Milpa Alta, el antiguo señorío mexica de Malacachtepec Momoxco
Por Manuel Garcés Jiménez*
Partimos en sentido de lo que señala el filósofo Enrique Dussel, quien cuestiona a la historia universal como una construcción eurocéntrica, explicando el pasado considerando a Europa como centro de medida de la humanidad, mientras que el resto del mundo queda relegado al atraso, o una supuesta prehistoria cultural como es el caso que se cuestionan que a la llegada de los europeos se dio el «descubrimiento de América» en 1492 y, años después, la llamada «conquista».[1]
Al respecto, cabe señalar que ambos casos no se dieron como tal, porque en estas tierras ya existían pueblos organizados, civilizaciones, sistemas políticos, saberes y formas complejas de organización social, agricultura avanzada con el sistema de terrazas y chinampería; herbolaria medicinal de la flora y fauna mediante la cosmovisión.
Nombrar a este proceso como conquista española suaviza lo que en realidad fue: una invasión y un reordenamiento violento a través de la espada, el arcabuz y la Cruz a los nativos de estas tierras, quienes mantenían una cultura bien definida.
De esta realidad, afirmamos que a la llegada de los españoles los pueblos prehispánicos ya existían civilizaciones con una enorme diversidad de oficios, saberes técnicos, conocimientos astronómicos, sistemas agrícolas avanzados y formas de organización política complejas.
Reducirlas o ignorarlas a una imagen primitiva no es una descripción histórica real, sino una forma de deslegitimar su avance social y su capacidad creadora que mostraron nuestro origen, nuestras raíces.
La herencia cultural lo representa el idioma, el náhuatl; un liderazgo a través de los tlatoanis, una escritura ideográfica que ya permitía llevar registros e historia; un calendario al mismo tiempo ritual y astronómico; el maíz como cultivo y alimento principales; planta modificada desde un ancestro silvestre; el temazcal y conocimientos trasmitidos de medicina natural y herbolaria; una cultura de vocación lacustre con la chinampa como maravilla de productividad agrícola; el juego de pelota como deporte y ritual; el sistema para enseñar astronomía; un sistema político teocrático con leyes, organización urbana en ciudades, arte, educación, poesía, danza y canto; comunicaciones y ciencias diversas aplicadas a su evolución y progreso como las matemáticas, astronomía, hidráulica, arquitectura, en fin, todos los requisitos que configuran una auténtica civilización en el mundo.

Bajo este panorama histórico se encontraba el Señorío de Malacachtepec Momoxco que, a falta de códices, recurrimos a elementos y antecedentes a través de la historiografía para colegir que los primeros habitantes fueron descendientes neochichimecas y mexicas, donde el idioma que los unió fue la lengua náhuatl.
Tres siglos antes de la fundación de Tenochtitlan los xochimilcas llegaron a establecerse por estos lugares que se extendía hasta la región de Tepetenchi, donde se establecía Malacachtepec Momoxco.
«Fue en el año de 1140 cuando llegaron provenientes de Amecameca nueve grandes familias chichimecas[2]. Las nueve familias tomaron posesión de sus tierras en línea recta, de oriente a poniente, o sea de Tepetlacotenco (Santa Ana), Huinantongo (lugar de la madre más vieja), Xaxahuenco, Tlacomulco, Tlacoyohcan, Tototepec, Tepeoztopa, Ocotenco y Texcalpan»[3].
Transcurre el año de 1240, cuando estas tribus detienen sus pasos al llegar a la cima de un macizo montañoso llamado Tocpatecamecatl, serranía situada al oriente de lo que es actualmente la población de Milpa Alta.
En la cúspide de esta serranía, miran atónitos la belleza incomparable de esta gran hondonada cuyo verdor se les mete a los ojos y declina en suaves pendientes al norte para besar la floración de las plantas acuáticas que crece libremente a orilla de los lagos.
Tienen allí para sus correrías de expertos cazadores, bosques de oyameles, ocotes, madroños y encinos que se extiende desde Amecameca hasta las serranías del Ajusco, donde abundan el conejo y el venado como en el Tláloc, Ocotecatl, Yecahuzac y Chichinautzin, rumbo al sur, y finalmente aves y pesca en los lagos de Chalco y Xochimilco.
En 1409, llegaron procedentes de Tenochtitlan al señorío de Malacachtepec Momozco siete tribus capitaneadas por Hueyitlahuilanqui, descendiente de familias nobles, quien llegó sediento de mando y de riquezas. Estas tribus fueron las que poblaron los barrios de San Mateo, Santa Marta, Santa Cruz, de los Ángeles o Milpa Alta, Tecómitl, Ixtayopan y Tulyehualco.

