Junio, mes de la tradicional Feria Anual, la fiesta de los tlahuaquenses
Por Silvestre Leyte López | Revista Nosotros, Núm. 5 | Junio de 1977
Tláhuac se viste de fiesta. ¿El motivo? La Feria Anual que puntualmente se lleva a cabo en la última semana de junio y comprende diversas actividades sociales y religiosas. Es la fiesta de los tlahuaquenses, el tiempo de venir a la cabecera delegacional a comer sabrosos antojitos, jugar a la tómbola o a las canicas, a los juegos de destreza mental o física. Tirar al blanco con dardos o una pelota mañosamente desinflada. Subir a los juegos mecánicos del vértigo y la esquizofrenia o, de plano, comerse un algodón de chillantes colores en los pausados caballitos. Dejar que los chamacos se trepen a los carros locos y que nuestros sentidos se impregnen de la luz descomunal que invade los resquicios de la noche y nuestra memoria registre el sonido estridente de los puestos para ligarlo a través del tiempo con una versión más de la fiesta de nosotros los tlahuaquenses.
Se acerca la hora de reconocernos en los productos que los hombres del campo cultivan en la región, de disfrutar el exquisito pan de amaranto o del rico chileatole acompañado de unas magistrales quesadillas azules de cuitlacoche o flor de calabaza, de devorar tamales y buñuelos, filetitos de pescado frito con papas olorosas al aceite quemado donde se fríen hasta las tortillas para servir suculentas tostadas de pata, luego comer más allá pambazos y pozole, tacos al pastor o de suadero, todo este mosaico gastronómico acompañado de una cerveza bien fría, previo al jarrito de barro con alguna bebida exótica inventada por cualquier barman de petatiux.
Volveremos a ver los conejos en sus jaulas y los artículos que se elaboran con su piel, la venta de estos animalitos como alternativa alimenticia. Ver a los pequeños buscar con sus manitas los polluelos de gallina o pato en las cajas de cartón. Chamarras o sombreros, botas o cinturones de cuero para quien se quiera sentir vaquero en plena zona chinampera, y lucir las añoradas prendas en el baile ocasional al ritmo de música grupera, o menear el chaleco al compás bobalicón de no rompas más mi pobre corazón e, incluso, hasta de la macarena redimida por la Hilary y su marido en la Casa Blanca. Sin faltar los artículos de plata para el recuerdo compartido, y efímero quizá, de la visita a la Feria con la amiga, la amiga de la amiga, alguna prima o la novia misma. Total, todas las mujeres nunca dejarán de ser hermosas.Luego no faltará que, al final de la respectiva jornada, uno se pueda comprar los hotcakes con su peculiar sabor a feria, es decir, a agua hervida con royal, y ponerles una plasta de cajeta enmedio para comerlos mientras se echa un vistazo a los sementales bovinos, caprinos o equinos de la exposición ganadera. Todo para cualquier gusto, afición o vicio. La Feria ofrece chamba a los músicos de Tláhuac, tan acosada por los sonideros, moda que llegó de Iztapalapa cuando en sus unidades habitacionales no hubo más arraigo ni tradiciones, y que con sus bocinas y luces de discoteca arrabalera han desplazado a los tlahuaquenses de sus naturales fuentes de trabajo. Feria para el gusto que sentimos nosotros los que aquí vivimos por el hecho de subsistir en este paraje bendito que quieren destruir, ¿transformar?, los elegidos por el dedo supremo, omnipotente, de la política.
Feria de broncas y chismes que se convirtió con el tiempo en manzana de la discordia, por los conflictos entre grupos y por los que se interesan en denigrar a quienes trabajaron por la grandeza de la tradicional fiesta y de la celebración religiosa del 29 de junio. Feria regional, escolar, agrícola, ganadera, patronal, anual, como quiera que sea, al cabo siempre será la misma por la que se desvelaron los migueles y los luises, los joséses y los alejandros. Todo por la unión de todos los pueblos tlahuaquenses, para divulgar nuestros valores culturales y la riqueza de nuestro entorno. Es una idea que ahora otros tlahuaquenses deberán consolidar con todo su entusiasmo, y soportar con estoicismo como lo han hecho los otros que en distintos tiempos se metieron a redentores, y sólo obtuvieron injurias y blasfemias. ♦


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