Consejo de la Crónica | ¡Oh, Dios! ¡Cuánto cadáver de madera a mis pies!
Publicado en la Revista Nosotros, Núm. 134 | Julio de 2010
Por Pascual Gallegos Palma
Con el deseo de hacer el viaje al Santuario de Chalma por una ruta diferente a la que tradicionalmente realiza la peregrinación del día tres de enero, y en mi intento por descubrir esa nueva ruta, aprovecho toda clase de ayuda e información, por eso cuando nuestros hermanos del pueblo de Tepoztlán, Morelos, profesores Miguel Ángel Robles Ubaldo y Tomás Palacios Ayala me informaron que la gente de Tepoztlán hace su peregrinación a Chalma el Miércoles de Ceniza y emplean ocho horas en hacer el recorrido, inmediatamente decidí sumarme a ellos para comprobar el tiempo, conocer el recorrido y así empezar a elaborar la nueva ruta saliendo desde San Pablo.
Este año (2010), el Miércoles de Ceniza fue el día 17 de Febrero, por lo que decidí salir de San Pablo Oztotepec, delegación Milpa Alta, el martes 16 a las seis de la mañana para llegar a Tepoztlán, Morelos, alrededor de la una de la tarde con el fin de tener tiempo suficiente para descansar y presenciar lo último de su carnaval que se lleva a cabo en esas fechas.
Por la ansiedad de llegar a Tepoztlán, o por ir pensando en cómo será el nuevo camino de Tepoztlán a Chalma, noté al inicio del recorrido que al llegar al paraje de Santa Polonia, en pleno monte, la gran cantidad de leña muerta amontonada –que anualmente juntan nuestros vecinos de San Pedro Atocpan en esas fechas–. Había un árbol enorme de ocote tirado al lado derecho del camino, como si hubiese sido arrancado, no cortado de manera convencional, y unos cuantos metros adelante vi más árboles tirados a ambos lados del camino, igualmente desprendidos. Recordé el ventarrón que azotó la región de Milpa Alta durante la noche del tres de febrero y todo el día cuatro, y lo que ya se había dicho y comentado en los noticieros por gente de nuestra comunidad sobre el tema. A partir de ese momento automáticamente aminoré el paso, porque era imposible no voltear a ambos lados del camino y contemplar el desastre; más o menos a la altura de Oyamepulli, uno o dos árboles quedaron atravesados en el camino, pero cuando pasé ya estaba despejado, tal vez las brigadas de San Pablo Oztotepec que suben a reforestar hicieron el trabajo junto con las autoridades.
El mismo panorama de desastre observé durante todo el camino hasta llegar al paraje de Cuazuchpa; en algunos momentos traté de contar los árboles caídos pero no podía detenerme porque de hacerlo hubiese tenido que cancelar mi viaje a Chalma. En algún lugar conté 12 o quizá 15, y luego por comparación calculé aproximadamente 300 árboles tirados solamente en el tramo Santa Polonia-Cuazuchpa, donde me pareció que en este lugar estaba lo peor del desastre.
Al llegar al punto donde inicia el paraje de Chipetonco y voltear hacia atrás tuve la impresión de que la cara sur del cerro de Teuzihio estaba poblada por fantasmas, debido a que varios árboles fueron quebrados como a la mitad, quedando la otra mitad en pie. A continuación, a todo lo largo del Pedregal no vi un solo árbol tirado a excepción de unos cinco o siete ocotes medianos tirados al oriente del camino, tal vez esto se deba a que los árboles son de otra especie y de menor altura, o a que están enraizados entre los peñascos. Esa normalidad continuó hasta donde se bifurca el camino para Tlalnepantla y para Tepoztlán, y cuando pensaba que ya había visto todo, de repente al llegar a las cercanías del gran cerro Otlayuca, ¡oh Dios! ¡Cuánto cadáver de madera a mis pies! Nuevamente sentí el impulso de contarlos pero la idea de ir a Chalma me lo impidió, aun así y sin caer en exageraciones creo que vi alrededor de 400 árboles tirados a los costados del camino sólo en el tramo comprendido entre los parajes de Santa Polonia y el Otlayuca.
