comunes hicieron que, al día siguiente, el domingo 28 organizaran una rápida visita en automóvil a Milpa Alta y sus alrededores. En un recorrido de uno 40 km, imaginemos por unos instantes a Christensen, su hermana Helga, Linné, Montell y quizás Apenes, conversando animadamente en ‘escandinavo’; cada uno hablando su propia lengua debido a que el danés, el sueco y el noruego son muy próximos entre sí. El diario de Christensen apunta lo siguiente: ‘A las 12 pm fuimos con Linné y Montell a Milpa Alta para tomar fotografías y filmar el tejido de faja. Compramos un telar completo y otros objetos etnográficos. Vinieron a tomar té y quedaron muy agradecidos’. Aunque no se especifica, intuimos que ese peculiar grupo de nórdicos aprovechó la ocasión para detenerse en San Antonio Tecómitl –a escasos 5 km de Milpa Alta– y fotografiar la batea». ♦
Continuará
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* Presidente del Consejo de la Crónica de Milpa Alta.
Bibliografía:
Revista Arqueología Mexicana. «La domesticación del maíz. La batea de San Antonio Tecómitl. Un contenedor de mazorcas». Núm. 199, julio-agosto, México, 2026.

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