El xoloitzcuintle, compañero del hombre en la vida y en la muerte

• No conocemos ninguna cultura que no haya tratado de resolver el enigma de la muerte donde trasmiten esencialmente la misma preocupación, el hombre es inseparable a un ser divino después de la muerte

Por Manuel Garcés Jiménez*

Prácticamente en todas las culturas de la humanidad la muerte se considera una experiencia inevitable en la que el hombre inspira a la reflexión sobre el sentido de la dualidad, vida-muerte. Desde el principio de la humanidad se da un sentido a la relación con lugares incomprensibles y personajes míticos. No conocemos ninguna cultura que no haya tratado de resolver el enigma de la muerte donde trasmiten esencialmente la misma preocupación, el hombre es inseparable a un ser divino después de la muerte.

Se han elaborado diversas respuestas que van de lo mágico-religioso a lo científico, que han dado sentido a su vida y a los fenómenos que lo rodean, y que han dado lugar a los mitos, las religiones y la ciencia. En los misterios que rodean la existencia del hombre, han sido constantes y fundamentales los de la vida y la muerte, así como los que de ello derivan, el destino de la materia y del alma, las posibilidades de una existencia ultraterrena y los deseos de trascendencia en el espacio y el tiempo.

Para los egipcios, el gato fue considerado un ser sagrado, mientras que para los aztecas, el perro-xoloitzcuintle lo relacionaban con la cosmovisión, simbolizando tanto lo terrenal como lo divino. No era un animal común, era considerado el guía espiritual de las almas en su travesía hacia el Mictlán, el inframundo de los aztecas; se creía que estos animales acompañaban a los difuntos al más allá, ayudándolos a cruzar los ríos y obstáculos del inframundo para llegar a descansar al Mictlan, así lo describe el Códice Florentino.

El xoloitzcuintle era el animal de Tláloc, el señor de la lluvia, y su nombre sagrado era Izcóatl, vistos como seres protectores, sabios y profundamente conectados con la naturaleza. Se tenía conocimiento que tenían poderes curativos y espirituales; su presencia era tan importante que se les atribuía un origen celestial.

Se tienen evidencias de que este animal ha sido el más cercano a los seres humanos, que lo ha acompañado en su vida cotidiana desde el homo sapiens. En las culturas mesoamericanas no sólo ha sido compañero por excelencia del hombre, sino también su sustituto ante los dioses en él inframundo.

Fue en la década de los años de 1950 cuando quedó perfectamente establecido que el xoloitzcuintle era una raza prehispánica y que su existencia era anterior a la llegada de los invasores españoles en 1519, «…demostrado a partir de las figuras de barro conocidas como perros de Colima, que datan de los años 200-300; pero incluso puede tener un origen mucho más antiguo, ya que al excavar la tumba de Tlatilco se encontró un esqueleto de xoloitzcuintle que data de 1400 a.C. También se encontraron tumbas con restos de perros, así como en los alrededores de Tlaxcala y Tenayuca. Está documentado el hecho de que uno de los perros fue sacrificado al morir su amo, para ayudarlo cruzar el río de la eternidad».

El perro es singular porque carece totalmente de pelo, excepto un mechón áspero encima de la cabeza y unos pelos al final de la cola; su piel es lisa, suave, caliente al tacto y suele transpirar en ella; destaca por su temperamento alegre, noble, tranquilo e inteligente, por lo que es un buen perro de hogar. Posiblemente en estos tiempos sea la apócope de «escuintle» al niño travieso, calificativo que denota familiaridad y afectividad.

Por otro lado, la Federación Canófila argumenta que existieron perros «pelones» en Etiopia, Turquía, Congo, Argentina, Paraguay, Antillas y Perú; dichos animales fueron clasificados por un naturista alemán con el nombre científico de Canis africanus originarios de África, los cuales llegaron a América a través de Asia.

Al respecto, el xoloitzcuintle fue reconocido por el American Kennel Club, en 1933, y por la Asociación Canófila  Mexicana en 1956; hasta 1972 formaba parte del grupo de perros de compañía, al año siguiente fue incorporada al grupo de perros de Guardia, Protección y Utilidad, clasificación aceptada por la Federación Canófila Internacional.

Históricamente esta raza se distinguió por haber desempeñado un papel esencial en la mitología de los antiguos pobladores de México, es por ello que la señora Dolores Olmedo Patiño tenía como consentidos, caminando libremente en los amplios jardines de su mansión en la ex hacienda de La Noria, hoy Museo en Xochimilco.

La arqueología está relacionada al estudio de estos animales a través de la cerámica; asimismo, lo citan Francisco Javier Clavijero y fray Bernardino de Sahagún, quienes mencionan que existían varias razas de perros donde indudablemente está presente el xoloitzcuintle.

Asimismo, la cosmogonía mexica nos narra que el primer dios que existió, dios supremo y creador, se llamó Ometecuhtli, que llevaba en sí la dualidad característica de las deidades del panteón mexica; por eso Ometecuhtli quiere decir «dos Señores» o «señor dos».