De aquí en adelante todo volvió a la normalidad, es decir, no hubo un solo árbol tirado en el camino hasta Tepoztlán, a donde llegué alrededor de las tres de la tarde, dirigiéndome inmediatamente a la casa del profesor Miguel Ángel Robles Ubaldo, quien me recibió con su acostumbrada hospitalidad invitándome a reponer las energías mediante el descanso y los sagrados alimentos que su esposa nos obsequió, y que junto con ella compartimos comentando a la vez mi propósito de ir a Chalma junto con la peregrinación de Tepoztlán.
Después de la sobremesa y totalmente recuperado me despedí del profesor Robles y su familia con la gratitud del que ha sido socorrido en los momentos de necesidad, encaminé mis pasos al Zócalo donde permanecí por espacio de una hora observando lo último del carnaval para, finalmente, ir a la casa del profesor Tomás Palacios Ayala.
Una vez efectuados los saludos de rigor le recordé –porque antes ya le había planteado mi idea de ir a Chalma– el motivo de mi visita y le solicité posada, entonces él, al igual que mi anterior anfitrión, con su natural gesto de amistad me invitó a descansar y a través de su amena charla me puso al tanto de todos los pormenores de la peregrinación, por lo que ambos decidimos que lo mejor para mí era irme a dormir a la voz de ¡ya!, eran aproximadamente como las nueve de la noche.
Al otro día, a las cuatro de la mañana del día 17 de marzo llegué al punto de reunión que el profesor Tomás me había indicado, donde ya estaban dos camiones listos para transportar a los peregrinos hasta el poblado de Tetela del Monte, Salimos de Tepoztlán a las cuatro con 15 minutos de la madrugada, y después de casi media hora llegamos al pueblo de Tetela, ahí empezó la caminata; debo decir que esta población se encuentra más o menos al suroeste del pueblo de Tres Marías y a una distancia en línea recta de aproximadamente 10 kilómetros. Los faros de las antenas que se encuentran emplazadas en los cerros más altos de la población son buena referencia.
Comenzamos la caminata poco antes de las cinco de la mañana sobre un camino amplio de terracería en buenas condiciones, con ligera pendiente ascendente, y el bosque al parecer se compone en su mayoría de ocotes y encinos, aunque a esa hora no había suficiente claridad pero pude apreciar que ahí tampoco había un solo árbol tirado. A esa hora el señor Concepción N y yo, ya éramos compañeros de viaje. A las ocho de la mañana pasamos por el Cerro del Malacate, conocido también como Cerro de la Escalera, debido a que la cara por donde va el camino tiene mucha pendiente. En seguida y al pie de dicho cerro se encuentra el pueblo de Mexihcapa, ignoro su nombre cristiano si es que lo tiene; inmediatamente después subimos lo que se llama Lomas San Ignacio o El Mirador, desde donde se contempla un hermoso paisaje, ahí descansamos como 15 minutos y a las nueve de la mañana reanudamos la marcha sobre camino carretero por espacio de dos horas hasta el paraje de Tlaltizapán, donde hay un criadero de trucha y una pequeña cascada. En este punto abandonamos la carretera y continuamos sobre camino rústico, a las 11 de la mañana nos tomamos un breve descanso en el poblado de El Capulín, donde mis nuevos compañeros de viaje Andrés Hernández y Roberto Martínez me obsequiaron el desayuno, porque dijeron que a un caminante nada se le niega. A partir de este poblado da inicio la bajada en medio de abundante vegetación y ni un solo árbol tirado, llegamos a Chalma por la iglesia de Chalmita y a las dos de la tarde ya estábamos en el Santuario dando gracias. ¡Oh, Dios…!
Nueve horas de camino.
