El baile de los judas en San Pedro Tláhuac el Domingo de Pascua
Por Alberto Barranco Lozano | Revista Nosotros, Núm. 11 | Abril de 1998
¡Íjale!… Todos los años, el Domingo de Pascua nos desquitamos… de los judas. Nos mofamos. Nos expresamos. Nos manifestamos. Los bailamos. Los quemamos. Que buen castigo para los que se portan mal con el pueblo. ¿O no compadre? Como individuos no la hacemos, pero en montón… ¡quítate que a’i te voy!
Las comparsas bailaron de lo lindo: los de Tecpan, los de Ticic, los de la Asunción, los de Santa Cecilia, los Amigos del Carnaval, los Auténticos Amigos del Carnaval, los Carpitas, los Chinelos de Xochimilco, los Cariocas del Barrio de San Juan, los caníbales de atrás del mercado, los payasos de San José, los leones azules, las jirafas chaparritas, los enanos modositos, los chupa-todo, los grillos ecológicos y más de quinientos disfrazados desfilaron por las calles principales de Tláhuac.
La Comparsa Amigos del Carnaval salió de su madriguera a las 12:35 horas, la de los Auténticos Amigos del Carnaval salió de su cubil a las 12:50, y los Carpitas del Carnaval salieron de su charco a las 13 horas. Ahí van las tres comparsas pisándose los talones por las calles de Tláhuac, brincando, espantando, bailando con música de chinelo al estilo tlahueño –que es más rapidito que el de Morelos–… Huajito, buajito, buajito, / ¡ándale pégale! con tu bordón. La Banda de Cheto Vital –tlahueña de pura cepa– es la más chipocluda para estos menesteres de toda la región. ¿O no compadre? Pero la de Santiago Tulyehualco, Xochimilco, no se queda atrás, y los de San Francisco Tlaltenco también le tupen duro a la corneta, al saxofón y a la tambora, nadie se quiere quedar atrás, ni músicos ni bailadores.
Los Amigos del Carnaval llevaban 12 judas diferentes; los Auténticos Amigos del Carnaval llevaban ocho judas, y los Carpitas del Carnaval llevaban cinco judas. En las tres comparsas se destacaban los Salinas pelones y orejudos. Siempre adelante iban los judas, después los niños disfrazados y después los músicos. Al final venían los «grandes», que muchas veces alcanzaban a los judas. Y de ahí se regresaban hasta la cola de la comparsa bailando a todo vapor.
Hubo cuatro descansos por cada comparsa, en total se visitaron 16 casas entre las que sobresalieron la del tío Pedro Ortega Jiménez, la de doña Lucrecia Galicia, la de Victoriano Pérez, la de Cecilio Calzada y la de Lupe Pérez. En unas dieron gorditas picaditas con queso y salsa roja y tacos de arroz con chicharrón, en otra convidaron tostadas de pata de res y tinga y pancita de res en salsa roja, en otra dieron mole rojo con pollo y en todas se partieron naranjas para aguantar el calor. También dieron en todas las casas donde descansó cada comparsa aguas de sandía, melón, limón, jamaica y tamarindo; curaditos de pulque, unos de apio, otros de jitomate para refrescar la barriga, también dieron tragos de ron, tequila y aguardiente. Todito se acabó entre los que cargaban los Judas de cartón, los bailadores disfrazados, los músicos y el público mirador y bullanguero.
Las comparsas judaicas van por las calles recién asfaltadas y las comparsas de Amigos del Carnaval y Auténticos Amigos del Carnaval tomaron por asalto la explanada de la delegación administrativa. Ahora, para este momento, los judas de cartón, carrizo y engrudo ya eran como 30 y los bailadores disfrazados como mil 300. Las Carpitas del Carnaval hicieron su parada final frente a la iglesia, junto al edificio de la «delegación administrativa viejita»; sus judas para ese momento ya eran como doce y sus bailadores disfrazados como 400. En las tres paradas se bailó a la víbora de la mar con las novias de color de rosa, con la de color lila y con la de color azul pastelito –que para ese momento dos de ellas ya esperaban partir un juditas con todo y cuetes–; y todos los disfrazados y los que iban con máscara también pasaban por debajo de la cola nupcial; la música de a la víbora de la mar vibraba a todo volumen. Uno de los puntos de las convocatorias para los disfrazados es que su atuendo debe ser original y tener crítica social y política y otro de los puntos de la convocatoria dice que deben participar en todo el recorrido. Por eso los bailadores lucían sus pasos y sus disfraces. La contraseña para las Carpitas del Carnaval fue un listón rojo colgado del brazo izquierdo, la de los Auténticos Amigos del Carnaval uno amarillo colgado del brazo derecho y la de los Amigos del Carnaval uno verde colgado en el pecho del lado izquierdo, junto al corazón. Pero la contraseña mayor fue la marca que dejó el chilito con molito en los disfraces y en los bigotes de muchos participantes.
