El encuentro de los generales Villa y Zapata en el pueblo de Xochimilco
Por Manuel Garcés Jiménez
La historia como ciencia nos lleva de la mano para entender, comprender, analizar y reflexionar acerca de la vida en la que estamos viviendo, como trasladarnos al futuro conservando lo logrado a través de años de movimientos liberales.
Al recordar los 112 años de la Ratificación del Plan de Ayala en Oztotepec, se hace necesario retroceder al pasado para poder entender este hecho trascendental y los motivos que lo ocasionaron; más tarde se encontrarán los generalesFrancisco Villa y Emiliano Zapata en Xochimilco; sin embargo, ¿por qué sucedieron estos casos y, sobre todo, el encuentro?, ¿cuál fue el motivo y sus efectos, sus consecuencias y sus perspectivas de la lucha revolucionaria del movimiento revolucionario agrarista?
Los que tenemos, o al menos contamos con una pizca de conocimientos de nuestro pasado, entendemos el tema central que nos lleva a recordar la validación en darle continuidad al movimiento agrarista que surgió con la usurpación de Victoriano Huerta ante el asesinato de Francisco I. Madero y José María Pino Suárez.
Con estas premisas, y pensando que los jóvenes lo puedan comprender y entender, estos hechos históricos nos lleva a vislumbrar el por qué nos reunimos anualmente en la vetusta casona, hoy Casa de Cultura del que fuera su dueño, el terrateniente Hermenegildo Brígido Molina, lo cual nos lleva a remontarnos a la época cuando llega al poder presidencial el oaxaqueño Porfirio Díaz Mori.
Como se sabe, al deceso de don Benito Juárez, tras ocupar la presidencia pasaron varias personas hasta la llegada Sebastián Lerdo de Tejada y José María Iglesias, finalmente don Porfirio Díaz Mori asume el poder presidencial, luego de haber derrotado con su ejército rebelde al federal y presidente legítimo Sebastián Lerdo de Tejada a través del Plan de a Noria, el 28 de noviembre de 1876. Tras un breve ajuste legal, Porfirio Díaz fue declarado candidato ganador en el mes de abril de 1877.
Sin embargo, la Constitución de 1857 prohibía la reelección, de tal manera que el voraz oaxaqueño tuvo que dejar su ambición para tiempos venideros convocando a elecciones a su compadre, el general Manuel González, postulado para el cargo el cual ganó, y Porfirio Díaz tuvo que dejar de lado su aspiración porque la reelección presidencial no era legal. Don Manuel González trató de hacer su trabajo de la mejor manera posible, pero su compadre Porfirio Díaz se dedicó día y noche a su desprestigio, moviéndole el tapete políticamente y descaradamente en dos ocasiones:
a) En 1882 se desató el motín del níquel, porque Manuel González puso en circulación monedas de níquel que resultaron despreciadas por la población, acostumbrada a las monedas de plata.
b) El segundo fue el acuerdo de la llamada deuda inglesa, a fin de que México fuese reconocido por el Reino Unido y pudiese obtener crédito de los bancos europeos.
Estos dos casos causaron rebeliones populares en la Ciudad de México, revueltas que dejaron muertos y heridos; incluso en la Cámara de Diputados intentaron desaforarlo, siendo el único presidente en nuestra historia que ha sido enjuiciado por el Poder Legislativo para destituirlo y encarcelarlo[1].
En el año de 1884, nuevamente Díaz llega a la presidencia y, de ahí y hasta 1911, es decir, se instaura una dictadura de más de treinta años hasta el estallamiento de la Revolución con la irrupción en el escenario político y social de don Francisco I. Madero.
Ante el hartazgo social que había provocado el gobierno de Porfirio Díaz durante su gobierno en todo el país, por el otorgamiento de privilegios a terratenientes, hacendados, militares, al alto clero y empresarios extranjeros, el territorio nacional se convierte en un mosaico de poderosas haciendas donde la mano de obra fue de los humildes y pobres campesinos explotados, quienes al paso de los años vislumbraban una rendija de esperanza de libertad con Francisco I. Madero y su Plan de San Luis. Lo veían como la persona idónea a derrotar al régimen porfirista y poder dirigir los destinos de los mexicano de manera republicana, democrática y pacífica; asimismo, el general Emiliano Zapata Salazar lo veía con buenos ojos.
Desde tiempos remotos ha existido la traición del hombre, verbigracia el caso siguiente: en los tiempos de la vida de Cristo uno de sus apóstoles lo entregó por dinero. En nuestro pasado revolucionario, nuevamente encontramos a otro Judas Iscariote cuando Madero desconoce a Zapata, quien había sido su amigo y su ahijado de boda.
