Caminos y veredas de los pueblos de Malachtepec Momozco hoy Milpa Alta
Por Manuel Garcés Jiménez*
Es interesante hacer retrospectiva histórica de los caminos y veredas como medios básicos para el transporte realizado a pie por pochtecas, tamemes, topiles y techialoyan[1] durante la época prehispánica, logrando la integración física, social y económica del territorio mesoamericano.

Nos enfocamos al sureste de nuestra ciudad, donde prevalecía la zona lacustre con sus canales y circulaban canoas repletas de productos cosechados en la zona lacustre, así como de productos provenientes del campo, de los cuales destacaban la madera de tejamanil, leña, morillos para sincolote, carbón, yerbas comestibles y medicinales; así como pulque, hongos y artesanías de piedra y de madera.

Tema atrayente de la historia de los caminos y veredas ancestrales de la época prehispánica, que como otros serán abordados en el XX Encuentro de Cronistas del Sur con motivo de la fiesta del antiguo pueblo de San Agustín de la Cuevas, Alcaldía Tlalpan, por diversos cronistas, entre ellos quien esto escribe, a fin de profundizar en lo concerniente a los caminos y veredas de los pueblos ubicados al sur de la Ciudad de México.
El encuentro, a celebrarse los días 29 y 30 de septiembre y uno de octubre próximos, en la «Casa del virrey de Antonio de Mendoza», ubicada en Calle Juárez 15 esquina con Victoria, en el Centro Histórico de Tlalpan, es organizado por el Consejo de la Crónica de Tlalpan, A.C., a cuyo frente se encuentra el licenciado Salvador Padilla; el Fideicomiso Tlalpan y El Colegio de Cronistas de la capital del país.

Los caminos del sureste del Valle de México convergían hacia los pueblos de Mixquic, Tetelco, Ixtayopan, Tulyehualco, Atlapulco y Acalpixca, entre otros lugares que desarrollaban actividades agrícolas, sociales y económicas, básicamente manteniendo la comunicación con los pueblos de las laderas del Chichinautzin; asentados en las milpas altas como Tlacotenco, Tepenahuac, Tecoxpan, Tlacoyucan, Atocpan y Oztotepec, así como los barrios de Malaxtepec Momozco, los cuales integraban lo que actualmente se conoce como Alcaldía Milpa Alta.
Cabe señalar que las veredas fueron demasiado angostas, a flor de tierra, y conducían a milpas de sembradura y terrenos. A la llegada de los españoles se convirtieron en «caminos de herradura», para el paso de animales de carga; otros caminos fueron ampliados para que enlazaran a pueblos con ciudades. Por su vínculo durante la colonia se conocieron como «caminos reales».

Se tiene conocimiento que el traslado de un lugar a otro se hacía a pie, eran personas cargadas de mercancías que iban a lugares del sureste del Valle de Anáhuac, realizando el trueque de productos traídos de lugares lejanos de «Tierra Caliente» (hoy estado de Morelos), quienes a su vez intercambiaban sus productos con lo producido en esos lugares por trabajadores artesanos, al acudir a tianguis de la gran Tenochtitlan o el pago de tributo.
Tenemos entendido que en Mesoamérica no existieron los animales de carga (caballos, mulas ni asnos), no obstante, no se conocía el uso de la rueda; ésta jamás fue aplicada para fines de transporte. No debemos olvidar que existieron grandes canales de navegación como el Canal de Amecameca, que conectaba con los poblados del sureste como Tenochtitlan. Nacía a pie del volcán Iztaccíhuatl y Popocatépetl, cercanos a los pueblos de San Rafael, Amecameca y Tenango del Aire, con el agua de los citados volcanes, y sus cristalinas aguas culminaban en el corazón de la Ciudad de Tenochtitlan. Era un canal que pasaba por la zona lacustre de Mixquic, Tulyehualco, Atlapulco y Santa Anita, en Iztacalco[2], y desembocaba en el gran Lago de la Ciudad de Tenochtitlan.
A fines del siglo XIX, entre los años de 1850 a 1900, los paisajistas Juan Campillo y Casimiro Castro, desde globos aerostáticos, grabaron parte del Canal de Amecameca por donde circulaban barcos de vapor de 20 caballos de fuerza para 60 personas, que enlazaba a Chalco con la Nueva España, pasando por pueblos de Xochimilco e Iztacalco; a su vez, fue utilizado por habitantes de Tláhuac y Milpa Alta.

Los pueblos mesoamericanos fueron por necesidad grandes caminantes para la movilidad de sus mercancías, empleando cargadores llamados tamemes. Otros llamados pochtecas; en ambos casos, fueron comerciantes que viajaban a las regiones lejanas para intercambiar sus productos en los tianguis, además de cumplir funciones de embajadores, informantes o, inclusive, de espías.

Rumbo a Malachtepec Momozco existía un camino que atravesaba el sur de San Juan Ixtayopan en Tierra Blanca rumbo a Tetelco, vía Ayotzingo; dada su trascendencia, los frailes franciscanos levantaron una cruz en el cruce, de ahí que se le conozca como la Cruz de los Caminos. De ahí mismo partía otro a Tecómitl, pasando por el antiguo calpulli de Cruztitla (hoy barrio)[3]; de esta zona se dividía en dos rumbos, uno partía para Ayotzingo y el otro para Malachtepec Momoxco. Con el paso del tiempo, estos fueron convertidos en «caminos de herradura», exclusivo para animales de carga; tiempo después fueron asfaltados para circulación de vehículos.

