Libro de Fermín Meléndez sobre el Bicentenario de Matamoros, Tamaulipas
Por Dr. Adán W. Echeverría-García
Mediante un viaje de 15 capítulos, Fermín Meléndez nos invita a celebrar el «Bicentenario del nombre de MATAMOROS: una fronteriza ciudad de Tamaulipas. La historia en versos», y crea este libro para acercarnos a la historia, al anecdotario social, cultural, comunitario, ese que pasa de boca en boca, que se sirve de la prensa escrita y hoy desde las redes sociales, para construir una memoria colectiva que nos hace formar parte de una misma tradición: el ser matamorense.
El rescate de la memoria colectiva a través de la literatura de corte popular adquiere una dimensión metodológica particular en la obra de los cronistas urbanos contemporáneos. En este contexto, «Bicentenario del nombre de MATAMOROS: una fronteriza ciudad de Tamaulipas», publicado este 2026 por el sello Catarsis Literaria, constituye un objeto de estudio idóneo para analizar los mecanismos de preservación de la identidad local. Su autor, el periodista y creador multidisciplinario Fermín Meléndez, recurre a una propuesta formal atípica al codificar el devenir histórico, el desarrollo urbano y la mitología social de la región exclusivamente mediante composiciones en verso, y aunque los puristas podrán criticar las formas poéticas que el autor decide usar con un sonoro «esos no son poemas», «eso no es poesía», este abordaje no sólo facilita la divulgación del patrimonio intangible, sino que posiciona a Meléndez como un observador agudo de la cultura social urbana, capaz de vincular el registro historiográfico formal con las vivencias cotidianas de la periferia fronteriza, mediante sus creaciones estrofa a estrofa.

Con esta obra podemos entender que la trayectoria del autor refleja una constante hibridación de lenguajes comunicativos y artísticos. Sus inicios en las letras, consolidados durante su labor como reportero y reforzados en la conducción de programas radiofónicos de análisis, le proveyeron de la sensibilidad etnográfica fundamental para descifrar el entorno social matamorense. Esta base conceptual se trasladó de forma sucesiva a la narrativa y al plano audiovisual. Ello se evidencia en sus previas producciones «poéticas» y en su incursión como guionista en diversos proyectos cinematográficos de la región, así como en la publicación de otros textos de corte lírico dentro de su catálogo personal. A través de este bagaje interdisciplinario, el escritor articula en esta obra una cartografía histórico-emotiva que resignifica el espacio público de la ciudad.
La obra aborda la evolución geofísica y la resiliencia de la mancha urbana frente a los determinismos ambientales. Meléndez recupera la memoria del sustrato hídrico local, evocando la época en que el asentamiento primigenio fue denominado Congregación de San Juan de los Hermosos Esteros debido a la proliferación de manantiales y lagunas. Con sus palabras se registra la geografía de cuerpos de agua extintos o transformados, tales como el Estero del Bravo y el Estero Cuarteles. Un hito histórico relevante en esta secuencia es la inundación de 1814, provocada por el desborde del Estero San Pablo, acontecimiento que destruyó el antiguo recinto de la alcaldía original ubicado en la Plaza Libertad. La crónica poética detalla el subsecuente traslado de los poderes civiles hacia el cruce de las calles Sexta y González –la franja de mayor elevación de la villa–, ilustrando el modo en que la planeación urbana fue dictada por la urgente adaptación al entorno.
También disecciona el mito urbano de la extendida creencia popular en una red de pasadizos subterráneos ocultos bajo la ciudad. El autor mapea el imaginario subterráneo de la comunidad, el cual establece un supuesto circuito que conecta el Fuerte Casamata con la Escuela Modelo (antigua Plaza de Armas del fuerte), extendiéndose por el subsuelo de la calle Pedernal hacia la Catedral de Nuestra Señora del Refugio. Según la narrativa popular recopilada, dicha red se bifurcaba desde la Catedral hacia el quiosco de madera de la plaza principal, el Teatro de la Reforma y el propio palacio municipal. El mérito del autor estriba en que no desacredita el mito de manera punitiva, sino que lo valida como patrimonio oral, confrontándolo con la realidad geológica del subsuelo matamorense. Meléndez advierte que el elevado nivel freático de la región habría anegado de forma inmediata cualquier excavación de esa magnitud, evidenciando la tensión entre la fantasía colectiva y las limitantes físicas del territorio.
La obra funciona como un inventario y una apología del patrimonio construido de Matamoros. Se documenta el devenir de la Catedral, erigida entre 1827 y 1831, detallando las vicisitudes que enfrentó a lo largo de las décadas, desde el expolio militar perpetrado por las tropas de Juan María Carbajal durante el conflicto del Plan de la Loba, hasta las afectaciones meteorológicas de los ciclones de 1833 y 1933 que derribaron sus torres. En paralelo, se exalta el valor del Fuerte Casamata, baluarte defensivo ideado originalmente por el General Mier y Terán y cuya edificación inició en 1845 bajo la dirección del General Tomás Mejía. La obra resalta que este fortín, concluido dos décadas más tarde, permanece como el único testimonio arquitectónico en pie de los nueve baluartes que resguardaban la plaza militar. Esta infraestructura defensiva sirve de marco para rememorar la resistencia civil de octubre de 1851, periodo en el que el vecindario local, coordinado por el alcalde Macedonio Capistrán y el General Francisco Ávalos, contuvo durante diez días los embates armados exteriores. El texto argumenta que estas gestas nacionalistas legitimaron los decretos del Congreso del Estado y de la Unión que confirieron a la demarcación sus históricos títulos honoríficos de Invicta, Heroica y Leal.

La labor de Meléndez como cronista de la cultura social urbana se consolida en la atención prestada a la microhistoria y a los elementos cotidianos de la vida comunitaria. El autor rescata el ingenio tecnológico de los colonizadores tempranos quienes, ante la carencia absoluta de piedra y madera en la llanura costera, explotaron los yacimientos de arcilla del suelo en 1831 para instituir las primeras industrias ladrilleras, un suceso que modificó la fisonomía arquitectónica de la incipiente villa. De igual forma, la dimensión identitaria se extiende hacia el ámbito gastronómico mediante la inclusión de pasajes dedicados al «guayín», una tortilla de huevo rellena de frijoles refritos que constituye un pilar de la herencia culinaria y la vida social en los barrios locales. Al integrar memorias de antiguos giros comerciales en la Colonia Popular, la obra demuestra que la historia de la urbe no se restringe a las élites políticas o militares, sino que se reproduce diariamente a través de sus prácticas culturales y sus espacios de consumo popular.
Esta obra se debe considerar una contribución valiosa a los estudios de la identidad y la microhistoria del noreste mexicano. Al subordinar el dato cronológico formal al ritmo del verso popular, Fermín Meléndez devuelve la historia local al dominio público, creando una obra para leer en las Salas de Lectura, para que los docentes se las presenten a los alumnos de primaria, secundaria y bachillerato; una obra que el gobierno de Matamoros debería compartir en sus acervos. ♦
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Meléndez, F. (2026). Bicentenario del nombre de MATAMOROS: una fronteriza ciudad de Tamaulipas. La historia en versos (1a. ed.). Catarsis Literaria. 244 pp.
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