Testimonio del pasado. En Zapotitlán están acabando con la naturaleza
Por Sergio Rojas | Revista Nosotros, Núm. 7 | Agosto de 1997
Guadalupe Chavarría Mendoza es una señora originaria de Zapotitlán que en compañía de su hija Micaela Morales Chavarría y la señora Rosa Nolasco, tuvieron a su encargo la inauguración oficial de la muestra Zapotitlán… A continuación les ofrecemos un fragmento de la charla que tuvo con Nosotros la señora Lupe Chavarría, de 70 años de edad, los mismos que tiene de vivir en Zapotitlán…
«Mi oficio fue desde niña andar en el campo primero, porque mis hermanos eran vaqueros de las casas grandes, después ya crecí. El oficio de mi mamá fue gordera y me ponía a rascar la gordita, a endulzar la gorda de elote con agua y azúcar, y las hojas de calabaza, se cubría el chiquihuite con hojas de calabaza y se echaba la gordita de elote remojada con agua dulce. Mi mamá vendía en Tacubaya, pero desde Zapotitlán se trasladaba en canoa hasta Xochimilco cuando iban a vender su frijol y maíz.
»Era muy bonito Zapotitlán… Hacíamos tamales de arbenjón, con maíz crudo que se muele en el metate, había tamales de judas y tamales de elote.
»Antes la laguna llegaba hasta la secundaria, de la primaria para allá ya era agua, era muy bonito, íbamos a lavar al canal en las orillas, allí nos bañábamos y lavábamos la ropa con un jabón que le decíamos lejía, no usábamos blanqueador para lavarnos la cabeza con agua de tequesquite y jabón corriente, no usábamos jabones buenos como ahora. Todo era muy bonito, andábamos descalzas con nuestro rebozo, nuestras trenzas, nadien usaba huaraches ni zapatos.
»Había escuelas pero yo no tuve la suerte de que me mandara mi mamá. Me fue a apuntar a la escuela pero al siguiente día me dijo ya no vas porque tus hermanos se quedan sin desayuno. Ellos cuidaban ganado, eran vaqueros. Fueron dos hombres y una hermana que tuve nada más. Me iba al cerro de San Lorenzo todos los días, donde está el vivero de plantas, a dejar el desayuno, que era el embarcadero pa’Xochimilco, le decíamos la draga, por allá me iba yo caminando diario diario a dejar el desayuno de mis hermanos que eran tortillas ovaladas con sal, con una tortita de huevo, rajitas de chile verde en huevo con limón, pepitas tostadas, habas tostadas, tostadas y herbidas con su rama de epazote. La salsa de pasilla seca con un cachito de queso envuelto en una hojita de maíz.

»Del lago sacaban pescaditos, carpitas, nos alimentábamos con eso. Todo esto comenzó a desaparecer cuando yo tenía la edad como de doce años, se fue secando. No se hicieron casas luego luego, se fue secando y se sembraba, todo lo que es el cerro de San Lorenzo para acá, calabaza, pepino, maíz, frijol, haba verde, y aquí las papitas criollitas, fue mucha cosecha, el pápalo que se da en el campo en este tiempo… Nuestra salsa verde con pápalo molido, nuestros nopales asados, era lo que comíamos. No había hambre, no, porque todas hacíamos las tortillas calientitas con salsa. ¡Qué carne! Comíamos el hurón, la ardilla, la tuza, las huilotas, los zarzalitos, de un flechazo caían dos o tres pajaritos, el que tenía su escopeta pues ya tumbaba hasta siete, y tostaditos en el comal sabían bien rico hasta con todo y huesito. Toda la gente de Zapotitlán cazaba con flechas.
»Tuve doce hijos, cada dos años un hijo, y de nietos nietos míos, porque tengo dos entenados, que es Daniel Morales el que trabaja los toritos, él tiene seis hijos, es como mi hijo y él me presenta como madre, de Rosa su hermana son seis, son doce; de mi’ja Petra seis, son dieciocho; de Julio son dos, veinte; de mi Agustín son tres, de mi hija Yolanda son tres, de mi’ja Lucía son dos, y de mi’ja Natalia es una. Hasta ahí… Veintinueve nietos. Y bisnietos de José Antonio tres, de Sonia dos, de Georgina cuatro, de Lalo son dos, de Javier son dos, de Patricia son tres y uno de Olivia, ¡diecisiete bisnietos!
»¿Qué opino del Zapotitlán de ahora? Que es una desgracia porque están acabando con la naturaleza, los cerros, los magueyes, los nopales, todo está destruido, no tenemos nada, con que nos están quitando los terrenos de siembra como lo que es la Zapotitla, no tenemos ya donde sembrar, el ejido pues unos que otros metimos a nuestros hijos, otros vendieron, que falta nos hacía para nuestros hijos más que nada. Yo me hice ejidataria por mi papá, fue Daniel Chavarría, un señor muy trabajador, mejor gañán de Zapotitlán… Gañán, que arriaba las yuntas.
»Nos alumbrábamos con petróleo porque no había velas, no había luz, la tienda que está aquí en el molino que era de don Pancho Martínez, ahí les decíamos las mayas a unas muchachas solteronas, María y Amalia, comprábamos el petróleo por botecitos, dos o tres centavos de petróleo pa’alumbrarnos y pa’cocer de noche a mano porque no había máquinas. Toda la ropa que nos hacíamos era a mano, y por eso digo que es una tristeza que todo esto se esté acabando, que hoy las jóvenes no saben echarse una puntada, un pespunte, un hilván. Es una tristeza verlas con el pantalón negro y el hilo rojo, la verdad, nosotras no, buscábamos el color y pespunte, por eso digo que era bonito Zapotitlán.
»El metate ya nadie lo usa, lo tenemos de lujo, hacíamos tortillas tres veces al día, ahora ¿dónde hay humareda?, ¿quién anda con las manos tiznadas?, nadie. La verdad es una tristeza que ya no haigamos mujeres. ♦


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