Bailaron danzones, pasodobles, chachachás y quebradita. Se tocaron como veinticinco dianas, para los organizadores de los tres bandos… Los judas antes de tronar dominaban el paisaje.
Pero esto no siempre fue así. Hace como treinta y tantos años, las cuadrillas o comparsas nada más salían ocasionalmente, ya se estaba perdiendo la tradición de los «viejos». El baile de máscaras ya no se hacía; nadie bailaba en las calles por este motivo, la algarabía se había esfumado. Los martes de carnaval eran asunto del pasado. Lo más triste es que la comparsa se tenía que importar. El pueblo lo decía bien clarito en boca de Pablo Luna el pistolón: «¡Oye madre! ¡Estos vienen del interior!» Y sucedió que un año llegaron el segundo domingo de cuaresma los charros de Los Reyes La Paz. Al año siguiente, pero el quinto domingo de cuaresma, hicieron acto de presencia los chinelos de Morelos. Y varios años no hubo nada. Para esto, don Malagón Rivera, los Palacios y los Mendoza trataron de revivir el carnaval. A principios de los años 70, algunos habitantes de Tláhuac trataron de imitar a los charros de Chimalco y a los charros de Santa María Aztahuacán. Lo peor es que no había continuidad y los habitantes de Tláhuac nada más se quedaban como el chinito: milando, milando para otras latitudes.

El encuentro
Don Victoriano Martínez Tolano, que en paz descanse, nos contó cuando vivía:
«Hace como sesenta años el carnaval se hacía el meritito martes, es decir, un día antes del miércoles de ceniza. Y nada mas una vez al año. Así hasta mediados de los sesenta. Pero los preparativos se hacían meses antes. Había que juntar el tlaxtlahui, es decir, el dinerito para la música, ps’pal pulque, para los tamales, para las máscaras y los trajes. Todo el vestuario lo comprábamos en México. Algunos nos íbamos en canoa o en tren. Algunos llevaban sus verduras y legumbres a vender por donde está actualmente la parada Santa Anita del metro. Ya con las ventas compraban sus cositas para el carnaval: paliacates, sombreros, reatas. Otros utensilios se compraban en las ferias de Tepalcingo, Morelos, o en el pueblo de Chalma, en el estado de México».
Don Tolano Martínez nos platicaba que en los años 20 los que bailaban en el carnaval no llevaban máscara. Usaban una mascada transparente en la cara y, tiempo después, ya usaban gafas. Los músicos de Tláhuac iban a tocar a los carnavales de Santa María Aztahuacán, pueblo que está al otro lado de la Sierra de Santa Catarina, de ahí trajeron máscaras de cera. Para este baile algunos hombres se vestían de mujeres, se enmascaraban re bonito, a veces parecían verdaderas «viejas», ¡claro!, pedían los vestidos prestados, otros los compraban.
«Los bailes empezaban a las 12 del día –al decir de don Tolano–, se recorría todo el pueblo. El pueblo era muy chico, no como ahora. No había muchas calles ni estaban asfaltadas. Recuerdo que un año tuve que pagar cinco pesos por la música de todo el día. Cada uno de los bailadores hacía lo que más le gustaba. Se bailaba la muñequita. ¿Cómo? Pues con una cruz de madera, como de 30 centímetros, se le ponía una muñequita y con ella se bailaba, se ponía en una charola y con las manos se iba bailando de muñeca y cantaba unos versos… En este mes de febrero… ¡No recuerdo más! Pero eso era en los buenos tiempos, la gente sí daba su cooperación. En esos tiempos, mi esposa era mi novia. Algunos bailadores sacaban al oso, que eran dos hombres cubiertos con una cobija y un tercero lo jalaba con una cadena. Con la música bailaban. Cuando terminaban de bailar, el público les hacía preguntas: ¿Cuántas hermanas tienes? ¿Cómo rebuzna el burro? ¿Quién es ese oso? El público reía que pa’qué te cuento.