Tlatoanis de la primera migración (Chichimeca)
Tonalacatl: Flecha de Sol, Lanza de Sol
Atlauhpulli: El que se pierde en la barranca
Tepalcatzin: Pedacito de barro cocido
Cacaltzin: El que vive en una casa peqieña
Cacamatzin: El de la boca pequeña
Tlatoanis mexicas
Huellitlahuilanque, Gran Conductor, Gran Jalador, Gran Líder, de 1429 a 1484. Huelitlahuilli, Gran Iluminado, Gran Sabio, de 1484 a 1528[4].
La cosmogonía de los poblados prehispánicos que se encontraban alrededor del Teutli que se concentraban en el cráter del Teuhtli, quienes llevaban a cabo la ceremonia del «Palo Volador», los Teocuauhpatlapanque (de teo, dios o sagrado; cuauhtli, palo o árbol, y patlanque, los que vuelan)[5].
Esta ceremonia asistía a los indígenas de Xochimilco y Milpa Alta realizada desde tiempos remotos, la cual consistía en que cuando los voladores atados de pies daban vueltas en los aires alrededor del palo, el bailarín al que llamaban cuauhtecomate, se dejaban caer de cabeza con los pies arriba.
Esta ceremonia era el símbolo que vuela y el curso de los años que se suceden sin alcanzarse. El cuadrante que sujetaba los cordeles era el nahui ollin y los cuatro voladores representaban los solsticios y equinoccios.
Cada volador desarrollaba trece vueltas y llegaba al suelo al mismo tiempo haciendo un total de cincuenta y dos vueltas, número de años del siglo.
Nuestras raíces siguen presentes en pleno siglo XXI con el lenguaje común y cotidiano que se expresan los pobladores oriundos de los pueblos de Milpa Alta con la pronunciación de las palabras como:
Molcajete, tejolote, malacate, papalote, ahuehuete, tepetate, comal, metate, petate, sincolote, itacate chicote, tepalcate, huazontle, nixtamal, cuate, pizca, temazcal, empacho, pepenar, mecate, mecapal,, memela, mezquital, tamal, tianguis, cocol, tocayo, olote, esquites, jilote, jumiles, jicote, jacal aguacate, camote, jitomate,, chayote, cacahuate, tejocote, capulín, jícama, xoconochtle, huitlacoche, epazote, quelite, elote, zacate, tomate, nopal, xoconostle, huacal, cogote, tlapalería, cocol, jicote, tlecuil, ocelote, zopilote guajolote, ajolote, cacomixtle, coyote, tlaconete, xoloescuintle, cenzontle, tepezhuitle, pinacate, mayate, chichicuilote, mapache, tlacuache, nahual, machincuepa, maroma, nana, tata, popote, taco, machote, tapanco, cuchitril, hule, petaca, huapango, tepache, chipote, chipote, chichón chilatole, chilaquil, chocolate, chilpayate, chiquihuite, chicle, tompiate…
A fines de la primavera y durante el verano a ras de las banquetas, enfrente del Mercado Benito Juárez García, se cubren de colores, aromas y distintos tamaños del alimento prehispánico; son los hongos del monte que caracterizan el platillo ancestral, tales como el hongo blanco (iztlananacame), los amarillos (chimalnanacame), los rojos (tlapalnanancame) y aquellos cuyo color varía entre el rojo y el negro son los teyhuint.
Uno de los testigos fieles del México prehispánico fue la organización social en los cuatro puntos cardinales de asentamiento llamados calpullis, lugar rodeado de chozas dispersas, unidas por veredas hacia el centro de la comunidad del cual dependían y donde estaba ubicado el Tecpan, el lugar de gobierno o teocalli, la casa del señor líder.
El nombre les fue dado de acuerdo a la geografía del lugar o actividad sobresaliente de sus moradores, desafortunadamente la evangelización que fue impuesta con la cruz y la espada sufrió cambios de los nombres en náhuatl por nombres de imágenes de la nueva religión. En los doce pueblos que conforma el territorio de Malachtepec Momoxco sólo dos poblados los mantuvieron; En Tecómitl siguen vigentes: Cruztitla («donde se cruzan los caminos»), Xochitepetl («cerro con flores»); Xaltipac («lugar arenoso») y Tenantitla («sitio con peñascos»). Así mismo, en Atocpan los ha mantenido con su nombre prehispánico: Panchimalco («lugar de escudos»), Nuchtla («lugar de tunas»), Ocotitla («lugar de ocotes») y Tula («lugar de tules»).
El sistema del calpulli consistió fundamentalmente en el principio de unidad de gobierno y religión, pero ya sedimentados en la organización de la posesión de la tierra lotificada en parcelas individuales y colectivas. La organización política del calpulli en manos de los pilli, los poseedores y administradores de la tierra.