Francisco I. Madero como presidente de la República, arremete contra el líder agrarista:«exigiéndole incondicionalmente su rendición y la de sus hombres, cuando él mismo había reconocido la justicia de su causa y había reprobado públicamente los procedimientos del gobierno interino, que sin hacer caso de las demandas del pueblo morelense intentó muchas veces el exterminio del guerrillero, creó en el alma de éste una honda decepción que vino a profundizarse más con aquel inexplicable ataque en la Villa de Ayala, en el que hubo mucho de felonía y de perfidia».
El general Emiliano Zapata había tenido fe y confianza en Madero, esperaba que al dirigir los destinos del país, estaría en auxilio y apoyo del pueblo suriano y el resto del país que se mantenía en armas, en actitud defensiva. Madero le decía a Zapata: «Eres uno de los que más desinteresada y eficazmente ayudaron a la Revolución, te daré todo el dinero que desees; pero a esos que te siguen, que te quieren, te respetan y obedecen, a esos déjalos sin armas, sin defensa alguna, abandónalos a su suerte y a los furores de mis soldados, sus enemigos, y te tendré por un patriota y leal subordinado, aunque el pueblo que te vio nacer te maldiga».
Ante tal traición, le tomó odio al político, el hacendado norteño que lo invitaba a recular en sus aspiraciones de restituir la tierra a quienes se las había arrebatado, circunstancias que lo llevan a elaborar entre las montañas, en Ayoxuztla, un plan revolucionario con las ideas de justicia y libertad que se pregonaban entre sus seguidores.
Con el apoyo del profesor Otilio Edmundo Montaño, Juan Sánchez, los generales José F. Ruiz, Francisco Mendoza y Próculo Capistrán, entre otros, recibieron órdenes de reunirse a la mayor brevedad posible
Después de varios días, el 28 de noviembre de 1911 se da a conocer un documento bautizado como el Plan de Ayala, con el siguiente principio: «Pueblo mexicano, apoyad con las armas en la mano este Plan, y haréis la prosperidad y bienestar de a Patria», y el lema de: «Justicia y Ley».
Durante varios días, el animado campamento donde los hombres sedientos de justicia se paseaban cruzado el pecho con cananas llenas de cartuchos y la carabina en la mano lista para usarla en caso de alguna emboscada. Llegado el momento, se escucha el clarín de acercarse en la puerta del jacal y la voz firme: «¡Esos que no tengan miedo, que pasen a firmar!»
De inmediato, el profesor Otilio E. Montaño, de pie junto a una mesa rústica de madera de pino, con voz áspera y gruesa y su acento de educador, dio lectura al Plan de Ayala.«Con música lanzó al aire las notas del Himno Nacional y después de oírlas religiosamente y de que hubieron hablado José Trinidad Ruíz y otra vez Otilio E. Montaño, se procedió a la jura de la bandera».
Ante la pronunciación del Plan de Ayala, éste le llega a Zapata, quien lo lee y de inmediato expresa su desacuerdo. «Madero le ofreció una hacienda a Zapata, pero éste rehusó, él no luchaba para obtener tierra para sí. Nunca se dejaría sobornar»[2].
Los problemas que enfrentó Francisco y Madero fue a fines de 1912 y principios de 1913, cuando más de 6,000 ferrocarrileros, incorporados a la Unión de Mecánicos, dirigida por Enrique González, se lanzaron a la huelga pugnando por ocho horas de labor, entre otros aspectos. La huelga triunfó con un aumento de 10% en los salarios, el reconocimiento oficial de los comités de ajuste y reposición de algunos trabajadores despedidos, pero no obtuvieron la jornada de ocho horas, situación por la que el presidente Madero se fue aislando de los obreros y campesinos.
Por otra parte, los generales Bernardo Reyes y Félix Díaz coordinados por el embajador de los Estados Unidos, Henry Lane Wilson, prepararon su plan subversivo en la misma cárcel en que los tenía Madero, gracias a las facilidades que les dio el gobierno para recibir visitas y mandar recados. La opinión pública fue preparada durante meses por la prensa, que abiertamente atacaba todos los días a Francisco I. Madero, presentándolo como un incapaz y responsable del caos que había durante su gobierno, cuando el único culpable era el régimen porfirista.
El cuartelazo porfirista estalló el 9 de febrero de 1913 en esta Ciudad de México. Al ser derrotados los subversivos y muerto Bernardo Reyes a las puertas del Palacio Nacional, se refugiaron en La Ciudadela. El comandante del ejército general Lauro Ortega resultó herido; para sustituirlo, Francisco I. Madero, en su afán de quedar bien con los viejos oficiales porfiristas, nombró como nuevo comandante nada menos que al general Victoriano Huerta, quien durante diez largos días se dedicó a bombardear gran parte del centro de la Ciudad de México sin batir a los insurrectos en La Ciudadela, causando estragos entre la población civil.
En secreto, Victoriano Huerta se había entendido con el embajador norteamericano Henry Lane Wilson para derrotar a Francisco I. Madero e imponer una dictadura con Victoriano Huerta en la presidencia, originando que Venustiano Carranza con el Ejército Constitucionalista se sublevara con el Plan de Guadalupe para derrotar a Huerta.