»Lo del burro, ¿quién era el burro?, sólo era una zalea de burro que traía puesto alguno. Tanto los bailadores como sus compañeros de danza eran todo un personaje. Don Epigmenio Silva bailaba la muñeca, don Abraham Galicia también. Otro llevaba un torito de carrizo y cartón, cubierto con la piel de un becerro. El bailador iba dentro del armazón y a la vez que bailaba embestía a todo mundo. La música se compraba. Por ejemplo, melodías de medio minuto valían cinco centavos, las de un minuto diez centavos. ¡Ah, pero la gente se divertía muchísimo! El baile de carnaval, es decir el del final, se hacía frente a la delegación viejita. Ahí se juntaban una o tres cuadrillas contrincantes, para cuando se terminaba de echar relajo y de bailar, nos íbamos a la casa del organizador y ahí se vaciaba el bote lleno de dinero, se contaba y se repartía para los gastos. Un botecito se enredaba con un paliacate y los asistentes al carnaval le echaban monedas, mismas que servían para pagar la música, los tamales, el pulque, el chinguirito… La pasábamos de lo lindo, recordando las travesuras del carnaval.
»Don Juan Vázquez años después nos reafirma los hechos y nos recita de memoria los versos de la muñequita: En este mes de febrero, / que carnestolendas son, / vivamos con mucho esmero, /pasando esta ocasión. / Apúrale muñequita, / no te canses en bailar; / mira que te están mirando, / no te vayan hacer maldad. / La vida de las palomas, / todo el mundo las desea, / qué hicieron su caserío, / arriba de la azotea. / ¿Qué les parece señores? / Les parece modo de risa, / pues mañana al amanecer / es miércoles de ceniza.
»Don Juan Vázquez Escalante nos sigue contando: «Los meros organizadores eran don Francisco Enríquez, por una parte y por la otra don Ignacio Vital El viejo. La orquesta de los Cabello era la que organizaba el carnaval y constaba de un trombón, un bajo, contrabajo, violín, clarinete y cornetín. También participaba la orquesta de los Torres, por el otro bando. José güero Calzada, vestido de apache, bailaba y recitaba versos en náhuatl, que ya no recuerdo. Ese día era permitido vestirse como mamarrachos y echar todo el relajo que se pudiera, porque en la cuaresma nada de borracheras, nada de casamientos, era tiempo de ayuno, abstinencia y oración. Como músico salía a tocar a los carnavales de Morelos. Ahí me divertía muchísimo…»
Don Agustín Galicia Rivera nos completa los versos de la muñequita y nos dice: «Muchos pedían que la muñequita bailara enfrente de sus casas, algunos se subían a las cercas, otros agujereaban los chinámiles para ver a los ‘viejos’, es decir, a los disfrazados. Al finalizar nos daban pulquito o tlaxtlahui. La pasábamos re’bien. ¿Los versos que faltan? Adiós San Pedro hermoso, / ya me voy al extranjero, / esta es mi despedida, / para el año venidero».
El señor Domingo Mateos –antiguo revolucionario que anduvo con los zapatistas– nos contó en vida: «En la Cuaresma la pasábamos a todo mecate y no sólo en esos días, casi todo el año. Sólo en la Revolución no había nada que comer, pero con el trabajo, de nuevo Tláhuac, sí, San Pedro Tláhuac se levantó. Teníamos varios ojos de agua, chinampas –el agua era muy clara–, las carpas, los ajolotes y las ranas las pescábamos con facilidad. Esos animalitos nuestras mujeres los cocinaban en mixmole, en tamal o simplemente los asaban en el comal. Las verduras y legumbres se daban en abundancia. Había muchos árboles de durazno, membrillo y pera. Todos teníamos nuestras canoas para ir a las chinampas o para visitar los compadres y amigos que vivían al otro lado del canal o de la zanja. En el ejido –que se expropió a los caciques Íñigo Noriega, Juan Martínez y al padre López–, el maíz se cosechaba por costales y se acarreaba a caballo o se traía por medio del tren. En ese tiempo todos éramos campesinos, más bien chinamperos y pescadores».
La imaginación sale al encuentro
Cuando éramos escuincles improvisábamos nuestros carnavales. Imitábamos a los mayores ya fuera en miércoles, viernes o domingo. Era el tiempo de febrero loco y marzo otro poco y de los papalotes. Los instrumentos de los músicos eran botes viejos, tapaderas de ollas de peltre, cacerolas, guitarras desconchinfladas y alguna vez un trombón o saxofón. Los disfraces se hacían con los huaraches del abuelito, el overol del jefe, las enaguas de la abue, el corpiño de la tía o el chemis de la prima grande. Las máscaras eran de cartón y la tela que hacía falta la comprábamos en la tienda de doña Lupe o en el mercadito.