El primer paso para llegar a Chalma por una ruta diferente estaba dado, el segundo paso sería hallar la ruta San Pablo-Tetela sin tener que ir hasta Tepoztlán, porque es mucha vuelta y a mi parecer hay dos opciones que son: una la de San Pablo-San Juan Tlacontenco-Chamilpa y Tetela, otra la de San Pablo-Chichinautzin-Tres Marías y Tetela.
El tercer paso fue hacer el viaje San Pablo-Chalma una vez establecida en forma definitiva la ruta San Pablo-Tetela.

A pesar de haber concluido el viaje de manera exitosa, el recuerdo de la mortandad forestal visto un día antes diluyó un poco el sentimiento de satisfacción e hizo que acudieran a mi mente algunos relatos sobre fenómenos naturales que han sucedido en nuestra población, tales como: nevada, caucel, chahuiztle, tromba, temblor y ventarrón, y aunque no se tiene un registro exacto sí están en la memoria de nuestra población, por ejemplo:
El 14 de enero de 2002 pasó un ventarrón que se llevó algunos techos de lámina y arrancó bastantes árboles, entre ellos dos cedros grandes en Chalmita, no hubo víctimas humanas, lo recuerdo bien porque ese día nació mi nieto, Joshua Daniel. (Informante, señor Moisés Meza, vecino del Barrio de Chalmita).
El 23 de Marzo de 1983 pasó un ventarrón que derribó los alcanfores de la Escuela Primaria «Plan Sexenal», causando la muerte a los señores Apolinar Olmos, Sotero Molina y al joven Demetrio García. (Informante, señor Rodolfo Cruz, vecino del Barrio de San Juan).
En el mes de marzo de 1958 cayó una fuerte nevada que derribó muchos árboles en el monte y murieron algunas cabezas de ganado. (Informantes, varios vecinos).
En marzo, entre 1944 y 1946 cayó caucel (helada intensa) que arrasó con la cosecha de chícharo, algunas gentes lloraron de tristeza. (Esto lo escuché decir a mi papá).
El tres de junio de 1935 cayó la tromba causando la muerte de cuatro personas, la señora Guadalupe Ricaño y su hija, los señores Juan Ramírez y Manuel Alarcón. (Informante, señor Luis Orenda, vecino de la calle de Cuauhtzin).
En 1933 se «enchahuiztlaron» (les cayó «chauiztle», plaga) los maizales, por lo que la gente iba a Chalco a comprar su maicito. (Informante, señor Teodoro Palma).
Ese mismo año se veía por el rumbo de Texcoco como que se levantaba la polvareda que llegó a dar hasta San Pablo Oztotepec, lo que ocasionó el chahuiztle. Ese año no se dio el maíz, ni siquiera para la pastura, todo lo echó a perder la plaga.
Recuerdo cuando era chamaco que el 29 de Junio se bendecían los cohetes en la Parroquia, después los fiscales y regidores los repartían en las orillas del pueblo para que la gente los echara en caso de que se avecinara una granizada para impedir que esta cayera en nuestro pueblo y se perdieran las cosechas.
También, cuando tenía como nueve años se sintió un temblor muy fuerte como a las siete de la noche, la gente se espantó mucho que hasta se hincaban, unos en la calle o en sus casas, donde estuvieran se hincaban rogando a Dios que nada malo les pasara y las campanas sonaban, llamaban a rogación, eso fue más o menos en el año de 1931-1932. (Informante de los tres últimos recuerdos el señor Vicente Vázquez, vecino del Barrio de Chalmita, en Oztotepec).
Por fin el viaje que dio inicio con la inquietud de satisfacer el deseo de conocer un nuevo camino al Santuario del Señor de Chalma, terminó con la necesidad de dejar por escrito la memoria de nuestra comunidad acerca de los fenómenos naturales que más nos han impactado durante los últimos 80 años, porque estoy convencido que será de mucha utilidad para los ecologistas. ♦
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* Cronista de San Pablo Oztotepec, Milpa Alta

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