En tanto que el 2 de diciembre el general Francisco Villa llega a Tacuba y Azcapotzalco estableciendo su cuartel general, a la espera de Eulalio Gutiérrez a fin de planear juntos la entrada a la Ciudad de México el día 3 de diciembre, junto con algunos miembros de la Convención de Aguascalientes.
Ahora bien, en el libro de Martín Luis Guzmán, Memorias de Pancho Villa,nos dice que Francisco Villa reconoce haber propuesto «celebrar conferencia con Emiliano Zapata, que tampoco nos había esperado en México, sino que había regresado al Sur (Morelos)».

Villa argumenta:
«Fue el día 4 de diciembre de 1914 (cuando) salí para Xochimilco a la celebración de la dicha entrevista; salí acompañado de José Isabel Robles, Roque González Garza, Luisito y otros hombres míos. Y avancé a esperarlo hasta un barrio que se nombra barrio de San Gregorio, donde me apeé de mi caballo para corresponder mejor a los aludos y aclamaciones que todos los moradores me hacían, para recibir sus flores, y para acariciar sus niños, y para impartir mi ayuda a sus mujeres.
»En eso estaba yo, cuando vi venir a Emiliano Zapata rodeado del séquito de sus hombres. Y según lo vi, avancé para recibirlo, y mirándome él, también avanzó hasta donde yo estaba. Entonces, teniendo yo cogido uno de los ramos que acababan de darme, con él me acerqué a Emiliano Zapata, y al expresarle mi saludo le puse en sus manos aquellas flores, para significarle mejor mi trato cariñoso.
»Le dije yo:
»—Señor general Zapata, realizo hoy mi sueño de conocer al jefe de esta grande Revolución del Sur.
»Me contestó él, acogiéndome con muy buena sonrisa:
»—Señor general Villa, realizo yo ese mismo sueño tocante al jefe de la División del Norte.
»Y recibió las flores con ademán de apreciarlas mucho por venir de mis manos, y desde aquel primer momento nos expresamos los dos dándonos las muestras de nuestro mejor afecto.
»Al considerarlo, yo pensaba: No es obra del acaso, sino de la justicia, que yo, Francisco Villa, a quien niño, y después ya hombre, hicieron persecución los ricos y poderosos, venga a consumar mediante mi persona la unión de la causa de los pobres del Norte con la de los pobres del Sur. Porque es muy cierto que Zapata encarna la lucha de estos hombres de aquí, como encarnó ya la de los hombres de allá, y que juntos los dos, obraremos la conquista de las libertades del pueblo, y el reposo para sus fatigas, y las bendiciones de su justicia».
Martín Luis Guzmán enfatiza:
«Pasadas las expresiones de nuestro conocimiento, Emiliano Zapata y yo, Pancho Villa, hicimos juntos nuestra entrada a la plaza de Xochimilco, todo aquel pueblo en espera de nuestro paso por las calles, todas aquellas mujeres y señoritas en grande aclamación de nuestras personas. Y en verdad que eran tantos los ramos y coronas que nos ofrendaban, que bastaban a llevarlos los hombres nuestros que nos seguían, sino que pisaban flores nuestros caballos mientras nosotros nos alegrábamos en nuestro corazón».
Ante este panorama que sostiene Martín Luis Guzmán, es en San Gregorio Atlapulco, Xochimilco, único lugar de México donde debieran estar las estatuas de los dos grandes hombres de nuestra Revolución agrarista, los generales: Emiliano Zapata y Francisco Villa. ♦
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* Presidente del Consejo de la Crónica de Milpa Alta y vicepresidente de Cronistas Cabildos de la Ciudad de México.
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Bibliografía:
Emiliano Zapata y el agrarismo en México. Gral. Gildardo Magaña. Editorial Ruta, cinco tomos, se consultó el II tomo, México, 1951.
Memorias de Pancho Villa. Martín Luis Guzmán. Compañía General de Ediciones, S.A., México, 1963.
La vida y la lucha de Emiliano Zapata. Pablo Moctezuma Barragán. Sisifo Ediciones, México, 2018.
Justicia, Tierra y Libertad, ante la mirada xochimilca. Delegación Xochimilco, México, 2008.
El pacto de Xochimilco, el encuentro entre Zapata y Villa. Delegación Xochimilco, Ciudad de México, 2008.
Villa, Zapata y John Reed. Paco Ignacio Taibo II, Francisco Pineda. Alcaldía de Xochimilco, Gobierno de la Ciudad de México (2021-2024), México, 2024.
Conoce la Historia de México I. Manuel Garcés Jiménez. Editorial Grupo Editorial Éxodo, México, 2020.
[1] Datos tomados de Beatriz Gutiérrez Müller, Triquiñuelas de don Porfirio, desde 1880.
[2] Pablo Moctezuma Barragán. La vida y la lucha de Emiliano Zapata, p. 64.

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