La primera obra de Ometecuhtli, que era el sol, fue la de crear los trece cielos, los astros y el universo; después creó la tierra y el camino de los muertos. El sol vivificador adquiere el nombre de Tonatecuhtli, que al caer por la tarde se llama Tzontemoc que se transforma en el dios de los muertos o Mictlantecuhtli; según la creencia nahua es cuando el sol se hundía en el occidente al mundo subterráneo a alumbrar a los muertos.

De acuerdo a la mitología prehispánica existían nueve espacios para llegar al Mictlan, donde el segundo nivel era el paso del agua, con una corriente de líquido que se creía era sólo franqueable si un perro ayudaba al difunto a cruzarlo para llegar hasta al noveno nivel, Itzmictlan o Ahonpachcaloca, «lugar de la muerte de obsidiana», que era donde vivía el señor de los muertos y donde terminaba el viaje para encontrar un descanso final. Además de estar asociado con el inframundo, el perro lo estaba con los cielos y sus deidades; de las esculturas de perros se hace hincapié que el perro tenía una piel como si estuviera arrugada por la ausencia de pelo.

El pensamiento náhuatl, como en el de muchos pueblos mesoamericanos, el perro ha sido el guía de los espíritus de los muertos hacia el inframundo; fue el compañero en la vida del hombre y también en la enfermedad y en la muerte.

El primer obstáculo rumbo al Mictlan donde estaba un río, tal vez se deba a las lágrimas de los que sufren la partida del ser querido que se adelanta al lugar de los muertos, por lo que el perro xoloitzcuintle guía el alma del muerto en el lomo y nadando en contracorriente, de lo contrario las aguas se transforman en turbias, lentas, pantanosas y fétidas, donde quedará el alma para siempre.

Al segundo nivel se le conocía como Monanamictlan o Tepectli, era el lugar donde los cerros chocan entre sí, ahí aparece una especie de niebla en la que dos cerros con punta y montañas chocaban entre sí, abriéndose y cerrándose, como si fuera una enorme puerta que se abría y se cerraba con enormes golpes de las montañas.

El tercer nivel, el Iztepetl, el cerro de navajas donde se encontraban las almas encajadas en sus puntas lamentándose de los dolores, y quienes lograban esquivarlas con el cuerpo cortado y heridos continuaban adheridos a las montañas.

El cuarto nivel, el Iztecayapan, el lugar donde sopla el viento helado con navajas. También recibía como Cehuecayan con el intenso frio ocasionado por los montes helados cubiertos de nieve que calaba hasta los huesos.

El quinto nivel, el Paniecahayan, lugar donde los cuerpos flotan como banderas por el viento tan fuerte donde susurraba como huracán, volando las almas donde algunos se desmembraban por el poder del viento que los hacia girar como una especie de bandera. El alma debía resistir el intenso horror.

El sexto nivel, el Timinaloyan, el lugar donde flechan, es un sendero oscuro, relativamente fácil de cruzar con sabiduría, humildad y nobleza.

El séptimo nivel, el Teocoyolcualloya, se tendrá que atravesar inadvertido por las fieras asesinas con olor a sangre y muerte; en el suelo aparecían árboles y en el suelo se escuchaban rugidos, gruñidos, aleteos y graznidos de alta frecuencia. 

El octavo nivel, el Yzmictlan Apochcaloca, es el camino de la niebla con serpientes enseñando los colmillos afilados, asfixiando a las almas de un lado a otro del río.

El noveno nivel, el Chicunamictlan, es el recinto de la muerte o del descanso eterno regido por Mictlantecutli y Mictecacihuatl.

El pensamiento mítico náhuatl continua presente en los albores del siglo XXI, tema de estudio del xoloitzcuintle relacionado con el dios Xólotl. Los gemelos oscuros de Quetzalcóatl, Xolotl, fueron la deidad de los gemelos, por lo que estuvo relacionado con todo su doble, como fue con el molcajete de doble extremo (texolotl). Y por su significado de oscuridad e inframundo. Una de sus transfiguraciones era en guajolote, huexolotl, por eso la carne de esta ave era el alimento sagrado como el del xoloitzcuintle.

Concluimos que los habitantes de las alcaldías de Milpa Alta, Xochimilco y Tláhuac, retoman la filosofía mágico-religiosa del inframundo náhuatl con la costumbre de no maltratar los perros, con la idea de que cuando alguien de la familia se va a morir, el perro avisa este suceso. En el féretro del difunto se le debe colocar una vara de rosa de castilla en la mano para espantar lo que se le atraviesa en el camino, como víboras y otras alimañas; al llegar a la orilla del río el perro estará dispuesto para poder ayudar a su amo a cruzarlo al descanso final. ♦

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* Presidente del Consejo de la Crónica en Milpa Alta.

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Tema expuesto en la Casa de Cultura de San Mateo Xalpa, Xochimilco.

Bibliografía:

Joyce Blank, Irene. Enciclopedia de perros de raza. Edit. Trillas, México 2021.

Valadez, Azúa y Mestre Arriola, Gabriel. Historia del xoloitzcuintle en México. Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM; Museo Dolores Olmedo Patiño; Cámara de Diputados, México, 1999.

Zárauz López, Héctor L. La fiesta de la muerte. Conaculta, México, 2000.

«El perro mesoamericano», Revista Arqueología Mexicana, Núm. 125.

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