El recuerdo de la cola y la pintura de las máscaras nos hace vibrar. La melodía de medio minuto costaba 10 centavos y si era más larga veinte centavos. La mayoría de nosotros íbamos descalzos y recorríamos las calles, por las casas de los tíos, los abuelos, los compadres y los conocidos. Todos baile y baile. El Miki Mateos siempre se disfrazó de luchador, el Zorro Simón de obrero, el Roca se vestía de charro y sin zapatos, Santiago, Pedro y Juan de mujeres, el Pichi llevaba el oso, Félix Chevio tocaba en la orquesta los platillos azules y Pancho Dos Muelas cargaba el torito de cartón y de carrizo. Todos cantábamos varias cancioncitas, entre ellas: Ya llegó chico, chicote / chico, chicote… Ya llegó chico chicote / chico chicote… El sol y la luna… El sol y la luna… Te lo tenté / te lo tenté / tenía pelitos / y me espanté. Y el tlaxtlahui que nos daban nos lo repartíamos para nuestras golosinas. Terminábamos llenos de polvo y de alegría.

El origen
Hace como 22 años varios amigos de la infancia, entre ellos Victoriano Pérez, Juventino Ortega, Miki Mateos, Félix Adalberto Luna y su servilleta, decidimos revivir el carnaval como lo hacían «antes». Queríamos bailar con la muñeca, brincar con el toro, sacar al oso y salir con el disfraz preferido. Pero ya teníamos varios carnavales en la región a lo largo de la cuaresma; los «burros» de Tlaltenco con sus charros y damas, el de Zapotitlán de los dientes finos con sus zapatistas, los tlachiqueros de Milpa Alta con sus chinelos. Los carpitas de Tláhuac nos aferramos a lo nuestro y decidimos que nuestros carnavales fuesen el domingo de Pascua, o sea, al finalizar la cuaresma y por eso introdujimos al Judas.
Los Judas se quemaban en las pulquerías y en los negocios grandes, el sábado de Gloria por la noche y de sus panzas salían los quintos, los veintes, que todos los niños recogíamos. De alguna manera había que cobrar la desvelada de Pascua, después nos íbamos a la misa de Gloria.
Al principio de nuestros primeros carnavales, los judas eran muñecos de tres o cuatro metros de alto, hechos de carrizo, de cartón y pintados a mano. Pero después los judas representaron a personajes de la política nacional o internacional y a los artistas. En el tercer año decidimos que los judas debían representar a personajes de nuestro pueblo de Tláhuac, sobre todo aquellos que se portaban mal, los que se distinguían por lo tranza o que afectaran al pueblo. Así se hizo el Judas de un delegado político que quiso adueñarse del edificio del Hospital de Urgencias, que intentó tirar la Escuela «Gregorio Torres Quintero» y construir ahí el edificio de la policía. Además quiso vender nuestra chinampería, orgullo de Tláhuac, para construir un parque de diversiones y condominios, mas el pueblo se lo impidió y, para rematar, el tal delegado no permitió que hiciéramos las fiestas patronales de 1980 y 1981. Por eso se le hizo su Judas. Cuando se enteró que se había quemado su efigie en la explanada de la delegación, mandó a encarcelar a los organizadores del baile del carnaval, y entonces el pueblo unido respondió: «¡¿Y quién mató al Comendador?… ¡Pues Fuente Ovejuna, señor!»
A dos comisarios ejidales se les hizo su Judas. A un curita cuyo apodo era el novio también. El novio parecía un personaje del cuento de Juan Rulfo que se llama «Anacleto Morones»… Dejó sin vírgenes esta parte del mundo.
Sólo ha habido una persona que vio quemar su Judas sin inmutarse, en el balcón del edificio de la delegación política, que es el señor delegado amigo de Rigo Tovar y su sirenito.
A una señora gorda que se ha metido en el ejido, en las fiestas patronales, en el carnaval y otros movimientos sociales y políticos, también se le hizo su Judas.
La elección de quién iba a ser el Judas se decidía el Viernes Santo, en forma ecuménica, entre todos los organizadores y a voto cerrado.