En Milpa Alta, específicamente San Antonio Tecómitl, fue centro de distribución de dos caminos ancestrales provenientes de Tenochtitlan, los cuales pasaban por Culhuacán, Tezonco, Zapotitlán, Tlaltenco y Tláhuac (el camino se encontraba en las inmediaciones del Lago de Xochimilco, donde actualmente pasa la Línea 12 del Metro). Continuaba hacia Tulyehualco e Ixtayopan, y luego hasta Tecómitl, de donde se dirigía hacia los pueblos de Mixquic, Tetelco, Tezompa y el embarcadero de Ayotzingo; aún existe un tramo de ese ancestral camino de terracería, abandonado por supuesto, y que pasa frente al panteón del pueblo El Tequimilar. El abandono ha ocasionado que algunos vecinos se estén apropiado de parte del camino.

Todavía en la década de los años 70 existía en el paraje llamado «Maxulco», un tramo de ese vetusto camino, de aproximadamente 5 a 6 metros de ancho, con empedrado. Lamentablemente la incuria, el analfabetismo y desconocimiento de su historia, así como la falta de conciencia de algunas personas, recubrieron el camino de empedrados con una gruesa capa de asfalto.

Recordamos el camino que partía de Noxcalco, en Tecómitl, con sus pozos que alimentaban de agua a los habitantes de San Juan Tepenahuac y San Francisco Tecoxpan; se proveía del vital líquido acarreado a sus pueblos en vasijas de barro o de madera a lomo de animales de carga en burros. Actualmente, estos pozos se encuentran secos, cubiertos de yerba y basura. En aquellos tiempos, era común ver en ese sitio a mujeres lavando ropa sobre piedras lisas que se encontraban dispersas en los alrededores de los pozos.
La gran Ciudad de Tenochtitlan fue crucero de antiguas rutas comerciales y de caravanas de mercaderes que partían de ella, preferentemente hacia el sur, debido a que en aquella época el norte se mantuvo relativamente aislado.

Existieron los cargadores o topiles, quienes transportaban alimento como pescado fresco del Golfo de México hasta Tenochtitlan, cubriendo la ruta en 30 horas. Aproximadamente cada 50 kilómetros se encontraban las techialoyan o chozas de descanso, atendidas por sus mismos moradores y destinadas a los viajeros transportadores de cargas y de noticias.
En las comunicaciones se empleaban la trasmisión de ruidos convencionales y señales de diversa índole, producidos por instrumentos como teponaxtles, tambores, caracoles y señales de humo, a fin de indicar al caminante el rumbo correcto.
En cuanto a las obras de ingeniería, los aztecas fueron extraordinarios constructores que unieron la isla de Tenochtitlan con tierra firme por medio de calzadas que, en algunos casos, tenían la función de diques como el construido de Tlaltenco a Tulyehualco, por donde se pagaba el peaje para continuar el viaje en canoa a la Nueva España.

El dique atravesaba el centro de Tláhuac, hasta Tulyehualco, donde además separaba el agua salubre proveniente de Chalco con el agua dulce de Xochimilco.
Cabe señalar que el antiguo comino prehispánico que partía de Culhuacán al centro de Tláhuac, la «Calzada Tláhuac», inicialmente fue vereda, luego camino y después calzada debidamente asfaltada hasta convertirse en vía de la Línea 12 del Metro, la Línea Dorada.

A medida que avanzaba la colonización española se introdujeron a estas tierras caballos, mulas y asnos para el transporte de mercancías. Respecto al burro, el filósofo José Vasconcelos comentaba que éste cuadrúpedo llegó a nuestras tierras para aligerar el trabajo del tameme y el pochteca: «En lugar de tantas estatuas de generales que no han sabido pelear contra el extranjero, en vez de tanto busto de político que ha comprometido los intereses patrios, debería haber en alguna de nuestras plazas y en el sitio más dulce de nuestros parques, el monumento al primer borrico de los que trajo la conquista»[4].
En los siglos XVII y XVIII los caballos fueron utilizados para la arriería, además fueron utilizados para caravanas, llevando los productos agrícolas además de madera y pulque de Milpa Alta hacia los centros de población del sureste del Valle de Anáhuac y la ciudad de Tenochtitlan.
En 1574 se implantó un sistema para cobrar peaje y gravar las mercancías en tránsito, con el objeto de utilizar los fondos recolectados para la construcción de nuevos caminos.
En nuestro folclore popular quedaron grabados los históricos caminos de nuestro territorio que hicieron mella a través del tempo. Recordemos algunos: Caminito de Contreras (de la verde serranía…), Caminos de Michoacán. Además, el poeta hispano Antonio Machado escribió la frase que después musicalizó y cantó Joan Manuel Serrat, acerca de Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. ♦
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* Presidente del Consejo de la Crónica de Milpa Alta.
Bibliografía:
José Vasconcelos. Breve Historia de México. Ediciones Botas, México, 1937.
Revista del Centro Nacional de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Patrimonio Artístico, México, 1988.
[1] Personajes que corría un promedio de 50 kilómetros y que luego eran relevados por otros quienes llevaban mercancía para su consumo inmediato como pescado; además, servían como portadores de noticias.
[2] Por la amplitud del Canal que pasaba por Santa Anita le fueron colocadas vigas de madera que servían de puente, de ahí su nombre actual: «Canal de la Viga».
[3] La palabra Cruztitla con el tiempo ha sido modificada entre el náhuatl y el castellano, porque los habitantes del lugar le dan erróneamente el significado de «donde se encuentra la cruz».
[4] José Vasconcelos, Breve Historia de México, p. 172, 173.

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