La doncella (petrificada que duerme bajo un sudario de nieve) y el joven
Por Artemio Solís Guzmán*
In cuatlican ca in al tépetl quíala ce tépetl.
Afortunado el pueblo que tiene una montaña.
Ipan xocohuetzi ni nenemi ipan ohtli in hueca huan tzintelchaca,
Ipan tlalli in coztic huan maxochimiqui.
Transitar en el otoño, por los senderos lejanos y desnudos, entre el polvo amarillo y las hojas muertas.
Cuando se abren los párpados de la mañana, sólo hay en los pueblos del oriente del estado de México una celosía que no se descorre; la de Iztaccíhuatl, la montaña nevada que el rayo visita con frecuencia y que ha vencido las plantas del andariego, los clamores del hombre y la pertinacia de las vegetaciones altaneras.
Más allá de la leyenda, más allá de la historia, la Iztaccíhuatl es un inmenso suspiro petrificado, que dejó erecto el pecho en el instante de morir, como el de las doncellas en el Temoanchan. Es la mujer, la Cihuacóatl, la doncella del país de los hielos, abismada y mortuoria bajo el cielo sin tiempo, a quien su propia grandeza congeló en el silencio de los riscos tumefactos de frío. La mujer de agua, la mujer que duerme, denuncia bajo el sudario que le tejió el cielo con sus dedos azules, el perfil de la Miquixtli sin sepulcro: momificada y destapada.
Sobre su sueño rígido y silente enciende la noche una danza ancestral inmóvil de candelabros. Las estrellas y los vientos del coro ritual cantan de noche con el sonido profundo del teponaxtli, de su danza nocturna, mientras los soplos eternos, como blancos danzantes, resbalan por sus taludes gráciles dando un coro de ocarinas y de flautas en que andan del brazo el cuatepoxtli de los bosques y el tzitzime de los truenos.
El viajero que rinde su tributo a la gradiente innumerable conoce muy bien la grave sinfonía de la montaña; y cuando penetra en ella, la mujer desaparece, se borran sus líneas imponderables; se sube, entre vértigos y hemorragias, por los encajes desgarrados de su veste, de donde huyen hasta las águilas. Los quebrados vallecillos que rondan y merodean sus aguas, donde el rubor de una fecundidad veterana estalla en frutas y flores, son como cicatrices sobre la piel divina de la Tonantzin, son remolinos de rumores tallados como ocarinas y hechos para sonar.
La formidable pero espantosa musculatura de la sierra nevada presenta entonces las masas colosales de las rocas apretadas y disueltas a un tiempo por la compresión plutónica de las lavas. Algunas de ellas, como los tomos en el anaquel, se estrujan verticales en una bibliografía de cosmológicas demostraciones: parecen la sala de lectura de códices del tlatoani Cuauhtemotzin.
Las tempestades en el Iztaccíhuatl tienen, como las apariciones impalpables, la vacía sonoridad que confirma el silencio. A veces, como los fuegos fatuos, las nieves se suspenden sobre su cielo, con el giro ondulante de un rebozo de bolita de Chiconcuac. Tejen, como arañas invisibles, grandes velos que el menor soplo desprende de las rocas táctiles; o fabrican, como los nahuatoton, cristalerías y vitrales innumerables: varitas mágicas que se rompen cantando al paso de los intrusos depredadores, o copas traslúcidas que la mañana apura de un sorbo.
A lo lejos, al sur, como un popochcómitl listo, el Popocatépetl mueve su copilli de fuego en honor de la Tonantzin; especie de ermitaño multimilenario que vela, quizás, el despertar final de la glorificación prometida al pueblo de Cuauhtemotzin, espanto del hombre blanco. El Invasor subió a él, dicen las crónicas… pero no vio la montaña: miró el azufre, y el azufre es el incienso de los cíclopes, la droga de las trágicas conmociones.
¡Oh, montaña! El sacrilegio de los pasos humanos ha dejado en la túnica de tu sueño algunas amapolas de sangre, porque sales de caza, como Xochipilli —cihuacóatl de piedra dura como la pureza—, pones a relucir el tepoxtli de tus vestimentas y el carey de los cuernos ventosos en pos de la planta que menos amas. Sólo una tecalli, como broche en tu seno, podría convivir en el eterno diálogo de la luz y del abismo; pero hasta ahora, eres como el ámatl de apuntes para los hombres y, sin embargo, eres la caridad de cauces y aguas curativas que entre helechos verdinegros y hongos de los nahuatoton corren a llenar el cómitl del habitante originario de los pueblos de oriente que, sin saberlo, calman su sed.
¡Ah! Si pudiésemos excavar para nuestro uso exclusivo algunos metros la piedra virgen en tu cintura temeraria, y dormir contigo el gran sueño de las constelaciones sin parpadeos… Pero tú respondes, al caminante y al poeta: «¡Amo nech matoca!» (¡No me molestes!). ♦
Ixtapaluca, enero de 2006

* Artemio Solís Guzmán (1928~2025) fue integrante del Consejo de la Crónica de Milpa Alta. Nahuahablante, oriundo de Villa Milpa Alta. Impartió clases gratuitas de náhuatl en Milpa Alta y en la Casa de Cultura de Ixtapaluca, estado de México, donde también realizó charlas acerca de los origenes de nuestra cultura mexica, tanto en náhuatl como en castellano. Fue uno de los pocos personajes que mantuvo vivas las ceremonias de origen prehispánico.


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