La multiplicación de los Judas
A principios de 1985 nos juntamos en una casa del Barrio de la Asunción todos los organizadores del baile de los judas para hacer un balance de nuestras actividades. El primer punto fue ponerle nombre a nuestro grupo y democráticamente se eligió Amigos del Carnaval. Se le dio difusión a nuestra fiesta a través de los medios de difusión.
Para 1987 nuestros bailadores eran como 250. Al año siguiente por primera vez tuvimos contrincante y fue el «Grupo de la Maese Ema», presentó dos judas hermosos, ¡muy hermosos! Pero eran pura luz, nada de crítica, como «sepulcros blanqueados». En cambio, los judas de Amigos del Carnaval son grandotes, agresivos a carta cabal, monigotes que espantan a cualquier traidor. Por un instante nos desquitamos de todo lo que nos han hecho. ¡Esta es la fiesta del pueblo!
Cabe recordar que ese año apareció el personaje de la Hechicera Calzada y que ganó el primer lugar en el concurso de disfraces. El segundo lugar fue para El señor de las campañas políticas y sus huesitos colgantes. Además, la maese Ema se apoyó mucho en la delegación política para organizar su carnaval, mientras que nosotros nos basamos en el pueblo. Las comisiones de Amigos del Carnaval funcionaron en todo el trabajo encomendado.
En 1991 se fundó el primer Taller de Judas y lo dirigió nuestro compañero Pedro Ortega Lozano, al cual asistieron 12 niños. Cada uno hizo su judas de diferente tamaño y distinto personaje. Este taller donde los únicos requisitos son creatividad y constancia, sigue funcionando 15 días antes del carnaval, dos horas por la mañana y dos por la tarde; sábados y domingos es todo el día.
En 1992 Amigos del Carnaval se dividió. Se fue Victoriano Martínez y unos señores que días antes habían invadido un terreno ejidal. Fundaron los Auténticos Amigos del Carnaval, y sus judas siguieron la misma línea, crítica social y originalidad en el disfraz. Mucho coraje para hacer bien las cosas. Ese año los odios se convirtieron en baile.
Luego, en 1993 Amigos del Carnaval tuvo otra incisión y se fue la Hechicera Calzada con todo y sus embrujos. Ella fundó Las Carpitas del Carnaval, al cual le agregó un carro alegórico y una reina, elementos que salen de los cánones establecidos. Los Auténticos Amigos hicieron su final frente a la ex-tienda de barrio; las Carpitas junto a la delegación «viejita» y los Amigos del Carnaval, en la explanada de la delegación política. Los judas fueron como 15 y los disfrazados como mil 200 entre los tres grupos.
La mujer ha tenido una participación relevante en el baile de los judas, cabe destacar el trabajo de las señoras Lucrecia Galicia, Cristina Lozano, Gloria Rivera y las difuntitas Amada Luna y Catalina Lozano.
Desde 1985 recordamos a las niñas punk, las guerrilleras del niño Dios, las hawaianas del barrio de San Juan, las del moño colorado, las payasitas, las guerrilleras zapatistas y muchas otras.
Para 1995 los Amigos del Carnaval estuvieron ausentes, pero los otros grupos le echaron muchas ganas. Algunos lemas que llevaban los judas: «Para mentada, pido mamá prestada», «La maestra Escamilla, no gana ni para la tortilla, por eso es pura canilla», «Una limosnita para mi santo templo», «Soy amigo de los pobres pero no de los ojeis…» y tantos otros.
En 1996 los Amigos del Carnaval volvieron a la carga. Los otros grupos también salieron. Tláhuac ganó una batalla contra los que atentan con las tradiciones. El baile de los judas se ha consolidado, no hay que temer al futuro del carnaval.
Por último, hay que mencionar a los que se han ido para siempre: Martín Galicia, que en todo el año no lo veíamos porque andaba en el interior de la República, pero 20 días antes del día de carnaval no nos soltaba de sol a foco.
Que este escrito sea un homenaje a todos los que con su granito de arena han hecho este baile de judas, los vivos y los ausentes.
Antes nuestro lema era: En Tláhuac se seguirá quemando a los judas y se hará mientras existan los tranzas y los nada amigos del pueblo.
Hoy el lema es: Hay que hacer muchos judas…, al fin los encontramos en la Cámara de Diputados, en la Asamblea Legislativa o en la delegación.
¡Que vivan los carnavales! Y… ¡que truenen los judas! ♦

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