Tláhuac y la monografía publicada en la administración de Gloria Brasdefer
Por Sergio Rojas | Revista Nosotros, Núm. 2 | Marzo de 1997
Desde la monografía que escribió Alfonso Reyes H, prolífico autor de monografías que por la época de Carlos Hank como jefe del Departamento del Distrito Federal escribió la de Milpa Alta, Ajusco y Xochimilco, y el compendio histórico que escribió Carlos Justo Sierra en 1986, no había vuelto a haber otra que, sobre todo por el tiempo transcurrido, nos presentara lo más actualizado de Tláhuac.
La administración de la actual delegada, Gloria Brasdefer, acaba de editar una y, gracias a un buen amigo de Los Olivos (José Guadalupe), un ejemplar de ésta pudo llegar a mis manos.
Situación geográfica y medio físico, esto es, la superficie total y colindancias, principales elevaciones, el clima y canales principales, se suman a los datos históricos que aquí se apuntan, como el origen de Tláhuac, su nombre, la migración de Aztlán, los Cuitlahuacas, el dominio de los tecpanecas, los mexicas y Tláhuac, los agoreros de Tláhuac y la llegada de Hernán Cortés y el paso de los españoles hacia la Gran Tenochtitlan. Todo esto, según el índice, de la página 15 a la 19. Como quien dice, apenas para que los chavos se ayuden en las tareas.
La monografía habla en una página del período colonial y las encomiendas, en otra del período de la Independencia y, en la 22, del porfiriato y la Revolución.
Los aspectos demográficos, uso de suelo, vivienda, salud, educación, empleo, infraestructura urbana, vialidad y transporte, estructura y servicios, así como aquellas actividades económicas que se realizan en la delegación, son resumidas en ocho páginas de la monografía. Luego viene la información turística en apenas cinco páginas, algo con lo que bien se pudieron llenar cincuenta, si tomamos en cuenta las tradiciones culturales.
Dicha monografía consta de 62 páginas. Sin embargo, 23 están dedicadas al directorio delegacional, al quién es quién en la burocracia casera para regodeo del ego de servidores públicos que, por el simple hecho de aparecer sus nombres ahí, hizo que prácticamente acapararan toda la edición, dos mil ejemplares, amén de los representantes populares como el correspondiente diputado y el dizque representante a la Asamblea Legislativa (que pocos sabemos qué hace y cómo se desenvuelve en aquel órgano dado su vergonzoso desempeño), consejeros ciudadanos, los servidores públicos de la «infraestructura y servicios» de la delegación, la Procuraduría General de Justicia del DF, organizaciones sociales y miembros del comité delegacional de Fomento Económico, así como el de muchas otras oficinas cuyos responsables no tuvieron la dicha de ser incluidos en la lista.
Buen esfuerzo que, como en la presentación de la monografía se señala, se debe al doctor Lorenzo Gómez, Jorge Fraymann y Gildardo Campero. Asimismo, al profesor Gustavo Álvarez Martínez, José Esteban Chavarría, Eduardo López Bosch, Jorge López Martínez, Carlos Mancilla Castañeda, Rogelio Retana Velázquez y Metz Torres González.

A continuación, reproducimos un segmento de la monografía relacionado con los mexicas y Tláhuac.
Los mexicas y Tláhuac
Los mexicas iban consolidando su hegemonía sobre los otros pueblos de la gran laguna. Los pueblos del sur de la Cuenca de México habían aprovechado la guerra entre Tenochtitlan y Azcapotzalco para tomarse un respiro e Izcoatl, considerando que no se habían alzado en su contra, los tuvo por amigos algún tiempo. Pero siguiendo su política expansionista pronto hubo de chocar y vencer a los cuitlahuacas.
Señala la tradición que en aquel tiempo gobernaba la isla de Cuitláhuac el valeroso Xóchitl Olinqui (movimiento florido) y a propósito comenzó a enemistarse con los mexicanos y apartarse de su trato y conversación. Esto no pasó desapercibido para Izcoatl, quien reunió a los señores principales de México para comunicarles que sospechaba del desvío de los cuitlahuacas, por lo que planeó efectuar una fiesta muy solemne en honor de su dios Huitzilopochtli, e invitar a ella a los de Cuitláhuac y decirles que trajeran a todas las doncellas, hijas o hermanas, para que cantaran en dicha festividad. Si venían, pensó Izcoatl, entendería que se había equivocado y si se rehusaban, sabría con certeza de sus intenciones. Dos señores, Aztacoatl y Axicyotzin, llevaron la embajada a Xochitl Olinqui quien la recibió con gran enojo y pesadumbre, y quien les respondió en estos términos:
«… ¿son por ventura mis hijas y hermanas y parientes y de los demás señores de Cuitláhuac, juguetes o truhanes de vuestro dios, que han de cantar y bailar delante de él? Decidle a vuestro señor Izcoatl que no tengo yo en tan poco a las doncellas de mis pueblo, aun a las de muy baja suerte, que las he yo de enviar por sólo su mandado a que sirvan de truhanes a su dios. Que doncellas tienen en su pueblo, que se sirva de ellas; que ni en este caso ni en otro espere ser obedecido por mí. Que si lo hace por inquietarnos o dar más guerra, que aparejados estamos para lo que él quisiere. Y con esto podéis volver…»
Sin más miramientos ni diplomacias fueron a decirle a Xochitl Olinqui que o se sujetaba de inmediato a su voluntad, o se preparase para la guerra. Vencidos por el poderío de los tenochcas y como no había tierras que repartir, fueron obligados a trabajar y tributar para ellos. En adelante el tributo consistió en maíz, frijoles, rodelas, divisas, mantas, huipiles, armas y bledos en cantidad, que los cuitlahuacas entregaban una vez al año. Además de eso, quedaron comprometidos a trabajar para las obras de Tenochtitlan o de los acueductos o calzadas, cada vez que los mexicas no se lo solicitaran.
La hegemonía de la Triple Alianza México-Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan, que se había iniciado cuando derrotaron a los tecpanecas de Azcapotzalco, logró imponerse a todos los otros pueblos de la cuenca de México con excepción de Chalco, el cual había quedado al margen de las contiendas que se presentaron entre los mexicas y las ciudades-estado. ♦
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* Director fundador de la Revista Nosotros, medio de comunicación con 29 años de existencia
Pie de fotografía principal: Moctezuma consulta a los agoreros de Tláhuac la profecía sobre la llegada de Hernán Cortés


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