En asambleas, eran nombrados los representantes del calpulli: los tequitlatos, lo que podemos considerar actualmente como los mayordomos encargados específicamente de dirigir el trabajo colectivo hasta la llegada de las órdenes religiosas; estos personajes fueron los organizadores en las fiestas de los santos de la nueva religión.
La importancia que tiene actualmente el barrio como antecedente del calpulli es la representatividad, el respeto y organizador del barrio en fiestas patronales y peregrinaciones ancestrales; Chalma, Tepalcingo, Amecameca, entre otros lugares, como actualmente estamos acostumbrados dentro de la tradición de los 12 pueblos de Milpa Alta.
Finalmente, analizar el archivo parroquial franciscano del ex convento de San Antonio de Padua nos lleva de la mano para entrar al mundo prehispánico y los primeros años de la colonia española por estar escritos en náhuatl y el antiguo español. En estos vetustos documentos encontramos registros sacramentales (bautizos, confirmaciones, matrimonios y defunciones), e informaciones acerca de los primeros asentamientos en los inicios de la evangelización.
Los documentos más antiguos son los siguientes: el libro de informes matrimoniales de 1568 a 1598, y el libro de registros de bautismos de 1599 a 1619. Los libros de informes matrimoniales son 16 y cubren desde 1568 hasta 1929. Los matrimonios son dos, pero los papeles sueltos, relativo a ello, son cientos y cubren desde el año de 1775 hasta 1929. Los registros de defunciones son 8 y cubren de 1615 a 1938. No aparecen los del siglo XIX.
Tenemos libros de las Providencias Diocesanas con las Cofradías: uno del siglo XVII (1790) y tres del siglo XIX, además, cinco libros de registro que cubren desde 1929 a1970, una libreta de Cofradía de Nuestra Señora del Carmen de 1923 a 1936, el libro de Derecho de Estola de 1937 a 1967 y una libreta de estadísticas de 1973. ♦
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* Presidente del Consejo de la Crónica de Milpa Alta y vicepresidente de Cronistas Cabildos de la Ciudad de México.
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Bibliografía:
Fundaciones de los Pueblos de Malacachtepec Momoxco. Biblioteca de Historiadores Mexicanos, Editor Vargas Rea, México, 1953.
Monografía de la Delegación de Milpa Alta, Fidencio Villanueva Rojas, (mimeografiada), 1973.
Síntesis Histórica de la Fundación de Milpa Alta. Francisco Chavira Olivos (mimeografiada).
[1] Conferencia del filósofo Enrique Dussel impartida en el Ecuador en 2013, titulada «El gran camino de las culturas hacia el Este».
[2] Al respecto el maestro Fidencio Villanueva Rojas establece que «en el año de 1107 una corriente migratoria Chichimeca que viene del norte, llega al altiplano mexicano encontrando disgregado al Imperio Tolteca y ocupados los lugares que cuentan con medios más apropiados para subsistir, por tribus nahuatlacas que les han precedido».
[3] Fundaciones de los pueblos de Malacachtepec Momoxco, Biblioteca de Historiadores Mexicanos. Pág. 7, y 9.
[4] Monografía de la Delegación de Milpa Alta, 1949, del maestro Fidencio Villanueva Rojas (trabajo mimeografiado) distribuido en 1973.
[5] San Gregorio Atlapulco, Xochimilco, D.F. Sostenes N. Chapa, Pág. 65, 66.
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Acerca del autor

Manuel Garcés Jiménez. Nativo de San Antonio Tecómitl, fundador y presidente del Consejo de la Crónica de Milpa Alta de 2002 a la fecha, ha sido vicepresidente de la Asociación de Cronistas de la Ciudad de México durante dos períodos, participando en cinco libros: Memorias, 5a Reunión Nacional, La Ciudad de México y la Revolución en 1914, Tlacuilos (crónicas sobre los barrios del Distrito Federal), Lo que en el corazón está, en la boca sale (crónicas acerca del patrimonio intangible de la Ciudad de México), y 690 años de la Ciudad de México (memoria del Primer Congreso de Crónica). Fue nombrado Custodio Voluntario del Patrimonio; en 1992 obtuvo el primer lugar (por Tecómitl) en el concurso Historias de mi Pueblo, coordinado por el Centro de Estudios Históricos del Agrarismo en México (CEHAM). Colaborador en periódicos como Excélsior, El Sol de México y El Azotador; y en revistas como Nosotros, Rescate Ecológico, Xochimilco Ayer y Hoy y Crisol Mágico. Es autor de los libros Conoce la historia de México I, y El zapatismo en Milpa Alta, del Chichinautzin al Zócalo. Ha dictado varias conferencias en distintas delegaciones de la Ciudad de México.

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